Las Armas del Cuento

Por Abelardo Castillo
Clarín 10/02/94


    La Argentina tiene fama de ser un país de cuentistas. Hacia 1960, sin embargo, la difícil reputación de gran cuentista se agotaba en Quiroga y Borges. Había existido Payró, pero su lectura se veía seriamente obstruida por los textos del secundaria, también había existido Lugones, solo que Las fuerzas extrañas -uno de los mejores libros de cuentos escritos en nuestro país- era privilegio de viejos señores eruditos o de bibliotecas heredadas. Bioy Casares soportaba todavía una injusta confusión con Borges y era sobre todo el autor de La invención de Morel; Silvina Ocampo soportaba parejamente su injusta confusión con Bioy. Los demás eran novelistas. Como si dijéramos: otra especie. En ese momento apareció Las armas secretas. Sólo cinco relatos, que bastaban para repensar la literatura nacional. Por lo menos tres de esas historias - "El perseguidor", "Los buenos servicios", "Cartas de mamá" - eran, de lejos, lo mejor que habíamos leído en muchos años.
    ¿Quién era este desconocido que, desde París, rompía los esquemas del modelo fantástico borgiano y del realismo anómalo de los herederos de Boedo? La lectura tardía de Bestiario y Final del juego, publicados diez años antes, nos confirmó una sospecha: estábamos ante un cuentista que podía cotejarse con Rulfo, con Salinger, con Buzzati. Un escritor de la estirpe de Poe y Chejov y Kipling: uno de esos raros que pueden decir en veinte páginas lo que otros amplifican en doscientas.
A diez años de la muerte de Julio Cortázar, a más de treinta de aquella inicial lectura fervorosa, mi juicio no ha cambiado. Cortázar autor de Rayuela, Cortázar escritor comprometido, Cortázar amigo distante y ambiguo, nunca consiguió borrar de mi memoria al cuentista impar de "Casa Tomada" "Axolotl" "Final del juego", "El ídolo de las Cícladas", "Las puertas del cielo", "Lejana", "Instrucciones para el señor HorweI". Me han pedido una nota sobre el tema: imposible razonar decorosamente, en ese espacio, la importancia de Cortázar cuentista para nuestra literatura. Habría que hablar de toda una concepción metafísica del mundo, de retórica, de pisos que se ablandan o espacios que se agrietan, de humor, hasta de sintaxis.
    Me limito a señalar un solo rasgo: su poética de lo fantástico. Cortázar nos enseño la poética de lo fantástico cotidiano. Por decirlo de algún modo: sus fantasmas son realistas.
Viajan en tranvía, en subterráneo, caminan de mañana por la 'calle. Sobre todo eso: operan a la luz del sol. A la manera de los hrönir de Borges ?pero sin su espléndida incomodidad barroca-, el mundo otro de Cortázar invade poco a poco la realidad y la sustituye a la invierte. Un señor se transforma en pez, pero lo extraño es la naturalidad de ese axolotl, no algún proceso a la Jekill del transformado.
Un contemporáneo se encarna en un guerrero mexicano precolombino, pero antes se ha caído trivialmente de una moto. O tal vez es el guerrero quien sueña ser un hombre de nuestro tiempo; el caso es que ahora está en una clínica porque se ha caído de una moto. Que haya pertenecido a la tribu de los motecas, es, de paso, una broma apenas perceptible de esas que al autor lo hacían sonreír cubriéndose tímidamente la boca con la mano. Hemos visto conciertos de pueblo, también sospechamos quiénes eran las ménades. Cortázar nos cuenta un concierto de pueblo donde unas señoras entusiastas se comen al director: lo cuenta en primera persona y con sosegada probidad de cronista, no hay más remedio que aceptarlo: las cosas, en el fondo, son así. Los tigres deambulan por la jungla o por los relatos de la jungla de Kipling, por las jaulas del zoológico o por los versos de Blake. Los tigres de Cortázar -como, en los alrededores de Palermo, los leones de Bioy- van y vienen por las habitaciones de una casa de clase media, donde, por lo demás, todo sigue siendo más o menos normal.
Podría redactarse un articulo entero sobre la eficacia inquietante de los paréntesis en "Cartas de mamá" (donde cada paréntesis encierra pero está a punto de liberar el fantasma de Nico); podría escribirse un ensayo erudito sobre la destreza formal que requiere contar en pretérito perfecto, y de modo indirecto, la fenomenal puteada de Johnny Carter en "El perseguidor". Lo dejo para otro aniversario. Solo quiero agregar algo, aun sabiendo de antemano que el ejercicio de la profecía es el más erróneo de los énfasis nacionales. Puede (pero solo puede) que Rayuela no sea la gran novela argentina que creó nuestra generación; puede que 62 Modelo para armar, Libro de Manuel y sobre todo El examen sean en el futuro meras referencias bibliográficas. Estoy seguro, sin embargo, de que aquellos tres primeros libros de cuentos -Bestiario, el primer Final del juego, Las armas secretas-, y algún relato posterior de Octaedro y de Todos los fuegos el fuego, bastarán para que el mundo imaginario y la prosa de Cortázar sigan para siempre entre nosotros. Con Marechal y Borges -a los que admiraba-, con Roberto Arlt -al que nunca entendió del todo-, con Lugones y Güiraldes y Quiroga fue, en nuestro siglo, uno de los padres soñadores de este sueño incesante que llamamos literatura argentina.

 

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