Reportaje a César Fuentes Rodríguez

 

Por Jordi Pons Fuster

Lleida, julio de 2010

 

 

El Mundo de los Sueños

 

 

Mi viaje a Buenos Aires la primavera pasada no fue del todo perdido. En una librería de Calle Corrientes me topé con una novela que he venido leyendo con fascinación desde entonces. Conocía al autor por un ensayo sobre la escena gótica que compré hace unos años en Barcelona, pero no tenía idea de que escribiese ficción. De hecho, "El Infierno y Los Celacantos" (tal el excéntrico título) no se halla aún publicado en España. A medida que me internaba en la novela, fui cayendo seducido por la riqueza de la prosa y la exuberancia del contenido literario y mítico. Decir que trata de los sueños y de la manera en que perturban nuestra vida consciente no es decir demasiado, y era tanta la tela por cortar en el desarrollo del argumento que ya antes de terminarla había decidido tratar de contactar a César y arreglar un reportaje que reproduzco aquí para aquellos de nuestros lectores que gustan de descubrir autores nuevos de valía.

 

 

 

Felipe García Duarte, cineasta español, es convocado sorpresivamente por uno de los hombres más ricos del planeta, el misterioso Ricardo Miller, a pasar un fin de semana en su mansión sudamericana para charlar acerca de un proyecto cinematográfico en ciernes. Nada más en el primer capítulo, se nos revela que el propósito de Miller no es otro que filmar sus sueños. Cada mañana el cineasta deberá entonces tomar nota de las visiones que se le pasan al millonario por la cabeza durante la noche y adaptarlas de inmediato para su producción y grabación. Así comienza "El Infierno y Los Celacantos", pero lo que parece a simple vista una tortuosa reelaboración de las tribulaciones de Scherezada en "Las Mil Y Una Noches", toma luego otros caminos y se convierte en una novela exuberante, atrevida, ardua de definir...

 

De modo que inicio las preguntas con la más obvia: ¿Cómo define el autor su propia obra?

- Al principio no tenía idea. Iba ya muy avanzada la escritura cuando la reconocí como una novela gótica, y me di cuenta por casualidad. En ese entonces estaba escribiendo en paralelo un ensayo sobre el asunto, y justamente resumía que las características definitorias de la novela gótica son siete u ocho. Algunas pueden faltar, según la obra. Pero la mía parecía reunirlas todas: se desarrollaba en un castillo, poseía una atmósfera de misterio, se hablaba de una profecía ancestral, aparecían eventos sobrenaturales o de difícil explicación, había emociones fuertes y un erotismo que invadía todo. Hasta el recurso de la falacia patética (la naturaleza en consonancia con los sentimientos), tan común al género, estaba presente. A partir de ese momento, cada vez que alguien me pregunta, le respondo que se trata de una novela gótica con elementos policiales, eróticos y de ciencia ficción.

 

- He notado que es más que un relato. Hay crítica, reflexión, obsesiones.

- Sí. Aunque no le falta acción, no es precisamente una novela de aventuras. Desde el punto de vista de los personajes, hasta se la podría ver como una novela de contrarios. Hay un poco de ajedrez en el sentido de que se entabla una lucha entre piezas opuestas: creyentes contra escépticos, alucinados contra realistas, idealistas contra materialistas, amos contra sirvientes, ambiciosos contra altruistas, incompetentes contra corruptos, incluso amantes versus amados. El caso es que aun reconociendo las piezas y los bandos, nunca se declaran abiertamente los colores, nunca se dice cuáles son blancos y cuáles son negros, o del lado de quién está la razón. Lo que los caracteriza en general es que todos sueñan, y por más que las oposiciones persistan hay algo alrededor de ellos que no los tiene en cuenta, algo que es perfectamente frío e inhumano y a quien no le importa nada el destino de los soñadores.

 

- Me imagino que no habré sido el único al que le habrá sonado extraño el título de "El Infierno y Los Celacantos". ¿Cómo surgió?

- El título tiene que ver justamente con ese juego de contrarios que mencionaba antes. No sé cómo se me terminó de revelar, pero tenía clara en la cabeza la idea de los contrastes. Estaba por un lado lo mítico contra lo científico, el Infierno como lugar de castigo de donde no se puede escapar y se pena en él justamente porque no se encuentra la salida, y los celacantos como los peces prehistóricos descubiertos en el siglo XX para la ciencia. Pero también se podía invertir la idea: el Infierno podía ser un lugar concreto y los celacantos criaturas que se creían míticas o desaparecidas. Tomé en cuenta también de algún modo lo del calor del Infierno y el frío de los animales acuáticos, que evocan el océano y las profundidades marinas. En definitiva, el relato me llevó por sí solo al título.

 

- Por pretensiones y por extensión, ¿no es un poco ambiciosa para ser tu primera novela?

