Visión y técnica novelísticas de Virginia Woolf

Por Emilio Sosa López

Virginia Woolf consiente en todas sus novelas y relatos en darnos una visión maravillada de la realidad. Seres y cosas aparecen en sus páginas realzados por un sentimiento de admiración, por un fervor artístico que los enaltece y los resguarda de todo fácil contacto. Además le imprime a la narración literaria un tono especial de regocijo como si estableciera con el lector un acuerdo de simpatía a base del reconocimiento de los valores sensibles y comunicativos de la belleza. Porque para Virginia Woolf la belleza es fundamentalmente la gran reveladora de la realidad. A causa de esta presencia mediadora todo lo que acontece en sus novelas parece estar supeditado al logro de una expresión sublimada. Este predominio de lo estético, esta adecuación de los hechos dentro de un orden mental que aspira al rendimiento de la belleza, muestra cómo su imaginación creadora está condicionada por una conciencia espiritual de la vida que obra, no en función de los acontecimientos y del tiempo, sino a partir de una ideación de los mismos, como si el sentido de los actos humanos se cristalizara por encima de toda realidad material. Hay en ella una visión integral que no depende del puro acontecer; algo así como una vivencia preverbal, de naturaleza poética, que ya todo lo contiene potencialmente y que sólo se objetiviza por mediación de un estilo literario adecuado, de gran refinamiento receptivo en la elaboración metafórica. Cuanto les sucede a sus personajes no importa tanto como la manera de percibir, a través de ellos, la fluencia incesante del vivir. Virginia Woolf no nos hace sentir ansiedad o angustia por el destino personal o fatal de sus héroes, sino que nos coloca privilegiadamente en el nivel de la creación artística, en el momento de la captación misma, en el umbral de esas "puertas de la percepción" que al esclarecerse por efectos del acto creador, dejan ver, tal como señalaba William Blake, lo que en su realidad esencial es toda cosa: infinita.
En verdad, el intento novelístico de Virginia Woolf no ha consistido en otra cosa que en rendir ese sesgo infinito de la realidad. Su método de creación se ha aplicado a trascender y fijar, sin alterar el giro de lo fluyente, esa presencia de lo real que se induce a través de sucesivas percepciones y que ella distingue no sólo en su sensibilidad sino en la de sus personajes, hasta el punto de hacer de ellas todo un sistema armónico de experiencias correlativas. Para Virginia Woolf la realidad habitual esconde una realidad esencial que va más allá de las cosas inmediatas. A veces esta "realidad" sólo puede ser aprehendida u objetivada en momentos especiales de expansión interior, cuando el sujeto entra, por una especie de afinidad electiva, en comunicación con algo exterior, un objeto o un paisaje determinado. En tal ocasión todo lo que rodea al contemplador se espiritualiza y se transforma. En su Diario de una escritora, anota uno de estos momentos capitales: "Esto es algo que he experimentado aquí (se refiere a un lugar de Escocia), en algunos agostos, para pasar luego a una conciencia de lo que llamo "realidad"; una cosa que veo delante de mí: algo abstracto, pero que nunca reside en los downs o en el cielo, junto al cual nada importa ya; allí habré de descansar y continuaré existiendo. Lo llamo Realidad, y se me ocurre a veces que es la cosa para mí más necesaria: lo que busco".
Esta experiencia personal tiene una profunda relación con su condición de novelista. Por lo pronto sus novelas no son para ella meros artificios literarios, sino caminos de realización de su propio ser. Tal afirmación puede mantenerse teniendo en cuenta la línea ascensional y experimental de todas sus obras. Todos los ambientes que en ellas describe coinciden en señalar la presencia de algo superior e invisible, que mueve el destino de los seres y que no es perceptible a los sentidos, sino que opera como una intuición. Para el conocimiento de esta intuición, los personajes sirven, en este caso, de vehículos. Ellos nos acercan y nos transportan a esa realidad infinita. Y justamente, la búsqueda de ese "algo abstracto", pero real, que se da tendenciosamente en Virginia Woolf, es lo que produce en sus obras esa trasmutación cada vez más inmaterial de seres y cosas, hasta convertirlos en símbolos expresivos de una experiencia unívoca del ser espiritual de la novelista. Es así como ella convierte, por convergencia a esa Realidad, las imágenes y las metáforas de su arte en elementos vivos de relaciones supersensibles.
