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La
Ley de los Espacios en Blanco
Por
Giorgio Pressburger
La ley de los espacios en blanco
Ediciones Destino, 1991
Traducción: Juana Bignozzi
A. T. Luria: Málenkaia knizhka o bolshói pámiati,1
Moscú, 1968. Id.: Potérianni i vozvrashchenni mir,2
Moscú, 1971.
Una
mañana de invierno, el doctor Fleischmann se dio cuenta de que
ya no recordaba el nombre de su mejor amigo. Estaba solo en casa. La
gobernanta acudía los días hábiles. Su vieja amiga,
Lea, estaba confinada en la cama por una fuerte hemicrania. Durante
la noche el médico había soñado con un terremoto
y luego con el encuentro con un extraño enemigo de cabellos relucientes
de brillantina, que todos llamaban el Espíritu del Tiempo. Por
la mañana se despertó y recordó a su amigo, maestro
de ajedrez y locutor de televisión. Nunca había anotado
su número telefónico en la agenda forrada en piel, ni
lo había memorizado con el pequeño ordenador que le regalara
un primo residente en Connecticut. Telefoneaba a su amigo todos los
días. Le parecía superfluo registrar en el papel o en
los circuitos electrónicos una serie de números que su
memoria recordaba con tanta frecuencia. Pero en noviembre su amigo había
salido de vacaciones durante cuatro semanas, y en ese tiempo su número
se había borrado de la memoria del lector Fleischmann. Quiso
buscarlo en el listín telefónico, pero ¿con qué
nombre buscar? Durante diez minutos, ni el nombre ni el apellido de
Isaac Rosenwasser volvieron a la mente del médico. "Bueno,
se ve que aún estoy durmiendo", se dijo a él mismo
esa mañana. Se pellizcó el brazo. "También
esto podría ser sólo un sueño -volvió a
decir en voz alta-. Soñar que uno se pellizca, qué estupidez",
pensó.
Fleischmann creía en el orden y en la solemne sentenciosidad
de los propios pensamientos. Lograba decir máximas áureas
respecto de cualquier cosa, y sus pacientes le consideraban un verdadero
maestro de la vida además de un gran médico.
Su ordenador personal tenía anotados los datos de cada visita,
la anamnesis de cada paciente. Su vida afectiva permanecía al
margen de esta tentativa de ordenamiento perfecto del mundo: madre,
hijos, mujeres, amigos, no correspondían a ningún cuadro
visible en la pantalla de su ordenador.
"¿Cómo se llama? -insistía aquella fría
mañana-. Lo tengo en la punta de la lengua y no logro recordar
su nombre. Crecimos juntos:¡Qué vergüenza!"
Muy pronto su indignación se transformó en miedo, primero
tímido, luego cada vez más violento. "¿Y si
fuese el comienzo de una enfermedad?" Descartó esa idea.
"Por un trivial fallo de la memoria no hay que pensar en seguida
lo peor. No se ha producido la sinapsis de dos neuronas. Una molécula
de fósforo o de potasio no ha sido arrastrada a la otra orilla
entre dos células de la corteza cerebral."
Se levantó de la cama. Realizó algunos ejercicios de gimnasia.
Tenía cincuenta y cinco años, y estaba en toda su plenitud.
Esquiando dejaba atrás a muchos jóvenes. En el Octavo
Distrito tenía más de una amante entre las señoras
más jóvenes y procaces, y también entre las muchachas.
Telefoneó a una de ellas, y durante su encuentro de la tarde
en un pisito de la calle del Árbol de Acacia encontró
la manera de olvidar el desagradable caso de amnesia.
Pero cinco días después el doctor Fleischmann se sorprendió
pensando larga e inútilmente en la palabra "inyección":
no fue capaz de recordar su sonido. Se quedó delante del paciente.
El significado de esa palabra giraba en las circunvoluciones de su cerebro,
pero su sonido seguía ausente, perdido en la nada. Después
de veinte larguísimos segundos, el médico acabó
por reencontrarla en la memoria de su oído. Recetó al
enfermo inyecciones de vitamina B12, que debía administrarse
a diario durante una semana. "Estoy muy cansado -dijo Fleischmann
en voz alta, apenas el paciente cerró la puerta detrás
de él-; también yo tengo que hacer una cura de neurotróficos.
