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El
Duende de la Madera
Por
Vladimir Nabokov
traducción de Mauricio Montiel Figueiras
Delineaba
pensativamente la sombra circular y temblorosa del tintero. En una lejana habitación
un reloj dio la hora mientras yo, soñador que soy, imaginaba que alguien
llamaba a la puerta, suavemente al principio, luego más y más
fuerte. Llamó doce veces y se detuvo, expectante.
-Sí, aquí estoy, pase...
El pomo de la puerta crujió con timidez, la llama de la vela a medio
consumir se agitó y de un salto oblicuo él abandonó un
rectángulo de sombra, encorvado, gris, cubierto por el polen de la noche
fría y estrellada.
Conocía su rostro -¡oh, hacía tanto que lo conocía!
Su ojo derecho aún se hallaba hundido en la penumbra; el izquierdo me
estudiaba con temor, alargado, de un verde nuboso. La pupila brillaba como un
destello de herrumbre... Ese mechón de un gris musgoso en su sien, la
ceja plateada apenas perceptible, la cómica arruga cerca de su boca lampiña
-¡de qué manera todo esto hostigaba e inquietaba vagamente a mi
memoria!
Me levanté. Él avanzó un paso.
Su pequeño abrigo raído parecía tener mal los botones -del
lado femenino. Llevaba en la mano una gorra -no, un bulto oscuro, pobremente
atado, y no había rastro de gorra alguna...
Sí, claro que lo conocía -quizá incluso le había
tenido cariño, sólo que no podía ubicar el dónde
y el cuándo de nuestros encuentros. Y debíamos habernos encontrado
a menudo, de otro modo no tendría un recuerdo tan nítido de esos
labios de arándano, esas orejas puntiagudas, esa grácil nuez de
Adán...
Con un susurro de bienvenida estreché su mano ligera, helada, y rocé
el respaldo de un sillón ajado. El se retrepó como un cuervo en
un tocón y empezó a hablar apresuradamente.
-Da mucho miedo la calle. Así que vine. Vine a visitarte. ¿Me
reconoces? Solíamos retozar juntos y gritamos días enteros. Allá
en la vieja patria. ¿Vas a decirme que lo olvidaste?
Su voz literalmente me cegó. Me sentí deslumbrado y aturdido -recordé
la felicidad, la sonora, eterna, irremplazable felicidad...
No, no puede ser: estoy solo... Es un absurdo delirio. Y sin embargo había
en efecto alguien sentado junto a mí, huesudo e improbable, con espigadas
botitas alemanas, y su voz tintineaba, crepitaba -áurea, de un verde
exquisito, familiar- pese a que las palabras eran tan sencillas, tan humanas...
-Allí está -te acuerdas. Sí, soy un antiguo Elfo del Bosque,
un duende malicioso. Y aquí estoy, obligado a huir como todos los demás.
Soltó un profundo suspiro y de nuevo imaginé nimbos hinchados,
soberbias ondulaciones frondosas, límpidos destellos de abedules como
chorros de espuma de mar contra un murmullo melódico, perpetuo... El
se inclinó hacia mí y me miró con dulzura a los ojos.
-¿Recuerdas nuestro bosque, abetos negros, blancos abedules? La pena
fue insoportable -veía a mis queridos árboles crujiendo y cayendo,
¿y qué podía hacer? Me empujaron a las ciénagas,
lloré y aullé, bramé como animal, luego me fui veloz a
un pinar vecino.
"Ahí languidecí, no dejaba de sollozar. Apenas me había
acostumbrado cuando de golpe ya no había pinos, sólo cenizas azules.
Tuve que vagar un poco más. Di con un bosque -un magnífico bosque,
denso, oscuro, fresco. Aun así, de alguna forma no era lo mismo. En los
viejos tiempos retozaba del alba al ocaso, silbaba apasionadamente, aplaudía,
asustaba a los paseantes. Acuérdate de ti -te perdiste una vez en un
sombrío rincón de mi bosque, tú y un pequeño vestido
blanco, y yo obstruía las veredas, hacía rodar troncos, titilaba
en el follaje. Me pasé la noche entera haciendo travesuras. Pero sólo
jugaba, todo era en broma, por mas que me denigren. Ahora me he calmado, mi
nuevo hogar era incómodo. Día y noche extrañas cosas crujían
a mi alrededor. Al principio creí que otro elfo acechaba allí;
le grité, luego escuché. Algo chasqueaba, algo gruñía...
