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La
lluvia
Por
Eduardo Wilde
No hay tal
vez un hombre más amante de la lluvia que yo.
La siento con cada átomo de mi cuerpo, la anido en mis oídos y
la gozo con inefable delicia.
La primera vez que me acuerdo haber visto llover fue durante la convalecencia
de una grave enfermedad, en mi infancia.
Había tenido la gran dolencia, la terrible fiebre tifoidea, esa enfermedad
simpática a pesar de sus horrores.
Me acuerdo todavía de la tarde en que me sentí ya mal, de la situación
de mi cama, del aspecto del cuarto vacío de muebles, de su aire frío
y del número de tirantes del techo sin cielo raso.
Estuve cerca de cuarenta días enfermo y mis percepciones fueron, por
lo que recuerdo, confusas y sin ilación. Me acuerdo que me quemaba y
que no podía sudar, que pasaba horas enteras pellizcándome los
labios cubiertos de costras que arrancaba sacándome sangre. Veía
y oía todo, pero como si fuera yo otra persona; parecía un desterrado
de mí mismo. El tiempo era eterno y en su eternidad yo tomaba todos los
brebajes imaginables que tenían el mismo gusto detestable. Soñaba
cosas increíbles, pareciéndome sueños las realidades y
realidades los sueños. Los ruidos eran lejanos; los oía como si
mis oídos fueran ajenos. Veía las cosas o muy lejos o muy cerca;
cuando me sentaba todo daba vueltas y cuando me acostaba mi cama se movía
como un buque. Veía animales silenciosos y muebles con vida. Las personas
de mi casa me parecían recién llegadas y extrañas. Un día
me sangraron; al sentir la picadura de la lanceta y ver la sangre, me desmayé.
Cuando volví en mí, cerca de mi cama estaba parada mi madre con
su cara pálida y seria; era una estatua.
El médico me miraba con aquella dulce atención tan propia de su
oficio; su fisonomía no expresaba nada, yo creo que lo tomé por
un hombre tallado en madera, como un santo sin pintar que había en la
iglesia. No me acuerdo haber tenido dolores durante mi enfermedad. La naturaleza
en los graves estados nos dota sin duda de una melancólica y suave indiferencia
cuyos beneficios son innegables.
Poco a poco me fui restableciendo.
El día que me levanté me miré en un espejito redondo como
esos que usan los viajeros (siempre he sido un poco presumido) y, en lugar de
dos mejillas abultadas y coloradas que tenía antes, encontré dos
huecos pálidos y chocantes; fui a pararme y me faltaron las fuerzas;
llevé las manos a mis pantorrillas y no hallé nada, no tenía
tales pantorrillas. ¿Y mi pelo rubio y ensortijado, qué se había
hecho?
No tenía muslos, ni vientre, ni estómago, no tenía nada.
Todo se había llevado la fiebre. "Pero que la busquen a la fiebre
y le pidan que me devuelva mis cosas", me dio ganas de decir.
La fiebre me había dejado sin embargo un apetito insaciable, un hambre
homérica y mortificantemente deliciosa, como pude observarlo en los días
siguientes.
Si durante mi convalecencia hubiera oído a alguien decir que no tenia
apetito, habría creído oír la mentira más hiperbólica.
Yo soñaba con comidas y componía platos imaginarios con todo lo
que uno podía llevarse a la boca. Si alguna vez tuve una idea clara de
la eternidad, fue entonces, al considerar los millones de siglos que había
entre el almuerzo y la comida.
El que no ha sido convaleciente no sabe lo que es bueno, como el que no tiene
callos no conoce las delicias de sacarse las botas. Yo no he tenido nunca callos
ni botas, pero sé lo que digo por el testimonio de personas fidedignas
y experimentadas.
La convalecencia es una nueva vida que se comienza siendo grande. Uno nace de
la edad que tiene al salir de su enfermedad.
¡Cómo se aspira la vida, cómo se siente uno vivir! Para
el convaleciente la vida tiene sabor, perfume, música y color; la vida
es sólida, puede uno tocarla, sentirla, alimentarse con ella y absorberla
en todo momento.
La luz es más luz, el aire más puro, más fresco, más
joven; la naturaleza es nueva, risueña, alegre, coqueta, sabrosa, encantadora.
Los órganos que asimilan el alimento con incomparable rapidez, se apoderan
de todo con la energía del hambre y la ambición de las necesidades
imperiosas de la vida.