Además debo reordenar mi vida. Tengo demasiadas ataduras, debo
simplificarlo todo." Esta vez, la idea de que se tratase de una
temida enfermedad orgánica ni le rozó. Estaba seguro de
él y de la máquina de su cuerpo, de cuyo perfecto funcionamiento
daban testimonio cada día sus prestaciones deportivas y amorosas.
No tardó en recobrar la tranquilidad y, mediante un ejercicio
un poco infantil pero habitual en él, repitió cien veces
la palabra "inyección" mientras escrutaba en todos
sus pensamientos las asociaciones mentales que pasaban por su cabeza.
Y así, durante un instante, en su mente se presentó la
idea de la muerte, del más allá y del más acá.
En ese instante se sintió moribundo. "Se trata con seguridad
de un deterioro irreversible de las células de mi cerebro",
pensó a propósito de su inesperada amnesia, que jamás
había conocido hasta esos días. Empezó a sudar
y tuvo una sensación de vacío concretamente en el abdomen.
El lápiz, pues, había sido apuntado hacia su nombre que
muy pronto sería borrado de la lista de los vivos, y él
se encontraría en la mesa de mármol de una sala de disección,
con los miembros rígidos. Y después la disolución,
las aguas putrefactas, la tierra. ¿Eso era todo? ¿Eso
era la vida?
Anotó mecánicamente una cita con un laboratorio para el
día siguiente, y a las siete de la mañana fue a hacerse
un análisis de sangre y de orina. Muy pronto sabría si
la máquina estaba condenada de veras a terminar entre la chatarra.
"No es una sentencia lo que espero. Cuando fui arrojado entre los
vivos, ya se había emanado la sentencia. No importa si un día
ya no puedo decir la palabra "yo", porque el yo no existirá
o ya no será capaz de hablar. Eso no me importa", pensó
al salir del laboratorio. Fue directamente a visitar a los pacientes
que le esperaban. Durante esas visitas comprobó con triunfal
amargura y sentido del ridículo que los nombres desaparecidos
durante segundos y horas de su vocabulario se iban multiplicando. Ya
no se trataba de palabras de sonido complicado, como plantígrado
o clepsidra, sino que términos como dentífrico o arena
empezaron a obstaculizar durante un instante el pensamiento que recorría
el laberinto de las células cerebrales. "Peor estoy y peor
me siento -pensó Fleischmann-; pasará, me acostumbraré."
Fue a casa de su mujer, y habló largamente con ella de cosas
sin importancia, cotidianas. Sólo ahora le parecía estar
vivo, cuando su existencia había estado en peligro. Su vida anterior
siempre le había parecido un mero recuerdo, nunca un presente;
un estado larvario en el que se veía con la forma de un ser ciego,
carente de inteligencia y de conciencia. Ahora, en cambio, advertía
en ese ser tanta prontitud y tanta agudeza, que estaba asombrado. También
su estupor le parecía un movimiento del alma que nunca había
sentido antes. Así pasaron dos días. Al tercero fue a
buscar los resultados de los análisis. Éstos mostraron
una alteración notable del cuadro hematológico. Tres o
cuatro valores estaban muy por encima de los límites normales,
y sin una intervención exterior pronto llevarían al doctor
Fleischmann a lo que sus colegas llamaban el Evento. "¿Ya
has tenido un Evento? -le preguntó Flebus, en efecto, cuando
le llevó los resultados de los análisis-. ¿Balbuceas
alguna vez? ¿Te trabas al hablar? ¿No te acuden las palabras
a la lengua? Fleischmann negó. Fue a su casa, se encerró
en el estudio y lloró. Por la noche, en su círculo familiar
de otra época, con los codos apoyados en el mantel fresco, miró
largamente a su hijo, a su madre, a su mujer, que habían seguido
viviendo juntos cuando él se hubo ido.
"¿Tiene sentido todo esto?" Se dio cuenta con terror
de que lo que más le interesaba -el amor, el afecto, la responsabilidad
por la vida de los suyos- lo estaba abandonando, dejándole en
un burlón coloquio con todo lo que no era él: el mundo.
-Estás pálido, papá -observó su hijo Benjamín-,
tienes demasiados pacientes. Si recetases un purgante menos gozarías
más de la vida...
Fleischmann volcó el plato de sopa sobre la mesa y salió.
Vio la mirada asustada, de perseguidos, de su hijo y de su mujer.
