Sobre "Cartas a los Jonquières"
de Julio Cortázar

Por Marina Porcelli
Alfaguara, 2010

            Explicitan la alegría y la duda, la preocupación y el enojo. A veces, se acercan al diario íntimo, a la confesión. Testimoniales o autobiográficos, el caso es que los epistolarios —este tipo de escritura tan enclavada en la circunstancia— resultan menos rígidos, menos definitivos, que la obra de ficción propiamente dicha. En este sentido: el recorrido que propone un tomo de cartas soporta repeticiones en la prosa, y lagunas, y zonas de vaivén, y contradicción. Para Kafka, sin embargo, sus relatos y cartas y diarios funcionan como espacios casi intercambiables. Es común encontrar cuentos insertados en sus epístolas. Thomas Mann y Adorno cruzan largas parrafadas intelectuales; Joyce, cuando le escribe a Nora, es erótico hasta lo extraordinario; Turgueniev y Flaubert dialogan, la mayor parte del tiempo, sobre si esta noche comerán langosta. Las cartas generosas de Rilke —enviadas a un joven poeta— son antes que nada un tratado de estética; las de Nietzsche, el principal depósito de su locura; a Mariana Alcoforado le bastó enamorarse para decírselo a su hombre y trascender. Cómo se juzga esta escritura, entonces, dependerá, por lo menos en parte, de cómo se defina el género, qué se espera de él. O más precisamente: las cartas de cualquier escritor —y la premisa vale también para sus diarios— dan cuenta, sobre todo, de cómo este escritor concibe el género epistolar. Y en consecuencia, qué entiende por dimensión privada, y qué, por pública.

  

            El volumen Cartas a los Jonquières de Julio Cortázar (1914-1984) está integrado por ciento veintiséis cartas y trece tarjetas postales ordenadas cronológicamente, que el autor argentino envió desde Europa a su amigo de juventud, el pintor y poeta, Eduardo Jonquières, y a su mujer, María, desde febrero de 1950 hasta febrero de 1983. Las respuestas del matrimonio se perdieron, pero, claro, pueden reconstruirse sin problema a partir de la prosa cortazariana. Con una escritura lúdica, verbosa —por momentos, monocorde; por momentos, divertida, y plagada de giros en varios idiomas; unas pocas veces, dramática—, el autor de Bestiario registra minuciosamente su cotidianidad desde su llegada a París hasta el comienzo de la década del 60 —y de hecho, el grueso del libro está formado por los documentos de esa época—. Se registran, entonces, sus labores como traductor de Poe, su amor por John Keats —ensayo casi terminado cuando se instala en Francia—, su puesto de trabajo en la UNESCO, su fascinación por la música y la pintura, sus caminatas por un París que se despliega, y la convivencia con la que será su primera mujer, Aurora Bernárdez. Pero es justamente a partir de 1960, más o menos, cuando la prosa epistolar da un vuelco: se dinamiza. Ahora las cartas son menos regulares, aunque más ansiosas, más urgentes, en un sentido, más profundas también. El éxito editorial de Rayuela —publicada en 1963—, el viaje de Cortázar a Cuba, sus nuevas preocupaciones e intereses, constituyen quizá la piedra de toque sobre la que se fundamenta dicha alteración. Porque si las cartas registran, de alguna manera, la vida diaria de Julio Cortázar, lo que cambia a partir de esta época, lo que se transforma de un modo hondo y radical, es la cotidianidad de este escritor. Su mirada y su hacer se ensanchan, se politizan. Cortázar viaja, incide, opina, y asume esta nueva mirada para su escritura. Y en este punto, vale agregar algo más: la relación siempre recíproca que el género epistolar establece con la obra de ficción. Las cartas permiten que la ficción sea leída desde ahí, desde las epístolas; y sucede lo mismo a la inversa: la ficción carga y descarga el sentido de las cartas, o de ciertas cartas; y así esta relación multiplica las conexiones, los análisis posibles, y amplía las superficies de interpretación de la obra de cualquier autor.

