|
Katherine
Mansfield
Por
Guillermo de Torre
(1938)
Así
como hay escritores de vida bulliciosa y posteridad opaca, hay otros de existencia
escondida cuya obra, tras la muerte, abre una estela cada vez más ancha
y luminosa. Tal es el caso, tal ha sido el destino de esa admirable criatura
australiana que se llamó Kathleen Beauchamp y cuyo nombre literario de
Katherine Mansfield viene adquiriendo en las letras inglesas, después
de su muerte den 1923, una significación cada día más irreemplazable
y capital.
Unida cronológica y espiritualmente al reducido grupo de escritores que
después de la guerra han cambiado la fisonomía de la literatura
británica -Joyce, Lawrence, Huxley, Forster, Aldington, Virginia Wolf,
los Sitwell-, liquidando el conformismo victoriano y buscando otro público
que el "Plan Man", Katherine Mansfield incorpora el sentido de un
nuevo realismo poético, unido a un acento femenino muy peculiar. Ello
merece un atento subrayo porque precisamente los nombres femeninos no escasean
actualmente en esa literatura, y junto a los ya aludidos de Virginia Wolf y
Edith Sitwell cabe fácilmente agrupar los de Clemence Dane, Rosemond
Lehmann, Margaret Kennedy, Mary Webb, Sheila Kaye-Smith, Victoria Sackville-West,
Stella Benson, Rose Maucalay... Pero siendo todas ellas tan fieles sentimentalmente
a su sexo, la voz de Katherine Mansfield resuena aún quizá con
un matiz más puramente femíneo. Porque no se trata simplemente
de que Katherine Mansfield sienta y escriba como mujer, sino que llega a crear
todo un universo nimbado de extraordinaria poesía por lo mismo que es
ordinariamente verídico, haciéndonoslo comunicable con una sorprendente
simplicidad de medios. "Señor -escribía en su Diario-, hazme
pareja al cristal para que tu luz brille a través de mí."
El exotismo, la atmósfera de lejanías que inmediatamente se advierte
en sus libros, no era en ella artificial ni adventicio. Tenía raíces
genuinas, procedía evocativamente de su infancia remota, bajo cielos
no europeos: de Wellington en Nueva Zelandia. Katherine Mansfield había
nacido allí, el 14 de octubre de 1888. Pasó su infancia a pocas
millas, en Karori, ese pueblecito que aparece evocado en La garden-party y otros
cuentos. Allí en una atmósfera colonial, en el seno de una familia
numerosa, y en pugna con ella, transcurren sus primeros tiempos. A los trece
años va por primera vez a Londres, al Queen's College y se manifiesta
su vocación literaria; dirige el magazine de la escuela y escribe versos.
Pero he aquí que es reclamada por su familia a Nueva Zelandia. Katherine
añora Londres y no ceja hasta que su padre le concede una pensión.
En 1908 abandona Australia para no regresar. Comienza entonces otra etapa de
su vida. Para completar la exigua pensión familiar da lecciones de violín,
forma en una compañía de ópera. Sometida en aquellos años
a rezagados influjos wildeanos confunde arte y vida, experimentando un contratiempo
sentimental: casamiento en falso, seguido de divorcio. Huye a una aldea alemana
para dar a luz. Y escribe allí una serie de cuentos realistas, con matices
caricaturescos, que luego formarán su primer libro: In a German Pension,
publicado en 1911.
Retorna a Londres. En ese mismo año conoce a John Middleton Murry, que
entonces era simplemente un estudiante en Oxford, aunque dirigiese ya una revista
minoritaria, Rhythm, transformada luego en The Blue Review. Katherine Mansfield
colabora en ella al tiempo que la amistad entre la cuentista y el crítico
aumenta y deviene amor. Se casan en 1915. Sobreviene luego cierto acontecimiento
que produce en la sensibilidad de Katherine Mansfield un choque de gran repercusión.