La noche en la calle del Teatro Popular era fresca y estaba llena de
sonidos. Los borrachos subían a cuatro patas de las tabernas.
Fleischmann no sabía cómo huir de la persecución
que él mismo se infligía. Trataba de darse ánimo:
"¿Quién ha dicho que ciertas suposiciones de la ciencia
son verdaderas? Nuestro cerebro es inmenso: está formado por
dos hemisferios, dos planetas, dos universos. Siento que me ayudará.
No ha llegado mi hora".
Se inscribió en un curso de memorización y lectura veloz
que se realizaba en la calle José II, en un oscuro piso de dos
habitaciones. La primera vez que subió las escaleras ennegrecidas
de ese edificio de cinco plantas encontró a algunos jóvenes
de barba larga y a algunos meticulosos empleados decididos a hacer carrera,
todos vestidos más o menos de la misma manera, con ropa barata
y tosca. En el piso, cuyo pavimento de madera tenía los listones
flojos y gastados, una veintena de sillas y una mesa estaban destinadas
a dar la impresión de que allí se seguía un método
serio y tradicional. Era una de las primeras iniciativas privadas permitidas
por el Estado. "¡El Estado que permite el uso de la memoria!
Está bien. El Estado es sólo memoria. Está destinado
a destruirse, como todas las memorias", pensó.
Después de algunas semanas de iniciado el curso, observó
una notable mejoría en su propia capacidad para recordar nombres,
rostros, lugares conocidos recientemente (las cosas remotas se habían
conservado intactas en su memoria y en su olvido). La atmósfera
de iniciados que reinaba entre los participantes en el curso le daba
la impresión de formar parte de una secta cuya misión
fuese continuar la vida en la tierra después de la catástrofe.
Las lecturas veloces, transversales, a saltos, las técnicas basadas
en la acción común de los sentidos y en la hipnosis, representaban
para Fleischmann el viático para los siguientes años de
vida, para vivirlos sin el escándalo de la decadencia física.
Las tres semanas del curso fueron las últimas soportables en
la existencia del ilustre médico.
Al término de ese período recibió un diploma, y
el profesor -un rubito de aspecto insignificante que había aprendido
en Gran Bretaña el arte de la memoria- le elogió de manera
especial. Nunca había encontrado a un alumno tan diligente y,
al mismo tiempo, dotado de tanta inteligencia.
Fleischmann reanudó su trabajo con mucho optimismo. Recorría
las callejuelas del Octavo Distrito, subía a los pisos oscuros
donde visitaba a viejos enfermos del corazón y a mujeres de noventa
años solas, resignadas. Tenía la convicción de
poder darles algo importante: algunos minutos de vida.
Un día, al volver de sus visitas, oyó sonar el teléfono
desde el hueco de la escalera. Subió corriendo el último
tramo. Por lo general no se apresuraba tanto: más bien detestaba
el teléfono, a través del cual podían alcanzarle
los casos más imprevistos de la vida y de la muerte, justamente
a él, en cualquier momento. No había pensado en eso al
elegir la carrera de médico. Cuando abrió la puerta encontró
a la gobernanta -ochenta años, flaca y sorda- con el auricular
tendido hacia él y con lágrimas en los ojos.
-Venga, doctor -susurró la viejecita-; es para usted.
Y así fue como Abraham Fleischmann se enteró de la muerte
de su hermano. Médico como él, profesor de Anatomía
Comparada, cirujano de fama internacional, el hermano siempre había
estado un poco delicado de salud. Pero murió de improviso. "Un
ictus, mi infarto...", murmuró Fleischmann para sí,
con objetividad científica. Un instante después estalló
en llanto, en un ulular doloroso que hizo huir a la vieja sirvienta.
El médico salió de su casa y se puso a correr, tragando
sus propias lágrimas y gimiendo en voz alta a lo largo de toda
la calle Kun. No pocos paseantes se volvían a mirarle, sin preguntar
nada. De adulto, Abraham Fleischmann había querido y admirado
a ese hermano. En cambio, de pequeños, su melancolía y
su propensión contemplativa le irritaban. Todavía no estaba
en condiciones de comprender qué gentileza y profundidad de sentimientos
se escondían en su aparente abulia. Ahora yacía allí,
envuelto en una sábana, según la costumbre de los hospitales,
como una especie de momia. Hacía media hora que estaba muerto,
y bajo los pliegues de la tela se adivinaban los rasgos de su cara,
la protuberancia de la nariz, el dibujo de la boca. Como a muchos mortales,
también al médico Fleischmann, aunque habituado a asistir
a agonías y muertes, esa visión le hizo subir un grito
a los labios:
-¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
-masculló sollozando el médico con el rostro bañado
en lágrimas.
