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Sobre
Shakespeare, la Invención de lo Humano
Por
Harold Bloom
Antes
de Shakespeare, el personaje literario cambia poco; se representa a las mujeres
y a los hombres envejeciendo y muriendo, pero no cambiando porque su relación
consigo mismos, más que con los dioses o con Dios, haya cambiado. En
Shakespeare, los personajes se desarrollan más que se despliegan, y se
desarrollan porque se conciben de nuevo a sí mismos. A veces esto sucede
porque se escuchan hablar, a sí mismos o mutuamente. Espiarse a sí
mismos hablando es su camino real hacia la individuación, y ningún
otro escritor, antes o después de Shakespeare, ha logrado tan bien el
casi milagro de crear voces extremadamente diferentes aunque coherentes consigo
mismas para sus ciento y pico personajes principales y varios cientos de personales
menores claramente distinguibles.
Cuanto más lee y pondera uno las obras de Shakespeare, más comprende
uno que la actitud adecuada ante ellas es la del pasmo. Cómo pudo existir
no lo sé, y después de dos décadas de dar clases casi exclusivamente
sobre él, el enigma me parece insoluble. Este libro, aunque espera ser
útil para otras personas, es una declaración personal, la expresión
de una larga pasión (aunque sin duda no única) y la culminación
de toda una vida de trabajo leyendo y escribiendo y enseñando en torno
a lo que sigo llamando tercamente literatura imaginativa. La "bardolatría",
la adoración de Shakespeare, debería ser una religión secular
más aún de lo que ya es. Las obras de teatro siguen siendo el
límite exterior del logro humano: estéticamente, cognitivamente,
en cierto modo moralmente, incluso espiritualmente. Se ciernen más allá
del límite del alcance humano, no podemos ponernos a su altura. Shakespeare
seguirá explicándonos, que es el principal argumento de este libro.
Este argumento lo he repetido exhaustivamente, porque a muchos les parecerá
extraño.
Ofrezco una interpretación bastante abarcadora de las obras de teatro
de Shakespeare, dirigida a los lectores y aficionados al teatro comunes. Aunque
hay críticos shakespeareanos vivos que admiro (y en los que abrevo, con
sus nombres), me siento desalentado ante gran parte de lo que hoy se presenta
como lecturas de Shakespeare, académicas o periodísticas. Esencialmente,
trato de proseguir una tradición interpretativa que incluye a Samuel
Johnson, William Hazlitt, A. C. Bradley y Harold Goddard, una tradición
que hoy está en gran parte fuera de moda. Los personajes de Shakespeare
son papeles para actores, y son también mucho más que eso: su
influencia en la vida ha sido casi tan enorme como su efecto en la literatura
postshakespeareana. Ningún autor del mundo compite con Shakespeare en
la creación aparente de la personalidad, y digo "aparente"
aquí con cierta renuencia. Catalogar los mayores dones de Shakespeare
es casi un absurdo: ¿Dónde empezar, dónde terminar? Escribió
la mejor prosa y la mejor poesía en inglés, o tal vez en cualquier
lengua occidental. Esto es inseparable de su fuerza cognitiva; pensó
de manera más abarcadora y original que ningún otro escritor.
Es asombroso que un tercer logro supere a éstos, y sin embargo comparto
la tradición johnsoniana al alegar, casi cuatro siglos después
de Shakespeare, que fue más allá de todo precedente (incluso de
Chaucer) e inventó lo humano tal como seguimos conociéndolo. Una
manera más conservadora de afirmar esto me parecería una lectura
débil y equivocada de Shakespeare: podría argumentar que la originalidad
de Shakespeare estuvo en la representación de la cognición, la
personalidad, el carácter. Pero hay un elemento que rebosa de las comedias,
un exceso más allá de la representación, que está
más cerca de esa metáfora que llamamos "creación".
Los personajes dominantes de Shakespeare -Falstaff, Hamlet, Rosalinda, lago,
Lear, Macbeth, Cleopatra entre ellos- son extraordinarios ejemplos no sólo
de cómo el sentido comienza más que se repite, sino también
de cómo vienen al ser nuevos modos de conciencia.
