|
El
Dueño del Fuego
Por
Sylvia Iparraguirre
"En el invierno de las ciudades"
Ed. Galerna, 1988.
La mañana
ya había empezado con un pequeño malestar. O por lo menos esto
es lo que la ordenada mente de la doctora Dusseldorff pensaría más
tarde al salir del aula. El edificio era antiguo y frío; altísimas
persianas de hierro dejaban pasar como a desgano esa ambigua claridad del invierno
que obligaba a encender las luces, a no mirarse las caras, a hablar sin levantar
la voz. En un rincón, el portero forcejeaba con la estufa a kerosene.
Los asistentes a la clase de etnolingüística de la doctora Dusseldorff,
en efecto, hablaban sin mirarse, en voz muy
-¡Coño! -dijo el portero. La estufa exhibía un mecherito
desarticulado y anacrónico. Una llama azul aparecía y desaparecía
con pequeñas explosiones intermitentes. De golpe se apagó. Todos
miraron a la doctora. El portero se levantó y dijo-: Ya vuelvo, voy hasta
mi casa y traigo la mía. No se nos vaya a enfermar el aborigen.
El pronombre reflexivo o algo en el acento español del portero provocó
discretas sonrisas entre los lingüistas y antropólogos. La clase,
Lengua y Cultura del Chaco Argentino, debía comenzar en unos minutos.
Se contaba con un indio: el toba Marcelino Romero. No podía tardar. Considerando
que viajaba desde Villa Insuperable, el trayecto le llevaba poco más
de una hora.
A las diez y media en punto apareció en la puerta del aula. Era bajo
y corpulento con una convencionalmente inexpresiva cara de indio. El pelo, renegrido
y largo, contenido detrás de las orejas. Su aspecto era muy pulcro; llevaba
medias y alpargatas. Murmuró un saludo y se dirigió a su asiento,
a un costado del escritorio de la doctora. Sobre el pizarrón, un cuadro
repetía en griego y castellano, la leyenda. "El hombre es la medida
de todas las cosas". La doctora salió del aula. Cuando volvió,
escoltada por el portero y el antropólogo de la cátedra, ya era,
definitivamente, la doctora y profesora Brigitta Inge Dusseldorff, de la Universidad
de Mainz, especialista en lenguas amerindias, cuya tesis Einige linguistiche
indizien des Kurtunwandels in NordostNeuquinea (München, 1965) había
impresionado vivamente a especialistas de todo el mundo. Otro de sus trabajos,
Der Kulturwandel bei de Indianen des Gran Chaco (Sudamerika) seit der Konkista-Zeit
(Mainz, 1969), era fervientemente citado por los alumnos de la Facultad quienes
deseaban desentrañar algún día sus profundos conceptos.
La doctora Dusseldorff era alta, huesuda, de pelo muy corto; anteojos y pies
enormes. La universidad argentina se conmovía con su presencia. El portero,
un paso detrás de ella, no le llegaba al hombro.
-Gracias -dijo en correctísimo castellano-. Puede retirarse.
Todos se acomodaron en sus asientos; el antropólogo también. La
clase comenzaba.
-La clase anterior -dijo la doctora a quien le gustaba ir directamente al punto-,
habíamos llegado hasta la parte de caza y pesca, armas e implementos,
¿verdad?
Todos dieron cabezadas afirmativas.
-Bien, hoy no usaremos cintas grabadas dijo la doctora-. Vamos a retomar con
el propio informante la parte correspondiente a pesca, Por favor, señor
Marcelino, ¿cómo se dice "pescar"?
El indio los miró, después miró inexpresivamente la pared
y dijo:
-Sokoenagan.
-Muy bien. Así que esto es "pescar".
El indio sacudió la cabeza. -No -dijo-. Yo voy a pescar.
-Ah, bien, la primera persona verbal. Entonces, usted va a pescar. -Lo señaló
pero el indio no dijo nada-. Bien, pero, ¿cómo se dice "pescar"?,
solamente eso.
-Sokoenagan -dijo el indio.
La doctora quedó con el bolígrafo en alto.
-Intentemos con la tercera persona. ¿Cómo decimos "él
pesca"?
