b
 

Pascal Quignard

La Editorial argentina El Cuenco de Plata, se caracateriza por un catálogo exquisito. No sólo ha editado autores clásicos como Henry James, David Hume, D.H.Lawrence, Pasolini, entre muchos otros, sino que ha puesto el prestigio en autores que nunca habían entrado a nuestro país. Pascal Quignard es un ejemplo de ello. Hemos sido testigos de libros cuyas traducciones, aún siendo importantes, resultaron espantosas.
Betina Keizman y Margarita Martínez, hicieron con "Albucius" y con "La Barca Silenciosa", un trabajo extraordinario.
Dice Kaizman en el prólogo de Albucius: "Toda traducción es un desafío al lenguaje y a la música del idioma. Pero algunas veces, esta afirmación casi banal adquiere un cariz imposible. En esa cantera en formación que era la lengua latina en los albores del imperio, Albucius fue llamado el "inquietador" de la lengua porque se consagró (siempre según Quignard) a la búsqueda de la zona de encantamiento en que el lenguaje y detalles descubren el fuego sagrado de la narración...". Sumamos Retórica Especulativa y El odio a la música. En agosto del 2013, sumamos Los Desarzonados. En el 2014 Las sombras errantes, y en el 2015, Morir por pensar. Las últimas tres, son traducciones del poeta Silvio Mattoni; inmejorables.
El Cuenco promete seguir editando a este orfebre del lenguaje, en la misma calidad de edición y de traducción. Iremos incorporandolo cuando eso sea .

 

El odio a la música - Pascal Quignard
Morir por pensar
de Pascal Quignard

224 págs
(El Cuenco del Plata)
2015

Traducción:
Silvio Mattoni

Morir por pensar
¿Por qué Morir por pensar? ¿Por qué Último reino, como denomina Pascal Quignard (Francia, 1948) a la summa literaria que ha desplegado en tantos libros, del cual éste es el noveno episodio? No habría que leer "morir por pensar" como una consecuencia ni tampoco como una causa: inmolarse en o por el pensamiento. Hay un exceso de determinismo, un énfasis en la traducción del francés mourir de penser (de ese por a cambio de un de), que podrían anticipar una lectura poco sutil que el texto rechaza. Porque lo que hay en ese por es apenas una cuerda frágil y necesaria; un puente colgante entre el pensamiento y la muerte.
En toda la serie Último reino, Quignard encuentra una sacralidad pagana y una herencia, a la vez vasta y antigua, donde se pueden distribuir las diferentes rémoras de su escritura. En este volumen, esa aldea dentro del reino es el pensamiento: "El movimiento de pensar es un desarreglo que comienza con el padecimiento del alma y donde el reacomodamiento que súbitamente lo cierra se torna euforia". La expresión "movimiento de pensar" no es un giro; para Pascal Quignard el pensamiento, pensar, es un movimiento. Una operación, un salto -al fin poético- donde confluyen el desapego y la audacia.
