|
Recomendaciones
a Sebastián para la compra de un espejo
Por
Eduardo Gudiño Kieffer
Mire, Sebastián,
es en la calle Juncal. Venga, acérquese; voy a decirle el número
al oído -es mejor que nadie lo sepa, hay secretos que conviene guardar
muy bien-. Bueno. Usted entra en la boutique y pregunta por la señora
Hipólita. Le dirán que no está. Pero no se aflija, Sebastián.
Sugiera que va de parte de mistress Murphy y ponga cara de inteligente. Le harán
un gesto de complicidad y lo llevarán a la trastienda. Abrirán
una puertecita escondida entre los brillantes vestidos que cuelgan, inmóviles
pero vivos, de una increíble cantidad de perchas doradas. Podrá
entonces ingresar al cuarto de los espejos. La señora Hipólita,
que adora a los muchachos desgarbados como usted, le ofrecerá un cigarrillo.
Acéptelo, Sebastián, acéptelo y aspírelo con delectación,
porque sin duda será un cigarrillo egipcio con una pizquita de opio.
Después contemple atentamente la colección de espejos, emitiendo
de vez en cuando una interjección oportuna y discreta. Nada de exclamaciones
altisonantes, a pesar del asombro. Y tenga en cuenta que en ningún momento
hay que pronunciar la palabra "mágico", porque se supone que
usted ya sabe que todos los espejos lo son, y en especial los de la señora
Hipólita.
Fíjese en ése, Sebastián. Sí, en ése, el
ovalado con marco de plata. Todos los días, a las seis de la tarde, refleja
a Rachel en su estupenda interpretación de "Phédre".
Es magnífico, ¿eh? O aquel otro, tan profundo en el misterio de
si azogue, tan rico en las volutas rococó que lo rodean. No niego que
es maravilloso. Pero no se lo aconsejo, porque al sonar las doce campanadas
de la medianoche muestra a un oficial de húsares de Grodno asesinado
por su novia vampiro. ¡Brrr! Mejor es el que está a su derecha;
menos morboso y sumamente eficiente. Hasta educativo: imagínese: a las
seis de la mañana deja ver a las damas mendocinas bordando una bandera.
Es un espejo quizás demasiado madrugador, claro, pero tan patriótico
como un discurso de fiesta cívica. En fin... hay que reconocer que la
señora Hipólita tiene una colección fabulosa. Espejos teatrales,
pasionales, históricos... También tiene los que reflejan el futuro,
pero solo los muestra previa presentación del certificado de buena salud,
porque una vez tuvo problemas con el profesor N. El pobre era cardíaco
y... bueno, usted sabe el resto, salió en todos los diarios.
Lo importante es que usted, Sebastián, puede comprar el espejo que más
le interese. Los precios son exorbitantes, es cierto, pero no cualquiera puede
darse el lujo de poseer cosas así. Además, si sonríe usted
como lo está haciendo justamente ahora, no dudo que la señora
Hipólita le hará una rebaja o le dará felicidades. Es una
mujer muy tierna, muy sensible, muy maternal a veces. Aunque tan arrugada que...
pero eso no viene al caso. Elija el espejo que prefiera. Deje su dirección,
y mañana mismo lo enviarán a su casa. ¿Un consejo? No lo
coloque en el living ni en el escritorio ni en ningún lugar por donde
pase mucha gente, porque sus amigos son muy convencionales, muy burgueses, y
el espejo puede reflejar algo irritante, impropio para la gente decente. Suponga
que se le ocurra comprar el espejo de Paolo y Francesca...
¿Qué diría su abuelita materna, Sebastián, que va
a misa todos los domingos? No, hay que tener cuidado, hay que ser respetuoso
de las convicciones y de la moral de los demás. Yo le sugeriría
(y perdóneme el atrevimiento), que ponga el espejo en el altillo, con
otros trastos viejos. Más todavía: que lo cubra con algún
paño opaco. Y otra cosa aún, la más importante de todas:
con los espejos de la señora Hipólita es imprescindible ser puntual.
Puntualísimo. Si no llega usted a la hora exacta, no verá el espectáculo.
Ni Rachel declamando, ni húsar sangrando, ni damas mendocinas bordando,
ni Paolo y Francesca fornicando (perdón otra vez, hay palabras que realmente
no suenan muy bien). Si llega tarde sólo verá su propia cara,
la misma de siempre, Sebastián, tan angulosa, tan mística. Pero
eso es lo de menos. Lo grave sucede cuando la curiosidad lo impulsa a apurarse
y lo obliga a llegar demasiado temprano, para averiguar cómo prepara
el espejo su "mise en scène". Eso puede ser fatal, porque los
espejos no toleran la curiosidad. Y sucederá que, al arrancar el paño
que lo cubre y enfrentarlo, se encontrará usted con que está vacío,
con que no refleja nada, con que su imagen en el espejo no existe y por lo tanto,
claro, usted tampoco. Es una platónica verdad. Al no verse en el espejo,
sin duda se llevará usted las manos a la cabeza, en un gesto de terror
y asombro. Pero como usted no existe, descubrirá que no tiene manos ni
cabeza. Intentará salir corriendo pero tampoco le será posible,
pobre Sebastián, pues tampoco tendrá piernas. Y se quedará
por siempre allí, atrapado en un espejo vacío que alguna vez retornará
a la colección de la eterna señora Hipólita y reflejará,
para otro cliente como usted, joven y desgarbado, la imagen ascética
de Sebastián, oh Sebastián pálido de terror, sólo
durante un minuto y a la hora en que se pone el sol.
|