-Niemayó-rokoenagan -dijo el indio.
-Perfectamente -dijo la doctora y se explayó en consideraciones fonéticas.
Durante los siguientes veinte minutos la clase avanzó muy lentamente.
-Recapitulemos -dijo, por fin, la doctora-. Pescar: sokoenagan; yo pesco: sokoenagan;
tú pescas: aratá-sokoenagan; él pesca: niemayé-rokoenagan.
Existe una glotalización con valor distintivo en...
El indio decía que no con la cabeza. Parecía que lo recapitulado
no era correcto.
-¿Cómo? Dijo la doctora.
-Está sentada, todavía no fue -dijo el indio. Hubo un breve silencio.
-Un tiempo continuo o un elemento espacial en la conjugación -avisó
la doctora a la clase-. Explíquese -dijo severamente. Por un momento
pareció que iba a agregar "buen hombre" pero no fue así.
-Está sentado, pero todavía no fue a pescar. Está pensando
-dijo el indio-, está pensando en ir a pescar. Lo estoy viendo cerca.
Alumnos y profesores se movieron inquietos. El informante no facilitaba las
cosas hoy. Una de las alumnas intervino con evidentes deseos de coincidir con
la doctora Dusseldorff. Era la alumna más adelantada. Había tenido
la oportunidad de hablar a solas con la doctora y se había mencionado
la posibilidad de una beca; hasta, quizás, un viaje a Alemania.
-¿Podrá ser, tal vez, un subsistema de presencia/ausencia del
objeto nombrado?
-No creo que sea el caso dijo, con frialdad, la doctora.
El antropólogo, joven, pálido, de traje y bufanda, con experiencia
de campo, intervino :
-Permítame, doctora. -Era un hombre que sabía manejarse con los
indios.- ¿Qué querés decir cuando decís que lo estás
viendo, Marcelino? -El antropólogo tuteaba al toba aunque debía
tener veinte años menos. La doctora aprobó con una inclinación
de cabeza la eficaz intervención masculina.
-Si no lo veo, digo de una manera distinta -dijo el indio. Y agregó:-
Pero no pesca; va a ir a pescar.
Hubo un suspiro de alivio general. El antropólogo daba explicaciones
a unas alumnas sentadas a su alrededor. Fumaba elegantemente. Conocía
las últimas corrientes teóricas; sin embargo, añoraba la
época de la Antropología Clásica y soñaba con reeditar
a uno de aquellos refinados y eruditos dandies ingleses, capaces de internarse
en lo más profundo y salvaje de la jungla, todo por la ciencia. El mismo
ya había estado en el Impenetrable. Esto le otorgaba una secreta superioridad
sobre la doctora, que sólo había trabajado con estadísticas,
lenguajes procesados y computadoras. Los murmullos se generalizaron.
-Muy bien, Marcelino -dijo el antropólogo. Su tono contenía un
premio.
La clase continuó. El indio permanecía sentado, inmóvil;
la espalda, recta, no tocaba el respaldo de la silla.
-Pasemos a la caza -dijo la doctora, acomodándose los anteojos. El antropólogo
sintió nuevamente que le correspondía tomar la palabra.
-Vos salías a cazar con tu abuelo, ¿no, Marcelino?
-Sí -dijo el indio.
-¿Había algún rito... -el antropólogo titubeó-,
quiero decir, alguna reunión alguna ceremonia, antes de que fueran a
cazar? Tu abuelo, ¿qué decía de esto?
-No -dijo el indio y miró vagamente a su alrededor.
Se produjo un corto silencio. La doctora intervino. Manifestó su interés
en preguntar sobre la terminología referida a la caza. El antropólogo
estuvo totalmente de acuerdo. Pero antes de que la doctora pudiese formular
la primera pregunta, el toba, inesperadamente, comenzó a hablar. Hablaba
en voz baja, con la mirada clavada en el piso. Explicó la enfermedad
que se podía contraer por maleficio del animal perseguido. El se había
enfermado de ese modo. La ciudad se parecía a la selva, dijo. Allá
había que cuidarse de los bichos; acá hay que cuidarse de la gente.