Pero no, no eran los ruidos que nosotros hacemos. Una vez, hacia el anochecer,
brinqué a un claro, ¿y qué es lo que veo? Gente tendida,
algunos de espaldas, otros bocabajo. Bueno, pensé, los despertaré,
¡haré que se muevan! Y puse manos a la obra, sacudí ramas,
arrojé piñas, salté, rugí... Me afané durante
una hora en vano. Entonces miré con mayor atención y me estremecí.
Aquí está un hombre con la cabeza colgando de un frágil
hilo escarlata, allá uno con una pila de gruesos gusanos por estómago...
No lo pude aguantar. Solté un aullido, brinqué en el aire y huí...
"Vagué mucho tiempo por distintos bosques, pero no podía
hallar la paz. O era silencio, desolación, tedio mortal, o un horror
que es mejor no imaginar. Por fin me decidí y me transformé en
un mendigo, un pordiosero con alforja, y me fui para siempre: Rus', adieu! Un
espíritu afín, un Duende del Agua, me ayudó. El pobre también
huía. No dejaba de admirarse, de decir: ¡qué tiempos nos
han tocado, una auténtica desgracia! Y aunque en otra época se
había divertido y solía atraer a la gente con señuelos
(¡qué hospitalidad la suya!), ¡cómo la mimaba y consentía
en el fondo del dorado río, con qué canciones la embrujaba en
recompensa! Ahora, dice, sólo pasan flotando hombres muertos, por montones,
en grandes cantidades, y la humedad del río es como sangre, espesa, cálida,
viscosa, y no hay nada que se pueda respirar... Y así me llevó
con él.
"Se fue a errar por algún mar remoto y me desembarcó en una
costa brumosa -anda, hermano, ve y encuentra algún follaje cordial. Pero
no encontré nada y acabé en esta extraña, atroz ciudad
de piedra. Y así me volví humano, con todo y cuellos perfectamente
almidonados y botitas, e incluso he aprendido el habla humana...
Calló. Sus ojos brillaron como hojas húmedas; tenía los
brazos cruzados y, a la trémula luz de la vela consumida, unas pálidas
hebras peinadas hacia la izquierda relumbraron de un modo inquietante.
-Sé que también sufres-fulguró nuevamente su voz-, pero
tu sufrimiento, comparado con el mío, mi tempestuoso, turbio sufrimiento,
es sólo la respiración pausada del que duerme. Piénsalo:
no queda nadie de nuestra tribu en Rus'. Algunos nos alejamos como jirones de
niebla, otros se dispersaron por el mundo. Nuestros ríos son melancolía,
ninguna mano intranquila esparce los rayos de la luna. Quietas están
las huérfanas campánulas que por azar permanecen intactas, el
gusli de un deslavado azul que alguna vez mi rival, el Duende de los Campos,
empleó en sus canciones. Bañado en lágrimas, el tosco y
afable espíritu doméstico ha abandonado tu hogar en deshonra,
humillado, y se han marchitado los bosques, su patética luz, su mágica
sombra...
"¡Nosotros, Rus', fuimos tu inspiración, tu insondable belleza,
tu encanto perenne ! Y todos nos hemos ido, echados por un inspector enfermo.
"Amigo mío, pronto he de morir, dime algo, dime que amas a este
espectro desamparado, siéntate más cerca, dame tu mano...
La vela parpadeó y se extinguió. Fríos dedos acariciaron
mi palma. Repicó la conocida carcajada de la melancolía para luego
callar.
Cuando encendí la luz no había nadie en el sillón... ¡Nadie!...
En la habitación quedaba sólo una fragancia inusitadamente sutil:
abedul, húmedo musgo...
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