  

            Julio Cortázar llega a París al comenzar la década del 50, la ciudad es un sitio a descubrir, un terreno de exploración, donde sucede “la cacería espiritual” (carta del 30 de mayo de 1952). Borges, citando a Gibbon en uno de los pasajes más conocidos de El escritor argentino y la tradición, sostiene que la ausencia de camellos en el Alcorán basta para probar que el libro es auténticamente árabe. El ojo extranjero recorta y señala, el ojo ajeno destaca elementos considerándolos inusuales: esta es, justamente, la mirada que Cortázar implanta sobre París. París es, en estos primeros años, una zona externa, una observación de microscopio. “Tengo que aprender a ver, todavía no sé”, apunta como a la pasada hablando con María sobre cerámica. Las cartas se vuelven fichas, inventarios. Se toma nota de todas las cosas: desde conciertos y exposiciones plásticas hasta los beneficios de una ducha. En contraposición, Buenos Aires es la ciudad incómoda, la ciudad seca, vacía, que no ofrece nada. Incluso, hablando de la soledad de esta urbe latinoamericana, Cortázar escribe una frase desmesurada, dice que “nunca se perdonó” no haber salido de ahí veinte años antes. Querrá sentirse cómodo y definitivo en Francia. Buscará fusionar su mirada. Con estas coordenadas, entonces, no llaman la atención los vaivenes de la prosa entre el tuteo y el voceo, la acentuación mecánica de los giros porteños, cada vez mayor con el paso del tiempo —acentuación que, dicho al margen, fue señalada por la crítica como un desacierto en Rayuela—, y el entusiasmo y la fascinación de Cortázar por irse, por viajar, por ver lo nuevo, por un mundo que se muestra ajeno. Las anécdotas se sitúan en Italia, en Suiza, en Alemana y en India, y a partir de los sesentas, en el Caribe y en México.

  

            Singularmente pocas son las observaciones íntimas de Cortázar: hay escasas  acotaciones sobre sueños o deseos, digamos. Sí aparecen unos pocos párrafos furiosos y contundentes en respuesta a opiniones de Eduardo, y comentarios reiterados sobre el cansancio, sobre las distorsiones de la vejez. Quizá, una de las cartas más conmovedoras del conjunto sea la fechada el 31 de octubre de 1952: ahí habla abiertamente de la tristeza por la muerte de un amigo en Buenos Aires, durante la juventud. Pero, en general, Cortázar deja afuera esta textura y se vuelca hacia el registro diario: lo privado se centra entonces en la observación, en la crítica, en el aprendizaje. Por eso, ciertos fragmentos en los que analiza la poesía de Joqnuières resultan antológicos. Al considerar, y con razón, este verso inadecuado —como costra de sangre coagulada—, en la carta del 3 de abril de 1952, Cortázar agrega lo siguiente: “…el reparo apunta al sentido: si la sangre no estuviera coagulada, ¿de ande la costra? Incluso el agregado en una herida es casi tautológico, porque se lo supone tácitamente.” Y en 1966, en una carta escrita casi enteramente en francés, muchísimos años luego de la traducción de Poe, expresa una idea que puede trasladarse a su técnica de escritura de cuentos: “El gran error del Barroco fue no entender que un comienzo de voluta da la voluta entera, según las leyes de la Gestalt (cierto que esto vino más tarde).” Sin embargo, los comentarios sobre su propia obra se aproximan más a esa suerte de fichaje mencionado más arriba que a una exposición de ideas. Cortázar nunca deja de leer. G. Greene, E. Poe, Joyce Cary —especialmente, La boca del caballo—, F. Dostoievski son comentados. Con el tiempo, y después de 1960, en particular, aparecerán también sus puntos de vista sobre Sábato y Viñas, sus diálogos con Octavio Paz y Carlos Fuentes. Y por fortuna, Cortázar refutará, de alguna manera, cierta arrogancia plasmada en su escritura epistolar de los primeros años, aquella le hacía considerar la prosa de Final del juego como “magnífica”, por ejemplo. Entonces dirá, el 4 de junio de 1965, en una carta lúcida sobre la crítica a Todos los fuegos el fuego que, a pesar de la fama, el éxito, y las teorías, “como siempre, lo único que cabe hacer es seguir trabajando”, o sea, escribir y escribir y escribir.

 

             Claro que no todas las cartas tienen el mismo peso narrativo, ni la misma importancia. Hay cartas meramente informativas, cartas de felicitación y saludos, cartas donde el discurrir discursivo se vuelve nítido o lúdico. Ya señalé el vuelco que opera en la prosa a partir de 1960, el éxito editorial de Rayuela, y la visita de Cortázar a Cuba puede que tengan mucho que ver con eso. Hasta la fecha, casi no existen comentarios políticos ni sociales en estas cartas, y cuando sí los enuncia —en la carta del 12 de diciembre de 1955, por ejemplo, luego del golpe de estado en la Argentina, que saca del gobierno al partido peronista—, su análisis resulta desacertado, confuso, penoso. Pero esta falta de profundidad, y de acierto, da cuenta ahora de la dimensión del cambio que vendrá sobre él. De hecho, Cortázar lo aseveró en una entrevista (1961): “… el gran vacío político que había en mí, mi inutilidad política. Desde ese día traté de documentarme, traté de entender, de leer.” Sin embargo, el tumbo que aparece en las cartas no es sólo temático, por supuesto: la escritura tiene ahora más vitalidad, se exalta, se moviliza; es más generosa, también. Los copetes y acápites de sus misivas son jocosos, divertidos. El mundo ya no es fichable, ajeno, en este punto, la palabra de Cortázar parece tomar velocidad: viaja a Cuba y habla con mucha alegría de su visita, escribe sobre Lezama Lima; en 1965, además, anota referencias positivas sobre la ciudad de Buenos Aires, comparándola en un viaje a Turquía. El que sigue es un fragmento del 19 de noviembre de 1965, escrito desde Saignon, con una prosa más íntima y alucinada, casi en broma, vital, en suma, que contrasta con el tono del resto del libro.