- En realidad no es mi primera novela. Es la primera que terminé. Escribo desde la adolescencia, y fueron varias las que empecé y dejé por la mitad. Con ésta supe, después de determinado punto, que si no la terminaba me moría. Cuando dije que editaba una novela, muchos se sorprendieron. La gente me ubica como periodista especializado, llevo treinta años escribiendo y hablando de rock y de heavy metal. Pero tengo que reconocer que la literatura estuvo para mí antes que el periodismo o la música. E incluso antes estuvieron el Mito y la Historia, que se resumen en literatura pero son una afición más lejana, que viene desde la pubertad. Por ese lado seguramente alguna gente me conoce un poco más, por las citas históricas y las narraciones mitológicas en mis programas de radio.

 

- ¿El argumento lo compusiste ordenadamente o fue un impulso de inspiración?

- Se trata de una novela larga, pero la chispa que encendió la mecha fue un episodio mínimo, que también tiene que ver con la mitología griega: el mito de Hilas. Hilas fue un compañero de Hércules en el Viaje de los Argonautas. Al detenerse el barco en una isla, fue a buscar agua a una fuente y la ninfa que vivía en su seno se enamoró perdidamente de él, al punto que lo arrastró al fondo de las aguas para no dejarlo ir. Los Argonautas, y sobre todo Hércules, lo buscaron incansablemente pero al final partieron y lo dejaron. Nada más se sabe. Yo me pregunté entonces qué había pasado con Hilas: ¿vivió para siempre en el fondo de la fuente prisionero de la ninfa?, ¿o simplemente se ahogó y murió? Me pareció que era una metáfora formidable de la seducción y el amor, porque el amor puede ahogar, puede esclavizar, puede incluso perderte para el mundo o matarte. A partir de esa pequeña ocurrencia comencé a construir como dice García Márquez, ladrillo a ladrillo, la novela. Y por supuesto ni los bloques que iba añadiendo eran siempre coherentes ni la construcción se volvió del todo predecible.

 

- ¿Y cómo entra el tema de los sueños?

- Los sueños son el engrudo que mantiene unido el edificio. Debo reconocer que para mí, antes aun del Mito y la Historia, estuvo el Sueño, que convive con la realidad y en el fondo es la fuente de toda imaginación. Es gracioso, mis padres me reprendían por dormir demasiado. Seguramente no entendían que yo me quedaba en la cama por algo más que simple vagancia, me quedaba esperando esas imágenes maravillosas que se producen al filo de la vigilia, toda esa magia. Como decía Anthony Burgess, el sueño es en realidad una película dentro de la golová (cabeza), excepto que entonces parece que uno puede caminar y participar en todo. De la idea del sueño hecho película a la ocurrencia de usarla como argumento en la novela, no había tanta distancia.

 

- Me llamó la atención que el protagonista sea un español, y a decir verdad tengo algunos problemas con la geografía para ubicar el pueblo de São Estevão, que por momentos parece un enclave mítico.

- La idea de poner un español en el mapa era introducir un protagonista que observara el panorama criollo con ojos frescos pero que al mismo tiempo participara de algunos aspectos de la cultura, como el idioma. No estaba buscando identificación con el personaje porque además se trata de un personaje hasta cierto punto antipático, más preocupado por sí mismo que por los demás, y en ese sentido es muy humano y quizás poco novelístico. En realidad, mi intención era escaparle a cualquier identificación de los personajes. En cuanto al pueblo, no tenía el propósito de crear un enclave mítico (aunque en definitiva la literatura tiende a mitificar todo), no quería un pueblo a la manera de Macondo sino un lugar fronterizo, y cuando digo fronterizo me refiero a los claroscuros, las medias tintas, la imprecisión geográfica, como para reforzar la noción de un sitio a medio camino entre el sueño y la vigilia. Supuestamente se ubica en algún punto al noreste de la Argentina, acaso al borde de la región litoral, o más probablemente en Rio Grande Do Sul, pero nunca se declara de modo puntual si el lugar está en Argentina, en Paraguay o en Brasil. Los protagonistas dialogan en castellano, pero se da a entender que en la zona se habla en portugués y hay un vago trasfondo indígena guaraní en las leyendas. El hecho de que el dueño de casa sea un anglófilo declarado y el protagonista sea español, creo que también contribuye con la incertidumbre.

 

- ¿Tiene elementos autobiográficos? Por momentos, mientras la leía, tuve la sensación de que podría haber estado escrita en primera persona.

