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Sobre “La Lenta furia” de Fabio Morábito
Por Raúl Sassi
para La Máquina del Tiempo
“Ninguna cosa es más importante que otra”
Estas palabras de Silvina Ocampo que Fabio Morábito colocara como epígrafe a La lenta furia, marcan el tono del libro, pleno de sugerencias, profundo y poético a la vez. Todos y cada uno de los relatos que lo integran, nueve en total, consisten en la puesta en práctica de una mirada casi metafísica, develadora de lo que Leopardi llamara “l’infinita vanitá del tutto”: una existencia absurda rodeada por la nada igualadora, como la hierba que invade finalmente al turista de uno de los relatos.
En este sentido, la prosa de Morábito es poesía, entendida no como género literario -también cultivado por el autor-, sino como el heideggeriano “decir de la des-ocultación del ente”. En el universo Morábito, donde lo monstruoso-maravilloso acecha a cada paso, nada es lo que parece. De ahí la impresión de desconcierto o extrañeza que puede provocar una lectura de superficie. Tal es el caso, entre otros, de “Las madres”, relato que abre el volumen. La desmitificación de la figura materna, que de entrada genera rechazo, oculta al tiempo que devela la reivindicación de la hembra esencial dadora de vida y, como ésta, cruel a veces.
Idéntica mirada se ejerce en “El huidor. El vendedor a domicilio, siempre en fuga, es quien finalmente da sentido al mundo: “por donde él huía, las cosas parecían aliviarse de una vieja torpeza que las ocultaba a las miradas”. Morábito lo compara con el fuego, creador-destructor como el de Heráclito, vehículo o puente hacia otra cosa, camino hacia lo trascendente. Esto remite a otro relato: “Oficio de temblor”, uno de los más poéticos. La vida, dice Morábito a través de imágenes restallantes, es un oculto temblor, un terremoto de paso que está esperando que se abra una falla, el “instante de intuición suprema” capaz de “quemar todos los misterios que aún nos oprimen”.
El estilo Morábito se resume en el relato “Mi padre”, cuyo protagonista siente “la necesidad, en medio de tanta superficialidad, de ver y tocar los armazones de fondo, las verdades insustituibles y necesarias”.
Párrafo aparte merece el relato “Los Vetriccioli”, que a través de las venturas y desventuras de una familia de traductores, delinea una teoría y una ética de la traducción: “Nos sabíamos, desde siempre, meras correas de transmisión”. La lengua literaria es la lengua extranjera por excelencia, afirmó Morábito en una oportunidad. El escritor es a la vez un traductor, es decir, un intérprete. Como tal, y como postulaba Heidegger frente al cuadro de Van Gogh, su tarea es dejar que los zapatos hablen.
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