Crítica Literaria

LEWIS CARROLL

Niñas, recientemente publicado por Lumen, presenta dos facetas secretas
del reverendo Charles L. Dodgson: su actividad como retratista
y su ambigua relación con sus pequeñas amigas.

Por Silvia Hopenhayn
Para la revista Tres Puntos

A Charles Lutwidge Dodgson no le bastó con tener diez hermanos, además se inventó seis seudónimos hasta adoptar uno definitivo: Lewis Carroll. Con todos esos nombres escribió cuentos, novelas, poemas, tratados de lógica matemática, manuales sobre los torneos de tenis en la hierba y casi cien mil cartas. Esta nueva edición de las fotografías (es considerado el mejor retratista de niños del siglo XIX) también incluye parte de la correspondencia con sus "niñas-amigas". Hay veintitrés cartas que acompañan los retratos; sólo dos dirigidas a la "Señora Hargreaves", nombre de casada de Alicia Liddell (la pequeña del gran cuento) y firmados como C. L. Dodgson. La formalidad oculta el desvelo, la idea hiperintensa de la experiencia nunca concluida. Es cierto que las cartas más buscadas son las que ya no existen. La madre de Alicia quemó prácticamente todas hacia finales de 1865, incluso una que los biógrafos —recelosos de las cenizas— adjudican a un prematuro pedido de matrimonio a su hija. El incendio lo alejó para siempre de la familia Liddell y del casamiento. Solo, cámara en mano, se dedicó a ordenar en conjuntos las más de cien niñitas fotografiadas. Todas las Lorenas, las Alicias, las Beatrice, las Evelyn. Según el estudio preliminar de Brassaï que aparece en el libro, "Carroll nunca amó —aunque él así lo creyera sinceramente— a una u otra niña, sino, a través de ellas, a un cierto estado fugitivo, transitorio, este breve instante del alba que despunta entre el día y la noche". Quizá la fotografía significó para Carroll una posibilidad técnica de capturar ese momento, fijar para siempre lo que el movimiento le arrebataría. Su tío Skeffington Lutwidge le enseñó a mirar, primero con telescopio y microscopio, artefactos que le permitían alcanzar lo nuevo (el cielo, las células) sin garantía ni rédito. No había otra prueba que lo visto. Con la fotografía, la posibilidad de conservar una epifanía lo obsesionó hasta el perfeccionarniento. En su casa tenía desparramados trenes, muñecos, espejos deformantes, osos, ranas y conejos mecánicos, una colección de cajas de música, incluso un murciélago que volaba fabricado por él mismo. Las niñas adoraban al poeta y sus inventos. Y él las disponía entre los juguetes. También las buscaba en la calle. Tenía preferencia por fotografiarlas en jardines públicos y teatros infantiles de Londres. Además era una buena excusa para que los padres confiaran en él. Carroll era un profesional y prometía un álbum de familia. A veces soportaba tías gordas y petulantes durante todo el día a cambio de algunos minutos con una pequeña encantadora. Su placer máximo era tener tiempo para detener el tiempo justo allí donde su ojo lo deseara. Pasar toda una tarde con Xie Kitchin, una niña de flequillo desparejo y labios gruesos, y elegir cuándo y dónde gatillar: dormida en la cama, tocando el violín, disfrazada de institutriz, semidesnuda sobre un viejo sillón. O compartir el día con primas o hermanitas para disponer de una escena, como el triángulo esparcido que forman Margaret Gatey con Mary y Charlotte Webster; o las hermosas Constance y Mary Ellison, dormidas bajo un árbol, con idénticos vestidos de volados; o Lorina y Alice, vestidas de chinas con kimonos bordados y bonetes de mandarín. Una de las más provocativas es la fotografía de Alicia vestida de pordiosera, pidiendo limosna con la mano derecha mientras apoya con vehemencia la izquierda sobre su cintura. Casi no hay varones, a Carroll le resultaban insulsos, no terminados. Además no sabían jugar a ser otros de los que todavía no eran. Las niñas podían ser princesas, hadas, brujas o Caperucita Roja. Un secreto que todavía no tiene dueño ni circulación oficial son los desnudos que realizó Carroll. El primero, según su diario, es del 21 de mayo de 1867. Perseguido por sus propios impulsos, arrancó páginas del diario para evitar el escándalo que él mismo sospechaba sin comprender. En una carta enviada a Sidney Bowles el 22 de mayo de 1891 escribe: "Es mucho más simpática la gente que no existe que la que existe de verdad. Tú no puedes evitar el hecho de existir, y me atrevería a decir que eres simpática, tan simpática como si no existieses". De alguna manera, Lewis Carroll, del otro lado del espejo o en el país de las maravillas, buscó esa inexistencia que no es otra cosa que una filosofía de vida distinta, regida por el principio de placer. El impulso vital lo expulsó de la sociedad. Se refugió en las matemáticas y en el tenis. Pero lo que nos queda es el gesto audaz de su imaginación sin tiempo: las fotografías y sus textos.

En un solo volumen con traducción anotada de Eduardo Stilman y prólogo de Jorge Luis Borges:

"Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas"
"A Través del Espejo y lo que Alicia no Contó Allí"
"La Avispa con Peluca"
"La Caza del Snark"
"Cartas"
"Fotografías"
"Notas"
Editado excelentemente por Ediciones De La Flor y Best Ediciones. 2da edición: Abril del 2000; 637 páginas.