En un artículo titulado Artificios, decía: "Las palabras parecen gustar de los que piensan o sienten antes de utilizarlas, pero no pensando o sintiendo acerca de ellas, sino acerca de algo diferente". De donde es legítimo deducir que el fervor estético que sustenta su labor no tiene un sentido tan solo formal, no se refiere a la maduración opresiva de un estilo con fines exclusivamente literarios, sino que se aplica más profundamente al trance de una liberación: perpetuarse, ir más allá de sí misma. Victoria Ocampo, comentando el citado pasaje del Diario, expresa que esas visiones de las nubes, las dunas o el cielo, corresponden a "experiencias incomunicadas" que parecen rozar "una realidad irreal, más verdadera que la tangible".
Virginia Woolf se sitúa como novelista en un estar espiritual que absorbe, en su esencialidad preexistente, todo acontecer o sucesión temporal. Este fenómeno de la visión integral ha sido estudiado por Herbert Read en Art now, como un estado de "deleite de los ojos inocentes", en que todo se manifiesta a través de un proceso de regresión de los sentidos a una conciencia originaria y donde la inteligencia asume el valor de una función mística. Utilizada esta experiencia como método de creación narrativa, el novelista ejecuta su obra como si lo asistiera un don de presciencia, que le permite anticiparse a los hechos y reconstruirlos, ya no directamente, sino por las vías de un proceso de abreacción, en que interviene la imaginación con sus atributos de belleza, nostalgia o candor, tal como si los seres o las cosas fueran, a partir del momento de la elaboración literaria, elementos de una operación mental dirigida a aprehender lo infinito, más allá del fundamento material en que la vida se muestra. De allí que Virginia Woolf haya podido trasladar el plano de la existencia a "un sentido general de la poesía de la existencia".
Así puede explicarse por qué el tiempo que aparece en sus obras como uno de sus motivos capitales, nunca está referido a un sentimiento de destrucción o pérdida, sino a una conciencia de continuidad. Igual que en las novelas de Marcel Proust, el tiempo es para Virginia Woolf expresión cualitativa de la duración infinita de la vida. De este modo es como el arte de referir experiencias humanas tiene para ambos autores el valor de una incesante recuperación de los instantes vividos. Sin embargo, pese a su semejanza, la forma en que Virginia Woolf realiza esta recuperación es, en lo esencial, distinta. A diferencia de Proust que actualiza el pasado, como buen discípulo de Bergson, mediante la conexión mutua de los recuerdos, ella lo recrea en su dinámica imaginativa, no como un juego reproductor del caos, sino como un proceso mental de simbolización. Los instantes que van siendo en sus relatos, si bien para su mente de novelista ya han transcurrido, dado que ella está inmersa en una visión de la totalidad, al reiterarlos en la narración vienen a expresar tanto lo ocurrido como la forma en que han sido fijados en el recuerdo de los personajes. Los instantes son, pues, momentos de captación de la vida, pero también objetos imaginativos, símbolos que conciertan la potencialidad de nuevas experiencias. La fluencia del tiempo no se reitera, como en el caso de Marcel Proust, en la memoria del autor, sino que se trata de una elaboración intelectual del tiempo, producida por la presencia de los símbolos que subyacen en la conciencia de los personajes y que la autora ordena en función de ese conocimiento de la vida que rinde la belleza. Las criaturas de Virginia Woolf son, por ello, símbolos también, centros de irradiación, factores potenciales de vida que, aunque no generen en sus actos exteriores una acción decisiva para la novela, vivifican con todo, dado el ritmo eminentemente psicológico en que se mueven, los objetos y los seres que los rodean, los ambientes en que viven. Iluminan la realidad. De este modo, los eternos problemas del sufrimiento, del dolor y la muerte, que constituyen el fondo permanente del drama humano, no están desplazados, sino que surgen, por efectos de una operación mental o intelectual, reducidos a términos de percepciones o intuiciones poéticas, que vienen a regular, a sublimar, la fuerza oscura y vital de la que ellos mismos se nutren. Esta trasmutación de la realidad material en conciencia reflexiva y creadora es la que hace que todo parezca suceder intelectivamente, en un presente único, cuya dimensión ya no es la del tiempo físico, sino la del pensamiento.
