Alí
el Justo
Por
Judith Gautier
I
-¿Qué
me quieres, mujer? La que corre fuera del harem después de la caída
del sol, lleva siempre el Mal consigo; el velo espeso no reemplaza el pudor
perdido.
El rostro de Alí tenía una expresión muy severa,
mas la mujer se echó a sus pies con las manos juntas, retorciéndose
los brazos sobre el diván.
-Para la que lo ha perdido todo -exclamó ella- las conveniencias están
de más y le basta asegurar la salvación de su alma.
Al oír esas palabras conmovedoras, pronunciadas con un acento tan lleno
de desesperación como de sinceridad, Alí abandonó la pluma,
húmeda aún de tinta, y el pergamino sobre el cual trazaba caracteres
misteriosos.
-Habla, mujer, confíame la causa de tu dolor.
Entonces ella levantó el tupido velo que la cubría, dejando ver
su rostro joven y encantador inundado de lágrimas.
-No tengo derecho ni para esconder el rubor ni para ocultar los rasgos que ya
más de un hombre ha visto.
Amable y frío, Alí la miraba de frente. Ella dejó escapar
un sollozo y después de erguirse y de limpiarse precipitadamente los
ojos, comenzó a decir:
-He engañado a mi esposo venerable. El seductor se presentó bajo
el aspecto más tentador; suplicó y lloró; cualquiera habría
dicho que lejos de mí moriría; sus palabras eran tan dulces y
tan tímidas que me hacían desfallecer. Luego se volvieron ardientes,
como el simún del desierto; su soplo devorante me secaba, me quemaba,
me hacía pensar en la frescura de los besos y, como la caravana perdida
y muerta de sed que encuentra los manantiales del oasis, yo bebí, bebí
ansiosa el veneno de su amor!
-¿Y qué esperas, mujer adúltera? -dijo Alí, irritado
y de pie-. La ley es formal y terminante: serás ejecutada. ¿Creías
acaso que yo iba a perdonar tu crimen?
-No es gracia, ni es perdón lo que quiero pedirte -dijo la culpable levantándose,
pálida y resuelta-. A lo que vengo, al contrario, es a entregarme. He
cometido un crimen y deseo expiarlo. Que mi carne sea deshecha y desgarrada;
que se convierta en lodo sangriento; que sirva de alimento a los perros, para
que mi alma se salve del infierno.
-¿Sólo el amor de Dios y el horror de tu falta te obligan a hacer
esta confesión? ¿No temías que otros te denunciaran?
-Nadie conoce mi crimen, pero Dios lo ha visto y yo espero el castigo. El esposo
ausente va a llegar pronto. Haz -¡oh yerno del Profeta!- que sorprenda
la expiación antes de sorprender el ultraje; haz que encuentre muerta
a la que ya no es digna de vivir a su lado.
-Que Alá te perdone en el otro mundo -dijo Alí-. Yo soy esclavo
de la ley, y tú sufrirás la pena que tu falta merece.
-Alabado sea Dios. Castígame en este mundo para que Él me reciba
purificada en el paraíso.
Alí la miraba fijamente, con su mirada de observador, tratando de sorprender
en ella un desfallecimiento, un escalofrío de miedo en frente de la muerte.
Ella tenía los labios apretados y pálidos, pero en sus ojos fijos
brillaba el entusiasmo.
-El adulterio -dijo Alí, después de una larga pausa- es un crimen
complejo; muchas veces se encarna y una flor de inocencia brota entre los culpables.
La mujer dio un paso hacia atrás, conteniendo un grito, y dijo:
-Sí, tú lo sabes todo porque tú eres el Amigo de Dios.
Mi crimen, en realidad, vive en mí; mis entrañas han temblado
ya.
-¿Entonces lo que tú quieres es agregar el asesinato al adulterio,
robar la vida a una criatura de Alá y llenar tu alma de crímenes?
Ella inclinó la cabeza, agobiada bajo el peso de estas últimas
palabras.
-La Justicia no tiene nada que ver con la violencia ni con la cólera;
la justicia puede esperar. Anda, regresa al harem, guarda tu secreto y alimenta
con lágrimas tu arrepentimiento. Cuando tu hijo vea la luz del sol, es
que el momento de la expiación ha llegado. Hasta entonces, adiós.
-Está bien, señor; volveré cuando el niño nazca.
Y recogiendo su velo, desapareció silenciosa.
