A la memoria de mi querido autor, el Señor William Shakespeare, y lo que nos ha dejado.

Por Ben Jonson
Traducción: María Inés Martínez Asla
Publicado en el primer folio de las Obras Completas de Shakespeare (1623).

Shakespeare, para no crear envidia en tu nombre,
¿soy yo generoso con tu libro y fama
cuando confieso que tus escritos son tales
que ni Hombre ni Musa pueden alabarte en exceso?
Es verdad, y todos los hombres lo aprueban. Pero estas
sendas
no eran los caminos a los que me refería en tu alabanza:
ya que el más inocente desconocimiento de éstos puede
iluminar
a lo que si bien suena óptimo, sólo es un buen eco,
o emoción ciega que nunca promueve
la verdad, pero anda a tientas e impulsa todo por
casualidad;
o la astuta malicia podría simular este elogio
y tratar de destruir lo que parecía elevar.
Estos son, como algún infame Rufián o Prostituta,
que alaba a una Matrona. ¿Qué puede herirla más?
Pero tú eres a prueba de ellos, por cierto,
y estás por encima de su mala fortuna o su miseria.
¡Por lo tanto empezaré, alma de la época,
aplauso, deleite, maravilla de nuestro escenario!
Mi Shakespeare, levántate. Yo no te alojaré cerca
de Chaucer o Spenser o pediré a Beaumont ubicarse
un poco más allá para hacerte un lugar.
Tú eres un monumento sin sepultura
Y estarás vivo mientras tu libro perdure
y nosotros tengamos imaginación para leer y elogios para otorgar.
Mi intelecto se excusa de que yo no te asocie de esta manera:
Quiero decir con famosas pero desproporcionadas Musas:
ya que si yo pensara que mi juicio fuera de años
te colocaría seguramente con tus pares,
y diría cuánto has superado a nuestro Lyly en brillo
o al arriesgado Kyd o al poderoso verso de Marlowe.
Y a pesar de que tú has tenido poco Latín y menos Griego,
de allí yo no tomaría nombres para honrarte,
sino que llamaría a los tonantes Esquilo,
Eurípides y Sófocles,
Pacuvio, Accio, aquel de Córdoba muerto,
nuevamente a la vida para oír el caminar de tu coturno
y agitar el escenario. O cuando tus comedias eran
representadas
dejarte solo para la comparación
con todo lo que esa insolente Grecia o la arrogante Roma
enviaron, o que desde entonces vino de sus cenizas.
Triunfa, mi Bretaña, tú tienes algo para mostrar,
a quien todas las escenas de Europa deben homenaje.
El no era de una época, sino de todos los tiempos.
Y todas las Musas todavía estaban en su albor
cuando como Apolo él vino desde allí para dar calor
a nuestros oídos, o como un Mercurio para cautivar.
La Naturaleza misma estaba orgullosa de sus designios
y se alegró de usar el adorno de sus líneas
que fueron ricamente hiladas y entretejidas tan
adecuadamente,
que desde entonces ella no avalaría ningún otro talento.
El festivo Griego, el mordaz Aristófanes,
el claro Terencio, el ingenioso Plauto, ahora no gustan
sino que yacen anticuados y abandonados
como si no fueran de la familia de la Naturaleza.
Sin embargo, no debo dar todo el crédito a la Naturaleza: tu arte,
mi gentil Shakespeare, debe disfrutar de una parte.
Pues aunque los Poetas importan y la Naturaleza es,
su Arte imprime la forma. Y aquél
que se lanza a escribir un verso vivo (como son los tuyos)
debe sudar y golpear al segundo calor
sobre el yunque de las Musas: volverse aquello
(y él mismo con esto) que quiere fraguar;
o si no como laurel él puede obtener desdén,
puesto que un buen Poeta se hace al igual que nace.
Y eso fuiste tú. Mira cómo el rostro del padre
vive en su prole, asimismo, la estirpe
de la mente de Shakespeare y de sus costumbres reluce
brillantemente
en sus versos bien torneados y limados
en cada uno de los cuales él parece agitar una Lanza,
como blandida a los ojos de la Ignorancia.
¡Dulce cisne de Avon! ¡Qué visión fuera
verte en nuestras aguas aún aparecer
y hacer esos vuelos sobre las orillas del Támesis
que tanto arrebataran a Eliza y nuestro James!
¡Pero quédate, yo te veo en el Hemisferio
honrado, y convertido allí en una Constelación!
Resplandece públicamente, tú Estrella de Poetas, y con ardor
influye, amonesta o revive al marchitado Escenario,
que, desde tu vuelo fuera de aquí, ha llevado luto como la noche
y desespera del día, a no ser por la luz de tus Volúmenes.


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