El sutil mecanismo de la creación novelística de Virginia Woolf radica en la transposición instantánea de las acciones dramáticas al plano de la conciencia perceptiva. Al producirse la narración, el pensamiento generador va imitando, en un orden abstracto, el fluir del tiempo. Las situaciones concretas son así asidas por una intuición de la totalidad. La acción se vuelve, por ello, envolvente y reiterativa. Existe en sus novelas una recreación del tiempo en cuanto profundidad psíquica y no como mera sucesión. Este procedimiento hace del tiempo una realidad estable, sin suceso propiamente dicho, tal como pasa con el Hamlet de Shakespeare, al que por lo mismo se lo ha llamado la "tragedia del retardo". Con igual conciencia dramática, Virginia Woolf ha podido convertir toda idea del tiempo en pura expectación, que no entraña en el caso de ella la necesidad de un desenlace, sino de la pura percepción del instante. Hay por eso en sus novelas un detenimiento, un suspenso de acciones potenciales que aluden más que nada al giro procesional de la realidad misma. La presencia de sus personajes configuran tentativas, anhelos, impulsos, que quedan vacilando, como intenciones o alusiones, sin precipitarse en la consumación de los hechos. Este clima de expectación podría explicarse metódicamente por la discontinuidad que existe entre el pensamiento que narra y la conciencia que tienen los personajes de sus propios actos. Estos, aparte de enfrentar situaciones inmediatas o imprevistas para ellos, son revelados, sin embargo, como seres ya acontecidos, a los que se los conoce desde antes y que advienen a la narración por un acto de inducción creadora. Tal anterioridad, que no es sino el conocimiento que por presciencia tiene el novelista de su personaje -y que asombrosamente revela a la vez el conocimiento que el propio personaje tiene de sí mismo, en base a sus recuerdos personales-, es uno de los efectos más notables que Virginia Woolf haya podido aportar a la novela, en su afán de asir el instante fluyente, es decir, infinito de la vida. Al intuir este doble juego de interacciones entre lo que se narra y lo que se vive, ella ha podido hacer perceptible al lector la técnica misma de la imaginación y también llevar el género narrativo a terrenos de experimentaciones que hasta entonces no había alcanzado la novela. En el fondo, lo que ella trataba de hacer era fijar ese instante total que todo lo incluye, ese sesgo de infinitud con que la eternidad trasciende su sentido a las cosas y que sólo parece mostrarse a través de lo fugaz y lo perecedero.
Dorothy M. Hoare, en un capítulo de su libro Some study in Me Modern novel, dedicado a Virginia Woolf, analiza la técnica creadora de esta novelista, tomando como punto de partida su fórmula, ya tan conocida: "see firts, connect afterwards". A este respecto refiere como la realidad incide en la conciencia, transcribiendo in extenso lo que Virginia Woolf describe en uno de los ensayos contenidos en The Common Readers: "La mente recibe millares de impresiones, triviales, fantásticas, evanescente o grabadas con intensidad de buril. Vienen de todas partes, en incesante lluvia de átomos..." Esta lluvia, en su aparente desorden, está ordenada sin embargo por la sucesión temporal en que los átomos caen. El efecto que cada uno de ellos produce es diferente del anterior. Al escritor le corresponde rehacer, mediante la acción introspectiva de la reflexión, el orden de su sensibilidad, restituyéndolo de ese aparente caos de la acumulación.
La propia Virginia Woolf decía que la función de escribir no es un acto basado en una simple convención, sino un modo de reordenar la realidad, regulando sus propias experiencias. De allí que llegase a afirmar que cada autor puede basar sus obras en sus propios sentimientos. "Esto implica -observa Dorothy M. Hoare- un muy delicado equilibrio de atención: sobre una mano, sensibilidad para el libre movimiento inconsciente del pensamiento o la emoción, y, sobre la otra, un continuo control intelectual". Esta relación entre sensibilidad e intelecto, en mucho se asemeja, por otra parte, a los métodos asociativos de la imaginación poética, conocidos en la escritura de las obras de Shakespeare, Keats y, en especial, Wordsworth. También se parece, como lo indica Miss Hoare, a los métodos de la libre asociación usados en los modernos procesos del psicoanálisis, con la diferencia de que aquí el sujeto que a ello se somete y el observador que controla son una misma y única persona.
La novela moderna debe a Marcel Proust la novedad de este método de creación que basa todo el encanto de la representación mental de la realidad en "una especie de metamorfosis de las cosas representadas, análoga a aquella que en poesía se llama metáfora". Pero la originalidad de Virginia Woolf estriba en haber transformado en seres vivos los símbolos de su visión poética, tales como al fin de cuentas son Mrs. Dalloway. Mrs. Ramsay, Orlando o Bernardo de Las olas. Así, penetrando sus almas, pulsa imágenes, instantes, recuerdos, establece secretas relaciones entre las personas, las cosas, construye un mundo de correspondencias espirituales, hasta acercarse a una realidad superior, a un orden invisible dentro del cual ella misma se siente vivir. El uso, por tanto, de estas conexiones de la imaginación poética le permite alcanzar el plano de la trascendencia.