 

Después de la tormenta
de Silvia Tocco

 Por Jorge Menoni

Vivir no es necesario; navegar, crear es necesario, nos recuerda Pessoa.

Navegar para volver siempre, agrega Silvia Tocco pues en su libro "Después de la tormenta" cada elemento natural es un universo, cada poema: el sonido que produce la fugacidad cuando los roza el tiempo, cuando lo amado y añorado se escapa aún sabiendo que alguien desea retenerlo, aún sabiendo que en algún lugar se vuelven a reunir, a recomenzar… y aún sabiendo que el origen de las cosas nos perseguirá eternamente.

Poesía de celebración del paisaje y del perfil más humano de las cosas esenciales, poesía del retorno a los orígenes, a través de la memoria, a través de la intimidad

Alguien me arropa de noche, a oscuras.
Y volverá cada noche hasta que le pregunte
"¿Vienes por mi sombra?"

Este primer libro de Silvia Tocco es un viaje cíclico, desde lo más profundo hacia tantas orillas y hacia ninguna parte y hacia un puñado de voces familiares, que ya no están, que siempre esperan, detenidas en un rincón lejano, quizá demasiado lejano de la memoria, acurrucados junto a la piedra, en la mejilla de la lluvia, en la isla, dejando siempre, a pesar del dolor, una puerta abierta a la vida, …aún después de la tormenta.

Después de la Tormenta: Silvia Tocco
Libros de Alejandría. Buenos Aires, Argentina
57 páginas, marzo del año 2000.

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Indagación de la figura materna en una novela
de Esther Andradi

 

En "Tanta vida"', la escritora santafecina Esther Andradi ofrece un texto poético de singular belleza y encara con originalidad el tema de la maternidad.

Por Cecilia Propato para El Cronista

 

Se ha escrito mucho acerca la maternidad pero, salvo algunas felices excepciones, prevalecen los textos que encaran el tema desde el punto de vista psicologista (alejado de la seriedad psicológica) y/o biologicista, en donde aparece por un lado la visión de lo que se debe hacer y de lo que no es pertinente en materia de crianza, o sea la noción institucional de la madre y por otra parte, la idea de que ser madre es el resultado de un instinto y un irremediable desenlace de toda mujer.

El imaginario social representado, por ejemplo, a través de la publicidad y de los productos que se venden, generalmente emparenta la maternidad con una situación naif, ideal, en donde hay a veces algo de sufrimiento, pero la mujer debe ocultarlo, minimizarlo. El dolor y el conflicto deben esconderse, si no decae el mito de la madre. Por otro lado, para ciertos sectores conservadores, la mujer que es madre es un sujeto más controlable sexualmente y se cree que hasta ideológicamente, porque, ingenuamente se piensa que entre pañales y mamaderas no se hace política y educar es hacer política.

Pero se puede enfocar a la maternidad desde otra óptica, ya lo hicieron a principio del siglo pasado artistas plásticos como Munch o Egon Schiele, que reflejaron la complejidad que significa armar una familia y la relación de la maternidad con la muerte, la Soledad y el vacío, o bien mostraron la transformación del cuerpo femenino.

Con un particular enfoque de la temática de la maternidad, surgió Tanta vida de la escritora Esther Andradi, quien nació en Ataliva, provincia de Santa Fe, vivió en Perú y en Berlín, donde trabajó como periodista y desde 1995 vive en Bueno Aires.

Andradi no se priva de lo autobiográfico, pero este registro aparece como suspiro, soslayado, pervertido por el arte de la ficción. Cuenta en forma fragmentaria, como cuando se recuerda un sueño, la pérdida de un hijo recién nacido y el advenimiento feliz de otro descendiente veinte años después. Con un lenguaje por momentos coloquial, en otros instantes poético, cargado de metáforas, conjunción que le otorga al texto una condición atemporal, universal, o sea que esta madre que habla podría ser cualquier madre, en cualquier lugar y espacio.

Lo más destacable del libro es que la narradora se instala desde el punto de vista del deseo y desde la elección de tener un hijo, y establece un paralelismo entre crear y criar. En uno de los capítulos Andradi escribe: "Engendrar es cultura. Parir es cultura, el ofrendar tu cuerpo para el devenir es cultura, no es ni animal ni instintivo, como tampoco es instintivo que algunas se resistan a destinar su vientre al cuidado del futuro...".

Por otro lado, invierte la relación naturaleza-cultura: "si crear y criar tienen mismo origen, ¿a quién se le ocurre que uno es cultura y el otro naturaleza? ¿Y nosotras por qué lo permitimos?".

A lo largo del texto la narradora conversa con la retátara representando de las madres de todas las épocas, del antepasado. "...Un embarazo atraviesa la vida por la columna vertebral. Y una vez que te metiste en él no tenés salida. Bien produces vida o muerte, pero no sales indemne. Esta es la sujeción de la mujer a la vida. Creo que no hay en la cultura un movimiento del cual no se pueda regresar."

De esta manera, Andradi concluye que ser madre tiene que ver con un proyecto, con una idea, que no se sostiene sólo con afeite y escarpines, sino que se está creando sujetos y criando personas, una madre tiene que ver con los cambios, desde los corporales, hasta los sociales y antropológicos.

 

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