Hay una escena que parece inspirar el libro además de ser su mejor imagen: el rey de los frisios, Rachord, en el año 700 elige convertirse al cristianismo. Para eso debe bautizarse. Pero cuando ya está desnudo y con un pie en la fuente bautismal, pregunta al sacerdote: "Pero, ¿dónde están los míos?" (los míos son los mayores, sus muertos). De golpe, Rachord se arrepiente, retrocede: "Es más santo seguir a la mayoría que a la minoría". Sin embargo, nadie lo sigue y muere al cuarto día, con la boca negra. Ésa es la fábula que Quignard perseguirá a lo largo del libro. Sin moraleja, pero con una fuerte intuición: "La experiencia individual, el otium, la búsqueda intrépida, el arte, el estudio, el éxtasis, todo lo que aparta de la familia, todo lo que emancipa del grupo, todo lo que libera de la lengua hablada, está maldito". De un lado, la muerte; del otro, el nacimiento: tal es el arco reflexivo que para Quignard debe tensar el pensamiento.
"El nacimiento extrauterino de los vivíparos predetermina el pensamiento", anota. Como cualquier escritor, el francés adora sus fetiches. Y no sin ligero impulso moderno, darwiniano y freudiano, pretende encontrar en la matriz orgánica una sugestión del lenguaje. Pero Quignard debe menos a la tradición racionalista gala que a los presocráticos, a Nietzsche, a Georges Bataille, incluso a los poetas beatnik.
Ya sea recurriendo a la historia de las ideas, a la filología o al profuso anecdotario filosófico (de Platón a Tomás de Aquino, de Apuleyo a Descartes), Quignard fija su rumbo en el pensamiento como destino. "Prefiero no pensar y pertenecer", había dicho el rey Rachord, mientras sacaba el pie del agua novedosa e incierta. El autor concluye: "La moral es aquello que procura complacer a los difuntos". ¿Pero cuál es el lugar de los vivos, qué lugar les queda si no el refugio helado del pensamiento? En tiempos donde la palabra y la figura de pensador con suerte se asocian a Stephen Hawking si no a algún itinerante gurú del marketing, Quignard le devuelve su embrujo, su oscura tradición; el pensador debe travestirse de mendigo, de loco, de sabio. Nunca de poderoso. El poder nubla, embrutece. El pensamiento debe huir sin miedo de cualquier mecenazgo. Nadie dice que sea fácil. "De modo que aquel que piensa está en el paraíso. De eso no hay duda alguna. Pero en el paraíso está completamente solo, desnudo, sin muertos, temblando, con los dos pies mojados". Habría que disponer un estante de la biblioteca para todo el Último reino de Pascal Quignard y dejarlo cerca de Swedenborg, De Quincey, de Robert Graves y, sobre todo, de las no agotadas proyecciones de Giorgio Agamben o Jacques Derrida. Hojear y paladear cada tanto alguno de sus trances. Y al escoger Morir por pensar recordar que el pensamiento, como la belleza de un verso, conserva la transitoria libertad de lo efímero.
Edgardo Scott