En su obra existen dos ámbitos literarios fusionados entre sí, el mundo de ficción de la prosa y el mundo metafórico de la poesía, es decir, un orden que representa objetivamente la realidad, con relación a hechos, situaciones y personas, y otro que la intuye subjetivamente, que la muestra como cosa vivida, por directa participación de una conciencia expansiva. Esta alternancia de representaciones cualitativamente distintas explica el motivo por el que sus personajes se muestren más que a través de lo que hacen o les sucede, por lo que sienten interiormente. En sus novelas no hay, por tanto, un solo punto de vista exterior, desde el cual sean observados sus personajes. Erich Auerbach que ha estudiado en su libro Mimesis esta peculiaridad de Virginia Woolf, señala la ausencia de una entidad narrativa única: "Casi todo lo que se dice figura como reflejo en la conciencia de los personajes". Sin embargo, ésta "representación pluripersonal" de la realidad, no altera la unidad dramática de su obra que casi siempre se resuelve en esa dimensión mística que prevalece en el ánimo de la propia autora.
Porque lo que en verdad ella persigue es integrar una visión absoluta de la vida con los reflejos multánimes de otras conciencias particulares, vale decir, llegar a la totalidad de lo real por acumulación de todos los datos posibles. De este modo, al reflejar ya en un plano de trascendencia las ondas del tiempo, ella como novelista no hace otra cosa que expandir la presencia poética, subjetiva, de sus seres imaginarios, fijando en una reverberación de imágenes espiritualizadas la presencia de lo único que desea rendir: una visión de la eternidad.
Ella, al reducir a pura sensibilidad la conciencia intelectiva de lo infinito, ha logrado hacer del arte de la novela un medio de captación de la vida como esencia. Ha reducido simbólicamente, esto es, místicamente, las apariencias del ser total al modo poético de ser de cada personaje, logrando, por una relación de causa y efecto, una perfecta identificación entre su acto creador y el sentido que los hechos asumen en el seno de la realidad, tal como si ese acto creador fuera para ella el sentido mismo de su vida. Y esta propiedad de su talento le ha permitido a su vez examinar las costumbres de su país, con un elevado sentido crítico que no hace a las exterioridades pintorescas, sino a la evolución de la sensibilidad inglesa. Así se explica que E. M. Forster haya podido decir, a propósito de su novela póstuma Between the acts, que en ella "nos está revelando Inglaterra", "nos ofrece Inglaterra en fragmentos y destellos, por medio de una alegoría rural"..
Visto el problema desde un plano histórico-literario, Virginia Woolf aparece consumando un proceso muy típico de las letras inglesas que, desde Fielding hasta Joyce, aspiraba a reunir en un solo género los elementos de la crítica social de la tradicional ficción en prosa, con el elevado sentido dramático de la imaginación poética. Su arte novelístico, identificado de esta suerte con ese principio de "crítica de la vida" que Matthew Arnold valoraba como la especie más alta de la poesía, reconoce no sólo la influencia de Shakespeare o Keats, sino también la de Dickens, de quien parece haber recogido la idea de que la vida, en última instancia, no es otra cosa que la realización de las grandes ambiciones, ilusiones e intereses de los hombres.
Virginia Woolf, compenetrándose pues con la voluntad poética de vida que alienta en cada ser, ha hecho posible para la novela un nuevo tipo de seres que pese a su poetización son eminentemente reales, como Mrs. Ramsay o Mrs. Dalloway, en quienes la vida alcanza una milagrosa afirmación por la fuerza intuitiva que las genera y las generaliza como símbolos de esa poesía que la vida adquiere en sus momentos de máxima intensidad receptiva. Un clima de fervor preserva a estas figuras del roce descarnado con la realidad material. Una natural dulzura impide también que los acontecimientos lleguen al punto del horror o la desesperación. Todo aparece sublimado por la serenidad de una mágica transparencia.