De los labios de Alí brotó una sonrisa mezcla de piedad y de ironía.
Luego pensó:
-Antes de que el hijo haya nacido, el arrepentimiento habrá muerto.
Y cogiendo de nuevo su pluma seca, sentóse en un ángulo del diván
para continuar trazando, sobre el pergamino abandonado, sus caracteres misteriosos.
II
Algunos
meses más tarde la ciudad de Medina estaba llena de rumores; la multitud
agitábase irritada; todo el mundo maldecía al califa Othmán
acusándolo confusamente; el pueblo comenzaba a amotinarse.
Aïchah, la viuda de Mahoma, llamada generalmente "la Profetisa"
había buscado a Alí para hablarle, agitada y colérica,
de la conducta del califa y del descontento popular.
La favorita del Profeta era aún muy bella. Su madurez era majestuosa,
su porte era grave. El prestigio que adquiriera desde la muerte de Mahoma, habíala
enorgullecido.
-Meter las manos en las arcas públicas y emplear el dinero del Estado
en gastos particulares, es un sacrilegio- decía ella.
-Othmán ha restituido ya varias veces las sumas que la necesidad le obligara
a tomar -respondió Alí- Lo mismo hará hoy: todo ese ruido
es inútil.
-¿Y eres tú quien lo defiende? ¿Tú que no debieras
ver en él sino al usurpador de tu herencia?... ¿Tú que
tienes más derecho que él al Califato?... ¿Tú cuya
plaza te fue robada para que él la ocupase?
-Un día -replicó Alí con calma- cuando ya el santo Profeta
había abandonado la tierra, Fathma, mi esposa querida que ya hoy no existe,
sublevándose contra la multitud de injusticias de que nosotros éramos
víctimas, quiso quejarse públicamente. En el momento mismo en
que ella se lanzaba a la calle, el Ezan comenzó a sonar en lo alto del
minarete; y al oír las palabras sagradas de: "Dios es Dios y Mahoma
es el profeta de Dios", "escucha Fathma -le dije- el nombre de tu
padre resuena por todas partes; ¿quieres que ese nombre siga siendo lo
que hoy es? ¿quieres que ese nombre viva tanto como el mundo? Pues entonces
no acuses a nadie; sacrifica las grandezas humanas en el ara de la fe"...
Y Fathma guardó silencio.
-Esa manera de proceder era noble entonces; pero los años han transcurrido
y la fe se ha hecho invulnerable. Hoy es necesario que Othmán haga una
penitencia pública y que te entregue el poder usurpado.
-Ten cuidado, Aïchah -dijo, sonriendo melancólicamente, Alí-.
No trates de protegerme tan decididamente; acuérdate de la profecía:
tú tendrás que ser mi enemiga; tú tendrás que hacerme
la guerra.
Aïchah se sintió presa de un ligero temblor y bajó la cabeza.
Por encima de los muros del harem, al través de los jardines inmensos,
el ruido y los gritos de la ciudad agitada llegaban hasta la mansión
de Aïchah. Pero ella no oía sino la voz de su recuerdo en donde
sonaba la palabra santa del Profeta:
-"Una de vosotras perderá un día la fe y hará la guerra
a Alí." Todas estábamos a su alrededor. Umusilama preguntó:
"¿Soy yo, maestro?" -"No, no eres tú... Pero tú,
Aïchah, ten cuidado... no vayas a ser tú..." Yo me eché
a reír y entonces Mahoma dijo: "Acuérdate de la aldea de
Zicar, porque ahí será donde los perros te ladrarán."
La viuda del Profeta levantó la cabeza después de un largo ensueño;
y dijo:
-Tienes razón, Alí; tratemos de que no haya diferencias entre
nosotros. Tú por cuyas venas corre las sangre de Mahoma, puedes calmar
las iras del pueblo; hazlo; que Othmán sea perdonado.
Y Alí salió para recorrer la ciudad; para ir de plaza en plaza,
de grupo en grupo.
Cuando el sol poniente coloreó las cúpulas de las mezquitas, Medina
había ya recobrado su tranquilidad. El Amigo de Dios se dirigió
fatigado, caminando despacio.
Cerca de su puerta había una mujer que se recostaba temblorosa contra
el muro. Alí le preguntó:
-¿Quién eres?... ¿Qué quieres de mí?
Entonces ella levantó su velo espeso y dejó ver un rostro pálido,
mortalmente pálido, cuyos grandes ojos estaban orlados de un círculo
azul y fabuloso.