Recordó a su padre y a su abuelo, cuando lo llevaban a cazar. Ellos le
habían enseñado cómo hacerlo. Pero él, después,
había querido venirse. Salir del Chaco, de la tierra firme, y venirse,
porque se había peleado con el capataz que era paraguayo y les daba trabajo
nada más que a los paraguayos. No a los hermanos tobas, no a los argentinos.
La última palabra sonó extraña en el aula. Los presentes
miraban al indio como si acabara de decir algo fuera de lugar, o como si empezaran
a descubrir en él una cualidad que antes no habían percibido.
En el aire flotaba una observación notable: ese indio era argentino.
-Me fui un domingo a hablarle -proseguía el toba. No había variado
su actitud y su mirada permanecía fija en el suelo-. Y me pelié.
Trabajábamos toda la semana, no había domingo.
Estudiando su cuaderno de notas, la doctora dijo:
Creo que nos vamos del tema. No se trata de historia personal sino de reconstrucción
cultural. Miró al antropólogo que acudió otra vez en su
auxilio.
-Está bien, Marcelino -dijo el antropólogo con cierta advertencia
en el tono de su voz; tenía experiencia de campo y sabía cómo
hablar con los indios-, está muy bien -ahora parecía dirigirse
a una criatura-, pero queremos que nos cuentes cuando ibas a cazar; qué
armas usabas,
cómo se llamaban, ¿te acordás? Vos tenías dieciocho
años cuando te viniste del Chaco.
-Sí, me vine -dijo el indio-. Yo no quise entrar en la transculturación.
-Como llevadas por un mismo impulso, todas las cabezas se inclinaron; se tomó
nota de esta palabra tan correctamente asimilada por el toba-. Yo reboté
porque me pelié con el capataz. Llovía y mi abuelo y yo habíamos
cargado todo el domingo. Mi abuelo y yo, entreverados con los otros, cargamos
los vagones con los fardos, aunque llovía. Entonces me pelié y
me vine a la ciudad, al Hotel de Inmigrantes; pero la pieza era muy chica, todo
era muy chico. Uno quiere ver campo y no. Ve nada más que ciudad, por
todos lados.
La clase estaba en suspenso. La doctora, impaciente, miró al indio y
dijo con tono autoritario:
-Vamos a continuar con implementos y armas, pero antes probaremos con dos palabras
para retomar la parte fonética. -Miró otra vez al indio.¿Cómo
se dice "pez"?
El indio suspiró y se apoyó en el respaldo de la silla; después,
metió las manos en los bolsillos del pantalón y cruzó una
pierna sobre otra. No pareció un gesto oportuno en el contexto de la
clase. Miró de frente a la doctora.
-Naiaq -dijo.
-Bien, entonces podríamos establecer: sokoenagan naiaq: yo pesco un pez.
Observen que hay dos nasales en contacto -dijo con algo que podía parecerse
al entusiasmo, la doctora.
-Si el pez está ahí y yo lo veo, sí -interrumpió
el indio-, si no, no. -Todos lo miraron. -Hay otra forma -concluyó, finalmente,
el toba.
-¿Cuál?-preguntó la doctora Dusseldorff. Sus ojos se habían
achicado detrás de los enormes anteojos.
-Lacheogé-mnaiaq-ñiemayé-dokoeratak -dijo el indio. Algunos
de los presentes creyeron advertir una sombra de sonrisa en su cara pétrea,
pero sus ojos estaban serios y fijos.
-Parece que el informante no está bien dispuesto hoy para la parte lingüística.
Si quierre, profesorr podemos continuarr con implementos y armas -dijo la doctora,
marcando tremendamente las erres.
Todos se relajaron. Sería lo mejor. La clase en pleno se daba cuenta
de que la doctora estaba ligeramente fastidiada. Cuando esto ocurría,
su lengua materna subía a la superficie. El informante debía colaborar,
de otro modo era imposible organizar adecuadamente la parte fonética.
-Un merecido receso, doctora -dijo, sonriente, el antropólogo. Todos
rieron. Una de las alumnas se ofreció para traer café. El antropólogo
y la doctora se retiraron a un rincón, a hablar en voz baja. Dos estudiantes
se acercaron al indio que permanecía sentado en su silla.