¡Convalecer es una suprema delicia!
Parece que la debilidad nos vuelve a la infancia y nuestros sentidos gozan con
todo hallando a cada cosa la novedad y el atractivo que los mitos le encuentran.
Ninguna mala pasión, ninguna de esas ideas insanas que son el sustento
de la sociedad, germina en la cabeza de un convaleciente; ¡él no
quiere sino vivir, comer y descansar!
Se levanta tan pronto como puede para tomar el día por la punta, vive
con gusto su vida durante unas cuantas horas y se acuesta después para
dormir con un sueño profundo, robusto, intenso, dormido de una pieza.
Y luego las gentes son buenas, compasivas; las caras amables, hay sonrisas en
todas las bocas para el convaleciente que se deja adular, regalar, felicitar
y cuidar sin inquietarse siquiera con la sospecha de que sus contemporáneos
no esperan sino que se ponga fuerte para volver a agarrarlo por su cuenta y
morderlo, despedazarlo y combatirlo, como se usa entre hombres que se quieren
y que por eso viven en sociedad.
En fin, yo estaba convaleciente, pálido, flaco, sin fuerza.
¡Qué traza la que tenía! Me parecía que yo era mi
propio abuelo; un abuelito chico, disminuido, como si me hubiera secado y acortado;
era mi antepasado en pequeño, un antiguo concentrado que no había
comido nada durante muchas generaciones; mi apetito era del tiempo de Sesostris
y yo había estado en el sitio de Jerusalem; la conciencia de mi persona
se confundía con las más remotas tradiciones y no podía
entender cómo pudo llegar hasta mí la noticia de mi existencia,
siendo como era una momia mayor que sí misma y contemporánea de
los mastodontes.
La enfermedad había retirado en mi memoria las épocas y yo tenía
por sensaciones todas esas paradojas disparatadas.
Conforme iba ganando en fuerza, los días eran más plácidos.
Durante algunas horas me sentaba a recibir el sol que entraba en la pieza y
mi silla lo seguía en sus cambios de dirección hasta la tarde.
Nunca he visto sol más amable, más abrigado ni más cariñoso.
Verdad es que mi dicha se aumentaba con las delicias de una excepción
legítima: no iba a la escuela y mis hermanos iban. No ir yo era por sí
solo una bienaventuranza; que otros fueran era el colmo de la dicha. ¡Tan
cierto es que nada abriga tanto como saber que otros tienen frío!
Un día no hubo sol, pero en cambio llovió; llovió a torrentes.
El patio se llenó pronto de agua y las gotas saltaban formando candeleritos
que la corriente arrastraba. Estos millones de existencias fugitivas corrían
como si estuvieran apuradas, al son de la música del aguacero, con acompañamiento
de truenos y relámpagos. Había en el aire olor a tierra mojada,
perfume inimitable que ningún perfumista ha fabricado, y revoloteaban
en la atmósfera las luces de cristal de las gotas saltonas, acompañadas
por el ruido inmutable, acompasado, monótono, variado, uniforme, caprichoso,
metálico y líquido, propio sólo de la lluvia.
Yo habría querido petrificar mis sentidos y que la lluvia continuara
eternamente.
Allá lejos en el horizonte limitado por cerros rojos o grises que punzaban
el cielo con sus picos, el agua caía en hilos paralelos a veces o en
torbellino, en polvo cuando el viento arreciaba, en bandas o fajas impetuosas,
según los sacudimientos de la atmósfera y precipitándose
por las hendiduras y las pendientes, llegaba roncando al río para enturbiar
su clara corriente.
Las nubes viajaban por los cielos en montones como arrastradas por caballos
invisibles, azotados por los relámpagos que cruzaban como látigos
de fuego en todas direcciones.
El cielo en sus confines semejaba un campo de batalla; el oído estremecido
recogía el fragor de la pelea y los ojos seguían el fulgor de
los disparos de la gruesa artillería eléctrica.
¡Pobres viajeros con semejante lluvia! Mi imaginación los acompañaba
en su camino por los desfiladeros, por los bañados, y los veía
recibiendo el agua en las espaldas, con el sombrero metido hasta las orejas
y con la inquietud en el alma; ¡aquí atraviesan un río cuya
corriente hace perder pie a los caballos, allí cae una carga, más
allá se despeña un compañero cuya cabalgadura se espantó
del rayo!