            “Yo duermo mal, en cambio, porque empecé un libro [62/ Modelo para armar] y eso me desacomoda siempre el onirismo, la líbido, los completos y todo el pasado ya un tanto remoto; pero qué importa, si una vez despierto le saco casi siempre el jugo a esas pesadillas y a esas duermevelas donde sigo encontrando las soluciones a mis problemas de escritura, y nuevos problemas cuya solución aparece después en plena vigilia.”

            Así, el Cortázar del registro cotidiano se vuelve histórico en los sesenta. El mundo no es extraño: Cortázar se involucra en él. Ya para 1970, se separa de Aurora Bernárdez; el epistolario muestra después la relación con Ugné Karvelis; y con su última pareja, Carol Dunlop, con quien realiza el viaje mítico por la autopista del Sur, registrado en la epístola del 1º de junio de 1982. Faltaban pocos meses para el fallecimiento de ella. Desde Nicaragua, con una tristeza inmensa por la muerte de Dunlop, Cortázar envía su última carta a su amigo Eduardo Jonquières: tiene la fecha del 24 de febrero de 1983. Casi un año antes de la muerte del escritor en París.

 

            En 2010 se cumplieron veintiséis años de la muerte de Julio Cortázar. La publicación de este epistolario, donde por primera vez se exponen los primeros tiempos del autor en París, en la década del 50, se suma al vasto corpus cortazariano de papeles encontrados o inéditos que comenzó a editarse en los años 90. Frente a esta compleja y dinámica vastedad, queda, entonces, como labor futura de la crítica y de los escritores también, articular una propuesta lúcida de relectura e interpretación que juzgue y seleccione y valore y descarte y enfatice el material de este autor. Julio Cortázar fue un narrador brillante, escribió varios de los libros de cuentos más excepcionales que tiene la Argentina. Esto último es primordial, y alcanza para sostener que la talla de cualquier escritor siempre será dada por sus aciertos, por sus mejores palabras.

 

 

 

 ______________________________________

Fragmentos de correspondencia

 

30 de mayo de 1952

 

            “… la resolución de ese gran enigma consistente en saber para qué cuernos está uno aquí, y por qué le ha sido dada una facultad expresiva peculiar, sólo puede quizá entreverse al cabo de una extenuante cacería espiritual. Es aquí donde el viaje, el amor, la felicidad y la infelicidad se insertan como llaves en la medida en que uno los provoque. Para mi vecino de al lado (un plácido biólogo) París es —sic— “una ciudad incómoda donde no hay buenos cafés.” Para mí, en el apéndice de experiencias a veces extenuantes, esto es el punto donde la placa del microscopio se vuelve de pronto nítida después de tanta vida pasada en el ajuste minucioso del lente. No dura más que un segundo, pero en ese segundo veo. Veo lo que yo tendría por hacer si no fuera tan incapaz. Veo lo que espera del otro lado de esto que llamamos realidad. Cuando recaigo en el poema sé que lo que escribo tiene menos de creación que de mostración. En B.A. inventaba; aquí siento (¡tan raramente, pero con tanta fuerza!) que nada verdadero es inventado…”

 

 

París, 31 de octubre de 1952

“Mi querido Eduardo:

 