Para sí mismo acusaba oscuramente al hermano por no haber sido
previsor, por haber consentido la muerte, por haberla deseado. Al mismo
tiempo, sabía que en pocos días se rendiría a la
superior sabiduría y dulzura del hermano difunto, cuya voluntad
de morir -de otra manera, ¿por qué iba a enfermar siendo
tan joven y reputado?- era otra expresión de esa sabiduría.
Seguir vivo le parecía ahora una insensatez sin igual, y la existencia
toda, un horrendo y sucio matadero y nada más.
Aún no sabía que al cabo de pocos días ese acontecimiento
iba a cambiar su sentido del mundo. Ese proceso tuvo un comienzo súbito
apenas vio a su cuñada acurrucada en el vano de una ventana del
corredor en el hospital. Por ella supo que su hermano había estado
largo tiempo enfermo, durante varios años, y que sólo
por consideración hacia su madre -también ella afectada
por diferentes achaques debidos a la edad- no había confesado
a nadie, y mucho menos a él, la gravedad de su afección.
El día antes de morir, reunió todas sus fuerzas y telefoneó
a su madre, y cuando ella le preguntó cómo se encontraba,
sin vacilar y con voz firme le contestó: "Bien, bien".
Luego, sin pestañear, se despidió de ella y le dijo que
debía salir para un largo viaje, pero que transcurridos unos
meses estaría de regreso. Su voz delató cierta conmiseración
hacia sí mismo. Cuando colgó el aparato miró largamente
hacia delante antes de susurrar:
-Dentro de cinco, seis meses, cuando se haya habituado a mi ausencia,
decidle la verdad. Cuidad de ella.
Al oír ese relato, el doctor Fleischmann tuvo la sensación
de vivir un día de fiesta excepcionalmente solemne, radiante.
Luego, llegó el momento de la prueba.
Su cuñada le rogó que fuera a su casa, y le dio instrucciones
para encontrar, guardado en un armario, el traje con el que debían
amortajar el cadáver. Le pidió que lo llevara al hospital.
-¿Recuerdas todavía la plegaria por los muertos? -le preguntó
con voz ahogada, después de un momento de silencio-. Deberías
decirla tú. Si no la recuerdas apréndela esta noche. Tendrá
una veintena de líneas. Debes hacerlo por él. Estoy segura
de que lograrás aprenderla.
El doctor Fleischmann salió del hospital muy agitado. Pensó
que ahora la suene de su hermano dependía sólo de él,
de su capacidad o no de aprender la plegaria de los muertos. "¡Justamente
ahora que mi memoria falla!" Rio con desesperación. "¡Valiente
estupidez! ¡Él ya no está, y eso es todo!"
Fue a casa del hermano, tomó el traje y volvió al hospital.
Luego se dirigió a casa de su mujer y de su madre, pero no dijo
nada: se tomaba tiempo, según el deseo del difunto. Volvió
a su casa y ordenó a la gobernanta que buscara su viejo libro
de rezos con tapas de marfil y lleno de garabatos en la primera página:
la fecha de la muerte de parientes y antepasados. Aquella noche no cenó.
Se sentó en su estudio polvoriento y oscuro y colocó delante
de él, sobre el escritorio, el libro de rezos.
¿Cuánto tiempo hacía que no tenía en sus
manos ese libro? ¿Treinta, cuarenta años? ¿Por
qué debía fingir que practicaba ciertos rituales que para
él habían sido siempre incomprensibles, pueriles? Vida
y muerte -se dio cuenta el médico- tenían tan poco sentido
para él como esos rezos. Entonces, ¿qué tiene sentido?,
se preguntó. La insensatez de todo, la incomprensibilidad de
todo le asaltaron como un estado febril. Sintió las orejas enrojecidas.
Una especie de excitación erótica se estaba apoderando
de él. "No, no me haré preguntas. Siento que, en
la incertidumbre, debo hacer este pequeño esfuerzo, debo aprender
de memoria estas palabras sin significado para mí, estos sonidos.
