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El
inútil esfuerzo de lo bello
Por
Amalia Sato
Diario Clarin
Abril 2003,
mes de un Kawabata boom aquí en Buenos Aires. Lanzamiento de dos libros:
uno, reedición a cuarenta años de la primera traducción
al español de País de nieve; otro, reunión de cuentos y
una obra de teatro en traducción del original japonés. Además,
la puesta en escena de "La parte del temblor", basada en La casa de
las bellas durmientes.
Figura emblemática desde muy joven, miembro de la Escuela de las Nuevas
Sensibilidades (Shinkankaku School), guionista de un clásico del cine
experimental de 1926 ("Una página de locura" dirigida por Kinugasa
Teinosuke), Kawabata, autor nunca prolífico, cierra su ciclo de novelas
donde naturaleza y hombre se iluminan, con deslumbrantes obras en su "narrativa
de vejez"donde la muerte toma el lugar del entorno natural. Su vida había
transcurrido con una presencia de muerte que sólo "el inútil
esfuerzo" sobre el que Kawabata permanentemente vuelve podía mitigar
en parte: inútil esfuerzo por acceder a la belleza, a los conocimientos
de un Occidente trasvasado, inútil esfuerzo de la literatura.
Perseguido por las pérdidas -la de su padre cuando era una criatura de
dieciocho meses, su madre un año más tarde, su nodriza a los seis,
su hermana a los diez, a los catorce su último familiar, el abuelo-,
en esa sucesión leyeron los estudiosos japoneses una "disposición
de huérfano", reflejada en una incapacidad para aceptar la amabilidad
y el afecto de otros sin especular sobre sus motivaciones.
Toda la obra de Kawabata refleja, por otra parte, su fascinación con
un tipo de mujer idealizada, una suerte de Bodhisatttva que todo lo da. La mujer
de apariencia límpida y virginal, y actitud maternal. Esta identificación
mística con la naturaleza y esa reverencia hacia la mujer quedan desplazadas
más tarde por una cosmología de signo contrario: la mención
y función que paulatinamente cumplen el brazo y la palma de la mano en
sus relatos son síntomas de una obsesión por una armonía
quebrada, que ya aparecen en los escritos de su producción intermedia,
y que culminarán en Un brazo, relato donde la presencia de la mujer se
reduce a eso.
Al recibir en 1968 el Premio Nobel, al que mucho colaboraron las espléndidas
tra ducciones al inglés de Edward Seidensticker, Kawabata invocó
el bello Japón, el Japón estético que desde el siglo XIX
intriga a Occidente. Un Japón tradicional, "ya desaparecido",
que él recreaba en espacios naturales alejados de lo urbano: "el
otro mundo", central también en la obra de Izumi Kyoka, Natsume
Soseki o Abe Kobo. Lugares fuera de la cotidianeidad, marcados por la presencia
del agua y el encuentro con una bella mujer especial, característicos
de la literatura moderna japonesa, donde hay una regresión a lo maternal
cuando el hombre se deja dominar por el sentimiento de amae (tomar provecho
de la benignidad de otro, mostrarse como un niño consentido): síntoma
del fracaso de la occidentalización de Japón, sentencian los especialistas.
En País de nieve, que para muchos es su mejor novela, un hombre de Tokio,
casado, heredero de una cierta fortuna, vuelve durante tres inviernos a la región
más fría para encontrarse con una mujer. La presencia de otra
joven crea una tensión virginal que contrapesa la voluptuosidad de la
geisha. En la noción de estructura novelística que Kawabata trabajaba,
los incidentes eran más importantes que las conclusiones, y por eso lo
más rico de la novela son los diálogos. Muchos compararon su desarrollo
con el de una obra de teatro noh: el viajero que sucesivamente interroga, la
mujer que poco a poco revela su vida. El gran final con un incendio cierra con
fuego el misterio: tardó años en decidirlo, pues su placer eran
los desarrollos morosos que los plazos de entrega a la revista le permitían
(en 1935 inició la publicación por episodios, en 1948 dio su versión
definitiva). Como en los versos encadenados, la serie era lo que le interesaba.
Sobre una disciplina de ascesis estética: observar nieve lejana o adivinar
formas en ella, practicada desde el siglo VIII por los aristócratas,
agrega este visitante su historia de amor intermitente.
También "eterno viajero", al decir de Yukio Mishima, Kawabata,
que dejó muchísimos escritos inconclusos, solía practicar
un curioso ejercicio: reducía los textos extensos a lo que llamaba "relatos
del tamaño de la palma de una mano", operación en la que
lo consideraban maestro. Hay una versión de estas características
de País de nieve donde toda la novela se condensa en una escena con un
espejo.
El volumen de Primera nieve en el monte Fuji reúne nueve relatos y una
obra de teatro. Aquí el escenario es la ciudad, con sus casas contiguas
y su falta de intimidad, los matrimonios y sus secretos, los datos -la guerra
que lleva a un joven a convertirse en actriz, la naturaleza alterada-, los suburbios,
los pueblos cercanos donde todavía circulan las historias de fantasmas.
Emociones asfixiadas, sin la belleza de un marco natural. Otra vez, la maestría
de sus diálogos. La reticencia. Y como cierre, una pieza que recrea el
desencuentro provocado por la guerra entre los clanes Taira y Minamoto, ¿siglo
XII?, en todo caso, el repetido dolor y el reencuentro entre un padre ciego
y su hija, en el lacónico lenguaje poético del teatro.
A Kawabata le atraían las "islas en un mar distante". Estos
dos libros así trabajan su estilo elusivo tan influido por el clásico
del siglo X, el Romance de Genji. Active el lector para percibirlo en bruma
su ilusión de una lengua donde hay un modo para los hombres y otro para
las mujeres, con una entonación, desinencias verbales y vocabularios
diversos, donde los adjetivos declinan con indicaciones temporales, donde hay
infinidad de desinencias para la duda, la suposición, lo incompleto.
Los trabajos de traducción de Juan Forn para País de nieve, y
de Jaime Barrera Parra para la antología de cuentos Primera nieve en
el monte Fuji, a partir de la versión en inglés y los originales
japoneses, respectivamente, se suman a un corpus de literatura japonesa en español,
en este caso, latinoamericano, desde Argentina y Colombia. Ejercicios de estilo
para la biblioteca de clásicos, que hacen suyo el lema esencial "make
it new": el trabajo de Forn convierte los diálogos en un script
preciso, la trasliteración de Barrera de la obra de teatro es aérea.
Agreguemos la resolución impactante de Alberto Félix Alberto,
en su puesta en el Teatro del Sur, de ese relato que García Márquez
habría deseado escribir y sólo pudo recrear. Lecturas nuevas.
Tan necesarias, por lo menos, cada cuarenta años.
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