Los hechos, las situaciones, el paisaje incluso, sufren en sus novelas el mismo proceso de poetización. Momentos y recuerdos se entretejen en el rendimiento infinito de la mente que crea la ligazón vivaz del pasado y el presente, esa simultaneidad de actos en que todo parece irradiar su contenido trascendente. La captación viva de los seres en los mismos instantes en que los hechos ocurren, la plenitud de las actitudes humanas comprendida en relación a lo ya vivido, a lo ya experimentado, que crea un tan sutil ambiente de refinamiento como si un dolor agraciado hubiese operado en la bondad de los seres, le otorgan a esta novelista un don especial para interiorizarse en los fines últimos de la vida, para pulsar la dimensión del futuro y entrar en él tras la persecución del éxito, de la dicha cumplida o inalcanzable o bien de la muerte que en el personaje se prolonga como una vibración de su ser anterior. Esta futuridad es para Virginia Woolf la manifestación de la esencia misma del ser, de ese ser infinito que se rinde en todo acto como pura posibilidad y que, al parecer, la realidad material, conclusa y cerrada, elude constantemente, es decir, "la cosa en sí, antes de que se convierta en algo". Es en relación a esta cualidad inaprehensible del futuro que Virginia Woolf ha llegado a trascender los límites de lo temporal hasta rozar, incluso con su persona viva, ese mundo intangible de la eternidad que "no se ve y que se extiende a lo lejos", y que conserva algo de nosotros mismos, algo que como se dice en Al faro "podría sobrevivir y recuperarse de algún modo".
Por medio de esta intuición ha logrado sortear la dimensión huidiza e inasible del presente, al punto de situarse frente a la vida de sus personajes como si se apoyara en el umbral de la eternidad, donde el tiempo, ya despojado de su instante insalvable, viene a remansarse en la plenitud del pensamiento y del éxtasis creador. A lo largo de las páginas de Al faro, la pintora Lily Briscoe persigue una gran revelación. Lo mismo que ella, muchos de los personajes de Virginia Woolf son llevados a idénticos estados de integración mística. Casi diríase que es la tendencia espiritual de todos ellos. En tal sentido, transpuestos al umbral de percepciones intemporales, ellos experimentan el momento de la trasmutación simbólica del tiempo, que de suceso vivido se convierte en recuerdo. La vida asume de esta manera la medida de la eternidad. Allí quedan retenidos para siempre la luz, el temblor de las hojas, el brillo centelleante de las primeras estrellas. Son visiones que evidencian la secreta finalidad de toda cosa: realizarse infinitivamente.
Esta vinculación de la vida con la eternidad por medio de la transformación mental de los objetos en realidades infinitas, permite que el lector participe en sus novelas de los procesos de la creación artística. En Al faro, Lily Briscoe quiere representarse el poder de la vida que ella ha sentido irradiarse de la persona de Mrs. Ramsay, y siente de pronto que ese rumor de agitación semejante al de una colmena, que la había estado envolviendo durante varios días como la imagen circundante y representativa de la humanidad, va adquiriendo a sus ojos "una forma augusta: la forma de una cúpula".
"Así es como en medio del caos -dice Virginia Woolf- se produce la forma: ese eterno transcurso y fluencia se convierte en estabilidad". Igual proceso de trasmutación simbólica se opera en La señora Dalloway. En esta novela el pensamiento ya configura la función misma de la realidad. Todo está generado por la irradiación del ánimo candoroso y nostálgico de la protagonista. En torno suyo se recrean los seres, se revierten las cosas presentes y pasadas y todo gira a su alrededor como asistiendo a su presencia milagrosa, que hace del día de Mrs. Dalloway un día eterno de Londres. Su persona va adquiriendo así una intensidad dramática en la medida en que su vida, generalizada o impersonalizada por el pensamiento poético que de ella trasciende, vuelve a ser restituida al mundo de los seres efímeros, no por los seres ausentes que están implícitos en su vida, sino por esa contrafigura trágica que es John Septimus Smith, cuya agonía apenas si habrá de contar en el mundillo que enmarca la agraciada decadencia física de Mrs. Dalloway, no obstante estar inmersa (universalmente) en el devenir de su propia existencia. Estas dos figuras están concebidas dramáticamente y si bien entre ellas no se produce un contacto directo, su relación está dada dentro de una comprensión total de la realidad: son valores simbólicos de un pensamiento que los concibe antagónicamente, como formas memorables y constantes del drama humano. Lo que en uno es deleite, en el otro es derelicción. Pero ellos son igualmente formas en que se exteriorizan fuerzas operantes y estables de la vida.
