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Vendrá
la muerte y tendrá tus ojos
Por
Esteban Nicotra
La realidad en la palabra
Escritores italianos del siglo XX y nuestros días.
Editorial Brujas, Córdoba, 2005
Reúne además escritos sobre Ungaretti, Gadda, Luzi, Gramsci,
Sciascia, Pasolini, Rossi, Cucchi y la novísima poesía
italiana.
"El
logro pavesiano que más cuenta es el de adquisición de
conciencia" (...) "partiendo de un estado de pasividad y anonimia
existencial, poder hacer que todo lo que vivimos sea necesario, autoconstrucción,
conciencia". Esto dice Italo Calvino en su ensayo sobre el poeta
en el libro Una pietra sopra (Punto y aparte)(1). El Pavese que
describe Calvino es el Pavese, racional, voluntarioso, que busca insertarse
en el tiempo de los otros, en la historia de su pueblo. Es el escritor
que encontramos en gran parte de su obra, pensamos en sus novelas, en
la poesía de Lavorare stanca (Trabajar cansa)(2), en su
tarea de traductor y editor infatigable... Pero nosotros buscamos al
otro Pavese, al poeta que se deja ganar por lo irracional, al hombre
absorto de sus últimos poemas: "También la noche
se te asemeja / la noche remota que llora / muda, en el corazón
profundo,/ y las estrellas pasan cansadas."
Pavese en estos poemas se dirige a un "tú"
(que puede ser la vida, la mujer, su destino) pero en realidad se está
nombrando a sí mismo. Este presunto diálogo (un soliloquio
en realidad) indica hasta qué punto era infranqueable su soledad,
su incomunicación. El descenso órfico en busca de la figura
de la amada, que se había iniciado años atrás,
con otros aparentes diálogos, en Dialoghi con Leucò (Diálogos
con Leucò), no es otra cosa que un viaje de conocimiento de su
propia alma.
Pavese fue "sensato", "sabio",
cuando en su primera poesía intentaba aferrar la realidad que
lo rodeaba, defendiéndose así de la angustia que desde
el fondo de su interioridad lo absorbía como un remolino. Pero,
¿no fue sabio también como poeta (y la excelencia , el
canto libre de sus últimos poemas de Verrà la morte e
avrà i tuoi occhi (Vendrá la muerte y tendrá tus
ojos)(3), ya nos sugiere una respuesta) al entregarse a aquella
amada, que era una sola cosa con la vida y la muerte, a aquellos ojos
de su mito, de su destino, que lo miraban desde la infancia? El mismo
se preguntaba en su diario el Mestiere di vivere (El oficio de vivir):
"¿Por qué esta alegría sorda y profunda, fundamental,
que nace en las venas y en la garganta del que ha decidido matarse?"(4).
Dice Franco Mollia en su libro (5) sobre Pavese:
"El deseo de expandir el propio Yo ha encontrado una barrera insuperable
en la realidad, que Pavese ha identificado con el destino, radicado
en una infancia existencial indeterminada y al mismo tiempo determinante.
El sentido freudiano del instinto, que se identifica después
de muchas búsquedas con el 'instinto de muerte', ha encerrado
en un círculo de determinismo férreo la existencia del
hombre, sugestionado por un anti-histórico primitivismo, del
que ha sentido el fascinante contraste con la vida histórica
del individuo, pero que no ha sabido distanciar en el tiempo existencial
para dominarlo, como hecho de conciencia, y por lo tanto de libertad".
"La noche sufre y anhela el alba / pobre corazón que
palpitas": el "alba" del poeta está en el
pasado, el presente es una repetición de hechos superficiales
que no tocan el meollo de su corazón ("El dolor y el
tumulto de los días / no trizan el lago"). Él
ama una realidad pasada, eterna, allá en algún momento
de su infancia, los otros, la mujer, el Otro, son sólo mensajeros
del "illo tempore", sólo mensajeros. Aquel "tiempo"
se identifica con el Absoluto, una idea de paz, contemplación,
de entrega total que sólo podrá recuperar con la muerte.