-Andá al punto, Marcelino, no te vayas por las ramas que esto va a durar
todo el día. -Le ofrecieron un cigarrillo y el toba aceptó, pero
no se levantó de su silla. Cada tanto, un rápido parpadeo le modificaba
la expresión.
-Así que la ciudad no te gusta -le dijo uno de los estudiantes-, sin
embargo vos acá podés trabajar y mantener a tu familia, ¿no
Marcelino? Estás mejor que en el Chaco.
El indio dijo que sí con la cabeza. Miraba la punta del cigarrillo: -Pero
cuando uno quiere ver campo, ve nada más que ciudad -dijo-, por todos
lados ciudad.
Diez minutos más tarde, el antropólogo golpeó las manos
académicamente.
-Continuamos -dijo.
Mientras todos se ubicaban, él mismo salió y se dirigió
a Arqueología. Cuando volvió a entrar traía dos arcos,
varias flechas, tres lanzas de diferentes tamaños y un lazo hecho de
fibras vegetales con complicados nudos en los extremos.
-Bueno, Marcelino -dijo el antropólogo, colocándose frente al
toba-, reconocés estos elementos, estas armas... sostenía el arco
y las flechas delante de los ojos del indio. Desde la silla, el toba miró
los objetos. Levantó una mano y tocó con la punta de los dedos
el arco. Bajó la mano.
-Sí -dijo-, sí.
-¿Alguno te llama la atención en forma especial? -continuó
preguntando el antropólogo. El indio tomó una de las flechas,
la más chica, sin plumas en el extremo.
-Esta es una flecha para pescar.
-Perfectamente. ¿Se utiliza con este arco? La clase pasada dijiste que
tu abuelo tenía todas estas cosas guardadas en su casa.
De repente, el indio se puso de pie y se inclinó sobre el antropólogo.
Todos se sorprendieron; el antropólogo dio un brusco paso hacia atrás.
El indio le habló en voz baja.
-Por supuesto, Marcelino -el antropólogo intentaba reír- por supuesto.
-Marcelino pide permiso para quitarse el saco y estar más cómodo
para reconocer el arco -informó a la clase.
Se oyeron unas risas aisladas, nerviosas. La doctora, completamente seria, anotaba
algo en su libreta de apuntes. El indio colocó cuidadosamente el saco
en el respaldo de la silla. Después tomó el arco. En las manos
del indio, el arco dejó de ser una pieza de museo y se volvió
un objeto vivo. Sus manos, anchas y morenas, lo recorrían parte por parte.
No había ninguna afectación en ese reconocimiento. Su disposición
era la de alguien que sabe muy bien lo que va a hacer. Con una mano sostuvo
el arco y con la otra tomó las flechas.
-Esta es de caza -dijo sin dirigirse a nadie. Paradójicamente se veía
mucho más corpulento sin el saco. Su cuello y sus hombros eran poderosos.
En su frente, inclinada para observar mejor los objetos, se marcaba una vena
desde el entrecejo hasta el nacimiento del pelo. Todos lo miraban con curiosidad.
No parecía el mismo que hacía unos minutos contestaba pasivamente
las preguntas de la doctora-. Y ésta es la de guerra. Al decirlo el indio
miró al antropólogo. La flecha que sostenía era la más
grande, con un penacho de plumas de colores en el extremo.- Mi abuelo decía
que Peritnalik nos mandaba a la guerra a los hermanos. -Miró otra vez
al antropólogo y después a todos; antes de que el antropólogo
hablara, dijo.- Peritnalik, Dios, El Gran Padre, el que manda los espíritus
a la llanura del indio.
Algunos tomaban notas. La mayoría clavaba una mirada ansiosa en el toba.
No podía decirse que estuviera haciendo nada impropio, pero algo había
en su manera de pararse y de tomar el arco que sobrepasaba los límites
de una clase en el Instituto. El antropólogo se había sentado
cerca de la puerta, a un costado del indio, y lo observaba. Trataba de aparentar
interés pero era evidente que estaba algo desconcertado e incómodo.