Las sombras errantes - Pascal Quignard
Las sombras errantes
de Pascal Quignard

176 págs
(El Cuenco del Plata)
2014

Traducción:
Silvio Mattoni

Las sombras errantes
Contra la moda perezosa de la novela corta, Pascal Quignard (Verneuil-sur-Avre, 1948) sigue empecinado en embarcarse en proyectos fragmentarios de largo aliento. En la década del 1980 fueron los ocho tomos de losPetits traités y desde hace ya doce años, son los volúmenes de Último reino , un plan literario -y de vida- sin miras de extinguirse. En Las sombras errantes , el primero de esta serie, que El Cuenco de Plata publicará completa en castellano, coinciden apuntes autobiográficos, especulaciones filosóficas, pesquisas históricas, leyendas y cuentos atiborrados de nombres propios: Lao-tsé, Clovis, Zenchiku, las hermanas Brontë, Michelet, Wittgenstein, Plutarco, Luis XIV, Julio César, Mallarmé. Una visión laica del mundo en la que los pensamientos conviven libres y desordenados. Se trata, según Quignard, de "un libro verdaderamente omnívoro, que no deja nada de lado y recoge todo aquello que ha caído".
Quignard mezcla para ver qué sucede y, como en los actos fallidos, sucede lo inesperado. Las sombras errantes son los sueños, la posibilidad de soñar lo que falta o se ha perdido, el terror, lo sórdido, las latencias sexuales, la vida intrauterina, el instinto de supervivencia, y constituyen una realidad paralela que preexiste, escolta y determina al hombre: "Somos los rastros de una anterioridad invisible". Y esa anterioridad teñida de lo oscuro, lo opaco y a veces lo negro es considerada por Quignard parte de lo bello. Un ideal, este último, muy en sintonía con la estética japonesa finamente decodificada por Tanizaki en Elogio de la sombra.
Al igual que Albucius, ignoto orador latino del siglo I a. de C. y el protagonista de una de sus novelas, Quignard busca "pensamientos que tiemblen", y para dar con ellos elige quedarse callado. De todas las formas de la conversación, prefiere la de la lectura porque es la única que se puede interrumpir de plano y en cualquier momento. El hombre que le interesa al autor de El odio a la música no es el animal parlante que define el diccionario. El lenguaje que hablamos es aquello a lo que le escapa y no lo que busca transmitir en sus escritos. Esta actitud jansenista frente a la retórica, este rechazo de la lengua de corte, es una de las tantas características que hacen de él un single , como amigablemente lo apodaba Philippe Sollers cuando eran compañeros de oficina en Gallimard.
Más radical que Sollers en la apreciación de su persona, el autor de Los desarzonados se define como un "antisocial profundo", porque entiende que únicamente estando solo se puede pensar algo verdaderamente nuevo.Tanto es así que, para que su espíritu no corra el riesgo de volverse domesticable, prefiere prescindir de todo dios. Este costado individualista y desconfiado de Quignard es coherente con su aversión hacia la vigilancia y la opresión que para él representa el modelo capitalista norteamericano. Los blancos de ataque del autor de La barca silenciosa pueden ser bastante amplios y abstractos, como al advertir o maldecir del siguiente modo: "Nadie salta por encima de su sombra. Nadie salta por encima de su origen. Nadie salta por encima de la vulva de su madre". Aunque también sabe ser estricto, como cuando critica a los padres puritanos que desembarcaron en la bahía de Massachusetts por su falta de libertad de conciencia; o, más acá, la impronta mercantil de la Feria del Libro de Fráncfort: "Vasta feria donde sólo los cheques son leídos. Es la fiesta de los intermediarios. Mientras los animales chillan en el matadero, los criadores cuentan monedas de sangre. Somos el sector primario? Somos las vacas".
Por su idéntica y pretenciosa voluntad de ponerse de relieve a sí mismo y de hacer tabula rasa con todo lo anterior, el arte moderno y el vandalismo son para Quignard una misma cosa y algo de lo que prefiere mantenerse alejado. Para él la renovación solo puede darse haciendo pie en lo antiguo. Por eso vuelve a bucear en las etimologías, por eso regresa al latín -un volcán, según él, jamás apagado- para pensar el verbo desde el principio. Y así darse el gusto de confrontar el original con su traducción y ver qué secreto se revela o permanece oculto entre esos minúsculos abismos que separan un idioma de otro.
Cuando alguien aborda un libro de este narrador francés no sabe bien hacia dónde va, pero lo que es probable es que salga perturbado. Quignard, como un místico, asume el riego de soñar despierto. Y hay algo narcisista en ese trance, en esa insaciable carrera interior contra la ignorancia, porque su lector ideal parecería ser siempre él mismo. Sin embargo, en esa seriedad con que asume la búsqueda del propio grial, en ese compromiso honesto con el saber, empuja también al lector a ese peregrinar ríspido a través de un susurro que muchas veces puede resultar despótico y otras tantas parecerse a una melodía.
De niño, cuando tocaba el órgano en casamientos y entierros, Quignard aprendió que la música acompaña los momentos fuertes de la vida y es natural que no reniegue de ella en sus escritos. Las sombras errantes es un título que toma prestado de una partitura para clavecín compuesta por François Couperin en el siglo XVII. Pero la música de Quignard va más allá de esta anécdota y se adivina en la entonación la respiración de la frase, el ritmo audible de la prosa. Una prosa sin más adornos que la sonoridad de ciertos nombres propios y el latín, ese idioma tan próximo al silbido de los pájaros, como alguna vez supo sugerir Chrétien de Troyes.
Débora Vázquez