Un anhelo de dispersión sensorial, de destrucción de la
identidad, un abandono irracional al Absoluto. El poeta le escribe a
Davide Lajolo en una carta fechada dos días antes de su suicidio
en el hotel "Roma" de Turín: "Con la misma obstinación,
con la misma estoica voluntad de las Langhe, haré mi viaje al
reino de los muertos. Si quieres saber quién soy ahora, releé
"La belva" en los Dialoghi con Leucò (Diálogos
con Leucó): como siempre, yo ya había previsto todo cinco
años atrás"(6). Y ¿qué es la
"belva" (fiera) sino la muerte y la vida al mismo tiempo,
ese poder misterioso, irracional, que como Artemis a Endimión
en este diálogo, ha hipnotizado, poseído, también
al poeta y lo ha alejado de las cosas, de la rugosidad terrena y que
le hace decir a Endimión: "Pienso a veces que nosotros somos
como el viento que pasa impalpable. O como los sueños de quien
duerme"?
La "belva" es el Absoluto; dice Endimión
al Extranjero: "Compañero, ¿alguna vez has mirado
con espanto y con deseo el sexo de una loba, de una gacela, de una serpiente?".
"Tu dices, el sexo de una fiera viva" responde el Extranjero.
"Sí, pero no basta. ¿Has conocido alguna vez una
persona que fuera muchas cosas en una, las llevara consigo, que cada
gesto suyo, que cada pensamiento en que la rememoras recoge infinitas
cosas de tu tierra y de tu cielo, y palabras, recuerdos, días
idos de los que no sabrás nunca más, días futuros,
certezas, y otra tierra y otro cielo que no te ha sido dado poseer?"
dice Endimión y agrega: "Oh extranjero, ¿y si esta
persona es la fiera, la cosa salvaje, la naturaleza intocable, que no
tiene nombre? ".
Y ¿qué le pide a la diosa Endimión?: que sonría
otra vez. Y esta vez, "que sea sangre esparcida frente a ella,
que sea carne en la boca de su perro". Pero Artemis no dice nada,
sólo lo mira, lo deja solo con el recuerdo de las únicas
palabras que le ha dicho: "Tu no deberás despertarte nunca"(7).
"Sin embargo hay una historia de la felicidad de Pavese" dice
Calvino en el ensayo citado, "de una ardua felicidad en el corazón
de la tristeza, de una felicidad que nace con el mismo impulso de la
profundización del dolor". Al fin Pavese, en sus últimos
poemas, encuentra su voz, su voz más auténtica; ya no
son versos "mascullados" en la soledad que busca crearse una
compañía de colinas, viñas, campesinos, prostitutas,
son poemas que cantan, un cántico espiritual de su amor imposible,
no el poema que narra, sino el poema síntesis-simbólica
de la aceptación de su destino.
Las mañanas pasan claras
y desiertas. Así tus ojos
se abrían en un tiempo. La mañana
transcurría lenta, era un abismo
de inmóvil luz. Callaba.
Tú viva callabas; las cosas
vivían bajo tus ojos
(sin pena, sin fiebre, sin sombra)
igual a un mar por la mañana, claro.
Los ojos, siempre los ojos de diosa, amada, ojos-sexo,
ojos-muerte, omnipresentes en los últimos días del poeta.
"Cada vez que se invoca a un dios se conoce la muerte. Y se baja
al Hades a robar algo, a violar un destino. No se vence a la noche,
y se pierde la luz. Nos debatimos como obsesos" dice Orfeo en Dialoghi
con Leucò. Y también dice: "Me he buscado a mí
mismo. No se busca sino esto".
Hablábamos de una síntesis en los poemas
de Verrà la morte..., así como en su diario el
Mestiere di vivere, en sus últimos días el poeta
realiza una evaluación de su existencia, de su obra, en los poemas
observamos una reducción a las imágenes esenciales, obsesivas.
El paisaje ahora se funde con el sólo personaje de la mujer en
la interioridad del sujeto poético, en el último escenario
de su tragedia existencial, como en un proceso alquímico. "Dulce
fruto que vives / bajo este claro cielo, /que respiras y vives / esta,
nuestra estación, / en tu mudo silencio / está tu fuerza.
(...) pero tú, tu eres la tierra. / Raíz feroz. / Eres
la tierra que espera..."
Sabemos que el pretexto, la musa, de estos poemas fue la actriz norteamericana
Constance Dowling; decimos pretexto porque como el mismo poeta escribió
en su diario: "Es verdad, en ella no está sólo ella,
sino toda mi vida anterior". En todo caso el misterio, su obsesión
actualizada en aquella su última esperanza de un acuerdo con
la existencia. También ha escrito Pavese: "Siempre el misterio
es fuente de mi poesía, una inspiración, una perplejidad
conmovida frente a lo irracional-tierra desconocida".
