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Cox-City
Por
Guillaume Apollinaire
El barón
d'Ormesan llevóse rápidamente la mano a la cicatriz que yo acababa
de descubrir en su cabeza, y se arregló el pelo para disimularla.
-Debo estar siempre muy bien peinado -me dijo-, de lo contrario se nota claramente
esta maldita mancha morada del cuero cabelludo, que da la impresión que
padezco peladera... Esta cicatriz no es reciente. Data de una época en
que fui fundador desuna ciudad ... Hace de esto unos quince años, y ocurrió
en la Columbia Británica, en el Canadá... ¡Cox City!...
Una ciudad de cinco mil almas... Su nombre de Cox le venía de Chislam
Cox, un tipo intrépido, mitad hombre de ciencia, mitad aventurero, que
provocó un verdadero rush en esa parte de las Montañas Rocosas,
vírgenes a la sazón, y donde todavía hoy se encuentra Cox
City.
"Los mineros habían sido reclutados aquí y allá: en
Québec, en Manitoba, en Nueva York. Fue en esta última ciudad
donde me topé con Chislam Cox.
"Estaba allí desde hacía alrededor de seis meses, pero, en
resumidas cuentas, debo confesar que no ganaba un centavo y me moría
de aburrimiento.
"No vivía solo; me acompañaba una alemana muy bonita, cuyos
encantos tenían éxito... Nos habíamos conocido en Hamburgo
y yo me había convertido en su manager, por así decir. Se llamaba
Marie-Sybille, o Marizibil, para hablar como la gente de Colonia, su ciudad
natal.
"¿Será necesario agregar que ella me amaba con locura? Por
mi parte, yo no era nada celoso. No obstante, esta vida de haraganería
me pesaba más de lo que usted pudiera creer; no tengo alma de rufián.
Pero en vano procuraba emplear mis talentos en trabajar...
"Un día, en un salón, me dejé embaucar por Chislam
Cox, que, apoyado en el bar, hablaba en voz alta y exhortaba a los parroquianos
a seguirlo a la Columbia Británica, donde él conocía un
lugar donde el oro abundaba.
"En su discurso se entremezclaban Cristo, Darwin, el Banco de Inglaterra
y, Dios me condene si sé por qué, la papisa Juana. Este Chislam
Cox era muy convincente. Me enrolé en sus filas juntamente con Marizibil,
que no quería abandonarme, y partimos.
"No llevé conmigo nada emparentado con el equipo de un marinero,
sino vajilla de bar y muchos alcoholes: whisky, gin, rhum, etc., manteles y
balanzas de precisión.
"Nuestro viaje fue bastante penoso, pero una vez llegados al lugar donde
Chislam Cox quería conducirnos levantamos una ciudad de madera que fue
bautizada con el nombre de Cox-City en honor de quien nos guiaba.
"Inauguré mi despacho de bebidas, que en seguida fue muy frecuentado.
El oro era, en efecto, abundante, y yo mismo negociaba con él.
"Muchos de los mineros eran franceses o canadienses franceses; también
habla alemanes e individuos de habla inglesa. Pero el elemento francés
predominaba. Más adelante llegaron mestizos franceses de Manitoba y un
gran número de piamonteses. También vinieron algunos chinos. De
manera que, al cabo de algunos meses, Cox-City contaba con cerca de cinco mil
habitantes, de los cuales sólo diez eran mujeres. .. En esta ciudad cosmopolita
me había hecho de una posición envidiable. Mi salón estaba
en situación floreciente. Lo había bautizado Café de París,
y ese nombre lisonjeaba a todos los habitantes de Cox-City.
**
*
"Los grandes fríos se hicieron sentir. Era terrible. Cincuenta grados
bajo cero constituyen una temperatura inaguantable. Entonces se advirtió
con terror que Cox-City contaba con provisiones insuficientes para pasar el
invierno. No había comunicaciones posibles con el resto del mundo. Era
la muerte como perspectiva inmediata. Prontamente se agotaron las provisiones
y Chislam Cox dio una conmovedora proclama en la que nos hacía conocer
todo lo espantoso de nuestra situación.
"Nos pedía perdón por habernos llevado a la muerte, pero
a pesar de su desesperación, encontraba medios para hablar de Herbert
Spencer y del falso Smerdis. El final del memorial era algo espantoso: Cox invitaba
al pueblo a reunirse a la mañana siguiente en la plaza que se había
tenido el buen cuidado de dejar en el centro de la ciudad. Todo el mundo debía
llevar su revólver y suicidarse, a una señal, para escapar a los
horrores del frío y del hambre.
"Nadie protestó. En general, la solución pareció elegante,
y hasta Marizibil, en lugar de lloriquear, me dijo que sería feliz de
morir conmigo. Distribuimos el alcohol que quedaba, y a la mañana siguiente
nos dirigimos del brazo a la plaza mortuoria.
"Así viviera cien mil años, jamás olvidaré
el espectáculo de esa multitud de cinco mil personas abrigadas con mantas
y colchas. Cada uno tenía un revólver en la mano y se oía
el castañeteo de los dientes. . ¡Se lo juro!
"Chislam Cox, subido a un tonel, presidía la reunión. De
repente, se llevó el revólver a la frente y disparó. Fue
la señal: mientras Chislam Cox caía de su tonel, todos los habitantes
de Cox-City, entre los que me hallaba, nos hacíamos saltar la tapa de
los sesos ¡Qué horroroso recuerdo! ¡Qué tema de meditación
el de esta unanimidad en el suicidio! ¡Pero qué frío terrible
hacía...!
"Yo no estaba muerto sino aturdido, y pronto me incorporé. Una herida,
o más bien un rasguño, que me provocaba mucho dolor, y cuya cicatriz
llevaré hasta el fin de mis días, me recordaba que había
tratado de suicidarme. ¿Por qué estaba solo?
-¡Marizibil! -llamé.
"Nadie me respondió. Los ojos desencajados, temblando de frío,
permanecí largo rato atontado, mirando a esos muertos que mostraban,
todos, una herida voluntaria en la frente.
"Después sentí un hambre terrible que me torturaba el estómago.
Los víveres se habían agotado. No encontré nada en las
casas que registré. Enloquecido y titubeante, me arrojé sobre
un cadáver y le devoré el rostro. La carne estaba todavía
tibia. Me sacié sin ningún remordimiento. Luego comencé
a pasearme por la necrópolis pensando en los medios de salir de allí;
Me armé; me abrigué cuidadosamente; cargué la mayor cantidad
de oro que podía transportar. De pronto sentí inquietud por la
alimentación. El cuerpo de las mujeres es más rico en grasas;
su carne más tierna. Busqué una y le corté las dos piernas.
Ese trabajo me llevó de dos horas. Pero logré dos jamones que
me colgué al cuello mediante dos correas. En ese instante me di cuenta
de que había cortado las piernas a Marizibil. Mi alma de antropófago
apenas se conmovió. Sobre todo, deseaba irme.
"Me puse en marcha y, por milagro, encontré un campamento de leñadores,
justamente el día que mis provisiones se habían terminado.
"La herida que me había hecho en la cabeza curó rápidamente.
Pero la cicatriz que oculto con mis dedos me recuerda sin cesar a Cox-City,
la necrópolis boreal, y sus habitantes helados, que el frió conserva
en la forma que cayeron -armados y heridos-, con los bolsillos llenos del oro
inútil por el que murieron.
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