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Charla
de Elena Poniatowska con Salvador Elizondo
El 18 de agosto de 1966, en Novedades, publiqué esta otra conversación
con Salvador Elizondo:
-Oye Salvador, ¿y cómo te atreviste a decir que habías
estado en el manicomio?
-¿Por qué no decirlo?
-Es que más que una experiencia vivida, la relatas como una experiencia
literaria.
-Creo que mi experiencia en el manicomio la viví realmente, porque fue
uno de mis primeros encuentros con la realidad. No creo saber lo que es la realidad.
En el manicomio no había la necesidad de tomar una decisión; estaba
yo servido de cabo a rabo, para decirlo así, ¿no? Nada me hacía
falta. Estuve bien.
-Pero, ¿tú estás loco?
-No.
-Pero, ¿quieres estarlo para asombrar a la gente?
-No.
-Pero siempre has dicho que consideras terrible la cordura.
-Sí, en mi caso el estado normal es el rechazo de la realidad y por eso
tengo miedo a volverme cuerdo, y por eso tengo resistencias contra las curaciones
siquiátricas, porque me obligarían algún día a aceptar
el mundo en el que tú vives; el mundo de los cuerdos, el mundo de los
que viven en la realidad, y esto me aburre mucho. Prefiero mi mundo imaginario,
si quieres llamarlo así.
(Entonces
escribí: Salvador Elizondo, Premio de Literatura Villaurrutia 1966, autor
de Farabeuf, hacedor de una película Apocalipsis 1900, fundador de la
revista Snob, becario del Centro Mexicano de Escritores, de El Colegio de México
y de la Fundación Ford, es el personaje de quien más se habla
en el mundo intelectual en este momento. Publicó un libro de poemas y
un ensayo sobre la obra de Luchino Visconti, así como un libro de cuentos,
Narda o el verano. Pero lo que más ha asombrado al público es
su autobiografía, en la serie que dirige don Rafael Jiménez Siles,
Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí mismos.)
Estoy en
contra del fútbol
-El tratamiento que se da al escritor en México es realmente deplorable.
Se nos trata, en términos generales, con un desprecio profundo. Cuando
yo veo un encabezado de 80 puntos anunciando nuestros empates que nunca llegan
a más en el campeonato de fútbol, pues obviamente me deprime.
Cuando veo que la ciudad se paraliza durante un juego de fútbol; que
toda la gente está detenida en la calle viendo la televisión de
los aparadores, creo que todo eso es sintomático de la pobreza de espíritu
de la masa. Creo que este país es tan verdaderamente indigente espiritualmente,
que muchas veces me he puesto a pensar en la carencia, por ejemplo, de traidores.
En México el delito de traición no ocurre jamás, y eso,
por una sencilla razón: porque no hay nada que traicionar. ¿La
Universidad? No existe tras de ella una idea de "universitas"... ¿El
Movimiento de Liberación Nacional? ¿El Movimiento sinarquista?
No se pueden traicionar porque son expresiones pigmeas políticamente
hablando ¡No existen! ¿La Iglesia? La Iglesia en México
tampoco constituye un valor lo suficientemente elevado para que cualquier atentado
contra ella constituya una traición capital. ¡No se puede traicionar
al Estado, porque el Estado patrocina olimpiadas y juegos de futbol!, ¿no?
-¿Por qué te parecen tan espeluznantes las olimpiadas?
-México se divide en dos: en pensantes y en futboleros. Yo estoy con
los pensantes.
-¿Y los que juegan fútbol, no piensan?
-¡Ja, ja, ja!... Por eso juegan fútbol, porque no pueden hacer
otra cosa.
-¿Y por qué te parece que hay que traicionar? ¿Por qué
debe de haber traidores?
-Porque es un acto absolutamente individual.
-¿Y a ti, Salvador, ninguno de los problemas del país te interesan?
-No, ninguno. No, me repugna además pensar en ello. Yo creo en la aristocracia
y en esas cosas.
-¿Cuáles cosas?
-A mí me parece que la tragedia máxima de México fue la
caída del Imperio Habsburgo en México. ¡Fue absolutamente
cretino matar a Maximiliano! ¡Estaríamos mucho mejor con Maximiliano
que con Benito Juárez!... también estoy con Porfirio Díaz.
Hizo muchas cosas, ¿no? Yo creo que introdujo, aunque no sea más
que indirectamente, los buenos modales en las mesas de las familias mexicanas.
-¿Y eso te parece importante?
-Sí.
-Oye Salvador, ¿y tú quieres volver al manicomio?
-Me da igual...
-¿Todo te da igual?
-Absolutamente igual. Casi todo.
-¿Qué cosa no te da igual? ¿La literatura?
-La literatura y el arte, y yo mismo.
-¿Y todo lo demás se puede ir al diablo?
-No, yo espero que la música alemana no se vaya al diablo, el mundo del
sueño, la concepción alemana del mundo, la concepción china
del mundo; todo eso me interesa que no se vaya al diablo. Yo, por ejemplo, tengo
el estigma de haber estado en el manicomio, pero me metieron por exceso de aprehensión
familiar, porque me puse una borrachera. ¡Pero imagínate tú
lo que sería de este país si todos los que se han puesto una borrachera
hubieran entrado al manicomio!
-Pero en tu autobiografía cuentas que incendiaste ropas...
-Bueno, ¿y qué? Eso es parte de la borrachera, ¿no? Estoy
hablando de una borrachera, no estoy hablando de un cuetecito. Yo quemé
unas ropas, y hay otros que mandan fusilar a un líder ejidal con toda
su familia.
(Y rematé:
Salvador Elizondo es siempre sorprendente. Anárquico, incisivo, ubicuo,
doloroso y dolido, habría que hablar con él muchas horas. Por
de pronto, su autobiografía lo revela como el mejor, el más auténtico,
más inquietante de los jóvenes escritores mexicanos.)
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