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Algunos
Pareceres de Nietzsche
Por
Jorge Luis Borges
11-2-1940
Siempre la
gloria es una simplificación y a veces una perversión de la realidad;
no hay hombre célebre a quien no lo calumnie un poco su gloria. Para
América y para España, Artur Schopenhauer es primordialmente el
autor de El amor, las mujeres y la muerte: rapsodia fabricada con fragmentos
sensacionales por un editor levantino. De Friedrich Nietzsche, discípulo
rebelde de Schopenhauer, ya observó Bernard Shaw (Major Barbara, Londres,
1905) que era la víctima mundial de la frase "bestia rubia"
y que todos atribuían su renombre y limitaban su obra a un evangelio
para matones. A pesar de los años transcurridos, la observación
de Shaw no ha perdido en validez, si bien hay que admitir que Nietzsche ha consentido
y tal vez ha cortejado ese equívoco. En sus años finales aspiró
a la dignidad de profeta y sabía que ese ministerio es incompatible con
un estilo razonable o explícito. El más famoso (no el mejor) de
sus libros es un pastiche judeo-alemán, un prophetic book más
artificial y harto menos apasionado que los de Blake. Paralelamente a la composición
de su intencionada obra pública, Nietzsche apuntaba en otros cuadernos
los razonamientos capaces de justificar esa obra. Esos razonamientos (y toda
suerte de meditaciones afines) han sido organizados y editados por Alfred Bacumler
y componen dos tomos de cuatrocientas y quinientas páginas cada uno.
La obra general se titula -algo torpemente- La inocencia del devenir y ha sido
publicada en 1931 por Alfred Kröner. "En los libros publicados",
escribe el editor, "Nietzsche habla siempre ante un adversario, siempre
con reticencias; en ellos predomina el primer plano, como lo ha declarado el
mismo autor. En cambio, su obra inédita (que abarca de 1870 a 1888) registra
el fondo de su pensamiento, y por eso no es obra secundaria, sino obra capital."
Este fragmento -el 1072 del primer volumen- es un testimonio patético
de su soledad: "¿Qué hago al borronear estas páginas?
Velar por mi vejez: registrar para el tiempo, cuando el alma no puede emprender
nada nuevo, la historia de sus aventuras y de sus viajes de mar. Lo mismo que
me reservo la música para la edad en que esté ciego."
Es común identificar a Nietzsche con las intolerancias y agresiones del
racismo y elevarlo (o denigrarlo) a precursor de esa pedantería sangrienta;
veamos lo que Nietzsche -buen europeo, al fin- pensaba hacia 1880 de tales problemas.
"En Francia -anota- el nacionalismo ha pervertido el carácter, en
Alemania el espíritu y el gusto: para soportar una gran derrota -en verdad,
una definitiva- hay que ser más joven y más sano que el vencedor."
La reserva final no debe impulsarnos a creer que las victorias de 1871 lo regocijaban
con exceso. El fragmento 1180, del segundo volumen declara: "Para entusiasmarnos
por el principio, Alemania, Alemania encima de todo, o por el imperio alemán,
no somos lo bastante estúpidos"; poco antes observa: "Alemania,
Alemania encima de todo, es quizá el lema más insensato que se
ha propalado jamás. ¿Por qué Alemania -pregunto yo- si
no quiere, si no representa, si no significa algo de más valor que lo
representado por otras potencias anteriores? En sí, es sólo un
gran Estado más, una bobería más en la historia."
El antisemitismo lo mueve a las siguientes observaciones: "Encontrar un
judío es un beneficio sobre todo cuando se vive entre alemanes. Los judíos
son un antídoto contra el nacionalismo, esa última enfermedad
de la razón europea... En la insegura Europa son quizá la raza
más fuerte: superan a todo el occidente de Europa por la duración
de su proceso evolutivo. Su organización presupone un devenir más
rico, un número mayor de etapas que el de los otros pueblos... Como cualquier
otro organismo, una raza sólo puede crecer o perecer: el estancamiento
es imposible. Una raza que no ha perecido, es una raza que ha crecido incesantemente.
La duración de su existencia indica la altura de su evolución:
la raza más antigua debe ser también la más alta. En la
Europa contemporánea los judíos han alcanzado la forma suprema
de la espiritualidad: la bufonada genial.