Su hermano menor, el ser a quien ella más quería en el mundo,
llega de Nueva Zelandia a Londres para enrolarse en el ejercito ingles y es
muerto a las pocas semanas. Para retener su recuerdo, Catherine se vuelve sentimentalmente
hacia la infancia común. Abominando -nos explica Middleton Murry- de
la civilización mecánica que había engendrado la guerra,
Katherine torna a la naturaleza y a la sinceridad, es decir, se retrotrae mentalmente
a los días de su infancia australiana. Parte "a la recherche du
temps perdu" y resuelve consagrar su obra a evocar ese mundo. "Ahora
-confesaba ella misma- siento el anhelo de escribir recuerdos de mi propio país.
Sí; quisiera escribir sobre mi país, hasta que haya agotado cuánto
se, no solamente porque así pagare una deuda a la patria en que hemos
nacido mi hermano y yo, sino también porque en mis pensamientos recorro
con él todos los antiguos parajes. ¡Ah, quiero que mi patria desconocida
salte a los ojos del viejo mundo. Y que todo resulte misterioso, flotante."
Así nació Prelude en 1918 y después The Garden-Party y
At the Bay. Cuando estas novelas comenzaron a aparecer en revistas no dejaron
de suscitar cierto desconcierto. En unos momentos de complejidades y alquitaramientos
sorprendía la difícil sencillez que el arte de Katherine Mansfield
lleva dentro. Pero no faltaron algunos espíritus que supieron aprehender
su delicado encanto, y, en primer termino, D. H. Lawrence, a quien le unían,
contra superficiales divergencias, profundas afinidades, según luego
veremos. El reconocimiento público de Katherine Mansfield coincidió
con el agravamiento de la tuberculosis que sufría. Por ello sus ausencias
de Inglaterra se hacen, a partir de 1917, cada vez más continuadas. Reside,
sucesivamente, en el mediodía francés, en Suiza, en Italia. De
todos esos trances y desplazamientos hay reflejos conmovedores en sus cartas
y en su Diario. Así esta declaración de patético amor a
la vida: "Es infernal amar la vida tal como yo la amo. Me parece que la
amo cada vez más, en vez de amarla menos... Espero poder resistir lo
bastante para hacer una obra importante. Estoy harta de esas gentes que mueren
cuando prometían tanto...".
Y, a medida que se agrava, su propensión espiritualista y naturista aumenta.
Por ello, a penúltima hora, decide acogerse en una extraña colonia
teosófica, una "Fraternidad Espiritual", que habían
fundado unos rusos, en Avon, cerca de Fontainebleau. Allí murió
el 9 de enero de 1923. Sus principales novelas cortas y cuentos están
hoy coleccionados en cuatro volúmenes: The Garden-Party, Bliss, The Dove's
Nest y The Doll's House. Ayudan a completar su conocimientos dos publiciones
póstumas: un tomo del Journal y otro de Letters.
Su persona viva debía poseer no menos hechizo espiritual que su arte.
Lo intuimos así al captar aquí y allá rasgos sueltos, tanto
en el libro que relata puntualmente su inexistencia -The Life of Katherine Mansfield-,
escrito por Ruth Mantz, en colaboración con Middleton Murry, como en
muchas páginas de las Memorias de éste -Betwen two Worlds-, como
en el capítulo correspondiente a Maurois, en Magiciens et Logiciens,
como en casi todos los libros biográficos y anecdóticos concernientes
a Lawrence y su clan -los de Mabel Dodge, Dorothy Brett, Catherine Carswell-,
en los cuales también aparecen momentos y escorzos de Katherine Mansfield.
A la evocación descriptiva que de ella hizo Edmond Jaloux pertenecen
los siguientes rasgos: "Reveo un ser frágil, menudo, gracioso, que
da la impresión de vivir al margen de la vida, en una zona que no es
completamente la vida, sino más bien su halo. Emociona la belleza del
rostro: los rasgos sumamente finos, los ojos muy negros, la mirada resplandeciente
y velada al mismo tiempo. Lo que también llama la atención es
la igualdad del color: el rostro está enteramente cubierto de un matiz
marfileño... Hay en esa figura, es esa mirada, una expresión pura,
calma, profunda; una serenidad impresionante."
