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Una
noche de edén
Por
Horacio Quiroga
Publicado en La Vida Literaria,
Buenos Aires, año 1, Nº 1, julio 1928.
No hay persona
que escriba para el público que no haya tenido alguna vez una visión
maravillosa. Yo he gozado por dos veces de este don. Yo vi una vez un dinosaurio,
y recibí otra vez la visita de una mujer de seis mil años. Las
palabras que me dirigió, después de pasar una noche entera conmigo,
constituyen el tema de esta historia.
Su voz llegóme no sé de dónde, por vía radioestelar,
sin duda, pero la percibí por vulgar teléfono, tras insistentes
llamadas a altas horas de la noche. He aquí lo que hablamos: -¡Hola!
comencé.
-¡Por fin! -respondió una voz ligeramente burlona, y evidentemente
de mujer-. Ya era tiempo...
-¿Con quién hablo? -insistí.
-Con una señora. Debía bastarle esto...
-Enterado. ¿Pero qué señora?
-¿Quiere usted saber mi nombre?
-Precisamente.
-Usted no me conoce.
-Estoy seguro.
-Soy Eva.
Por un momento me detuve.
-¡Hola! -repetí.
-¡Sí, señor!
-¿Habla Eva?
-La misma.
--Eva... ¿Nuestra abuela?
-¡Sí, señor, Eva sí!
Entonces me rasqué la cabeza. La voz que me hablaba era la de una persona
muy joven, con un timbre dulcísimamente salvaje.
-¡Hola! -repetí por tercera vez.
-¡Sí!
-Y esa voz... fresca... ¿es suya?
-¡Por supuesto!
-¿Y lo demás?
-¿Qué cosa?
- El cuerpo...
-¿Qué tiene el cuerpo?
Bien se comprende mi titubeo; no demuestra sobrado ingenio el recordarle su
cuerpo a una dama anterior al diluvio. Sin embargo:
-Su cuerpo... ¿fresco también?
-¡Oh, no! ¿Cómo quiere usted que se parezca al de esas señoritas
de ahora que le gustan a usted tanto?
Debo advertir aquí que esa misma noche, en una reunión mundana,
yo me había erigido en campeón del sentimiento artístico
de la mujer. Con un calor poco habitual en mí, había sostenido
que el arte en el hombre, totalmente estacionado después de recorrer
cuatro o cinco etapas alternativas e iguales en suma, había proseguido
su marcha ascendente de emociones en la mujer. Que en su indumentaria, en sus
vestidos, en el corte de sus trajes, en el color de las telas, en la sutilísima
riqueza de sus adornos, debía verse, vital y eterno, el sentimiento del
arte.
Esto había dicho yo. ¿Pero cómo lo sabía ella?
-Lo sé -me respondió-, porque todos ustedes piensan lo mismo.
Igual pensaba Adán.
-Pero creo entender -repuse- que en el paraíso no había más
mujer que usted...
-¿Y usted qué sabe?
Cierto; yo nada sabía. Y ella parecía muy segura. Así es
que cambié de tono.
-Quisiera verla... -dije.
-¿A quién?
-A usted.
-¿A mí?
-Sí.
-¡Ah!, es usted también curioso... Le voy a causar horror.
-Aunque me lo cause...
-Es que... (Y aquí una larga pausa)... no estoy vestida. ¿Comprende
usted? En el fondo del espacio donde me hallo... Y además, soy demasiado
vieja para no infundir horror.. aun a usted. Puedo sin embargo vestirme, si
usted me proporciona ropas, con una condición...
-¡Todas!
-Oh, muy pocas... Que me lleve con usted a ver señoras bien vestidas...
como se visten ahora. ¡Oh, condescienda usted!... Hace miles de años
que tengo este deseo, pero nunca como... desde anoche. Antes nos preocupábanos
muy poco del vestido... Ahora ha llegado la mujer al límite en el sentimiento
del arte.
Mis propias palabras, como se ve.
-Desde ese oscuro fondo del tiempo y del espacio -argüí-, ¿cómo?
-La serpiente de Adán, señor mío...
-¿De Adán? No, señora; suya.
-No, de Adán. De las mujeres son yararás que usted conoce, y una
que otra serpiente de cascabel...