-¿Qué tienes, desgraciada? -exclamó Alí tratando
de sostenerla-. ¿Estás herida?
Ella respondió:
-¿No me reconoces acaso? Vengo para morir. Soy la esposa adúltera
cuyo corazón está devorado por el remordimiento. Me dijiste que
volviera cuando el hijo de mi crimen hubiese visto la luz del sol y vengo porque
el momento del castigo acaba de sonar, porque el niño nació ya.
-¡Eres tú!... ¿Y vienes a pedir aún el castigo? Tan
seguro estaba de que no te volvería a ver, que hasta te había
olvidado. Pero ¿en dónde has dejado a tu hijo?... ¿Por
que lo abandonaste? ¿Crees, por ventura, que dar la vida a un ser humano
no consiste más que en parirlo? No; te has equivocado; ese pobre arbusto,
esa flor de tallo débil que puede romperse entre manos mercenarias, necesita
aún de tu calor y de tu sombra y de tu cuidado. Tú le debes aún
tu leche y tus caricias... ¿No conoces la ley? La madre no es dueña
de su libertad, sino cuando el hijo tiene siete años, porque sólo
entonces puede él vivir sin los cuidados de ella. Cumple tu deber, vuelve
al harem, y si dentro de siete años todavía tu corazón
no se ha endurecido, expía tu crimen.
-¡Tanto tiempo aún! -dijo ella gimiendo-. ¡Tener que soportar
durante muchos meses el peso enorme de la vergüenza! Y luego el miedo del
infierno que me atormenta noche y día... Pero yo sé obedecer...
dentro de siete años... está bien.
Y se alejó, vacilante, deteniéndose a cada momento contra las
murallas para no caer, mientras Alí la seguía con la vista, profundamente
emocionado. Cuando su silueta triste hubo desaparecido por completo, el Amigo
de Dios abrió su puerta y franqueó el dintel, murmurando enternecido:
-¡Pobre mujer!
III
Han
transcurrido mucho años. Las cóleras apagadas han vuelto a encenderse
y Othmán ha sido decapitado.
Hace largo tiempo que Alí es Emir-al-Mumenin y Comendador de los creyentes.
Lo mismo que su predecesor, el nuevo califa ha visto su reino agitado por los
gritos y las convulsiones del pueblo. Aïchah se hizo guerrera y se puso
a la cabeza de un partido enemigo de Alí. La profecía se acabó
de cumplir cuando los perros de Zicar ladraron al verla; en esa ocasión
ella quiso volverse atrás, pero cincuenta guerreros detuvieron su dromedario
y le juraron, para obligarla a seguir, que aquella aldea tenía otro nombre;
esa fue la primera vez que los islamitas pronunciaron el nombre de Dios en vano.
Pero el castigo fue terrible y la batalla de aquel día fue sangrienta
entre las sangrientas. Al fin la viuda del profeta fue vencida y Alí
quiso al principio hacerla expiar su traición pronunciando una sentencia
de divorcio póstumo entre ella y Mahoma; luego la perdonó.
Ahora todo parece haber recobrado su calma; el pueblo completo se ha inclinado
ante el jefe íntegro y austero, y el equilibrio es, aparentemente, perfecto.
En Alí nada ha cambiado: su existencia sigue siendo sencilla, honesta;
vive en un palacio pero sabe que ese palacio pertenece al Estado y no a él.
Hoy justamente va a presidir el Diwán y aunque su alma está llena
de presentimientos mortales, su rostro está tranquilo y sus palabras
son, como siempre, sensatas y justas. Ante sus consejeros, sigue siendo el jefe
más escrupuloso y más atento aunque en el interior de su alma
sea el hombre más desgraciado.
La sala del Consejo está alumbrada por grandes lámparas colgantes,
pues aunque la hora sea poco avanzada, la oscuridad comienza ya a ser muy grande;
el mes de Ramadán cae este año en invierno.
Alí escucha las acusaciones, las súplicas, las defensas, y luego
dicta sentencias breves y sin apelación.
A un gobernador poco escrupuloso, le envía el siguiente dístico:
"Por culpa vuestra los hombres dichosos disminuyen y los hombres que se
quejan aumentan.
"Al recibir este mensaje, abandonad vuestro puesto".
Cuando la discusión sobre los asuntos graves termina, los consejeros
empiezan a reír y a hablar de negocios particulares.
