Una
Flor Amarilla
Por
Julio Cortázar
De Final de Juego Sudamericana 1968
Parece
una broma, pero somos inmortales. Lo sé por la negativa, lo sé
porque conozco al único mortal. Me contó su historia en un bistró
de la rue Cambronne, tan borracho que no le costaba nada decir la verdad aunque
el patrón y los viejos clientes del mostrador se rieran hasta que el
vino se les salía por los ojos. A mí debió verme algún
interés pintado en la cara, porque se me apiló firme y acabamos
dándonos el lujo de la mesa en un rincón donde se podía
beber y hablar en paz. Me contó que era jubilado de la municipalidad
y que su mujer se había vuelto con sus padres por una temporada, un modo
como otro cualquiera de admitir que lo había abandonado. Era un tipo
nada viejo y nada ignorante, de cara reseca y ojos tuberculosos. Realmente bebía
para olvidar, y lo proclamaba a partir del quinto vaso de tinto. No le sentí
ese olor que es la firma de París pero que al parecer sólo olemos
los extranjeros. Y tenía las uñas cuidadas, y nada de caspa.
Contó que en un autobús de la línea 95 había visto
a un chico de unos trece años, y que al rato de mirarlo descubrió
que el chico se parecía mucho a él, por lo menos se parecía
al recuerdo que guardaba de sí mismo a esa edad. Poco a poco fue admitiendo
que se le parecía en todo, la cara y las manos, el mechón cayéndole
en la frente, los ojos muy separados, y más aun en la timidez, la forma
en que se refugiaba en una revista de historietas, el gesto de echarse el pelo
hacia atrás, la torpeza irremediable de los movimientos. Se le parecía
de tal manera que casi le dio risa, pero cuando el chico bajó en la rue
de Rennes, él bajó también y dejó plantado a un
amigo que lo esperaba en Montparnasse. Buscó un pretexto para hablar
con el chico, le preguntó por una calle y oyó ya sin sorpresa
una voz que era su voz de la infancia. El chico iba hacia esa calle, caminaron
tímidamente juntos unas cuadras. A esa altura una especie de revelación
cayó sobre él. Nada estaba explicado pero era algo que podía
prescindir de explicación, que se volvía borroso o estúpido
cuando se pretendía-como ahora-explicarlo.
Resumiendo, se las arregló para conocer la casa del chico, y con el prestigio
que le daba un pasado de instructor de boy scouts se abrió paso hasta
esa fortaleza de fortalezas, un hogar francés. Encontró una miseria
decorosa y una madre avejentada, un tío jubilado, dos gatos. Después
no le costó demasiado que un hermano suyo le confiara a su hijo que andaba
por los catorce años, y los dos chicos se hicieron amigos. Empezó
a ir todas las semanas a casa de Luc; la madre lo recibía con café
recocido, hablaban de la guerra, de la ocupación, también de Luc.
Lo que había empezado como una revelación se organizaba geométricamente,
iba tomando ese perfil demostrativo que a la gente le gusta llamar fatalidad.
Incluso era posible formularlo con las palabras de todos los días: Luc
era otra vez él, no había mortalidad, éramos todos inmortales.
-Todos inmortales, viejo. Fíjese, nadie había podido comprobarlo
y me toca a mí, en un 95. Un pequeño error en el mecanismo, un
pliegue del tiempo, un avatar simultáneo en vez de consecutivo, Luc hubiera
tenido que nacer después de mi muerte, y en cambio... Sin contar la fabulosa
casualidad de encontrármelo en el autobús. Creo que ya se lo dije,
fue una especie de seguridad total, sin palabras. Era eso y se acabó.
Pero después empezaron las dudas, por que en esos casos uno se trata
de imbécil o toma tranquilizantes. Y junto con las dudas, matándolas
una por una, las demostraciones de que no estaba equivocado, de que no había
razón para dudar. Lo que le voy a decir es lo que más risa les
da a esos imbéciles, cuando a veces se me ocurre contarles. Luc no solamente
era yo otra vez, sino que iba a ser como yo, como este pobre infeliz que le
habla. No había más que verlo jugar, verlo caerse siempre mal,
torciéndose un pie o sacándose una clavícula, esos sentimientos
a flor de piel, ese rubor que le subía a la cara apenas se le preguntaba
cualquier cosa. La madre, en cambio, cómo les gusta hablar, cómo
le cuentan a uno cualquier cosa aunque el chico esté ahí muriéndose
de vergüenza, las intimidades más increíbles, las anécdotas
del primer diente, los dibujos de los ocho años, las enfermedades...
La buena señora no sospechaba nada, claro, y el tío jugaba conmigo
al ajedrez, yo era como de la familia, hasta les adelanté dinero para
llegar a un fin de mes. No me costó ningún trabajo conocer el
pasado de Luc, bastaba intercalar preguntas entre los temas que interesaban
a los viejos: el reumatismo del tío, las maldades de la portera, la política.
Así fui conociendo la infancia de Luc entre jaques al rey y reflexiones
sobre el precio de la carne, y así la demostración se fue cumpliendo
infalible. Pero entiéndame, mientras pedimos otra copa: Luc era yo, lo
que yo había sido de niño, pero no se lo imagine como un calco.