Es el último regalo que puedo hacer a mi hermano o a mi cuñada...
¡Siempre fui tan avaro con ellos...!" Abrió el libro.
Al principio, aquellas letras cuadradas se le antojaron desconocidas
por completo. Todo el sistema de representación de los sonidos
le pareció estúpidamente complicado, arbitrario. "Empezar
por dudar del alfabeto no me parece el mejor camino para hacer lo que
he decidido hacer: Es un invento antiguo, lo sé, pero por ahora
no hay otra cosa mejor."
Con la ayuda de una transcripción en caracteres latinos, Fleischmann
descifró las palabras de la plegaria. Pero en seguida decidió
fijar en su memoria aquel texto de antiguas letras cuadradas. En cuanto
al significado de las palabras, siguió resultándole desconocido.
"No es nada -pensó-: hasta mi padre, que tan velozmente
sabía leer las plegarias, no conocía el significado de
cada una de las palabras pronunciadas. Haré como si estudiara
una partitura musical." El médico volvió a pensar
en la innegable inmovilidad del cuerpo de su hermano, nunca tan existente
como en aquella muda afirmación de sí mismo. Y pensó
que el significado estaba allí, que era la evidencia de sí
mismo de un cuerpo, de un acontecimiento (la muerte). El resto, las
palabras, los sonidos son, para aludir a los significados más
simples, complicaciones inútiles pero necesarias. Empezó,
pues, a repetir las palabras, los sonidos inútiles y necesarios,
primero en voz baja, en breves secuencias, y luego, a medida que su
seguridad crecía, alargaba las secuencias a siete, ocho palabras,
en lugar de las tres iniciales.
A la una de la madrugada ya había repetido unas cien veces toda
la plegaria y, sin embargo, sólo recordaba de memoria la primera
frase. Por más que se esforzase, ni con las antiguas letras cuadradas,
ni con las latinas lo que seguía se presentaba a su visión
interior, ni los sonidos repercutían en sus oídos. Fleischmann
sabía qué difícil era recordar los sonidos durante
más de algunos segundos. De su padre, por ejemplo, muerto hacía
ocho años, ya no recordaba la voz. Se había convertido
para él en un puro concepto, "voz baja, fuerte", pero
ya no era una realidad. Y así sucedería también
con su hermano. Aun escuchando sus voces grabadas ya no serían
reconocibles para él. No, no debía suceder ese horror.
Fleischmann sintió que, siguiendo su oscura sensación,
debía ser él quien determinara el destino de su hermano,
aun como se encontraba, despojado de las facultades que sostienen la
mente.
Empezó a repetir otra vez las palabras. Pero sonó el teléfono.
La cuñada le pidió que hiciera preparar algo de comer
para ella. Estaba cansadísima. Había velado a su marido
hasta esa hora. Ahora la había reemplazado su hermana. No había
que dejarle solo, pobrecillo. Ella necesitaba tomar un baño y
comer un bocado. Llegaría en veinte minutos. "Veinte minutos...,
veinte minutos...", repitió él. Tal vez si lo hubiera
dejado solo en las horas restantes de la noche hubiera logrado aprender
la oración, pero así... Por otra parte, ¿cómo
negarle a la cuñada la ayuda que pedía?
-Ven, ven -contestó, y fue a despertar a la gobernanta.
Luego, en vez de ayudarla a preparar algo caliente, se encerró
en el estudio y trató de comprobar si esa interrupción
le servía para limpiar su memoria y hacer lugar en ella para
las palabras de una lengua desconocida. Intentó una autohipnosis
veloz. Estaba demasiado agitado como para poder utilizarla como medio
para recordar. Transcribió entonces todo el texto de la plegaria
en la memoria de su ordenador. "Tal vez mañana, haciéndolo
pasar una y otra vez por la pantalla luminosa delante de mis ojos, lo
aprenderé. Me levantaré a las cinco. No, a las cuatro
y media."
La cuñada lloró largamente, inclinada sobre el plato.
En vez de comer, llenó la sopa con las secreciones salinas de
sus propias glándulas. Después de haberse encerrado en
el cuarto de baño, el doctor Fleischmann oyó largamente
sus gritos. Parecía que hablara con alguien aullando, maldiciendo,
pero con palabras pueriles, balbuceadas en una especie de lenguaje secreto
de colegiales. Quedó aterrado.