-Crotalus terrificus- observé.
-Eso es. Pero no son las víboras, sino el maravilloso vestido de la mujer
de ahora lo que deseo ver. No puedo imaginarme qué puede ser ese arte
sutil que enloquece a las personas como usted.
Por segunda o tercera vez la ilustre anciana la emprendía conmigo. ¿Qué
hacer? Yo podía proporcionar a mi interlocutora las ropas que esperaba
de mí, y podía también proseguir la aventura que llegaba
hasta mí desde el fondo de la eternidad, a través de un trivial
teléfono.
Fue lo que hice. Coloqué a su pedido las ropas tras el biombo de la chimenea,
y bruscamente surgió ella ante mí, envuelta hasta los pies en
negro manto. Llevaba antifaz con encaje, y en las manos guantes negros. Yo podía
haber presentido, de fijar un instante más los ojos en su silueta, lo
que había en realidad de esquelético en aquella fosca aparición.
No lo hice, y procedí mal.
Sin ver, pues, más que aquella decrépita figura, terriblemente
arrepentido de mi condescendencia, salimos del escritorio, y media hora más
tarde llegábamos a una casa de mi relación, cuyas tres hermosísimas
chicas reunían esa noche a unos cuantos amigos.
Lo que fue toda esa sesión: mi presencia en compañía de
una ilustre anciana que por razones de estado deseaba conservar el incógnito;
la burlesca estupefacción de las chicas que charlaban sin perder de vista
al fenómeno; los esfuerzos míos para alejar de la situación
un ridículo inexorable, las sonrisitas cruzadas de las damas ojeándonos
sin cesar a la momia y a mí, toda esa interminable noche fue mucho más
larga de sufrir que de contar.
Regresamos a casa sin haber cambiado una palabra, ni en el auto ni en los instantes
en que dejé el sobretodo sobre una silla, y el sombrero no sé
dónde. Pero cuando me hube sentado de costado al fuego, sin mirar otra
cosa que el hogar de la chimenea y disgustado hasta el fondo de mi alma, la
dama, del pie, tomó entonces la palabra.
-Yo me voy, señor -me dijo- Ni por mi situación ni por mi edad
estoy en estado de permanecer más en su compañía, Por grata
que me sea, pues no soy desagradecida. He visto lo que deseaba, y me vuelvo.
Pero antes de partir deseo que usted oiga algunas palabras.
"Ustedes, los hombres, se han hartado de proclamar que la coquetería
es patrimonio de las hijas de Eva, -culpa mía, si usted quiere- y que
el mundo marcha mal desde que la primera mujer coqueteó con la serpiente...
Yo podría aclarar este concepto, pero no quiero volver sobre una historia
demasiado vieja ... aun para mí. Puedo decir, no obstante, que el adorno,
la coquetería en la mujer, era una cosa muy sencilla, pues no teníamos
para coquetear más que la cabellera. Después hubo otras muchas
cosas... Pero a pesar de nuestra orfandad al respecto, algo pude hacer con mis
diecisiete años... Usted debe saberlo por la Biblia.
"Pues bien: desde mucho tiempo atrás yo quería reencarnar
en la vida contemporánea; mas era indispensable para ello, que viera
cómo se visten las mujeres de ahora.
"¿Qué podía hacer yo, con mi pobre coquetería
del Paraíso, con mis escasos adornos de muchacha anterior al diluvio?
Por esto, y desesperanzada ya de reencarnar por largo tiempo con una nueva vida,
he tomado la determinación de hacerlo por unas breves horas, y he elegido
las horas pasadas para ponerme en contacto con el escritor que me escucha...
y con las señoritas que gustan a ese escritor.
"Por lo poco que he visto, el mundo de ustedes ha progresado inmensamente
en seis mil años, y hay ahora cosas admirables. Lo que no hay, óigame
usted bien, es progreso en el adorno de la mujer. Ustedes lo creen así,
porque dichos adornos cuestan dinero. En mi época, una chica estaba bien
vestida cuando, a más de ser bella, llevaba en los cabellos flores o
plumas de garza, tapados de pieles sobre los hombros, sartas de perlas en el
cuello, y un abanico de grandes plumas en la diestra.
