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¿Por
qué no pueden decirte el porqué?
Por
James Purdy
Paul
no supo casi nada de su padre hasta que encontró la caja de fotografías
en el desván. Desde aquel momento se dedicó a mirarlas
de día y de noche, y cada vez que Ethel, su madre, hablaba por
teléfono con Edith Gainesworm. Asombrado, contemplaba a su padre
en las diferentes fases de su vida: primero, como un niño de
su edad, luego como un joven, finalmente, antes de morir, vestido con
el uniforme del Ejército.
Ethel siempre se había referido a él como tu padre, y
ahora las fotografías lo mostraban bajo un aspecto muy distinto
del que se había imaginado.
Ethel nunca habló con Paul acerca de por qué había
venido enfermo de la escuela, y al principio fingió no saber
que había encontrado las fotografías. Pero le decía
a Edith Gainesworm por teléfono todo lo que ella pensaba y sentía
por él; y Paul escuchaba todas las conversaciones desde su escondite
en la escalera de servicio, donde se sentaba para mirar las fotografías,
que había trasladado de la vieja caja de zapatos donde las encontró
a dos grandes y limpias cajas de bombones.
-Seguro que no conoces a un muchacho enfermo como él, que le
dé por las fotografías -dijo Ethel a Edith Gainesworm-.
En vez de juguetes o pelotas, viejas fotografías. Y eso que apenas
si le he contado nada acerca de su padre.
Edith Gainesworm, que estudiaba psicología en un centro superior
en la parte baja de la ciudad, a menudo daba consejos a Ethel con relación
a Paul; pero aquella noche no dijo nada acerca de las fotografías.
-Todas las madres deberían tener una pensión -prosiguió
Ethel-¿No es terrible tener que estar todo el día de pie,
atendiendo al público, y luego tener que cuidar por la noche
a un niño enfermo? Mis noches son aún peores que mis días.
Estas conversaciones telefónicas siempre excitaban a Paul, porque
eran las únicas ocasiones en que oía hablar de sí
mismo y de las fotografías. Cuando sonaba el timbre del teléfono
solía correr a la escalera de servicio y empezaba a mirar las
fotografías, y luego, a medida de que la conversación
se desarrollaba, con frecuencia iba corriendo al cuarto de enfrente,
donde Ethel estaba hablando, a veces llevando consigo una de las fotografías
e imitando con la boca el ruido de un pájaro o un avión.
Dos meses habían transcurrido de este modo, sin que el niño
fuera a la escuela, como si toda la vida se le pasara escuchando las
charlas telefónicas de Ethel con Edith Gainesworm y mirando las
fotos de las cajas de bombones.
Una vez, a medianoche, Ethel echó de menos al niño. Se
levantó de la cama sintiendo como una opresión en la cabeza
y el cuello; se dirigió a la cama de Paul y advirtió que
no estaba la manta india. Llamó al niño y fue hasta la
ventana, y miró hacia afuera. Sin cesar de llamarlo, se dirigió
a la escalera.
-¡Dios mío! ¡Siempre me haz de causar alguna preocupación!
-dijo-. ¿Dónde estás, Paul? -repitió con
voz somnolienta. Bajó hasta la cocina, aunque no creía
posible que estuviera allí, porque el chico nunca comía
nada.
Luego se dijo: "Naturalmente", al recordar cuántas
veces iba a la escalera de servicio con aquellas fotografías.
-¿Qué estás haciendo aquí, Paul? -le preguntó,
y su voz tenía un tono dulce pero amenazador que despertó
al chico, que se había quedado dormido encima de las cajas y
las fotografías, como protegiéndolas, con la manta echada
sobre la espalda y los hombros.
Paul
se aferró a las cajas casi con vehemencia cuando vio a aquella
mujer pálida y fea que se arrebujaba en su bata de hombre y lo
estaba mirando. Hubo un ligero olor a cisterna destapada cuando ella
terminó de ponerse la bata.
-Pues aquí, Ethel -contestó el niño al cabo de
un rato.
-¿Qué quieres decir con eso de "pues aquí",
Paul? -preguntó ella acercándose.
Lo tomó por el pelo y le dio unos suaves tirones, esa era la
forma en que solía acariciar al niño. Estos leves tirones
hicieron que temblase con cortas y sucesivas sacudidas bajo la mano
de Ethel, hasta que al fin lo soltó.
Paul observó cómo su madre se quedaba contemplando las
cajas de fotografías que él custodiaba.
-¿Duermes aquí para estar cerca de ellas? -le preguntó.