He aludido ya, desde el primer momento, como uno de sus matices esenciales,
al valor de sinceridad que poseen los cuentos de Katherine Mansfield. Como que
la autora de En la bahía era -según palabras de Gabriel Marcel-
"uno de los seres más apasionadamente enamorados de sinceridad interior
que hayan existido nunca". Buscaba, al igual que Lawrence, aunque por otro
camino, el retorno a las fuentes autenticas de la vida del arte. De ahí
la simplicidad de sus fábulas novelescas, esa manera suya de practicar
cortes en el tiempo, en un medio, en una vida, eligiendo no los instantes climatéricos
sino cualquier día banal, un día que no está señalado
sino por un pequeño acontecimiento familiar: escenas de playa, la mudanza
de los Burnell, un gardenparty, la primera jornada de unas huérfanas.
Se ha calificado el arte de Katherine Mansfield como un impresionismo familiar,
se ha hablado de su misticismo (Maurois), se ha dicho que su prosa es más
poética que novelesca (Middlenton Murry). No puede haber discrepancia
sobre estas caracterizaciones, si bien el calificativo que mejor conviene es
el de un realismo poético. Pero sí puede existir cierta disconformidad
al señalar su filiación. Porque se ha insistido quizá demasiado
al nombrar a Chejov como punto de partida, debido a que la misma Katherine Mansfield
reconocía este precedente y hacía suya la ambición, propia
del autor del Jardín de los cerezos, de pintar la vida en su incoherencia
y su complejidad, rehuyendo todo efectismo teatral. Pero algo les diferenciaba
radicalmente: la vena de humor satírico, constante en el ruso y ausente
o muy atenuada en la australiana. Su único punto en común es la
tendencia hacia un arte cristalino y aproblemático. "El problema
-escribía Katherine Mansfield en una de sus cartas- es una invención
del siglo XIX. Un artista observa atentamente la vida. Y se esfuerza en expresar
su visión. Todo lo demás lo deja a un lado." Pero esta simplificación,
unilateral como cualquier otra, sólo es válida para quien la enuncie
apoyada en una vida consistente; y superfluo resulta agregar que no puede sentar
normas.
Por lo demás, aquello que interesaba fundamentalmente a Katherine Mansfield
era mantenerse fiel a la vida, sin desnaturalizarla con la interferencia de
un yo tendencioso o absorbente. Así escribía en otra carta: "!Que
maravillosa es la vida desde el momento en que uno se entrega a ella. Me parece
que el secreto de la vida es aceptarla. Discutidla, tanto como queráis,
pero, ante todo, aceptadla... Sólo corriendo el riesgo de perderse, entregándose
enteramente a la vida, puede hallarse la respuesta." Naturalidad, espontaneidad,
directismo, afán de traducir la realidad como es, como ella la veía
y sentía. Tal era la preocupación esencial de Katherine Mansfield,
que reaparece, con frecuencia casi obsesionante, en su Diario y en las cartas.
"La cuestión es siempre: -escribía en una de las últimas-
¿quién soy yo? En tanto que no se haya respondido a la pregunta,
no entiendo cómo puede uno gobernarse. ¿Existe un yo? Hay que
estar segura de esto para alzarse firmemente sobre las plantas de los pies.
Y no creo un solo minuto que estas cuestiones puedan ser resueltas únicamente
con la cabeza. ¿Cómo salir del trance? No veo ninguna posibilidad
de salvación si no aprendemos a vivir también con nuestras emociones
y nuestros instintos, manteniéndolos en equilibrio." Aquí
está la relación de afinidad, antes aludida, entre Katherine Mansfield
y Lawrence. Pues es sabido cuán lejos llevaba este último su fobia
intelectualista y su afirmación contraria de lo instintivo y lo corporal.
Tornando a la misma idea, escribía Katherine Mansfield en uno de las
últimas cartas, poco antes de su muerte: "Solamente siendo fiel
a la vida puedo ser fiel al arte. Y fidelidad a la vida significa bondad, sinceridad,
simplicidad, probidad." ¡Qué lejos se sitúa aquí
del esteticismo de sus primeros pasos! Katherine Mansfield llegó a la
meta propuesta. Su muerte a los treinta y cuatro años no es una frustración.
Había dado la medida de su alma y había podido dejar páginas
inolvidables. Las cuatro novelas cortas que aquí se reúnen, por
vez primera en español, son otros tantos ejemplos cabales de su arte
tan puro y delicado, irreductiblemente femenino.
|