Sobre las clases de literatura de Cortázar en Berkeley

Por Hernán A. Isnardi

Berkeley cortázar
Clases de Literatura
Berkeley, 1980

Julio Cortázar

Cómo saber lo que nos estamos perdiendo.

Cada vez que el ojo se abre, percibimos una luz. Esa luz es interpretada por el cerebro. De ese modo vemos. Pero hay una pequeñita parte de la retina donde esa luz no es percibida. Ese punto ciego que todos tenemos no se traduce como un área negra de la visión. Acá viene lo fascinante. El cerebro adivina lo que debería haber ahí, y lo completa. A veces se completa con el deseo, a veces con el tormento.

Una parte de lo que vemos, no es.

Los alumnos de Berkeley, en 1980, asistieron a las ocho clases magistrales que Julio Cortázar dio. Nosotros asistimos sin tiempo al leerlas, y completamos la imagen en movimiento y su voz con las entrevistas que hemos visto y escuchado.

¿Cuál es el gusto por recobrar lo que parecía haber sido para el olvido?

Sospecho que la idea de encontrarse con estas clases, cuando Cortázar jamás había pensado en un libro (como sí lo había hecho Nabokov), es en cierto modo completar una parte de él, y no por sumar material a su obra, sino que en el caso de su literatura la oralidad es muy importante. Recuperar al Cortázar conversador (como muchos de sus personajes, y como él mismo), y al lector, porque habla de sus lecturas.

 

Las ocho clases siempre van recorriendo playas de literatura en general, aunque siempre el eje son sus propios libros.

 

Primera clase: Los caminos de un escritor.

Segunda clase: El cuento fantástico I: El tiempo.

Tercera clase: El cuento fantástico II: La fatalidad.

Cuarta clase: El cuento realista.

Quinta clase: Musicalidad y humor en la literatura.

Sexta clase: lo lúdico en la literatura y la escritura de Rayuela.

Sétima clase: De Rayuela, Libro de Manuel y Fantomas contra los vampiros multinacionales.

Octava clase: Erotismo y literatura.

 

Cuenta, sobre todo en las primeras dos clases, sus ideas estéticas y sus recorridos en la literatura sobre el cuento: “El cuento tal como lo entendemos ahora no aparece de hecho hasta el siglo XIX. Hay a lo largo de la historia elementos de cuentística verdaderamente maravillosos. Piensen ustedes en Las mil y una noches, una antología de cuentos, la mayoría de ellos anónimos, que un escriba persa recogió y les dio calidad estética; ahí hay cuentos con mecanismos sumamente complejos, muy modernos en ese sentido. En la Edad Media española hay un clásico, El Conde Lucanor del Infante Juan Manuel, que contiene algunos de antología. En el siglo XVIII se escriben cuentos en general sumamente largos, que divagan un poco en un territorio más de novela que de cuento; pienso por ejemplo en los de Voltaire: Zadig, Cándido, ¿son cuentos o pequeñas novelas? Suceden muchas cosas, hay un desarrollo que casi se podría dividir en capítulos y finalmente son novelitas más que cuentos largos. Cuando nos metemos en el siglo XIX el cuento adquiere de golpe su carta de ciudadanía, más o menos paralelamente en el mundo anglosajón y en el francés.”, sobre la novela: “Cada vez más deseoso de ahondar en ese campo de la psicología de los personajes que estaba imaginando, surgieron en mí una serie de preguntas que se tradujeron en dos novelas, porque los cuentos no son nunca o casi nunca problemáticos: para los problemas están las novelas, que los plantean y muchas veces intentan soluciones. La novela es ese gran combate que libra el escritor consigo mismo porque hay en ella todo un mundo, todo un universo en que se debaten juegos capitales del destino humano, y si uso el término destino humano es porque en ese momento me di cuenta de que yo no había nacido para escribir novelas psicológicas o cuentos psicológicos como los hay y por cierto tan buenos. El solo hecho de manejar elementos en la vida de algunos personajes no me satisfacía lo suficiente.”, y sobre la poesía: “El diccionario tiene una definición para cada cosa; cuando son cosas muy concretas, la definición es tal vez aceptable, pero muchas veces a lo que tomamos por definición yo lo llamaría una aproximación. La inteligencia se maneja con aproximaciones y establece relaciones y todo funciona muy bien, pero frente a ciertas cosas la definición se vuelve verdaderamente muy difícil. Es el caso muy conocido de la poesía. ¿Quién ha podido definir la poesía hasta hoy? Nadie. Hay dos mil definiciones que vienen desde los griegos que ya se preocupaban por el problema, y Aristóteles tiene nada menos que toda una Poética para eso, pero no hay una definición de la poesía que a mí me convenza y sobre todo que convenza a un poeta. En el fondo el único que tiene razón es ese humorista español —creo— que dijo que la poesía es eso que se queda afuera cuando hemos terminado de definir la poesía: se escapa y no está dentro de la definición.

 

Uno de los momentos de más interés es cuando Julio Cortázar, haciendo un repaso sobre su literatura, habla de su evolución de escritor y analiza su obra: cómo nacieron los cronopios y cómo construyó “La noche boca arriba” o “Continuidad de los parques”; cuál es para él el sentido de Rayuela y cuál fue su proceso de escritura; el porqué del Libro de Manuel.

El trabajo de trece horas de desgrabaciones, fue minucioso y efectivo, y nos trajo una vez más al Cortázar oral, al tipo de lecturas variadas, al dueño de una honestidad intelectual casi sin par por estos días y por estas tierras, y sobre todo la imaginación y la creación.

 

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