- Tiene algunos pocos elementos autobiográficos, pero yo creo que son imperceptibles para cualquiera que no me conozca. Oscar Conde, un poeta amigo de muchos años que me ayudó en la presentación del libro, detectó enseguida algunos párrafos muy embarazosos sobre mi adolescencia. Pero en general, todo va en función del argumento y las ideas centrales. Es verdad que mi primer intento para esta novela fue escrito en primera persona, pero lo deseché enseguida. La técnica narrativa terminó convirtiéndose en un personaje más. Es algo así como un ejercicio extremo de narración equisciente, es decir, el narrador sabe exactamente lo mismo que el protagonista, ni más ni menos. Cuenta en tercera persona lo que García Duarte ve, escucha, vive, siente, y nada más que eso. Es como si a este cineasta le hubiesen insertado una cámara en el cerebro sin que él se diera cuenta y esa cámara fuese el narrador de la novela. Si el propio García Duarte contara lo que está experimentando, no lo contaría de la misma manera que este narrador impersonal que lo ve todo a través de ese lente particular.

 

- Me costó trabajo detectar influencias, o será que me faltaron pistas, o que no estoy muy empapado de la literatura argentina...

- La verdad es que yo tampoco. No soy lo que se dice un conocedor de la literatura argentina. Normalmente me preguntan por Borges, que es un autor que no me interesó nunca gran cosa. En todo caso mis referentes van más por el lado de Manuel Mujica Láinez, Roberto Arlt y, sobre todo, Leopoldo Marechal, que probablemente ha sido el mayor novelista argentino y, por el tiempo que viví en España, me doy cuenta de que allí es prácticamente desconocido. Aunque a la hora de escribir, creo que la mayoría de las influencias son involuntarias en mi caso, o soy incapaz de percibirlas. Básicamente los narradores que me atrapan son los creadores de mundos: García Márquez, Tolkien, Frank Herbert, Joyce, Salman Rushdie, y tengo mucha influencia de la literatura clásica, desde Homero y Hesíodo hasta el Quijote y Shakespeare. Pero no creo que nada de todo eso haya sido determinante para esta novela en particular.

 

- En la solapa del libro dice que estás preparando una nueva novela inspirada en La Divina Comedia. ¿Cómo va el trabajo?

- Lento y extraño. A diferencia de "El Infierno y Los Celacantos", que tiene un argumento interno más estructurado, este relato se presenta bastante amorfo por el momento. En realidad, no es que se inspire en La Divina Comedia como totalidad, sino en un pasaje concreto del canto IV del Infierno. Lo que prevalece es la idea del Limbo, de una vida ultraterrena pero que a la vez no corta lazos con la Tierra, de una multitud de fantasmas que viven atados a las pasiones y cuestiones de la mortalidad a pesar de que ya no viven realmente. Ahora que la Iglesia Católica ha renegado del limbo como lugar adonde van a penar los no bautizados por toda la eternidad, no está mal confrontar uno de sus dogmas más crueles y ambientar una novela ahí.

 

- ¿Hay un resentimiento contra la religión de tu parte? ¿Se puede definir a "El Infierno y Los Celacantos" como una novela irreligiosa?

- No sé si un resentimiento... Cuando estaba por cumplir los 40 me sobrevino algo así como una toma de conciencia definitiva sobre el tema religioso. Es como que terminé de limpiar las telarañas que me quedaban prendidas en la mente sobre ese asunto y empecé a investigar a fondo, dejé por completo de lado la educación católica y los prejuicios más obvios de la sociedad y fui en busca de la evidencia. El descubrimiento fue inmediato: todo lo que las religiones afirman son mentiras sin fundamento, y el cristianismo es la religión más mentirosa de todas, no hay una sola palabra en sus textos sagrados o en su historia que sea verdad, a menos que se trate de una casualidad involuntaria. Al contrario, todo es horror, engaño, destrucción, negación de la belleza y de la vida. Más que un resentimiento, lo que padezco ahora es un malestar semejante al de los que salieron de la caverna de Platón y quieren volver adentro a rescatar a sus compañeros. En cuanto a si la novela es irreligiosa... Sí, inevitablemente.

 

- Para terminar, me llamó la atención el epígrafe de García Lorca que abre el libro, eso de que "nadie puede abrir semillas en el corazón del Sueño". ¿Por qué esa cita?

- En verdad estaba tentado de reproducir todo ese poema que está en "Así Que Pasen Cinco Años", que me resulta un poema de lo más admirable por lo abstracto. Es increíble cómo García Lorca encuentra las palabras justas para describir algo tan vago, tan inexpresable en principio. Creo que habla exactamente de lo mismo que la novela, de la oposición entre lo real y lo soñado, del Mito y de la Historia, por eso dice que "el Sueño va sobre el Tiempo flotando como un velero", el mar sostiene al barco y el barco cree que navega el mar, ambos de alguna forma se necesitan y se repelen. El Sueño cree poder fecundarlo todo, llenar de vida cada rincón de la existencia, pero las semillas sólo pueden plantarse en terreno sólido, sólo germinan en la realidad estricta, material y ordenada que representa el Tiempo. A la hora de considerar un epígrafe, fue ése o ninguno.

 

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