¡Pobres navegantes con semejante lluvia! Sobre la cubierta de la nave
solitaria que toma un baño de asiento y una ducha al mismo tiempo en
el océano, corren los marineros con sus ropas de tela perfumada con brea,
a recoger las velas, mientras el capitán se moja las entrañas
con ron en su camarote para que todo no sea para el agua. Las puntas de los
mástiles convidan centellas, la lona se muestra indócil, la madera
cruje y el buque se ladea sobre las ondas como si fuera un sombrero de brigadier
puesto sobre la oreja del mar irritado.
Solamente los mineros están a sus anchas con un tiempo tan hidráulico;
no saben siquiera que ha llovido, y cuando salen de su trabajo, negros de polvo
de carbón o de metal, se sorprenden de que haya podido llover sin su
consentimiento y sin su noticia.
¿Y las lavanderas? Nunca he podido explicarme por qué dejan de
lavar cuando llueve y las vemos recoger sus atados, ponerlos en la cabeza y
ganar su domicilio bajo ese paraguas absorbente. ¡Pura rutina!
Cuando estaba yo en la escuela, tiempos duros aquellos, y comenzaba la lluvia,
el maestro, un terrible maestro, se distraía o se dormía con el
ruido narcótico del agua y mi catón, mi Robinson Crusoe y mi plana
se retiraban al infinito. ¡Yo sólo existía para adormecerme
con la elegía de la lluvia y una deliciosa estupidez se apoderaba de
mí sin que fueran capaces de sacarme de ella todos los catones posibles,
todos los parientes de Robinson, todas la generaciones de maestros ni todas
la planas de la tierra!
¡Con qué envidia miraba a los pobres diablos que pasaban por la
calle chapaleando en el barro y pegándose en las paredes para evitar
el agua, o a los provistos de paraguas que hacían un redoble al enfrentar
las ventanas, merced a las gruesas gotas del tejado, que resbalando por la tela
de seda o de algodón, iban a colgarse en las varillas como lágrimas
en una pestaña colosal!
Nunca pude comprobar por qué no daban asueto en los días de lluvia.
El aire era libre, los pájaros volaban a su antojo, el ganado pastaba
sin restricciones en los campos, el agua corría por el suelo, buscando
a su albedrío o al de la gravedad los declives. ¿Por qué
todo esto no estaba en la escuela como yo, o por qué la escuela no era
el campo, nosotros la vacas, los libros la hierba y el maestro un buey manso
y gordo, semejante a esos aradores incansables e indolentes que miran con estoicismo
la picana y con supremo desdén a los transeúntes?
Algunos años más tarde, en el colegio, la lluvia solía
venir a embargar mis sentidos y muchas mañanas, antes que sonara la fatídica
campana que nos llamaba al estudio, me despertaba oyendo llover como si el agua
hubiera trasnochado para estar lista ya a esa hora.
Mi pensamiento volaba entonces a mis primeros años; me cubría
la cabeza con las frazadas y mientras la lluvia cantaba en voz baja todas las
elegías de la desdicha, mi delicia era representarme mi casa, las personas
que conocí y amé primero y mi propia figura correteando sin zapatos
por el patio anegado.
Más tarde todavía, en el hospital, mientras estudiaba medicina,
en mi cuarto húmedo y sombrío, la lluvia caía mansamente
sobre los árboles de los grandes y solemnes patios, acompañando
a bien morir a los que expiraban en las salas. La lluvia tristísima sonaba
entre las hojas, y el cráneo de algún pobre diablo, ex-número
de la sala tal y famosa pieza anónima de anfiteatro, me miraba con sus
cuencas triangulares y oscuras como si quisiera entrar en conversación
conmigo acerca del mal tiempo.
Alguna canilla, unas cuantas costillas y otros huesos de difunto amarillentos,
adorno indispensable de todo cuarto de estudiante, tiritaban de frío
en un rincón, o se estremecían al sentirse trepar por un ratón
de hospital, de esos ratones calaveras y descreídos que no saben lo que
es la inmortalidad del alma y que viven entre huesos y entre cadáveres
como entre la mejor compañía.
Y mientras tanto el agua eterna, siempre agua, viajando de la flor al océano,
de la fosa a las nubes, del vapor al hielo, continuaba su ruta apurada por los
fenómenos naturales, entonando su música en los mares, en los
ríos, en las peñas, en los valles, y por fin en los tejados, haciendo
disparar a los gatos que, como se sabe, tienen una marcada animadversión
contra ese líquido.