Más bien una figura análoga, comprende, es decir que a los siete
años yo me había dislocado una muñeca y Luc la clavícula,
y a los nueve habíamos tenido respectivamente el sarampión y la
escarlatina, y además la historia intervenía, viejo, a mí
el sarampión me había durado quince días mientras que a
Luc lo habían curado en cuatro, los progresos de la medicina y cosas
por el estilo. Todo era análogo y por eso, para ponerle un ejemplo al
caso, bien podría suceder que el panadero de la esquina fuese un avatar
de Napoleón, y él no lo sabe porque el orden no se ha alterado,
porque no podrá encontrar se nunca con la verdad en un autobús;
pero si de alguna manera llegara a darse cuenta de esa verdad, podría
comprender que ha repetido y que está repitiendo a Napoleón, que
pasar de lavaplatos a dueño de una buena panadería en Montparnasse
es la misma figura que saltar de Córcega al trono de Francia, y que escarbando
despacio en la historia de su vida encontraría los momentos que corresponden
a la campaña de Egipto, al consulado y a Austerlitz, y hasta se daría
cuenta de que algo le va a pasar con su panadería dentro de unos años,
y que acabará en una Santa Helena que a lo mejor es una piecita en un
sexto piso, pero también vencido, también rodeado por el agua
de la soledad, también orgulloso de su panadería que fue como
un vuelo de águilas. Usted se da cuenta, ¿no?.
Yo me daba cuenta, pero opiné que en la infancia todos tenemos enfermedades
típicas a plazo fijo, y que casi todos nos rompemos alguna cosa jugando
al fútbol.
-Ya sé, no le he hablado más que de las coincidencias visibles.
Por ejemplo, que Luc se pareciera a mí no tenía importancia, aunque
sí la tuvo para la revelación en el autobús. Lo verdaderamente
importante eran las secuencias, y eso es difícil de explicar porque tocan
al carácter, a recuerdos imprecisos, a fábulas de la infancia.
En ese tiempo, quiero decir cuando tenía la edad de Luc, yo había
pasado por una época amarga que empezó con una enfermedad interminable,
después en plena convalecencia me fui a jugar con los amigos y me rompí
un brazo, y apenas había salido de eso me enamoré de la hermana
de un condiscípulo y sufrí como se sufre cuando se es incapaz
de mirar en los ojos a una chica que se está burlando de uno. Luc se
enfermó también, apenas convaleciente lo invitaron al circo y
al bajar de las graderías resbaló y se dislocó un tobillo.
Poco después su madre lo sorprendió una tarde llorando al lado
de la ventana, con un pañuelito azul estrujado en la mano, un pañuelo
que no era de la casa.
Como alguien tiene que hacer de contradictor en esta vida, dije que los amores
infantiles son el complemento inevitable de los machucones y las pleuresías.
Pero admití que lo del avión ya era otra cosa. Un avión
con hélice a resorte, que él había traído para su
cumpleaños.
-Cuando se lo di me acordé una vez más del Meccano que mi madre
me había regalado a los catorce años, y de lo que me pasó.
Pasó que estaba en el jardín, a pesar de que se venía una
tormenta de verano y se oían ya los truenos, y me había puesto
a armar una grúa sobre la mesa de la glorieta, cerca de la puerta de
calle. Alguien me llamó desde la casa, y tuve que entrar un minuto. Cuando
volví, la caja del Meccano había desaparecido y la puerta estaba
abierta. Gritando desesperado corrí a la calle donde ya no se veía
a nadie, y en ese mismo instante cayó un rayo en el chalet de enfrente.
Todo eso ocurrió como en un solo acto, y yo lo estaba recordando mientras
le daba el avión a Luc y él se quedaba mirándolo con la
misma felicidad con que yo había mirado mi Meccano. La madre vino a traerme
una taza de café, y cambiábamos las frases de siempre cuando oímos
un grito. Luc había corrido a la ventana como si quisiera tirarse al
vacío. Tenía la cara blanca y los ojos llenos de lágrimas,
alcanzó a balbucear que el avión se había desviado en su
vuelo, pasando exactamente por el hueco de la ventana entreabierta. "No
se lo ve más, no se lo ve más", repetía llorando.
Oímos gritar más abajo, el tío entró corriendo para
anunciar que había un incendio en la casa de enfrente. ¿Comprende,
ahora? Sí, mejor nos tomamos otra copa.