Entonces Alí llama un esclavo y le da orden de que apague las lámparas,
diciendo:
-Nosotros no debemos usar las luces pagadas por el tesoro público para
hablar de nuestras cuestiones privadas.
Los miembros del Diwán encuentran exagerada la probidad del Califa y
se retiran, uno por uno, para poder, fuera del palacio, murmurar y reír.
La luna muestra al fin su rostro pálido y una niebla azulada comienza
a llenar el patío interior y a envolver las columnas y las ojivas de
la real mansión. Alí abre una de las ventanas. La noche está
templada; el soplo de la primavera comienza a entibiar la temperatura. El agua
brota silenciosa del surtidor para caer luego en lluvia sonora sobre el mármol
de la fuente que parece, a la luz de la luna plateada, un enorme círculo
de nieve.
El Califa mira sin poner atención en lo que ve. Al fin cree oír
una lluvia de lágrimas y entonces se dice a sí mismo: "¿Por
qué llorar? ¿Qué importa la muerte?" Él está
seguro de que este es el último día de su existencia... Sí,
él está seguro de ello, pero también lo está de
que la muerte de un hombre justo no es sino el principio del eterno descanso
y de la dicha eterna. ¿A qué odedecen, pues, ese temblor nervioso
y esa angustia secreta?
Al fin cierra los ojos, tratando de leer claramente la última página
del libro misterioso de su destino, haciendo esfuerzos por adivinar cómo
debe morir... La mirada de su imaginación cree verlo todo claramente:
él acaba de entrar en la mezquita para hacer sus oraciones matinales;
de pronto siéntese rodeado de sables desnudos cuyas hojas parecen ya
teñidas de sangre al reflejo luminoso de las vidrieras encarnadas; el
filo de un puñal le desgarra el corazón... luego reconoce aquel
hermoso puñal que el mismo había regalado, pocos días antes,
al que hoy es su asesino después de haber sido su amigo.
Sus labios pálidos no dicen sino:
-Nosotros pertenecemos a Dios y la muerte es la vuelta al paraíso.
Pero un escalofrío terrible sacude su cuerpo y le hace abrir los ojos.
El patio lleno de claridad azulada lo deslumbra.
Entonces se presenta un esclavo:
-Señor, aquí hay una mujer que pide justicia. Hace muchas horas
que os aguarda y nadie puede hacerla partir.
El Califa responde:
-Es preciso no hacer nunca esperar a los que piden justicia. Dejadla entrar.
Y la mujer entra y se arrodilla diciendo:
-Comendador de los creyentes, heme aquí... ¿Me reconocéis?
-Siete años han transcurrido ya desde que te vi por última vez
-dijo Alí- y sin embargo te reconozco ¡oh pecadora cuyo arrepentimiento
me desconcierta! ¿Vienes para expiar tu crimen?
-Sí, Comendador; vengo, como la primera vez, a buscar el castigo que
mis culpas merecen... Sólo que hoy mi sacrificio es más grande
que en otro tiempo ¿Qué podía yo ofrecer a Dios, hace siete
años, sino un cuerpo lleno de pecados y un alma llena de desesperación?...
Hoy todo ha cambiado y a pesar de lo que el arrepentimiento me hace sufrir yo
era dichosa porque mi hijo, que es hermoso como un lirio, secaba mis lágrimas
con su sonrisa y vendaba mis heridas con sus caricias y borraba las manchas
de mi pecado con sus besos; y yo oía más su voz adorada que la
voz de mi arrepentimiento...
-¡Sin embargo has vuelto!
-Sí, pero en realidad yo ya no existo. Mi verdadero tormento consiste
en haberme separado de él, y el suplicio que te pido de rodillas no servirá
sino para curar mis dolores con el olvido clemente de la muerte.
-Yo -dijo Alí- soñando que iba a morir, temblé a pesar
mío ante la imagen de la muerte, y tú no tiemblas ante ella ¡oh
mujer valiente cuyas manos desgarran el corazón para desterrar el pecado!...
Mi alma comienza a tranquilizarse y la luz eterna brilla ante mis ojos; he comenzado
ya a caminar por el gran camino que conduce al infinito y me ha sido dado ver
mi ultima noche...
Luego puso su mano de sabio y de justo sobre la cabeza de la mujer arrodillada
y terminó su discurso:
-Sí, hija mía: deja florecer de nuevo el lirio de tu corazón,
ama a tu hijo y vive sin remordimiento porque Dios te ha perdonado ya.
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