El agua eterna sirviendo de espejo a los pastores en el campo, amontonando hielo
en las cordilleras, haciendo trombas en los mares, regando las sementeras, hirviendo
en algún tacho de cocina o lavando la cara de cualquier muchacho de cuatro
años, pues todos los de esa edad tienen la cara sucia, continúa
su ruta de la flor al océano, de la fosa a las nubes y del vapor a la
nieve.
El agua eterna siempre agua, empujando las locomotoras, haciendo navegar a los
buques, surgiendo de los pozos artesanos, vendiéndose a peso de oro en
las boticas, lavando las ropas en todo género de vasijas, entrando en
la confección de las comidas, sirviendo para inyecciones higiénicas
o ahogando gentes en las inundaciones, continúa su ruta bajo el imperio
de las fuerzas físicas, de la planta a los cielos, del corazón
a los ojos para desprenderse en lluvia de lágrimas sobre las mejillas
abatidas.
No tengo preferencia por ninguna clase de lluvia; me gusta la lluvia mansa,
la niebla, la bruma, la llovizna, la lluvia fuerte, la torrencial, la continua,
la intermitente, la con sol y la inopinada, esa que toma sin paraguas a todo
el mundo en la calle haciendo la delicia y el negocio de los paragüeros.
Las gentes de esta ciudad han podido verme con mi sombrero grande caminando
lentamente por las veredas, mientras otros corren presurosos buscando un abrigo
contra la lluvia. Yo prefiero mojarme y salgo a gozar cuando llueve, como los
demás hombres cuando hace lo que ellos entienden por buen tiempo. ¡Y
pensar que hay países donde no llueve nunca!
Por mí, bien podía no haber paraguas ni capas de goma, ni impermeables.
Me irrito cuando algún tonto llama mal tiempo al lluvioso y durante un
aguacero me encanto con el espectáculo que la ciudad ofrece.
El aire está fresco, la luz es tenue y delicada, no grosera como en los
días de sol. Los edificios se lavan y se asean, el agua limpia las calles,
los viandantes andan de prisa vestidos de fantasía, los carruajes se
ponen en movimiento y van dando cabezadas a un lado y otro como quien opina
de diferente modo; los carros de los vendedores atraviesan despavoridos las
bocacalles provistos de su perro malhumorado, cuya misión es gruñir
sin motivo a los que no piensan robar; los caballos trotan haciendo saltar chispas
de diamante; las mujeres levantan coquetamente sus vestidos, y los célibes
se paran en las esquinas esperando algo que no llega, hasta ver pasar a cuantas
se avista en todas direcciones.
Quizá también un carro fúnebre con su acompañamiento
correspondiente, se dirige al cementerio seguido de veinte coches con sus cocheros
agachados, provistos de su látigo a modo de pararrayo, todos iguales
y dibujando la misma silueta oscura. En la casa mortuoria las gentes vestidas
de luto, oyen en silencio la lluvia que canta acorde con sus sentimientos, cayendo
gota a gota, como si expendiera una plegaria al menudeo.
Los enamorados que fomentan el amor de las jóvenes obreras, hormiguean
por los barrios lejanos y van a hacer su visita tierna por no poder emplear
mejor su tiempo con semejante día.
En cualquier casa junto a la ventana, mirando pasar la gente y oyendo la lluvia
que con sus dedos amantes golpea los vidrios, cosen distraídas dos hermanas,
una mayor y otra menor (podían ser mellizas), la menor es más
bonita, la mayor más interesante; las dos alzan la cabeza al oír
el más leve ruido y suspiran si es el gato el causante. Entre ellas está
la mesita con su hilo, sus tijeras, su alfiletero y su pedazo de cera arrugado
como la cara de una vieja, merced a las injurias del hilo, su mortal enemigo.
El cuarto tiene piso de ladrillo, hay un brasero cerca de la puerta, en el cual
canta suavemente una caldera con aquella melancolía uniforme del agua
que está por hervir y que dice todo lo que uno quiere oír, al
unísono con las voces interiores del sentimiento. Hay además en
la pieza una cómoda de caoba en cuyos cajones moran mezclados los cubiertos
sucios, las ropas, una redecilla, dos o tres abanicos, varias horquillas y añadidos
de pelo, una estampa de modas, la libreta del almacén, un borrador de
carta amorosa que comienza con esta ortografía: "my Cerrido hamigo
de mi qorason" y una multitud más de objetos de todas las épocas.