El odio a la música - Pascal Quignard
Los desarzonados
de Pascal Quignard

288 págs
(El Cuenco del Plata)
2013

Traducción:
Silvio Mattoni

Los desarzonados
En Los desarzonados, el escritor, poeta y ensayista francés Pascal Quignard retorna -de una y mil formas, al arbitrio de una y mil derivas- sobre la vida secreta de quienes alguna vez han dicho no y encontraron en ese acto un lugar donde sobrevivir descartando el destierro y la servidumbre.
El libro, publicado por El Cuenco de Plata, lejos de ser un catálogo de iluminaciones o epifanías, se propone enumerar estrategias irrepetibles (que nunca serán estrategias) bajo la excusa de una investigación sobre la singularidad.
Quignard nació en 1948 en Verneul-sur-Avre (Francia), en una familia de músicos; estudió Filosofía en Nanterre, y se interesó por el latín, el griego, el budismo, la geología y la edición; amigo íntimo de Jean Echenoz, se sometió a un psicoanálisis para sortear un autismo, antes de abandonar su puesto de lector en Gallimard y dedicarse sólo a la literatura.
Publicó, entre otros libros, El libro, Albucius, Las escaleras de Chambord, La lección de música,Todas las mañanas del mundo, El sexo y el espanto, Terraza en Roma,Vida secreta, El odio a la música, Las sombras errantes, Villa Amalia yRetórica especulativa. Los desarzonados explora sacrificios, encierros, retiros, deficiencias, potencias nunca en potencial sino en acto, en el acto performativo de Bartleby, en ese no que si no se dice costará más caro que la vida porque es un saber que nace deformado como cualquier sujeto que pasa del líquido amniótico a la burbuja del mundo.
Quignard no esconde lo que algunos llaman misantropía y otros soledad. Quignard sabe que hay que elegir estar solo para saber de la soledad, y que la soledad es un riesgo en el plexo sin derecho a devolución o es un don sin reciprocidad porque como los elefantes, los solitarios van a morir de paz.
Sigmund Freud decide inyectarse morfina para partir. Robert Antelme retorna de Buchenwald y se transforma en activista sin partido. Los Monjes desnudos japoneses que organizan la larga marcha entre Auschwitz e Hiroshima, la bautizan Desconfianza. Blanqui es encerrado durante 35 años, Sade, 30.
Desconfianza del poder, del vigilante, de los perros. “¿Qué es el poder? La posibilidad que tiene una sociedad o un estado, en cualquier momento, de expulsar a un individuo de sus fronteras declarándolo no humano, no nacional, no subjetivo, arrancándole su rostro así como su biografía, lanzándolo a la muerte o al vacío”. Es lo que Lévi-Strauss confirma entre las tribus del Amazonas, cuando la ayahuasca no se tomaba con prospecto y a cuentagotas. Pablo Chacón

El odio a la música - Pascal Quignard
El odio a la música
de Pascal Quignard

192 págs
(El Cuenco del Plata)
2012

Traducción:
Margarita Martínez

El odio a la música
"Desde eso que los historiadores llaman 'Segunda Guerra Mundial', desde los campos de exterminio del Tercer Reich, ingresamos en un tiempo donde las secuencias melódicas exasperan. En todo el ámbito terrestre, y por primera vez desde la invención de los instrumentos, el uso de la música se ha vuelto coercitivo y repugnante. Amplificada hasta el infinito por la invención de la electricidad y la multiplicación de su tecnología, se volvió incesante, agrediendo noche y día en las calles comerciales de las ciudades, las galerías, los pasajes, los supermercados, las librerías, los cajeros donde se retira dinero, hasta en las piscinas, hasta a orillas del mar, en los departamentos privados, en los restaurantes, en los taxis, en el subte, en los aeropuertos. Incluso en los campos de la muerte.

La música es la única entre todas las artes que colaboró en el exterminio de los judíos organizado por los alemanes entre 1933 y 1945. La única solicitada como tal por la administración de los Konzentrationlager. Hay que subrayar, en detrimento suyo, que es la única que pudo avenirse con la organización de los campos, del hambre, de la miseria, del trabajo, del dolor, de la humillación y de la muerte. La expresión Odio a la música quiere expresar hasta qué punto la música puede volverse odiosa para quien la ha amado por sobre todas las cosas.”

Se incluyen los siguientes “Pequeños tratados”: Las lágrimas de San Pedro – Sucede que las orejas no tienen párpados – Sobre mi muerte – De los vínculos entre el sonido y la noche – El canto de las Sirenas – Luis XI y los cerdos músicos  – El odio a la música – Res, Eochaid, Eckhart – Desencantar – Del fin de las relaciones.

