Arriba del agua

Por Jesús Gardea
De "alba sombría"

EL RUIDO SE MUEVE, se aproxima. Las piedras revientan de sol. La sequía no va a dejarnos nada; ni el juicio siquiera. Dicen que en el llano andan almas resucitadas de animales. Que llevan en orden sus huesos pisando firmes la tierra. Tantos años sin agua dan para todo. Espantos y fantasmas. Suena, acompasadamente, el ruido: dos golpes, y luego, vuelta a empezar. Qué bochorno. Y, de pronto, una ola de cálido silencio. No es el de todos los días, y la ola ha arrastrado una sombra hasta mi puerta. Me oscurece el aire.
-Buenas tardes -me saluda, desde la sombra, una mujer. La miro. Las mujeres enloquecen al último.
Ésta viene vestida de largo, color blanco. Usa lentes negros, de mica, que casi le llenan la cara. Del cuello de su vestido, como del pico de una cerveza abierta, le escapa un borbollón de olanes que luego se le seca en el pecho. Abajo de los olanes, descubro un botecito colgando del cuello; parece el tambor de un niño. La mujer lo toca con un palito. La mujer apoya el palillo en la lámina, de punta, como un cuchillo.
-Buenas tardes -contesto.
Grande, la potencia del resplandor de la calle. La mujer está como parada en un viento luminoso.
-Entra.
Ella levanta el palito y se rasca una oreja con él.
-Entra. Una sombra; un lugar para que te sientes.
La mujer me está mirando con sus lentes como las alas de murciélago.
-He caminado -se queja-. Como los animales que penan por el llano.
La mujer es una muchacha; y las muchachas son campos de alfalfa. Fuera de la resolana, recobra su centro; se aprieta.
-La permanencia es voluntaria.
Sentada ya, se encaja el palito en el peinado. El tamborcito queda entre los muslos, sepultado a medias. Los brazos, cruzados al frente, aplastan la espuma de los olanes. La boca de la muchacha es como la de un ciego. Sus labios, aunque mordidos por la codicia del sol, siguen siendo hermosos.
-Oí tu pregón -le digo.
Ella abre, despacio, la boca.
-No pregono nada.
Corrijo entonces.
-Tu botecito. La gotera.
La muchacha baja los brazos y pone las manos en los muslos.
-Una sombra -dice-. ¿Y la sed?
Sin contestarle, voy a la tinaja. Lleno allí un vaso con agua y regreso.
-Está echándose a perder.
-¿Qué tiene?
Miro el agua, después el calor infeccioso de afuera.
-Apesta -respondo.
-¿Mucho?
-No mucho.
-¿Nada más?
-Bichos también.
-¿Lodo?
-No. Eso no.
La muchacha levanta una mano.
-Bueno.
Le doy el vaso y la espero a que termine de beber.
-Siempre me ofrecen agua fangosa, ¿sabe? Me van a enfermar.
Su aspecto es ahora el de una niña, el de un vivo desconsuelo. Le paso la sombra de una mano por los olanes, el botecitos y la falda.
-No-le digo.
Los trastornados van y vienen; ninguno permanece. Son como nosotros recordamos eran las nubes aquí. Unas horas en las rabias del sol, y luego, nada.
-La voz de tu botecito me interrumpió.
-¿Qué hacía usted?
-Soñaba con un río.
Algunos trastornados regresan a sus casas, de mano de sus familiares; pero otros, la mayoría, se meten al llano, nadie los vuelve a ver. La muchacha comienza a temblar como un junco.
-Los ríos son peligrosos -me dice.
Por el rumor y el jadeo del agua, no la oigo bien.
¿Qué?
-Hay otras cosas.
Crece el río. Se mecen los tules. En los remolinos, caracolitos, arena. Tal vez los caracolitos vengan del mar, o del fondo mismo de las aguas despiertas. Los caracolitos son blancos como la muchacha.
-Es un encargo -murmuro.
-¿Es un río de mayo?
-De mayo, sí.
-Peor entonces.
En los remolinos, brilla y truena el sol. Me deslumbra; me ensordece. Los tules, el junco, tiemblan en medio de la canícula. Hundo una mano en la tinaja. Por su boca sale no el olor podrido, sino el del agua y los relámpagos. Mi mano resbala como un pez por las paredes lamosas; siento los caracolitos. La visita ha parado de temblar; está serena. Como esperando. Me dice:
-Nadie puede cambiar de lugar un río sin secarlo; ¿para qué acepta usted esos encargos?
Saco la mano de la tinaja.
-Le agradezco el agua -me dice la muchacha.
-¿Y la sombra?
-No. Mis lentes me la procuran.
-A tus ojos. ¿Y tu cuerpo?
-A los dos.
La muchacha se alisa el adorno. Luego hace el ademán de coger una brizna. Ojalá y cuando ella se vaya la encuentren sus parientes. No es para las soledades del llano.
-El sudor me pica -dice.
La muchacha tiene su cara levantada hacia mí; me reflejan las oscuras micas. Se abre el vestido y mete una mano bajo los olanes.
-Yo también sueño -me dice.
El borbollón de los olanes me impide ver; pero la mano se mueve en círculos.
-¿Qué sueñas?
-Caracoles; un venado, que se los bebe como si fueran gotas de agua en la hierba.
-Sueñas cosas dulces.
-A medias.
-¿Cómo te llamas?
-Jimena.
La mano de la muchacha vuelve a la falda. La mano debe de conservar el perfume de la fruta.
-Me tenían muy guardada. Hasta el día de hoy. Me dijeron:
Jimena, vete al llano, necesitas aire. Me arreglé los olanes. Me puse los lentes. Después, el botecito. Pero ya en el llano, tuve miedo. De los mezquites salían fantasmas muertos de sed.
-Eso cuentan, Jimena, que hay fantasmas allá.
La muchacha levanta una mano y extiende los dedos.
-Cinco. Todos tenían cuernos. Ninguno como los del venado que hay en el calendario de mi cuarto.
La mano me deslumbra; su forma es perfecta; irradia, como una aparición. La imagino acariciando, envolviendo... Es un terciopelo profundo.
-Jimena, no me gustan tus lentes.
La mano baja; se desmorona el gesto.
-No sé si me estás mirando. No sé si de verdad sentirse el miedo o el agradecimiento que dices.
La muchacha se para.
-No te vayas, Jimena.
-No.
-Ven.
La muchacha se acerca. Vuelvo a soñar con el río, con los caracolitos y la frescura. Los olanes de la blusa ceden al ímpetu de la corriente; se abren como alas de una paloma volando arriba del agua, de las frutas.

 


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