Sobre la cómoda se ve una cajita con tapa de espejo toda desvencijada,
un libro de misa con las hojas revueltas que lo asemejan a un repollo, un florero
roto con una vela adentro, un santo de yeso con la cara estropeada, un busto
de Garibaldi, otro de Pío IX, y en el contiguo lienzo de pared, clavados
con alfileres, los retratos en tarjeta de todos los visitantes de la casa, ostentando
una variedad grotesca de modas y de actitudes; unos con pantalón largo
y pelo corto, otros con pantalón corto y pelo largo; uno con libro en
mano y aire sentimental, otros tiesos como si fueran de madera y todos con aquel
aspecto pretencioso que toman las gentes ante las máquinas fotográficas.
-Cómo llueve -dice la menor.
-Hoy no viene -dice la mayor.
-¿Por qué?, siempre que llueve viene.
La lluvia hace una pausa, y la conversación otra; se oye ruido de pasos
y de gotas de tejado sobre tela tendida.
Y la imagen de la lluvia, con el paraguas cerrado, la levita cerrada, el cuello
cerrado y el corazón y el estómago más cerrados aún,
entra en la pieza bajo la forma de un elegante joven, pobre de bienes enajenables,
rico de esperanzas y elocuente como cualquier necesitado en trámite de
amores.
Una de las niñas, después de los saludos, continúa haciendo
silbar su hilo en el género nuevo, mientras la otra abre los oídos
a la música siempre adorable del labio amante.
Y la lluvia batiendo su compás comienza de nuevo fuerte, calmada, violenta,
bulliciosa, alternativamente, acompañando con sus tonos dulcísimos
las vibraciones de dos corazones henchidos de amor y de zozobra.
La lluvia lenta y suave canta en tono menor sus tiernas declaraciones, formula
esperanzas, prodiga consuelos y adormece los cuerpos con sus secretas voces
misteriosas.
La lluvia furiosa, torrencial, vertiginosa relata batallas, catástrofes,
aparta la esperanza, despedaza el corazón y hace brotar en los ojos esferas
de cristal que balanceándose en las pestañas parece que vacilan
antes de soltarse para regar la tierra maldita.
Más allá en la vieja ciudad, álzase un convento sombrío,
pesado, vetusto, como un elefante entre las casas; una ventana microscópica
trepada en la pared enorme da paso a la luz que penetra sigilosamente en la
celda de un fraile, para insultar con la novedad de sus rayos, una cama vieja,
una mesa vieja y una silla vieja también, tres muebles hermanos en flacura
que instalaron allí su osamenta hace dos siglos y en los cuales mil generaciones
de insectos han llegado en la mayor quietud a la edad senil. La bóveda
amarillenta da atadura a cortinas colosales de telarañas, donde yacen
aprisionadas las momias de las moscas fundadoras y donde merodean silenciosas
arañas calvas y sabandijas bíblicas enclaustradas, aun cuando
no siguen la regla de la orden. Allí se han enloquecido de hambre las
pulgas más aventureras e ingeniosas y las polillas, después de
haber roído todas las vidas de los santos, han entregado su alma al creador
bajo los auspicios de la religión. Un libro con tapas de pergamino se
aburre de sí mismo entre las manos de un padre también de pergamino,
que mira desde la altura de sus setenta años con ojos mortuorios de ágata
deslustrada, las letras seculares de las hojas decrépitas e indiferentes.
En el patio del convento, crecen los árboles sobre las tumbas de los
religiosos y la lluvia que cae revuelve el olor a sepulcro de la tierra abandonada.
La mente del padre huida de su cerebro vaga por no sé donde, mientras
él, estúpido de puro santo, y sordo de puro viejo, no oye los
salmos que canta el agua desplomándose de los campanarios y azotando
los claustros.
Las pasiones han abandonado su corazón, los años han secado su
cuerpo, han oscurecido sus sentidos y lo han arrojado ahí sobre esa silla
para que vegete en vida, sin más instigador que el tañido de la
campana, único motor de su cerebro, habituado a despertarse a hora dada
por la costumbre cotidiana que lo obliga a cumplir sus deberes maquinales.
¡Dulce vejez sin dolores y sin enfermedades, premio de la vida austera,
tú que marchitas los sentimientos y despojas de aguijones el corazón
del hombre ¿por qué no dejas siquiera los oídos abiertos
para escuchar la lluvia que dice tantas dulzuras al desfalleciente y al moribundo?