En otra época, siendo niño, también él estaba
acostumbrado a dialogar, antes de dormirse, con una entidad a la que
sólo le hablaba en versos rimados y a la que cada noche rogaba
que le hiciera morir junto con los otros miembros de la familia, todos
en el mismo momento, de manera que ninguno sintiese dolor por la muerte
del otro. ¿Cuánto tiempo hacía que había
interrumpido esos diálogos? ¿Era bueno o malo que se hubiesen
interrumpido?
-¡Nos llevan a todos al matadero! -exclamó de golpe y se
encerró en su estudio.
Pasó varias horas delante de su ordenador. Hasta el alba se sintió
el zumbido del monitor encendido, acompañado por un murmullo
quedo. Luego, con la claridad, llegó el silencio. A las siete
de la mañana la gobernanta le vio salir del estudio.
-La aprendí -dijo el médico.
Despertó con un beso en la frente a su cuñada, acurrucada
en un diván, la acompañó a su casa para que se
cambiara de ropa, y juntos fueron en taxi al viejo cementerio de la
calle Kozma.
El hermano estaba lavado, vestido, y yacía en la Casa de la Purificación,
en un ataúd muy sencillo. Su rostro cerúleo resplandecía.
Los fragmentos de terracota colocados sobre los ojos y los labios hacían
pensar a Fleischmann en un recién nacido. Goldstein, el purificador
de cadáveres, susurró en el frío de la sala:
-Lo hemos preparado entre cuatro. Somos cuatro. Cuatro, ¿comprende?
Con estas palabras pretendía una propina adecuada, y para hacer
bien patente su honradez sacó del bolsillo un reloj de pulsera.
-Tome. Y este era su anillo.
Ese ceremonial tan práctico apartó a Fleischmann de la
espasmódica repetición de la plegaria por los muertos.
Dio dinero a Goldstein, tomó los objetos arrebatados a la tierra
y se los entregó a la cuñada. Abrió y cerró
el abrigo y se frotó las manos heladas. El purificador le rogó
que saliera... "He comprado la tumba para los dos. Adiós",
murmuró Fleischmann para sus adentros, sabiendo que repetía
palabras ya oídas.
Después de los discursos, los llantos, las breves y sonoras plegarias,
se encaminaron hacia la tumba. Desembolsando una suma importante, Fleischmann
había logrado una sepultura cerca de la entrada, fuera del área
más antigua y descuidada.
Se había reunido una pequeña multitud, unas doscientas
personas. Apoyaron el ataúd en dos varas de madera por encima
de la fosa. El corazón del doctor Fleischmann latía fuerte.
A él le correspondía decir la plegaria por los muertos.
Alguien le apretó levemente el brazo. Sintió una gran
opresión en el pecho, en la garganta. Se dio fuerzas y pronunció
en voz alta, casi gritándola, la parte inicial de la plegaria.
Había vencido. Las palabras salieron claras, seguras de su boca,
aunque sin significado para él: puro sonido. Pero él,
Abraham Fleischmann, debía afirmar el sentido del mundo, de la
vida, más allá de toda duda y amargura. Debía hacerlo
por su hermano.
Abrió la boca para gritar, más fuerte aún que antes,
la segunda frase de la plegaria por los muertos. Pero se dio cuenta
con horror de que ya no recordaba los sonidos. También las letras
se habían borrado de su memoria. Se quedó allí,
con la boca abierta de par en par. Todos, alrededor, estaban callados.
Todos le miraban. Y Fleischmann estaba seguro de que hasta su hermano
le miraba desde el ataúd. Pero la segunda frase no le salía.
Sólo recordaba una palabra con todas las vocales dentro, y el
sonido misterioso de esa única palabra ululaba en su cerebro.
Alguien comprendió su turbación y dijo en su lugar la
segunda frase: "Y ahora, la tercera -pensó-. Sí,
hay una palabra que me recuerda un perro, una palabra de ataque. ¿Qué
querrá decir? ¿Qué significado tendrá esa
palabra? Debo hacerme traducir la plegaria. Tal vez entonces la recordaría.
Pero no, no importa el significado. Es tan impreciso, inaprehensible...
Importa la forma. Y ya no la recuerdo... Los sonidos... Alguien, mientras
tanto, volvió a decir con una cantilena anónima la continuación
de la plegaria, velozmente, sin piedad. Fleischmann hubiera querido
aferrarse a esta o aquella palabra que sentía aflorar de las
ondas amenazadoras que emanaban de los pulmones del que recitaba y que
llegaban hasta él imparables. Imprevistamente se hizo silencio.
