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Trilogía
de Entre Ríos
de
Perla Suez
(Editorial
Norma, Buenos Aires 2006)
Por
Sylvia Iparraguirre
Quiero celebrar
con todos ustedes la aparición de este libro. Tal vez a muchos les pase
lo que a mí, que conocían estas nouvelles en sus ediciones individuales.
Hoy quiero destacar la brillante idea de reunirlas en un volumen. Porque como
trataré muy brevemente de exponer, estas historias comparten no sólo
un territorio -Entre Ríos- sino aquello que tienen para decir bajo diferentes
metáforas y que la contigüidad de la edición lo muestra ahora,
en la lectura conjunta, con evidencia y enorme fuerza. Es curioso que esta impresión
tan fuerte, tan duradera, de buena literatura lo logre el arte económico
de Perla Suez; esa economía de estilo que va al centro del asunto, con
una sutileza y una precisión admirables.
"¿Quién construyó Tebas de las siete puertas?",
pregunta el lector obrero de Bertold Brecht (como cita Carlo Ginzburg). La pregunta
tiene una gran significación en términos de historia ya que indaga
sobre el anonimato: dónde figuran los nombres de aquellos constructores,
los que compartieron el tiempo y la historia de los Atridas, el tiempo de Agamenón
y Menelao. Mucho se le ha criticado a la historiografía tradicional el
escribir sólo la gesta de los reyes, ocuparse sólo de los grande
personajes, de los generales, de los almirantes, de los caballeros. Desde hace
décadas, la nueva historiografía ha cambiado radicalmente la forma
de ver los sucesos y sus actores y ha restituido a su lugar fundante al hombre
común, el que no figuró, su participación insoslayable
a la hora de entender los grandes movimientos históricos. Porque qué
hubiera sido de Colón solo en los barcos, de Napoleón solo en
los campos de Batalla, de Alejandro Magno sin soldados a la hora de conquistar
el mundo que quería conquistar. Qué hubiera sido de la Iglesia
sin los constructores de catedrales, los artesanos que, generación tras
generación, pero sin que su nombre perdurara en ningún frontispicio,
moldearon y fraguaron los materiales.
Esta reposición tardía que hizo la historia, la ha hecho siempre
la literatura; ése ha sido su trabajo. La literatura que indaga esos
bordes donde habita la gente que no tuvo voz ni voto; el entretejido menudo
de todos los días, acontecimientos poco relevantes, a veces tragicómicos,
que mueven la historia con mayúsculas. Y la pregunta que quiero decir
es: ¿qué hubiera sido de la Argentina sin los campesinos, pastores,
obreros, jornaleros, herreros, artesanos que llegaron sin nada para empezar
de cero y hacer un país? Puesto así, señalar estos datos
parece tener una pretensión heroica, pero nada más lejos de esa
intención. En su Trilogía de Entre Ríos Perla Suez nos
entrega un fragmento de ese fresco monumental que es la construcción
de la Argentina, un segmento de vidas modestas representadas en un mosaico de
anécdotas decisivas, banales, tremendas. Por estas tres nouvelles pasa
buena parte de la historia argentina, pero no con mayúscula. Y rescato
dos palabras del excelente prólogo de Guillermo Saccomanno que me parecen
muy significativas a la hora de ver la posición de la autora: sospecha
y desconfianza, palabras que sobrevuelan estas historias. El escritor -Perla
Suez- se sitúa frente a lo que le ha sido contado canónicamente
con sospecha y desconfianza, y es allí donde se ubica el germen, el núcleo
inicial del desarrollo de la ficción; desde esa fisura se produce la
desarticulación de lo recibido en una nueva lectura critica.
La trilogía describe un arco que va de la semana trágica (El arresto),
de 1919, pasa por los años treinta (Complot) y llega hasta aproximadamente
los años cincuenta (Letargo). Las primeras dos están precisamente
fechadas; la última no, pero el lector lo infiere de las referencias:
el ula ula, la voz de Nat King Cole. Décadas decisivas, en las que se
gestaron buena parte de los mitos contemporáneos de la Argentina basados
en el caudal inmigratorio y en la movilidad social.
