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El
Otro Evangelio
Por
Agustina Jojärt
He aquí
la historia de la humanidad; la historia indispensable que, como sea que quiera
ser contada, será inevitablemente oída. Cada uno sabrá
qué Evangelio contiene la historia que merece la categoría de
fundamental.
El Evangelio que propone José Saramago es, tal vez, de lectura obligatoria
para aquellos que no creen o creen poco; los que creen, ya han elegido una historia
irrefutable. Y como alguna vez escribió su compatriota Pessoa, el Diablo
no niega sino que contrapone; así, este Evangelio es una mezcla cuidadosa
de historia novelizada, delicadas descripciones de lo que no nos atreveríamos
a imaginar por cuestiones de pudor y una continua convocatoria a la pregunta
que alguna vez nos hemos hecho, y que alguna vez convertimos en propia: ¿Quién
fue? ¿Para qué vino? ¿En qué parte de su historia
se cumplió la voluntad del Padre?; propia en cuanto se refiere a la ineludible
crisis de identidad que no sólo acosó a Ananías y a José,
sino que también fue de Jesús y nuestra: "... , Por qué
estoy aquí, Qué razón conocida o ignorada me explica, Cómo
será el mundo en que yo ya no esté, siendo éste lo que
es [...], el mundo se irá transformando a su alrededor, pero para esas
dos preguntas primeras sigue sin haber respuesta."
Quizá este sea el evangelio que faltaba: una historia acerca de Jesús,
contada por Jesús; cuando el Hijo de Dios es más hombre de lo
que cualquiera de nosotros podría haberse imaginado entonces el cristal
se torna a veces trasparente, otras veces turbio. La imagen que se crea de este
Jesús deja de ser incuestionable y acabada.
El laureado escritor portugués logra el descenso de los personajes a
un plano real, desmitificando la imagen -si así fuera- divina que se
tiene de José, María y Jesús. La esencia, tal vez, está
en presentar a los hombres y mujeres desde su aspecto débil, mortal y
susceptible de tentación. En la constante lucha por anochecer y amanecer,
la humanidad avanza, "[...], pero como la resistencia humana tiene límites
breves, pues así de débiles nos hicieron, todo nervios y fragilidad,
pronto se desmoronaba tanta valentía [...]". Dibuja los padecimientos
humanos, comunes a todas las épocas, proyectando las vivencias de un
grupo de personajes al resto de la humanidad. Cuenta este Evangelio según
Jesucristo, que su padre terrenal, José, un carpintero que no mereció
mayores calificativos, murió en la ciudad de Séforis, crucificado,
cuando acababa de cumplir sus treinta y tres años. Tras la muerte de
José, Jesús hereda de éste una culpa en forma de sueño,
que le irá a revelar la historia de su pueblo y la razón de su
vida. Y este joven judío de apenas trece años, de espíritu
rebelde -y como tal, un tanto terco-, emprende el camino hacia un encuentro
con su destino: el azar y la voluntad divina. Puede ser que descubran a Jesús
ya no como el hijo que toda madre ansía tener, sino como el hijo que
todos somos.
Hay una imagen bastante espiritual que aparece a lo largo de la novela y que
traza las etapas de madurez de Jesús. En su adolescencia, oscuramente
huye del hogar materno y experimenta un extraño y engañoso encuentro
con el Diablo, quien tras haberlo instruido como pastor, lo echa un día
diciéndole: "No has aprendido nada, vete". Jesús ya
tiene alrededor de los treinta años, y antes del desenlace definitivo,
que será su unión con Dios, hay el episodio que podría
ser un purgatorio donde, subidos a una barca, Dios y el Diablo revelan a Jesús
las verdades más necesarias que serán conocidas en poco tiempo:
la crucifixión bajo promesa de la gloria y la constitución de
la Iglesia.
Para Saramago, Dios y el Diablo, unidad indispensable por la cual sin el uno
no existe el otro, enseña también límites de sus poderes,
al punto que Dios reconoce que no son los hombres quienes circunstancialmente
lo abandonan, sino que es él quien no logra llegar al lugar donde lo
buscan.
No es bueno que el hombre esté solo. La presencia de María Magdalena
(o de Magdala, ciudad de la que provenía) funciona como el as en la manga
de la conciencia de Jesús. La sabiduría y paciencia de esta mujer,
mayor en edad que Jesús, parecen fruto de la observación de la
experiencia propia y ajena. Se podría pensar que en este Evangelio, esta
María pecadora reemplaza la figura de aquella otra María y madre
de Jesús, que va perdiendo protagonismo a medida que él avanza
hacia su destino. Allí, donde el hombre llora y se pierde, una mujer
le enjuga las lágrimas y se pierde con él. Esta dulce y sublime
estampa de la compañera, permanece muchas veces, sin llegar a comprender
las razones de su Jesús, en los tiempos de niebla.
Como es el caso de otros poetas y filósofos, Saramago también
expone la figura de Judas de Iscariote como un elemento esencial mediante el
cual sin su accionar, Jesús no hubiese cumplido la voluntad del Padre.
Es el propio Jesús quien pide que uno de sus discípulos anuncie
en el Templo al Rey de los Judios; viendo que ninguno se atreve a pronunciarse,
Judas se entrega para dicha tarea. Sin embargo, tras ver que su anuncio al César
le provoca a Jesús la condena y la crucifixión, Judas de Iscariote
se ahorca drásticamente en una higuera por el peso de una culpa que ni
Dios podrá quitarle.
Si bien este Evangelio, según Jesús, según Saramago, es
un relato por momentos próximo a nuestras propias capacidades, por momentos
extraordinario y divino -como se espera que suceda con lo que del Hijo de Dios
proviene-, es de sospechar que algunos hechos y conceptos difieren de los dados
a conocer ya por otros Evangelios. Pero no debe buscarse una lógica comprensible
que explique al poeta, sino reconocer su íntimo propósito; tal
vez, allí esté la magia de lo que diga o se calle. De esta manera,
Saramago construye su idea del mundo: quien quiera oír, que oiga.
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