" ¿Era tan breve la plegaria? ¡Y no había logrado
aprenderla!", pensó. Le pusieron una pala en la mano. Debía
echar la primera palada. Se inclinó, recogió un poco de
tierra con la pala y la arrojó encima del ataúd, que mientras
tanto había sido bajado al fondo de la fosa. Sintió un
ruido sordo. Era el sonido de la única buena acción que
logró hacer por su hermano: cubrirlo con la tierra. Mientras
la multitud se dispersaba y muchos le rodeaban (también su mujer
e hijo, avisados por alguien por suerte sin que la madre se enterara),
mientras sentía que le estrechaban la mano y le besaban la mejilla,
el doctor Fleischmann seguía tratando de evocar las palabras
reencontradas y de nuevo perdidas.
Volvió a su trabajo sin respetar los días de luto. ¿Para
qué servía ese ritual? El tenía que pensar en sus
pacientes, en sus enfermos, tratar de ayudar a los vivos, ya que no
había logrado ayudar a los muertos.
Sin embargo, cada mañana, después de afeitarse, pasaba
un cuarto de hora repitiendo la plegaria. Ponía en acción
todas las técnicas aprendidas durante los cursos de las semanas
precedentes. Recurría a todas las astucias de su mente, de sus
capacidades psíquicas. Imaginó paisajes idílicos,
respiró rítmicamente, repitió algunas palabras
necesarias para disminuir la vigilancia de lo que se llama conciencia.
Cuando le faltaba una palabra, miraba el libro. Por la noche, antes
de acostarse, encendía el monitor, introducía la interfaz,
accionaba el pequeño ordenador y repasaba otras dos veces el
acto de fe, la súplica por los muertos. Después de dos
semanas se puso a prueba. Hasta la mitad de la plegaria todo anduvo
bien, pero la segunda parte la recordaba mal. Faltaban palabras importantísimas
por su sonido, por lo imponente de su grafía, y el significado
permanecía ignorado. El doctor Fleischmann empleaba diez minutos
para decir la plegaria que podía pronunciarse en cuarenta segundos.
Por tanto, su preocupación no había terminado. "No
me rendiré -pensó Fleischmann-, no me rendiré tan
fácilmente a la enfermedad y a la degradación." Estaba
convencido de que con un notable esfuerzo de voluntad y con una demostración
de confianza en sus propias capacidades, estaría en condiciones
de derrotar ese mal cuyo síntoma era la ausencia de memoria de
las experiencias recientes. No servían métodos, hipnosis,
ordenadores; servía la perentoria afirmación de la verdad
del propio ser: "¡Estoy aquí, existo!".
Volvió a pensar en su hermano, en su inmovilidad y silencio en
aquella cama de hospital y en tantos enfermos a los que había
cuidado sin éxito. "Ellos están muertos. Por tanto
estuvieron vivos. La muerte es la mayor prueba de la existencia. Adelante.
No hay que rendirse." Una de aquellas noches tuvo un bellísimo
sueño. Él era un rey, estaba en una sala dorada, sonaban
las campanas. Debía ceñir una espada y anunciar al pueblo
el nacimiento del heredero. Se despertó con esa solemnidad en
las arterias, en el corazón. Fue al hospital y empezó
a trabajar con entusiasmo. Le parecía que los enfermos estaban
curándose: la esperanza no resultaba inútil para ninguno
de ellos. Empezó a repetirse la plegaria de los muertos, pero
se trababa siempre en el mismo punto, después del cual ya no
recordaba la continuación. Y, sin embargo, tenía la sensación
de hacer progresos. Una noche se fue a la cama exhausto, después
de un largo recorrido de visitas. Se durmió y en seguida soñó.
En cierto sentido era la continuación del sueño de varios
días antes, ya que en el aire había una solemnidad de
gran fiesta. Con un aspecto florido, elegante, un poco envarado, como
siempre había sido, el hermano entró en un hermoso cuarto
y se detuvo delante de él. Estaba increíblemente alegre
y benévolo, extendió la mano hacia él, luego se
la colocó sobre los hombros y empezó a recitar, palabra
por palabra, la plegaria de los muertos. Sonreía mientras pronunciaba
esas sílabas sin significado. Pero ahora el médico pareció
aprehender, imprevistamente, su sentido. No había necesidad de
traducir esas palabras, esos sonidos en esta o aquella lengua; tenían
un sentido por ellos mismos, aunque era un sentido inexplicable, irrepetible.