-No lo sé, Ethel -respondió Paul, emitiendo soplidos como
si quisiera hacer desaparecer algo que tenía delante.
-No lo sabes, Paul -dijo ella con su voz dulzona y desagradable, acercándose
más al niño, con ese olor rancio de su bata.
-¡No, eso no! -exclamó Paul.
-¿Eso no, qué? -dijo Ethel, agarrándolo por las
solapas del pijama.
-¡No me hagas nada, Ethel! ¡Me duelen los ojos!
-Te duelen los ojos -dijo ella con tono de incredulidad.
-También me duele el estómago.
Inclinándose de pronto, Ethel recogió del suelo las dos
cajas con fotografías y las retuvo entre sus brazos, enfundados
en las amplias mangas de la bata.
-¡Ethel! -gritó el niño con la voz más fuerte
y clara que ella le hubiese escuchado-. ¡Ethel! ¡Esas son
mis cajas de bombones!
Ethel lo miró como si fuera la primera vez que lo veía,
advirtiendo con sorpresa que estaba muy delgado y huesudo y que tenía
un lunar muy feo en su demacrada garganta. No podía comprender
que ese fuera su hijo.
-Son estas cajas de fotografías las que te ponen enfermo.
-¡No, no, mamá Ethel! -gritó Paul.
-¿No te acuerdas de que te dije que no me llamaras mamá?
-dijo la mujer avanzando hacia él y poniéndole la mano
en la frente.
-Te he llamado mamá Ethel, no mamá -respondió el
niño.
-Supongo que creerás que tengo mil años de edad -repuso
Ethel, levantando la mano como si no supiera qué hacer con ella.
-Creo que ya sé qué hacer con esto -prosiguió,
con calma fingida.
-¡No, Ethel! -dijo Paul- ¡Devuélvemelas! ¡Son
mis cajas!
-Dime por qué has venido a dormir aquí, sabiendo que en
este sitio te podrías empeorar. Quiero que me lo digas.
-¡No puedo, Ethel! ¡No puedo! -respondió Paul.
-Entonces voy a quemar las fotografías -contestó Ethell.
El niño se arrojó a los pies de ella y le abrazó
las piernas.
-iEthel! ¡Por favor! ¡No te las lleves! ¡Por favor,
Ethel!
-¡No me toques! -dijo la mujer.
Sus nervios estaban alterados, creía que si el niño volvía
a tocarla, se sobresaltaría como si un ratón se hubiera
metido debajo de sus ropas.
-Ponte de pie y cuéntame como un hombrecito, por qué estás
aquí -dijo ella; pero mantuvo los ojos medio cerrados y la vista
apartada del niño.
Él movió los labios como para hablar, pero en realidad
no comprendió lo que ella quería decir con la palabra
hombrecito. Esta palabra le molestaba cada vez que la oía.
-¿Qué estás haciendo con las fotografías
todo el tiempo, durante el día cuando estoy fuera de casa, y
ahora, por la noche? Nunca había oído hablar de una cosa
así.
Entonces se apartó de él, de modo que las manos del niño
soltaron las piernas de ella, que había tenido abrazadas; pero
permaneció unos instantes cerca de las manos de Paul, como si
no supiera qué tenía que hacer a continuación.
-Sólo las miro, Ethel -dijo al fin el niño.
-No digas mentiras -dijo ella, mirándolo a la cara y luego:
-¡Quiero la verdad! -gritó.
Paul se echó a llorar y gimió, pensando qué podía
querer su madre que le dijera; ahora había empezado a perder
la noción de todo, y ni siquiera comprendía qué
se esperaba de él. Era insoportable.
-¿Me oyes, Paul? -dijo ella entre dientes, muy cerca de él
ahora, y mirándolo con tanta furia que Paul tuvo que cerrar los
ojos-. ¿Sabes lo que voy a hacer si no me contestas?
-¿Me castigarás? -preguntó Paul con un hilito de
voz.
-No, esta vez no voy a castigarte -dijo Ethel.
-¡No vas a castigarme! -exclamó el niño, y un nuevo
temor y una nueva sorpresa asomaban ahora en sus ojos cansados. Luego,
mirándola fijamente a los ojos se echó a llorar con terror;
porque le pareció que en todo el mundo sólo existían
ellos dos, él y Ethel.
-Recuerdas adónde enviaron a tía Grace ¿verdad?
-dijo Ethel con una voz terrible.
Él lloró con más furia, salpicando con saliva la
pared. Se quedó mirando el final de la escalera como buscando
un lugar a dónde escapar.