Después, como yo me callaba, el hombre dijo que había empezado
a pensar solamente en Luc, en la suerte de Luc. Su madre lo destinaba a una
escuela de artes y oficios, para que modestamente se abriera lo que ella llamaba
su camino en la vida, pero ese camino ya estaba abierto y solamente él,
que no hubiera podido hablar sin que lo tomaran por loco y lo separaran para
siempre de Luc, podía decirle a la madre y al tío que todo era
inútil, que cualquier cosa que hicieran el resultado sería el
mismo, la humillación, la rutina lamentable, los años monótonos,
los fracasos que van royendo la ropa y el alma, el refugio en una soledad resentida,
en un bistró de barrio. Pero lo peor de todo no era el destino de Luc;
lo peor era que Luc moriría a su vez y otro hombre repetiría la
figura de Luc y su propia figura, hasta morir para que otro hombre entrara a
su vez en la rueda. Luc ya casi no le importaba; de noche, su insomnio se proyectaba
más allá hasta otro Luc, hasta otros que se llamarían Robert
o Claude o Michel, una teoría al infinito de pobres diablos repitiendo
la figura sin saberlo, convencidos de su libertad y su albedrío. El hombre
tenía el vino triste, no había nada que hacerle.
-Ahora se ríen de mí cuando les digo que Luc
murió unos meses después, son demasiado estúpidos para
entender que... Sí, no se ponga usted también a mirarme con esos
ojos. Murió unos meses después, empezó por una especie
de bronquitis, así como a esa misma edad yo había tenido una infección
hepática. A mí me internaron en el hospital, pero la madre de
Luc se empeñó en cuidarlo en casa, y yo iba casi todos los días,
y a veces llevaba a mi sobrino para que jugara con Luc. Había tanta miseria
en esa casa que mis visitas eran un consuelo en todo sentido, la compañía
para Luc, el paquete de arenques o el pastel de damascos. Se acostumbraron a
que yo me encargara de comprar los medicamentos, después que les hablé
de una farmacia donde me hacían un descuento especial. Terminaron por
admitirme como enfermero de Luc, y ya se imagina que en una casa como ésa,
donde el médico entra y sale sin mayor interés, nadie se fija
mucho si los síntomas finales coinciden del todo con el primer diagnóstico...
¿Por qué me mira así? ¿He dicho algo que no esté
bien?
No, no había dicho nada que no estuviera bien, sobre todo a esa altura
del vino. Muy al contrario, a menos de imaginar algo horrible la muerte del
pobre Luc venía a demostrar que cualquiera dado a la imaginación
puede empezar un fantaseo en un autobús 95 y terminarlo al lado de la
cama donde se está muriendo calladamente un niño. Para tranquilizarlo,
se lo dije. Se quedó mirando un rato el aire antes de volver a hablar.
-Bueno, como quiera. La verdad es que en esas semanas después del entierro
sentí por primera vez algo que podía parecerse a la felicidad.
Todavía iba cada tanto a visitar a la madre de Luc, le llevaba un paquete
de bizcochos, pero poco me importaba ya de ella o de la casa, estaba como anegado
por la certidumbre maravillosa de ser el primer mortal, de sentir que mi vida
se seguía desgastando día tras día, vino tras vino, y que
al final se acabaría en cualquier parte y a cualquier hora, repitiendo
hasta lo último el destino de algún desconocido muerto vaya a
saber dónde y cuándo, pero yo sí que estaría muerto
de verdad, sin un Luc que entrara en la rueda para repetir estúpidamente
una estúpida vida. Comprenda esa plenitud, viejo, envídieme tanta
felicidad mientras duró.
Porque, al parecer, no había durado. El bistró y el vino barato
lo probaban, y esos ojos donde brillaba una fiebre que no era del cuerpo. Y
sin embargo había vivido algunos meses saboreando cada momento de su
mediocridad cotidiana, de su fracaso conyugal, de su ruina a los cincuenta años,
seguro de su mortalidad inalienable. Una tarde, cruzando el Luxemburgo, vio
una flor.
-Estaba al borde de un cantero, una flor amarilla cualquiera. Me había
detenido a encender un cigarrillo y me distraje mirándola. Fue un poco
como si también la flor me mirara, esos contactos, a veces... Usted sabe,
cualquiera los siente, eso que llaman la belleza. Justamente eso, la flor era
bella, era una lindísima flor. Y yo estaba condenado, yo me iba a morir
un día para siempre. La flor era hermosa, siempre habría flores
para los hombres futuros. De golpe comprendí la nada, eso que había
creído la paz, el término de la cadena. Yo me iba a morir y Luc
ya estaba muerto, no habría nunca más una flor para alguien como
nosotros, no habría nada, no habría absolutamente nada, y la nada
era eso, que no hubiera nunca más una flor. El fósforo encendido
me abrasó los dedos. En la plaza salté a un autobús que
iba a cualquier lado y me puse absurdamente a mirar, a mirar todo lo que se
veía en la calle y todo lo que había en el autobús. Cuando
llegamos al término mino, bajé y subí a otro autobús
que llevaba a los suburbios. Toda la tarde, hasta entrada la noche, subí
y bajé de los autobuses pensando en la flor y en Luc, buscando entre
los pasajeros a alguien que se pareciera a Luc, a alguien que se pareciera a
mí o a Luc, a alguien que pudiera ser yo otra vez, a alguien a quien
mirar sabiendo que era yo, y luego dejarlo irse sin decirle nada, casi protegiéndolo
para que siguiera por su pobre vida estúpida, su imbécil vida
fracasada hacia otra imbécil vida fracasada hacia otra imbécil
vida fracasada hacia otra...
Pagué.
|