El toba, con una destreza sorprendente, tensó la cuerda y la amarró
al extremo del arco. Todos los ojos estaban fijos en sus manos. Una ligera inquietud
se pintó en las caras. En realidad, nadie conocía bien a ese indio.
Habían dado con él por casualidad y había resultado particularmente
oportuno para ilustrar las clases de la doctora Dusseldorff. Como para retomar
el hilo perdido de la clase, el antropólogo preguntó:
-Cómo se dice "flecha", Marcelino.
El indio levantó bruscamente la cabeza. Hichqená -dijo.
-Podemos establecer una comparación con la terminología mataca
que...
El antropólogo debió interrumpirse. El indio, con las piernas
separadas y firmemente plantado, tensaba el arco como probándolo. Una
parte de su pelo, renegrido y duro -de tipo mongólico, pensó automáticamente
el antropólogo- se había deslizado de atrás de su oreja
y le caía sobre la cara. La mano oscura alrededor de la madera se veía
enorme. Una energía insospechada hasta entonces -en las clases anteriores
el indio había permanecido siempre respetuosamente sentado en su silla-
irradió de su cuerpo, una fuerza recíproca entre su brazo y la
tensión del arco, una especie de potencia masculina, en fin, que fastidiaba
especialmente a la doctora Dusseldorff, habituada a las jerarquías asexuadas
de la ciencia. Con voz gutural, el toba dijo:
-Kal'lok -y repitió más fuerte-, Kal'lok.
Nadie anotaba ya las palabras. Con una agilidad que dejó a todos en suspenso,
el indio se agachó y tomó una flecha, la más larga, con
el penacho de plumas. El antropólogo se levantó de su silla. Estaba
pálido. La doctora había dejado su cuaderno de notas sobre el
escritorio.
-Creo que no es necesario... -empezó a decir.
-¡Ena...! ¡Ená...! ¡Peritnalik! -la voz profunda del
toba rebotó en las paredes.
Varios cuadernos de notas cayeron al suelo. El indio había colocado la
flecha de guerra en el arco y volvía a tensar la cuerda. Había
quedado de perfil a la clase y en esa actitud era muy fácil imaginar
su torso desnudo, como en un sobrerrelieve. La flecha ocupaba exactamente el
vacío de la tensión. Su punta alcanzó casi la altura de
los ojos del antropólogo. La doctora tenía la boca abierta.
-Hanak ená ña'alwá ekorapigem ramayé mnorék,
ramayé lacheogé, ramayé pé habiák... murmuró
la voz ronca del indio. Estaba inmóvil. Sólo sus ojos describieron,
lentamente, un semicírculo que los abarcó a todos. Algunas cabezas
iniciaron el movimiento de ocultarse tras la espalda de los que tenían
delante. En el fondo del aula, una chica se puso de pie.
-Kal'lok -dijo el indio.
El silencio pesó como una losa.
El toba bajó, despacio, el brazo y destensó el arco. Con delicadeza
sacó la flecha y la colocó junto a las otras. Apoyó el
arco en el respaldo de la silla. Retiro el saco y se lo colgó del antebrazo.
El aula, de a poco, empezó a cobrar vida. Hubo carraspeos, personas que
se inclinaban buscando en el suelo sus cuadernos de notas, algunas toses aisladas.
El antropólogo, todavía pálido, encendió un cigarrillo
y se aproximó al indio.
-Perfectamente, Marcelino, perfectamente -dijo.
Esto devolvió a la clase su capacidad de expresión. En general,
se intentaba averiguar quién había tomado notas. Recorrió
el aula la información de que lo dicho por el toba había sido
una oración a Peritnalik. Algo como "... el dueño del fuego,
el dueño de la noche y de la selva..." y también algo más,
pero no se podía asegurar.
Rápidamente, se reunió el dinero con que se pagaba la colaboración
de Marcelino Romero. Uno de los alumnos se lo entregó sin mirarlo.
El antropólogo y la doctora Dusseldorff salieron últimos. La clase
no había sido satisfactoria. Consideraban, académicamente, la
posibilidad de conseguir otro informante. Tal vez un mataco con mayor disposición.
La buena disposición es fundamental para los fines científicos.
|