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Réquiem
por un Teatro Incompleto
Por Dr Javier de Navascués
A Marechal comenzó a atraerle tardíamente el
mundo de las bambalinas. Tal vez sea ésta una de las razones para explicar
el relativo olvido en que se encuentra esta faceta de su producción, tapada
por su extraordinario aporte a la novelística argentina, así como por su destacado
lugar dentro de la generación de poetas martinfierristas.
Esta conversión de madurez al teatro se comprende
bien si pensamos en el previsible disgusto de Marechal ante el fracaso rotundo
de Adán Buenosayres. Antígona Vélez le vino a sacar la mala espina del fiasco de su primera y genial novela.
Ahora bien, también cabe pensar que este camino hacia el teatro le había sido
preparado desde antes. Si leemos bien Adán Buenosayres nos damos cuenta de que se trata de un texto plagado
de pequeñas representaciones teatrales: la sesión hipnótica en lo de Amundsen,
la tertulia en la glorieta de Ciro Rossini, los mimos de Samuel Tesler, las
comedias públicas y carnavalizadas del Infierno de Cacodelphia. En esta novela,
verdadera mina sin fondo, Marechal también construyó un gigantesco escenario
en el que sus personajes se movían acompasándose a un guión metafísico.
El teatro de Marechal, tal y como lo conocemos
en la actualidad, se compone de cuatro piezas largas, un sainete y fragmentos
de otras tres obras: El Mesías, Preludio
a "Gregoria Funes "y El superhombre. Ésta es la obra dramática
visible de Marechal y ésta es la que hemos editado y estudiado. No obstante,
es posible encontrar indicios, aquí y allá, de que Marechal llegó a componer
mucho más. Hay una obra invisible de Marechal.
¿Cuáles fueron esas obras? Rastreando la bibliografía
secundaria sobre Marechal, es posible encontrar algunas pistas concluyentes.
Veamos esos testimonios.
En 1961 Rafael Squirru da noticia de once piezas
teatrales que Marechal le confía haber escrito: El Mesías, El Superhombre, Un destino para Salomé, Alijerando, Mayo, el
seducido, Don Juan, La Parca (en colaboración con Elbia Rosbaco), Muerte y epitafio de Belona, Estudio en Cíclope,
El arquitecto del honor, Don Alas o la virtud.
Un año más tarde Carlos A. Velazco asegura lo
siguiente:
"El 11 de junio próximo, Marechal cumple
sesenta y dos años, que son, además, el aniversario de otros cuarenta de labor.
Su obra édita lo acredita, a juicio de los críticos, como uno de nuestros
mayores poetas. La inédita, sin embargo, y la aún no escrita, pero largamente
madurada a través de muchos años de estudio y meditación, sobrepasa todas
las posibilidades previsibles. Once obras de teatro, los siete días poéticos
del Heptamerón, la Didáctica por la Huella del Hermoso Primero y El Mesías (tragicomedia
sobre la Pasión) han de desconcertar a los críticos y antólogos".
Por lo que empezamos a ver, qué duda cabe de
que el futuro habría de "desconcertar a críticos y antólogos". Lo
cierto es que a Marechal le interesaba el destino de esas obras, porque él
mismo hace unas interesantes declaraciones a La Nación sobre el estreno de La
batalla de José Luna:
"Después de Antígona Vélez, estrenada en el 49 [sic], escribí entre el 50 y el
55 tres sainetes "a lo divino" en una época de pasión por el teatro.
La técnica y el ambiente de los sainetes eran criollos, pero procuré llenar
el conventillo y la murga hasta una identificación con el resto de la humanidad.
El primero de esos tres sainetes es La
batalla de José Luna".
De los otros dos sainetes no sabemos nada.
Años más tarde, el propio autor declara que desde
1955 había escrito varias obras, entre las que figura El Mesías, que hoy ha llegado hasta nosotros
muy incompleta:
"También escribí El Mesías, una tragicomedia sobre la Pasión de jesucristo ".
Esta obra, de cuyo título y fragmentos conocidos
cabe inferir una clave maestra del mundo marechaliano, debía de preocupar
grandemente a Marechal, porque las vuelve a mencionar en una breve entrevista
para Clarín. Probablemente El
Mesías tendría un ilustre precedente en Adán
Buenosayres, concebido como proyecto en 1930 y acabado en 1948. Marechal
era un escritor concienzudo y cuidadoso, de trabajo paciente y lleno de correcciones,
a pesar de los prolijos originales que dicen haber visto sus allegados en
múltiples ocasiones.
Pero regresemos a la serie de testimonios sobre
su obra invisible. En ese mismo año, 1968, recordémoslo, ya reconoce haber
trabajado antes en otras piezas que aún no había estrenado. Ese aún revela
que en 1968 Marechal tenía intención de darlas a la luz. Tal vez podría argüirse
que, desde ese momento y hasta el 26 de junio de 1970, fecha de su muerte,
pudo cambiar de opinión y destruir los originales. Pero es más lógico pensar
que debía de poner ilusión en la publicación de esas obras, porque no son
pocas las menciones que hasta ahora hemos ido repasando. La difícil salida
editorial que tienen las obras de teatro contemporáneo fue sin duda la causa
de esta postergación.