"Hoy, señor enamorado, después de seis mil años de
febril progreso, de incalculables esfuerzos de la inteligencia y del arte, de
sutiles refinamientos estéticos, hoy las mujeres bien vestidas llevan,
exactamente como en las edades salvajes, plumas en la cabeza, pieles en los
hombros, piedras en el cuello, flores en la cabeza y grandes plumas en la mano.
"¿Dónde está el progreso, quiere usted decirme? ¿Qué
ha inventado de nuevo la mujer actual? ¿En qué revela su decantado
refinamiento de arte?
"¡Bah, señor! Ustedes se dejan engañar a sabiendas,
con su devoción feminista; pero salvo uno que otro detalle, la dama original
y elegante de hoy debe recurrir fatalmente para su adorno a los miserables elementos
del oscuro mundo primitivo: las pieles, las plumas, las piedritas que brillan.
"Y no sólo no se ha conquistado nada, sino que se ha rebajado el
valor de tales adornos. El valor de una piel sedosa está en la fatiga
que ha costado el obtenerla. El amante primitivo que a costa de su sangre conquistó
al animal mismo, la piel para adornar con ella a su amada, consagró con
ese precio el alto valor del adorno. Es bella la piel en los hombros de una
muchacha porque el hombre que la amaba se desangró por conseguírsela.
Este es su valor, como el de una obra de arte cualquiera, que para ser tal debe
dejar exhausto un corazón.
"Hoy no es la muchacha más amada la que le luce la piel, sino aquella
cuyo padre tiene más dinero. Y volveré a la nada en que he dormido
seis mil años, sin comprender cómo las amigas de usted, y las
otras y todas las mujeres de hoy, sienten tanto orgullo de lucir una piel que
no ha conquistado el varón que aman, sino que han debido pagar muy caro
al peletero; y sin comprender tampoco como ustedes los hombres no se mueren
de vergüenza cuando se sienten orgullosos de ver a sus novias lucir un
adorno que ustedes mismos han sido incapaces de obtener, y por el que otro hombre,
también joven y buen mozo como ustedes dio todo su valor y su sangre
en una cacería salvaje.
"Sólo esto quería decirle. Ahora, señor, me vuelvo.
Le he sido a usted demasiado cargosa con mi ancianidad y mis tonterías
para que no conserve usted de mí ni el recuerdo..."
Permanecí impasible, sin apartar los ojos del fuego.
-¿Quiere usted, sin embargo, guardar un vago recuerdo mío? Lo
autorizaría a usted a sacarme una fotografía...
Dijo; y sin hacerme rogar de nuevo, pues deseaba concluir de una vez con aquel
atroz absurdo, me levanté, también sin mirar a la dama, volví
con la máquina, y a toda prisa apreté el obturador.
¡Por fin! Eché una mirada salvadora al biombo que debía
ocultarla de nuevo.
-¡Oh, esta vez no hay necesidad! -murmuró ella-. Con que cierre
usted un instante los ojos, basta...
¡Los cerré con rabia, y cuando los abrí no había
ya nadie allí!
Aquí concluye la historia. Y lo que sigue no es sino un eterno remordimiento.
Al hallarme solo, me hallé también sin sueño por el resto
de la noche.
Y mitad por distracción, mitad por curiosidad fotográfica, revelé
la placa.
¡Oh! ¿Qué razón no ha concebido a Eva desnuda como
el cielo, virgen y hermosísima en la primera alba del Edén?
No una decrépita momia envuelta en negro: una criatura de diecisiete
años, indescriptiblemente pura y curiosa, era lo que revelaba la fotografía.
Y yo no había sabido verlo.
Al día siguiente, a las mismas altas horas de la noche, el teléfono
sonó.
Era ella.
Cuanto alcanza un hombre a expresar de remordimiento, lo expresé en mi
largo discurso.
-¡Vuelva! -supliqué por toda conclusión.
-No puedo -repuso ella. Y más burlonamente aún-: Estoy desnuda...
-Yo cazaré tigres para usted...
-¿Usted, cazar tigres ?... Usted es un cazador de historietas y no siempre
verosímiles... Pero le estoy muy agradecida, sin embargo. Y si alguna
vez vuelvo...
La voz se cortó. No oí más. Ni al día siguiente,
ni después, nunca.
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