            Te escribo a los tres días de recibir tu carta. Es un viernes frío y gris, y tengo un rato de tiempo antes de irme a trabajar. Hoy es un doble aniversario para mí. Hace diez años murió Paco, en la noche del 30 al 31. No me puedo olvidar de la luna llena, dura y canalla, que se burlaba sobre el estrecho pasadizo adonde me había refugiado para estar solo, como si no lo estuviese ya demasiado después de sus últimos minutos que vuelvo a repasar como las pesadillas que se repiten. Sé que puedo hablarte de esto a ti, que eras amigo del Mono y que lo querías bien como él a ti (desde tanta parecida diferencia…) Necesito escribir estas palabras, influido por esa tonta sumisión de las fechas, a un tiempo inventado por nosotros, y que da al sentimiento de “diez años” un valor inevitable. Siempre, con cualquier motivo o sin ninguno, pienso en Paco, en su gusto por la vida que la enfermedad le fue retirando de a poco. Cuántos reproches tengo que hacerme sobre mi conducta para con él; nunca creí que pudiera morir así y mil veces le reproché su haraganería, sus proyectos abandonados, su dejarse ir… No comprendía que él estaba seguro (su cuerpo al menos lo estaba) y que la vida con un futuro, con algo que hacer (estudios, trabajo) carecía ya de sentido para él. Años después, a través de Sartre (en Le mur) descubrí lo que Paco no quiso decirme nunca: la pérdida total de comunicación con los demás que invade al condenado. Y yo lo molesté con reproches, fui duro ante sus negligencias, sus resbalones, en lo que yo creía, gran imbécil, el deber. Me acuerdo de sus últimas palabras a mí, cuando todavía le quedaba un hilo de conciencia. Yo le tenía las manos y me dijo: “Julio, yo te he hecho tantas…” Quería agregar algo, pero no lo dejé, lo interrumpí con una frase de aliento, con la mentira fácil de que todo va a andar bien y que no hay que fatigarse. Ni siquiera lo dejé desahogarse en su último minuto. Merezco bien morirme, cuando me toque, con una radio a toda fuerza al lado de la cama. Perdón por todo esto, pero hoy no es un día fácil para mí.”

 

 

París, 27 de agosto de 1955

 

            “Ayer cumplí cuarenta y un años. (…) Cuarenta y uno es una cifra horrible para quien cree que el mundo es hermoso pero ajeno, ajeno a mis sentidos que sólo conocen una ínfima parte, a mi inteligencia que es capaz de aprehenderlo en sus estructuras más elementales. Ahora empieza de veras el declive, la década que nos lleva a los cincuenta. ¡Y yo me siento siempre con veinte años, tan tonto, tan crédulo, tan entusiasta, tan esperanzado como entonces! Pero los signos físicos me llaman a la realidad. Me enfermo más seguido, me canso mucho más pronto. Hace cinco años podía pasar una noche en blanco y seguir perfectamente al otro día; ahora, si me acuesto después de medianoche lo apago al día siguiente. No puedo beber tanto vino, no puedo comer tantas cosas, no puedo leer tantas horas.”

 

Managua, 24 de febrero de 1983

             “Poco te hablaré de mí, estoy tan deshabitado que me cuesta reconocerme cada vez que me despierto [en noviembre de 1982 había fallecido Carol Dunlop]. Sólo el trabajo viene un poco en mi ayuda, y no me ha faltado en Nicaragua. Entre otras cosas, estos locos tan queridos decidieron galardonarme con la Orden de Rubén Darío, lo que me emocionó mucho porque es la primera vez que se la conceden a un extranjero. Tuve que preparar un discurso y ser protagonista de una de esas ceremonias que uno ha visto tantas veces en el cine o la televisión; pero en este caso había tanto cariño de parte de los dirigentes y del público que el lado protocolar no me molestó para nada. Me regalaron un cassette con la filmación del acto y los discursos (Sergio Ramírez leyó uno que busca reivindicar la personalidad entera de Darío y no solamente los cisnes y el modernismo); si querés trataremos de pasarla en París en casa de alguien que tenga el aparato para video, y tendrás una visión de una de las facetas de este país tan amenazado, tan pobre y tan querible.

            Aparte de eso anduve en expediciones fronterizas que me dejaron débil y destrozado por mosquitos y otros insectos de clara vocación contra-revolucionaria. Buscando descansar de esa aventura fui con los Flakoll a Corn Island (…) Y justamente ahí tuve un nuevo cólico renal, esta vez del carajo, que me ha dejado en la piel y en los huesos a fuerza de dolores, vómitos y piedritas por fin expulsadas. (…) Lo que más me cuesta es luchar contra una especie de atonía o de indiferencia que nunca estuvo en mi carácter; pero la química sabe hoy cómo inyectar por lo menos un grado normal de vitalidad.

            (…) A veces pienso que lo más fuerte que he leído en los últimos diez años es la obra de dos brasileños, Clarice Lispector y Lins; casi dan ganas de lanzarse al portugués en busca de otras cosas que acaso existen.

            (…) Nos vemos apenas yo regrese. Un abrazo muy fuerte,

Julio”

 

 

Volver a pagina de inicio

 

 

Contacto: info@lamaquinadeltiempo.com

..............................................................................................................................................