Fleischmann empezó a besar las manos del hermano y éste
continuó con serena lentitud su salmodia. Y entonces otra cosa
se aclaró: todos los significados infantiles que el doctor le
había atribuido -siguiendo la semejanza de esos sonidos con los
de palabras conocidas- estaban allí para devolver alegría
a su mente, y convivían con el significado verdadero, solemne.
De esa danza de sílabas y sonidos surgían a veces palabras
obscenas, pero también éstas eran gozosas, en absoluto
ofensivas.
Cuando el hermano hubo pronunciado la última palabra de la plegaria
de los muertos, el doctor Fleischmann se dijo, en el sueño: "Finalmente
la he aprendido entera. Porque soy yo el que en mi sueño recitó
la plegaria. Mi hermano es una imagen de mi cerebro. Por tanto, no estoy
enfermo. Las peores condenas de la ciencia, las de las sustancias químicas,
las grasas que paralizan y obturan nuestros vasos sanguíneos,
todavía no cuentan. El hombre está más allá
de la memoria, más allá de la lengua y de los significados".
Ya estaba a medias despierto cuando terminó de decir estas frases.
Abrió los ojos y vio la luz gris del amanecer. Su feliz sensación
se desvaneció en un instante. "Tal vez ha sido de verdad
mi hermano el que dijo de principio a fin la plegaria. Tal vez ha venido
a verme de veras, quién sabe desde dónde y cómo."
Se conmovió, se puso a llorar. "¡No he sido capaz
de hacer una buena acción por mi hermano que estaba muerto, pero
él, aun muerto, la ha hecho por mí! No estamos solos en
la tierra, no estarnos solos. Infinitos seres nos aman, como supo amar
mi hermano, y actúan por nuestro amor dentro de nosotros. Nunca
hubiera pensado que fuese así." Y a su vez pensó
en su hermano con ese tardío amor que puede convertirse en el
tormento de toda una vida.
Sonó el teléfono y llamaron al médico para que
ayudara a una pobre vieja de setenta y cinco años que había
sufrido un infarto. Se vistió de prisa, y a la gobernanta sólo
le dijo:
-No morirá. Estoy seguro.
Salió. Hizo corriendo el camino desde la calle Karfenstein a
la calle Danko. En medio de la ansiedad de la carrera intentó
repetir con seguridad la plegaria de los muertos. No recordaba ni una
sílaba. Se detuvo. Tenía ganas de golpearse la cabeza
contra la pared. "Pero no. No debo rendirme. Mi hermano volverá
a ayudarme. Me ayudará cada vez que lo necesite."
Cuando llegó a la casa, la señora Wolf había muerto
pocos minutos antes. El médico se quedó mirando el cadáver,
del mismo modo que, a lo largo de su dilatada vida profesional, había
contemplado tantos y tantos difuntos.
-Sus últimas palabras han sido de agradecimiento para usted,
doctor -dijo un pariente.
"Este cadáver ha manifestado agradecimiento hacia mí",
pensó Fleischmann. Lo miró largamente, y luego salió
de la casa sin firmar el certificado de defunción.
Después de las de la plegaria, salieron poco a poco de su vocabulario
otras palabras. Desaparecieron rostros, formas a su vista, melodías
a su oído. La memoria, hacia el final, le abandonó casi
del todo. ¡Cuando le ingresaron en el hospital de San Juan ni
recordaba haber tenido un hermano! Dijo a Isaac Rosenwasser, que junto
con una enfermera le ayudó a subir a la ambulancia:
-Todo está escrito en los espacios en blanco entre una letra
y otra. El resto no cuenta. Entre sus apuntes, observaciones científicas,
cuadernos de un diario, en el revés de una hoja, de instrucciones
para el uso de su ordenador estaba la siguiente anotación: "Cuanto
más fuerte es tu grito, con más facilidad él te
escucha".
Para el conjunto de la obra de A. Fleischmann remitimos a Nueva Vida,
núms. 1, 2, 3 y 4, 1970.
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Notas:
1. Pequeño libro sobre una gran memoria.
2. Un mundo perdido y reencontrado.
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