Y mientras el viejo duerme su vida, en la ausencia de todos los excitantes de
los sentidos, abandonado de sí mismo en su celda helada, la lluvia saltando
sobre los tejados, apurada por las calles, chorreando por las rendijas, mandando
su agua por los albañales o formando arco iris en los horizontes, refresca,
anima y vigoriza la naturaleza o enferma y destruye los gérmenes de la
existencia humana.
Y mientras el viejo reposa sus órganos faltos de acción en su
silla fósil, la lluvia deslizándose por los mares grises, serpentea
lentamente por las hendiduras buscando su tumba al pie del edificio, o chocando
con los obstáculos, produce con sus gotas desarticuladas, un sonido de
péndulo que convida a morir.
La lluvia redobla en las bóvedas; en la iglesia desierta resuena la voz
del religioso que dice sus rezos con murmullos nasales, teniendo la soledad
por testigo; las naves están frías, el piso yerto, los altares
estáticos como decoraciones enterradas en el teatro de alguna ciudad
ahogada por las cenizas de un volcán y las imágenes de los santos,
con los ojos fijos y los brazos catalépticos, parecen aterrorizadas por
la lluvia que asedia, embiste y golpea las dobles puertas claveteadas.
El cuadro de la vida humana es monótono en su conjunto, pero variado
en sus detalles.
En una capilla, como prueba de las atracciones sexuales, acaba de desposarse
una pareja. El padre ha dirigido su sermón inútil que los novios
no han oído. Los invitados al acto y los recién casados se han
metido en los coches y han llegado sanos y salvos a la casa preparada; ha habido
una despedida en la puerta, la madre ha dado a la esposa un beso en la frente,
último beso casto que ésta recibe antes de entrar, llena de estremecimientos
y colgada del brazo de su marido, al dormitorio matrimonial. Allí está
la cama, una terrible cama monumental, preñada de amenazas y misterios;
la niña se siente en ella alarmada y temblorosa; el marido revuelve proyectos
en su cabeza inspirados en recientes orgías y con mano vigorosa desprende
los azahares de la frente virginal; luego el velo, después las horquillas...el
pelo cae derramándose sobre los hombros blancos... un corpiño
y un corsé se oponen a los proyectos; ¡abajo estos atavíos!
el vestido liviano se instala en una silla ostentando su cola; cae una enagua;
la novia se encoge de frío y de vergüenza; ¡en camisa delante
de un hombre! ¡y qué hombre! un brutal prosaico cuyos botines han
atronado al caer sobre el piso de madera. El frac ha ido a extenderse sobre
un sofá, donde ofrece el aspecto de un cajón fúnebre, al
lado de las demás ropas masculinas; la desposada encuentra que son mejores
los novios vestidos que los maridos desnudos. Han sido echados cautelosamente
los pasadores de las puertas; los corazones palpitan con violencia; los labios
están mudos; se oye el ruido de un beso; la lámpara opaca esparce
su luz tímida sobre la escena; hay en la atmósfera perfume de
carne joven; las sábanas nuevas dejan escapar esos anchos silbidos de
las telas frotadas; la desposada suspira, llora y se queja como un tierno pájaro
que expira; el marido ardiendo en deseos, abraza, acaricia y oprime... De repente
el oído percibe un murmullo inquietante, como el de cautelosas llamadas
repetidas... Las respiraciones se suspenden y a favor de su silencio se oye
los golpes espaciados de las gotas en los postigos de la ventana, como preludios
de la lluvia que comienza; lluvia de lágrimas en delicado homenaje a
una virginidad sacrificada y doliente, elegía que penetra en el alma
de la joven con la melancólica suavidad de un recuerdo lejano. . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
En otra escena, en medio de la ciudad bulliciosa, los diarios de la mañana
y de la tarde instalan en sus columnas de telegramas, la biografía y
el itinerario del último aguacero, según noticias venidas de cien
leguas a la redonda, los pluviómetros marcan insolentemente la cantidad
de agua caída en cada metro cuadrado, con la indiferencia de los datos
físicos y la poética, la sublime, la encantadora lluvia, pasando
por la Bolsa de comercio, experimenta la degradante y final transformación
de las delicias humanas, convirtiéndose en dato estadístico y
objeto de especulación
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