Retórica Especulativa - Pascal Quignard
Retórica Especulativa
de Pascal Quignard

144 págs
(El Cuenco del Plata)
2006

Traducción:
Silvio Mattoni

Retórica Especulativa
A pesar de que el título parece asignarle un carácter técnico o académico al contenido, el libro de Pascal Quignard propone un viaje por la tradición letrada antifilosófica que desde el surgimiento de la filosofía recorre toda la historia occidental. Esa tradición ha recibido el nombre, precisamente, de retórica especulativa, y es rescatada por el novelista, ensayista y filósofo francés en un escrito que combina reconstrucción y reflexión histórica con ficción y análisis textual. En el origen de la retórica especulativa se encuentra Cornelius Fronto, quien bajo el reinado de Antonino, en Roma, se convirtió en cónsul en el año 143 y fue también preceptor del joven Marcus (el cual cuando llegó al poder tomaría el nombre de Marco Aurelio). Quignard refiere que si bien Fronto confesó haber heredado su pensamiento de Athenodotus, quien a su vez lo había heredado de Musonius, es en sus páginas donde por primera vez se lee una declaración de guerra contra la filosofía. En un período en el que todas las ciudades del mediterráneo sienten la expansión de la metafísica de los griegos, los textos del romano representan una actitud antigua, siempre marginal y perseguida, que se expresa en una dura oposición a las aporías de aquella corriente (como también después a la teología de los cristianos y a los nihilismos modernos) y ofrece una alternativa a la clase letrada del imperio. Un aspecto central de este ensayo, que conduce a diversos puertos y esgrime una reflexión integral sobre la cultura occidental, es que el autor, siguiendo la voz rectora de Fronto, postula una literatura que en su momento se opuso a la filosofía planteando, entre otras cosas, que si lo literario es cada palabra, es imprescindible estudiar las imágenes. Fronto sostenía que había que remontarse más que a la filosofía a su fuente, y siempre le recordaba a Marco Aurelio sobre la necesidad de investigar las imágenes para que pudiese penetrar no sólo en el poder sino en la potencia del decir. “El poder es lenguaje. Tu lenguaje es poder. Como emperador de la Tierra, es preciso que seas emperador del lenguaje, que es el amo de la Tierra. Es el lenguaje en ti y no el poder quien expide sin descanso cartas a toda la superficie de la tierra, es él quien llama a comparecer a los reyes de otros pueblos, quien le dicta leyes, quien reprime la sedición, quien atemoriza su audacia”. Su objetivo era convertirlo en el primer emperador que hiciera uso del lenguaje, con todos sus matices, gracias a ese saber adquirido en el proceso de indagar el color de cada una de las palabras, los ritmos de las frases, la fuerza de un tropo, la belleza de un estilo y el horror de determinadas imágenes. En este viaje por la retórica especulativa, de la cual son herederos otros pensadores y escritores antiguos, modernos y contemporáneos, Quignard propone una fragmentaria, fascinante y provocadora intervención teórica y literaria sobre el lenguaje, la escritura y la especie humana y sus instituciones. Así como también una Poética, una especulación personal y autobiográfica sobre el lenguaje y la escritura.
Por Gustavo Pablos