-Recuerdas adónde la enviaron, ¿no? -insistió Ethel
con voz tranquila y paciente, como la de una mujer que ha recibido un
trato irrespetuoso de parte de un hijo al que, a pesar de todo, aún
sigue queriendo.
-¡Sí, sí, Ethel! -gritó Paul histéricamente.
-Dile a Ethel adónde enviaron a tía Grace -dijo ella en
el mismo tono paciente y cariñoso.
-Yo no sabía que también enviaban niños allá
-dijo Paul.
-Tú ahora eres algo más que un niño -respondió
Ethel-, ya tienes edad suficiente para que... Y si no le dices a Ethel
por qué estás mirando todo el tiempo las fotografías,
tendremos que enviarte al manicomio, con las rejas.
-No sé por qué las miro, querida Ethel -dijo ahora el
niño con voz débil, pero con extrema tensión, y
se puso a acariciar el forro de piel de las zapatillas de ella.
-Creo que sí lo sabes, Paul -dijo ella con voz tranquila; pero
el niño pudo percibir cómo iba desapareciendo su tono
amable y paciente, y levantó a medias las manos como para protegerse
de algo que aquella mujer pudiera hacerle.
-Pero no sé por qué las miro -repitió, gimoteando
y de pronto volvió a abrazarle las piernas.
Ethel dio un paso atrás, pero conservando aún su sonrisa
paciente y comprensiva, de perdón.
-Muy bien, Paul.
Cada vez que decía "Muy bien, Paul", era para dar a
entender con ello que daba por terminada una discusión.
-¿Adónde vamos? -gritó Paul, mientras ella lo llevaba
hacia la cocina.
-Al sótano, por supuesto -respondió Ethel.
Nunca antes habían ido juntos al sótano, y el terror de
lo que podía sucederle allá le dio una especie de apaciguamiento
que le permitió bajar con paso firme los irregulares peldaños.
-Lleva tú las cajas con las fotografías, Paul -le dijo
ella-, ya que te gustan tanto.
-¡No, no! -gritó Paul.
-¡Llévalas! -ordenó ella, dándole las cajas.
Él las sujetó contra su cuerpo, y cuando llegaron al sótano,
la mujer abrió la puerta del horno y, apretándose el cinturón
de la bata, le dijo fríamente, su cara blanca iluminada por las
llamas:
-Tira las fotografías ahí dentro, Paul.
Él se la quedó mirando, como si ahora resultaran ciertas
todas las pesadillas, como si al fin el terror completo y definitivo
de lo que puede sucederle a uno en la vida se hubiera desplegado ante
su vista.
-¡Son de papá! -exclamó con una voz que ninguno
de los dos reconoció.
-Tú lo has querido -dijo ella fríamente-. Prefieres un
hombre muerto a tu propia madre. O echas las fotografías al fuego,
puesto que son ellas las que te ponen enfermo, o tendrás que
ir al lugar al que enviaron a tía Grace.
Él ahora empezó a correr por el cuarto como un pajarito
que se ha escapado de la tienda en donde lo vendían y ha ido
a parar en medio de la confusión de una calle de la ciudad, y
con la boca emitía extraños sonidos que Ethel, no podía
creer que salieran de sus pulmones.
-No creas que voy a tener paciencia para tus payasadas -gritó;
pero sus palabras se perdieron como si lo hiciera en un cuarto vacío.
Mientras corría alrededor del pequeño cuarto, con las
cajas de fotografías apretadas contra su pecho, algunas de las
fotos cayeron al suelo. Él se detuvo para recogerlas, mientras
seguía apretando convulsivamente las cajas y emitía pequeños
gritos de impotencia y dolor agudo.
Ethel lo miraba sin dar crédito a sus ojos. Ahora no sólo
no le parecía hijo suyo, sino que ni siquiera parecía
ya un niño; al contrario, con su pijama roto y sin zurcir, parecía
un animal lisiado y moribundo que corriera desesperadamente tratando
de huir de su propio dolor.
-¡Dame esas fotografías! -gritó ella. Le arrebató
algunas que él tenía en las manos, y las arrojó
rápidamente al fuego.
Después se dio vuelta y fue a tomar las cajas que él sostenía.
Pero la escena que vio hizo que se detuviera. Él se había
encogido, agachado en el suelo, y apretando las cajas contra su estómago,
emitió una especie de silbido hacia la mujer, de modo que ella
no tuvo la posibilidad de acercarse ni de llevárselo de allí,
mientras de la boca del niño salía una sustancia espesa,
fibrosa y de color negruzco, como si estuviera vomitando su corazón
cargado de amargura.
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