Todo lo que el pensamiento crea es en Virginia Woolf presencia persistente e infinita de la realidad misma. Así el recuerdo que se perpetúa y se fija como entidad inmutable. Una descripción de esta trasmutación de lo vivido en recuerdo, se da en Al faro. Mrs. Ramsay se retira, en medio de la complacencia general de sus invitados, a través de quienes ella percibe su propia existencia; va a trasponer la puerta que su huésped Augustus Carmichael le tiene abierta. "Era necesario dar un paso más. En el umbral de la puerta se detuvo; se estaba desvaneciendo, en esos instantes, lo que ella miraba, una escena; y al proseguir su camino cogió el brazo de Minta, y al dejar la habitación, la escena se convirtió -y ella se dio cuenta con su última mirada por encima del hombro- en pasado".
Como puede verse, la constante de la imaginación de Virginia Woolf estriba en la recuperación de la vida como algo vivido, en la trasposición de la acción dramática a un plano de experiencia intelectiva. Lo que en ella podría llamarse "el espectáculo de la vida" se da en un orden abstracto donde el pensamiento, obrando ya como una entidad sensible, viene a componer una imagen espiritual de la vida temporal, lo que favorece el encuentro con esa Realidad que ella misma apetece. Y todo esto basado en su modo particular de sentir.
De ningún otro novelista se puede hablar de una mayor preponderancia de la subjetividad como de Virginia Woolf. Su creación novelística es una suerte de trasmigración expansiva por los seres y las cosas, una vivificación de su alma a través de lo múltiple y lo multánime. Se trata, pues, de un novelista puro, de un novelista sin novela propiamente dicha, que experimenta, antes que la acción o las vicisitudes de sus personajes, la posibilidad de ser que tiene cada uno. Esta posibilidad no es otra que la que tiene ella misma para proyectarse o vivificarse a través del orden constante de lo infinito. En tal estado de proyección, el paisaje llega a jugar un rol de elemento psicológico, configura un objeto estable del alma, frente a todo proceso transitorio. Bernardo, en Las Olas, dice: "Solamente el árbol resistía nuestro ir y venir. Pues yo cambiaba incesantemente: ya era Shelley, ya Hamlet, ya el héroe, cuyo nombre he olvidado, de una novela de Dostoievsky".
Reflexionando uno acerca de estos personajes tan sensibles y dotados de tanta capacidad trasmutativa, como el propio Orlando cambiando a lo largo de los siglos, o Mrs. Ramsay viviendo después de muerta en el espíritu de Lily Briscoe, o John Septimus Smith que en medio del día de cumpleaños de Mrs. Dalloway encarna, como una premonición, la seducción alucinante de la locura y la muerte (o el suicidio), no se puede menos que advertir cómo ellos reflejan o encarnan la dimensión anímica de la autora, sus propias vivencias y aprensiones. Son como las prolongaciones vibrantes de su ser más íntimo y profundo.
Esta preponderancia de su sensibilidad ha motivado una suerte de creaciones literarias surgidas de circunstancias impremeditadas. Rosamond Lehman cuenta que la propia Virginia le confesó un día que lo que dio origen en su imaginación a Las olas, "fue una especie de visión de 'un pez dando vueltas en un desaguadero' (y estas mismas palabras aparecen hacia la mitad del libro) y que el ritmo de su lenguaje, tan notable y en realidad tan poco característico en ella por su continuidad procesional, surgió observando cómo entraban y salían los insectos de la oscuridad hacia la luz de la terraza donde ella estaba sentada". Ahora bien, es evidente que esta relación entre una experiencia directa con la realidad y la expresión creadora, teniendo como base la pura sensibilidad subjetiva, se asemeja mucho más, por sus métodos asociativos, a la poesía que a la función objetivadora de la novela. Sin embargo, conviene advertir que lo que Virginia Woolf intentaba al adoptar este método de creación, era captar, más allá de la naturaleza agónica de su propio ser y de la de sus personajes, ese elemento estable y a la vez infinito de la existencia total. Ella trató de aprehender, en el ámbito de su imaginación, la esencia de la vida, al tiempo que realizar la máxima expansión de su yo.
Al reducir, como hace en Al faro, la complejidad de la vida a un rumor de abejas, "imposible ya de ser expresado en la novela", como se le reprochó alguna vez, violentaba en verdad los límites en que normalmente se realiza el genero. Lo proyectaba a ámbitos distintos. Por eso se le ha objetado que su visión carece justamente de una presencia de la vida. Pero, como ha dicho David Daiches, en su libro Virginia Woolf, esta apariencia no proviene de una limitación de su arte, sino de "una ilimitada ambición: destilar la vida a partir de una esencia".


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