"Con Offenbach, con Enrique Heine, la potencia de la cultura europea ha
sido superada: las otras razas no tienen la posibilidad de ser ingeniosas de
esa manera... En Europa son los judíos la raza más antigua y más
pura. Por eso la belleza de la mujer judía, es la más alta."
Examinado con alguna imparcialidad, el párrafo anterior es muy vulnerable.
Su propósito es refutar (o molestar) al nacionalismo alemán; su
forma es una afirmación y una hipérbole del nacionalismo judío.
Este nacionalismo es el más exorbitante de todos; pues la imposibilidad
de invocar un país, un orden, una bandera, le impone un cesarismo intelectual
que suele rebasar la verdad. El nazi niega la participación del judío
en la cultura de Alemania; el judío, con injusticia igual, finge que
la cultura de Alemania es cultura judía. Por lo demás, el pensamiento
de Nietzsche debe haber sido más imparcial que sus afirmaciones; sospecho
que se dirigía, in mente, a alemanes incrédulos e indignables.
En otro lugar escribe proféticamente: "Los alemanes creen que la
fuerza debe manifestarse por el rigor y por la crueldad. Les cuesta creer que
puede haber fuerza en la serenidad y en la quietud. Creen que Beethoven es más
fuerte que Goethe; en eso se equivocan."
Este fragmento -el 1168- no carece tal vez de actualidad y aun de futuridad:
"Todos los verdaderos germanos emigraron; la Alemania actual es un puesto
avanzado de los eslavos y prepara el camino para la rusificación de la
Europa". Inútil agregar que esa doctrina puede congregar escasos
prosélitos en la Alemania de hoy. El país está regido por
germanistas que preconizan la anexión de ciertos vecinos porque son de
raza germánica y de ciertos otros vecinos porque son de raza inferior.
Esos peligrosos etnólogos afirman un predominio germánico en Escandinavia,
en Inglaterra, en los Países Bajos, en Francia, en Lombardía y
en Norteamérica: hipótesis que no les prohíbe atribuir
a Alemania la exclusiva representación de esa ubicua raza.
En otro lugar dice Nietzsche: "Bismarck es un eslavo. Basta mirar las caras
de los alemanes: emigraron todos los que tenían sangre varonil, generosa;
la lamentable población que no se movió, el pueblo de alma servil
se mejoró después con alguna adición de sangre extranjera,
principalmente eslava. La mejor sangre de Alemania es la sangre aldeana: por
ejemplo, Lutero, Niebuhr, Bismarck."
Movilizar contra Alemania el párrafo que acabo de trasladar sería
una ligereza y una injusticia. Una de las capacidades geniales del intelectual
alemán -no sé si del francés- es la de no ser accesible
a las supersticiones del patriotismo. En trance de ser injusto, prefiere serlo
con su propio país. Nietzsche -no nos dejemos desviar por su nombre polaco-
era muy alemán. Una de las amonestaciones que hemos leído nos
exhorta a no confundir la mera violencia y la fuerza: así no hubiera
hablado Zaratustra si hubiera tenido presente esa distinción.
En el fragmento 1139, Nietzsche condena con plenitud la obra de Lutero; en el
fragmento 501 escribe, sin embargo: "El hombre hace que un acto sea meritorio,
pero es imposible que un acto dé méritos a un hombre." También
es imposible formular con menos palabras la doctrina que opuso Martín
Lutero a la doctrina de la salvación por las obras.
En aquel ruidoso y casi perfectamente olvidado volumen -Degeneración-
que tan buenos servicios prestó como antología de los escritores
que el autor quería denigrar, Max Nordau vio en el carácter fragmentario
de las obras de Nietzsche una demostración de su incapacidad para componer.
A ese motivo (que no es lícito excluir y que no es importante) podemos
agregar otro: la vertiginosa riqueza mental de Nietzsche. Riqueza tanto más
sorprendente si recordamos que en su casi totalidad versa sobre aquella materia
en que los hombres se han mostrado más pobres y menos inventivos: la
ética.
Excepto Samuel Butler, ningún autor del siglo XIX es tan contemporáneo
nuestro como Friedrich Nietzsche. Muy poco ha envejecido en su obra -salvo,
quizás, esa veneración humanista por la antigüedad clásica
que Bernard Shaw fue el primero en vituperar. También cierta lucidez
en el corazón mismo de las polémicas, cierta delicadeza de la
invectiva, que nuestra época parece haber olvidado.
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