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Katherine
y ellas
Por
Juan Carlos Onetti
Las publicaciones
europeas muestran que también por allá la literatura femenina
crece, expandiendo sus armoniosas líneas: Mme. Simone es bautizada "la
nueva George Sand". Otras estrellas surgen con su luz sonriente. Pero algo
que comenzó con Katherine Mansfield permanece detenido: una verdadera
literatura de mujer.
Aparte de su talento, K. Mansfield debe su triunfo a esto: por primera vez,
y por última, hasta ahora -pese a la legión de bas-bleu anteriores
y posteriores- una voz de mujer dijo de un alma de mujer. Katherine Mansfield
tuvo mucho de milagro: no fue cursi, no fue erudita, no se complicó con
ningún sobrehumano misticismo de misa de once. Otro secreto: era como
los hombres se imaginan a las mujeres que aman.
Con esto de las doblemente bellas letras femeninas, está sucediendo algo
curioso. Antes las mujeres se dedicaban casi exclusivamente a la poesía.
Cantaban al amante, a Dios, a los árboles y a los recién nacidos.
A unas les salía bien y a otras mal. Cada comarca tenía su poetisa
oficial y todos muy contentos.
Pero ahora las cosas se han complicado. En cierto sentido, podría decirse
que las mujeres son las nuevas ricas de la cultura. Aunque no sólo ellas,
está claro. Hay superabundancia, plétora de mujeres intelectuales.
Casi todas las muchachas que leen y escriben, se abruman con la obligación
de hacer versitos y publicarlos.
Las que no sólo leen de corrido, las mujeres de sólida cultura
que hasta dan conferencias y todo, ésas no se conforman con la estructuración
de sonetos de catorce versos, describiendo la fuerza de perturbación
erótica que poseen los ojos verdes del amado. Escriben sobre Cristo,
Marx, el Cosmos o la técnica del autor del Bisonte de Altamira.
Y todo -que si se mira comprensivamente es ya bastante- empleando el estilo
más tenebroso, espeso e imaginero que pueda concebirse. A razón
de dos citas por párrafo y una pareja de adjetivos para cada nombre.
En esta excesiva riqueza, naufragaron las jerarquías. Ya no sabemos a
ciencia cierta, como en los buenos tiempos pasados, cuál es nuestra primera
poetisa, ni cuál la alta filósofa del Plata, ni qué blanca
mano esgrime la vara máxima, severa y medidora de la Crítica.
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