En este fresco dúctil, de enorme eficacia comunicativa con el lector,
la literatura de Perla Suez nos alcanza tres personajes inolvidables: una niña,
Déborah, otra niña que empieza a atravesar la pubertad, Mora,
y un adolescente, Lucien, un muchacho que viene a estudiar a Buenos Aires desde
Entre Ríos. Alrededor de ellos surge un coro fugaz a la vez que nítido
de personajes: la inolvidable bobe, el padre indeciso y frustrado, la sensual
Vera, el inglés decadente, el patrón corrupto.
El logro mayor de estas historias es que se leen sin ninguna intervención
de los hechos sociales. Eficazmente, no son mencionados; entran en las novelas
con la brusca sequedad del documento y se presentan así frente al lector.
Con sabiduría, el narrador no opina, deja que los sucesos sucedan y debe
ser así ya que estos personajes no saben que lo que los arrastra y los
supera como individuos pasará a la historia oficial con el nombre, por
ejemplo, de "la semana trágica". Déborah, Merke, la
bobe, Mora, Jordán, Lucien viven en la tercera o cuarta fila del gran
escenario. Y es precisamente allí, casi entre bambalinas, donde se perciben
con mayor crudeza los claroscuros violentos de la historia, la poca o ninguna
consideración que para sus participantes menores tienen aquellos que
detentan cualquier tipo de poder. Y éste es uno de los temas centrales
de las tres nouvelles: el poder; el otro es la violencia. El poder y la impunidad
con que se ejerce sobre los más débiles. Sin piedad. El poder
familiar; el poder económico y el poder político y policial. Déborah
de Letargo, Mora, de Complot y Lucien de El arresto tienen, dada su edad y posición,
muy pocas posibilidades de escapar a esta presión, a esta violencia que
se ejerce sobre ellos. Por su parte, la violencia atraviesa la trilogía:
Déborah asiste al drama familiar de la enfermedad y locura de la madre:
la violencia de las situaciones a la que la chica no sólo no puede escapar
sino de las que, por razones sociales y culturales, debe participar, se le exige
que participe, que cuide su madre dentro de la locura. Lucien es arrestado y
torturado sin tener ninguna participación ni conocimiento de las corrientes
encontradas de los hechos, de esa violencia impune que aplica el poder policial,
mano feroz del poder político que delegaba así el trabajo sucio
y que se ejercitó tan largamente en nuestro país; Mora corrompida
sexualmente por un inglés degradado, representante del omnipotente accionar
de las corporaciones extranjeras en connivencia con los corruptos poderes locales,
en la figura de del patrón Bruno Edels, conjunción de la que sale
destruído el eslabón más frágil, la chica de doce
años.
Es verdad que Perla habla de lo que conoce, de su tradición que es la
tradición judía, de esa inmigración, de ese grupo humano,
pero no se ancla allí; aunque inequívocamente judíos (recuerdo
el maravilloso gesto de la bobe cubriéndose los ojos para musitar la
Oración de las velas), los personajes pertenecen a la tradición
argentina; los avatares de su vida de inmigración y adaptación
es el mismo al de cualquier grupo de inmigrantes campesinos llegados a nuestro
país a fines del siglo XIX. Salvo a la hora de sufrir la violencia de
la liga patriótica.
De estas cosas nos habla la Trilogía de Entre Ríos y de otras
muchas como sucede con los buenos libros, pero no nos hablaría con tanta
elocuencia si, primero y fundamentalmente, no fueran notables desde el punto
de vista literario. El estilo de Perla es raro, difícil de encontrar,
aunque advertimos (ella lo deja expreso) el gesto hacia un maestro que es Andrés
Rivera. Cuando la mayoría abundamos y hasta aburrimos al lector, Perla
ya supo cómo contar una escena, cómo encontrar ese ángulo
desde le cual el narrador, sabiamente como dije, traza una pincelada muy precisa
y fina, y nos hace inolvidable esa chica mirando la lluvia tras los vidrios
de una ventana. Letargo, El arresto y Complot historias contadas por lo bajo,
narradas desde una aparente frontalidad, sin ninguna clase de pedantería
o postura, nos llevan intesamente hacia el llano donde una realidad a menudo
siniestra juega con los inocentes. Y Perla Suez toma el partido de los inocentes.
Escribió Borges que, "al principio todo escritor es vanidosamente
barroco y, al cabo de los años puede lograr, si son favorables los astros,
no la sencillez que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad".
Perla Suez nos demuestra en la trilogía como ha alcanzado, desde su primera
novela, esta modesta y secreta complejidad.
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