La Barca silenciosa = Pascal Quignard
La barca silenciosa
de Pascal Quignard

224 págs
(El Cuenco del Plata)
2010

Traducción:
Margarita Martínez

La barca silenciosa
Hay estilos literarios que, más allá de la biografía de los escritores, parecen responder, a veces, a un estado de ánimo; a veces, a ciertas patologías. Están las prosas condescendientes y demasiado optimistas que suelen ocupar los estantes de las novedades rutilantes; las prosas inestables y ciclotímicas de las personalidades bipolares, y están también las prosas afónicas que revuelven con su incontinencia el barro sagrado de lo prohibido para engendrar con su aura los agujeros negros de eso que, a falta de un nombre mejor, podríamos llamar literatura maldita. O buena literatura. La escritura de Pascal Quignard, uno de esos escritores franceses aislados, singulares, únicos y muy incómodos que, paradójicamente, son mayoría en Francia, tiene la rara virtud de ahogarse en su propia expresividad, lo cual no puede dejar de relacionarse con el período de autismo que pasó a los 18 meses, en el año 1949, y luego en su adolescencia. Un silencio cargado y extravagante como el la mudez de El grito de Edvard Münch. Además de violoncellista, fundador del Festival de Opera y Teatro Barroco de Versailles, y estudiante de filosofía y letras clásicas que se nutrió con las lecciones de Lyotard, Levinas y Ricoeur, Pascal Quignard integró en 1976 el comité de lectura de la prestigiosa editorial Gallimard. En cuanto a su literatura, recibe el Premio de la Crítica en 1980 con su novela Carus, pero antes escribe El lector, un relato impactante y perfecto que seguía la herencia de Maurice Blanchot. Pero antes de su consagración, toma una decisión fundamental en su carrera: en el año 1994 abandona todas sus actividades –incluso su estable trabajo editorial– para dedicarse de lleno a la literatura. En el año 2002 cae de maduro el fruto y gana el Premio Goncourt, el más importante en las letras francesas, gracias a su novela Las sombras errantes. La barca silenciosa. Pascal Quignard El cuenco de plata 218 páginas La barca silenciosa, el libro que nos ocupa, es el sexto volumen de la saga Dernier royaume, cuya primera entrega es, de hecho, Las sombras errantes. Se trata de una serie de libros que atraviesa todos los géneros literarios con el único hilo conductor de condensar las obsesiones del autor por las letras clásicas, la etimología, la fragmentación y esa prosa autista a la que hacíamos referencia. El título proviene de la extraña etimología que el autor descubrió de la palabra corbillard (coche fúnebre): “Un vehículo acuático que, a principios del siglo XVII, transportaba niños de pecho a París mediante la ayuda de un solo hombre al que se llamaba ‘transportador de bebés’”. Si tenemos en cuenta algunas de las numerosas estimologías que Quignard va desatando a lo largo de esta obra extraña, advertimos que este título puede tener, entonces, tres significados distintos pero estrechamente relacionados: la barca silenciosa, la barca infantil y la barca mítica. La razón es que tanto la palabra latina “infancia” como la palabra griega “mítico”, comparten la raíz en el silencio. Pascal Quignard arma en La barca silenciosa un cocktail de temas que incluye la literatura, el ateísmo, los puertos, la religión, los gatos y los perros, mezclando, confundiendo, clarificando pero a su vez generando ideas que, de tan originales, parecen evidentes: “Jesús ha descendido a los infiernos como el resto de los héroes. Pero, a diferencia de Hércules, Dioniso, Orfeo, Tiresias y Aquiles, nada se sabe de los infiernos de su boca. Es el único héroe que no tiene la fuerza o el coraje de contar a los vivos su visita entre los muertos”. Con un estilo que, en sus momentos más poéticos, hace acordar al Barthes de Fragmentos de un discurso amoroso (“tenemos necesidad de narraciones porque cada uno que nace fue un héroe completamente perdido”), el ingrediente de una erudición clásica a toda prueba (especialmente en lo que hace a la influencia que sobre la cultura francesa ejercieron griegos y romanos) y, sobre todo, esa curiosidad etimológica casi demencial –desde Brontë (tempestad) hasta Oxford (“vado de bueyes”)– Quignard es el típico escritor capaz de convertir el silencio en un susurro atronador.
Juan Pablo Bertazza

Albucius - Pascal Quignard
Albucius
de Pascal Quignard

160 págs
(El Cuenco del Plata)
2010

Traducción:
Betina Keizman

 

Albucius

Con un estilo austero y musical, apasionado y obsesivo, ensimismado y sensual, Quignard se erige de nuevo en un “reinventor” de autores antiguos desconocidos, en una especie de imaginador arqueológico, o un Marcel Schwob y sus Vidas imaginarias.

Caius Albucius Silus fue un autor latino que vivió hace dos mil años y del que no se conocen más que textos indirectos, de “segunda mano”, restituidos por otros autores –como el padre de Séneca– que lo admiraban. En un homenaje dirigido a “la belleza de las cosas sórdidas”, Quignard reconstruye 53 de estos diálogos o casos judiciales, que vienen a ser pequeñas novelas pre-Sade, todas ellas plagadas de violencia y sangre, de desorden, de abusos sexuales y de rebeliones contra la autoridad, ya sea ésta la del marido, la del padre, la de los amos o la del “pueblo soberano” que despeña sin piedad a sus vestales mancilladas.

Unas Mil y una Noches del mundo romano durante la dictadura de César, que se abren prodigiosamente sobre la vida cotidiana de entonces, con sus secretos, sus manías, sus temores, a los que Quignard añade e imagina “sus reumatismos y sus tristezas”.

Mercedes Monmany


 

 

 

Volver a pagina de inicio

 

 

Contacto: info@lamaquinadeltiempo.com

..............................................................................................................................................