Con todo, las declaraciones de Marechal no paran
ahí. En marzo de 1970 la revista Atlántida reclamó a Marechal unas "Memorias" de su vida que acabaron siendo
publicadas poco después del fallecimiento del escritor. Allí repite, palabra
por palabra, lo que declaró en 1968:
"La seducción del teatro me llevó a escribir
una serie de obras aún no estrenadas
ni publicadas, con excepción de La batalla
de José Luna" [la cursiva es nuestra].
También pocos meses antes de su muerte, en diciembre
de 1969, aparece un “Preludio a Gregoria Funes" que viene a refrendar
la sospecha inicial: Marechal sí tenía en su taller otras muchas obras hoy
desconocidas, con excepción de La batalla
de José Luna y de Don Juan, que
apareció editado póstumamente en 1978, gracias a que el autor había repartido
copias de la obra entre algunos amigos.
Podría objetarse la posibilidad de que Marechal
hubiera destruido esas obras en sus últimos tres meses de vida. Aunque esto
no es imposible, resulta muy poco probable, porque no consta en ningún lugar
que Marechal renegara de su labor como dramaturgo. Más bien al contrario:
se sentía orgulloso de ella, tal y como se deduce de sus declaraciones. Por
lo demás, en aquellos años Marechal ya era un escritor maduro, seguro de sus
criterios como creador, no un principiante que abjura con el tiempo de sus
primeras publicaciones. Eso le había sucedido con Los aguiluchos de 1922, y nunca más le volvió a ocurrir. Recordemos
que lo mismo les pasó en su juventud a Borges (El idioma de los argentinos, El tamaño de mi esperanza, Inquisiciones, ahora todos publicados) y a Bioy Casares, hasta que dio a la luz La invención de Morel. Un escritor puede
repudiar parte de su obra cuando todavía está comenzando, ya que todavía está
formando su propio universo literario. Es inverosímil, en cambio, que haga
desaparecer diez obras en menos de tres meses, después de haber publicado
tres novelas, nueve libros de poesía, un oratorio dramático, tres obras de
teatro, dos biografías, tres libros de ensayo y una vasta producción dispersa
en revistas y antologías. Más inverosímil todavía es que decida desprenderse
de una obra (Gregoria Funes), de
la cual ha publicado un Preludio meses antes de morir.
No es éste el lugar de establecer responsabilidades. Pero sí el de advertir la desaparición de una parte considerable de la obra de uno de los más grandes escritores argentinos. Desde España, desde donde iniciamos hace algunos años nuestra investigación sobre la obra marechaliana, nos preguntamos: ¿Dónde están esas obras? Se trata de una porción que sin duda acercaría más la obra del autor de Adán Buenosayres al público de su país, y que, sin duda, ayudaría a entender mejor su completo y complejo universo literario. De momento, lo único que puede hacer el estudioso de su dramaturgia es mostrar perplejidad. ¿Qué ha sido de todo esto? ¿Cómo fue el teatro de Marechal? Sólo cabe el consuelo de imaginar algunos trazos generales basándonos en cuatro textos y unos pocos fragmentos, porque no es otra cosa lo que disponemos.
En lo formal también nos es dado observar otras
cualidades singulares: un lenguaje dramático muy elaborado, con recuerdos
del teatro poético lorquiano; un marcado juego de luces y sombras en el escenario;
la inclusión de canciones, así como la interacción con los demás géneros literarios,
por medio de una red de alusiones y menciones intertextuales, con las que
el autor nos quiere recordar la indisoluble unidad de sus preocupaciones metafísicas,
estéticas y políticas. Así, el argumento de La batalla de José Luna reaparece en la
Rapsodia III de la novela Megafón, o
la guerra.
A pesar del carácter fragmentado con que nos
ha llegado la obra dramática de Marechal, es posible anotar también ciertos
rasgos comunes a todas las piezas. Algunas de estas características sirven
para individualizar el modo teatral del autor como, por ejemplo, el empleo
de Prólogos, en los que el autor expone el tema principal de la pieza. Tal
sería el caso de La batalla de José
Luna, así como de Gregoría Funes,
El Mesías y El superhombre. Este interés preparatorio del significado,
antes que la misma acción lo revele, se relaciona íntimamente con la notable
abstracción ideológica con que Marechal configura a sus personajes, lo cual
no es por cierto exclusivo de su teatro, sino que también se advierte en su
novelística. Por eso mismo resulta fácil observar la predilección por temas
universales establecidos a partir de mitos literarios y culturales, así como
por la inclusión de figuras cristianas: Don Juan, Antígona, Belona, el Mesías,
la Parca, Salomé, etc. Al mismo tiempo la presencia escénica de ambientes
locales, en tres de las cuatro obras (algo menos sin duda en Las tres caras de Venus). Esta fusión de lo autóctono con lo universal
respondía a un punto destacado de la poética marechaliana, como explicaba
el autor en una conferencia de 1950:
Yo diría que el arte se logra íntegramente cuando,
al mismo tiempo, y sin incurrir por ello en contradicción alguna, se ahonda
en lo autóctono y trasciende a lo universal. Por ejemplo: no hay duda que
el sentimiento de la muerte, cantado por un poeta griego, un poeta inglés,
un poeta hindú y un poeta argentino, se diversifica en matices ineluctables,
matices que provienen de lo autóctono, de paisajes, de caras, liturgias y
ánimos diferentes. Pero tal sentimiento se identifica en los cuatro poetas,
mediante aquellos efectos que la presencia o la meditación de la muerte suscita
en todos los hombres, vale decir, mediante aquello que la muerte tiene de
universal".
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