Esta última frase puede ser una perfecta definición
del tono de sus últimos poemas, conmovido, absorto, ante esa
"tierra que espera" y a la que el poeta regresa, se entrega,
para restaurar una unidad perdida, para alcanzar la paz de concordar
con su destino. Destino, nos dirá Pavese, "es lo que es
mítico y tiene una existencia completa".
Así se cierra el periplo de su poesía,
desde aquellos versos "largos" por una "necesidad instintiva"
de Lavorare stanca, que voluntariosamente buscaban apresar realidad
para construirse un mundo, versos "objetivos" como los define
en su ensayo Il Mestiere di poeta, a los poemas últimos que él
prefiguró en su ensayo "A propósito de ciertas poesías
todavía no escritas", es decir una poesía que él
define "no naturalista sino simbólica". Pero no un
simbolismo abstracto, sino símbolos personales, síntesis
de las obsesiones de toda su obra, como hemos dicho anteriormente.
Gianni Grana, en un profundo ensayo sobre el escritor,
escribe: "Pavese profesaba una adversión declarada por el
arte puro, por el arte abstracto, por un arte cifrado e incomunicable.
Pero frente a uno de los motivos más queridos y más difundidos
de la cultura contemporánea, el 'sentido de lo irracional', no
asumía una actitud de rechazo, más aún, riconocía
su modernidad. (...) "Su defensa contra las insidias del irracionalismo
bajo su especie mística, trascendentalista, estetizante, y en
fin, decadente, se explicaba por el intento de historicizar lo irracional,
haciéndolo concordar con sus propias instancias humanísticas
y mítico- realistas" (8).
"Vendrá la muerte y tendrá
tus ojos", ¿qué son estos ojos sino los ojos de su
más grande esperanza? Los ojos que disolverán toda espera,
los ojos de la "belva". Podrían ser los ojos de la
amada, pero también son los ojos del vacío, de la nada.
En esos ojos, como en el espejo de cada día ante el que nos enfrentamos
cada mañana, podrá descifrar el enigma de la dolorosa
soledad de su existencia. Como Narciso en el espejo de agua, Pavese
sólo se verá a sí mismo, con los dientes apretados,
mudo. O será "sangre esparcida en frente" a su Absoluto
que no es otro que su pasión contenida por una existencia imaginada
con tal intensidad que se vuelve irrealizable; "carne en la boca
de su perro" ante su diosa, que no es otra que un amor desmesurado
por la "rugosidad" contemplada de la existencia. Absoluto
perdido en un pasado irrecuperable si no es por la momentánea
eternidad de la escritura. Una aspiración de intensidad que rompa
los mezquinos límites de nuestra individualidad separada, aliena,
absorta ante el mundo, fue la meta de su obra. Como lo querían
los románticos.
Si sus últimos poemas son una síntesis
obsesiva de las imágenes más íntimas de Pavese,
sus imágenes míticas, la síntesis de síntesis
es su tal vez más grande poema "Verrà la morte
e avrà i tuoi occhi". Allí está ese espejo
de aquellos ojos ante los que toda palabra es vana. Como dice el poeta:
"Callados bajaremos al vacío".
Vendrá
la muerte y tendrá tus ojos
Vendrá
la muerte y tendrá tus ojos,
esta muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche, insomne,
sorda, como un remordimiento
viejo o un vicio absurdo. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito apagado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas hacia ti
en el espejo. Oh ansiada esperanza
ese día, también nosotros,
sabremos que eres la vida y la nada.
Para
todos la muerte tiene una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como en el fondo del espejo
ver resurgir un rostro muerto,
como escuchar un labio mudo.
Callados bajaremos al vacío.
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Notas:
1-
Calvino, Italo, Una pietra sopra, Einaudi, Torino, 1980.
2-Pavese, Cesare, Lavorare stanca, Solaria, Firenze, 1936. (Edición
corregida y ampliada, Einaudi, Torino, 1943). Recordamos las traducciones
argentinas de Rodolfo Alonso y Horacio Armani de los poemas de este
libro.
3-Pavese, Cesare, Verrà la morte e avrà i tuoi
occhi, Einaudi, Torino, 1951.
4-Pavese, Cesare, Il mestiere di vivere, Einaudi, Torino, 1952.
5-Mollia, Franco, Cesare Pavese, Rebellato Editore, Padova, 1960.
6-Lajolo, Davide, Il"vizio assurdo", Il Saggiatore,
Milano, 1960.
7-Pavese, Cesare, Dialoghi con Leucò, Einaudi, Torino,
1947.
8-Grana, Gianni, "Cesare Pavese", en Novecento, v.VII,
Marzorati Editore, Milano, 1982.
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