Podemos resistirnos a reconocer hasta qué punto era literaria nuestra
cultura, particularmente ahora que tantos de nuestros proveedores institucionales
de literatura coinciden en proclamar alegremente su muerte. Un número
sustancial de norteamericanos que creen adorar a Dios adoran en realidad a tres
principales personajes literarios: el Yahweh del Escritor J (el más antiguo
autor del Génesis, Éxodo, Números), el Jesús del
Evangelio de Marcos, y el Alá del Corán. No sugiero que los sustituyamos
por la adoración de Hamlet, pero Hamlet es el único rival secular
de sus más grandes precursores en personalidad. Su efecto total sobre
la cultura mundial es incalculable. Después de Jesús, Hamlet es
la figura más citada en la conciencia occidental; nadie le reza, pero
tampoco nadie lo rehuye mucho tiempo. (No se le puede reducir a un papel para
un actor; tendríamos que empezar por hablar, de todos modos, de "papeles
para actores", puesto que hay más Hamlets que actores para interpretarlos.)
Más que familiar y sin embargo siempre desconocido, el enigma de Hamlet
es emblemático del enigma mayor del propio Shakespeare: una visión
que lo es todo y no es nada, una persona que fue (según Borges) todos
y ninguno, un arte tan infinito que nos contiene, y seguirá conteniendo
a los que probablemente vendrán después de nosotros.
Con la mayor parte de las obras de teatro, he tratado de ser tan directo como
lo permitían las rarezas de mi propia conciencia; dentro de los límites
de una franca preferencia por los personajes antes que por la acción,
y de una insistencia en lo que llamo "ir al primer plano" mejor que
el "ir al trasfondo" de los historicistas viejos y nuevos. La sección
final, "Ir al primer plano", pretende ser leída en relación
con cualquiera de las obras de teatro indiferentemente, y podría haberse
impreso en cualquier parte de este libro. No puedo afirmar que soy directo en
lo que respecta a las dos partes de Enrique iv, donde me he centrado obsesivamente
en Falstaff, el dios mortal de mis imaginaciones. Al escribir sobre Hamlet,
he experimentado con el uso de un procedimiento cíclico, tratando de
los misterios de la obra y de sus protagonistas mediante un constante regreso
a mi hipótesis (siguiendo al difunto Peter Alexander) de que el propio
Shakespeare joven, y no Thomas Kyd, escribió la primitiva versión
de Hamlet que existió más de una década antes del Hamlet
que conocemos. En El rey Lear, he rastreado la fortuna de las cuatro figuras
más perturbadoras ?el Bufón, Edmundo, Edgar y el propio Lear a
fin de rastrear la tragedia de ésta que es la más trágica
de las tragedias.
Hamlet, mentor de Freud, anda por ahí provocando que
todos aquellos con quienes se encuentra se revelen a sí mismos, mientras
que el príncipe (como Freud) esquiva a sus biógrafos. Lo que Hamlet
ejerce sobre los personajes de su entorno es un epítome del efecto de
las obras de Shakespeare sobre sus críticos. He luchado hasta el límite
de mis capacidades por hablar de Shakespeare y no de mí, pero estoy seguro
de que las obras han inundado mi conciencia, y de que las obras me leen a mí
mejor de lo que yo las leo. Una vez escribí que Falstaff no aceptaría
que nosotros le fastidiáramos, si se dignara representarnos. Eso se aplica
también a los iguales de Falstaff, ya sean benignos como Rosalinda y
Edgar, pavorosamente malignos como lago y Edmundo, o claramente más allá
de nosotros, como Hamlet, Macbeth y Cleopatra. Unos impulsos que no podemos
dominar nos viven nuestra vida, y unas obras que no podemos resistir nos la
leen. Tenemos que ejercitarnos y leer a Shakespeare tan tenazmente como podamos,
sabiendo a la vez que sus obras nos leerán más enérgicamente
aún. Nos leen definitivamente.
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