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Mil
grullas: la ceremonia del té y sus tazones fantasma
Por
Amalia Sato
Figura emblemática,
miembro de la Escuela de las Nuevas Sensibilidades (Shinkankaku School), guionista
de un clásico del cine experimental de 1926 (Una página de locura,
dirigida por Kinugasa Teinosuke), Kawabata Yasunari desde muy joven se instala
activamente en el medio artístico. Su vida se había iniciado con
una presencia de muerte que sólo "el inútil esfuerzo",
sobre el que permanentemente vuelve, podía mitigar en parte: inútil
esfuerzo por acceder a la belleza, a los conocimientos de un Occidente trasvasado,
inútil esfuerzo de la escritura. Perseguido por las pérdidas,
la de su padre cuando era una criatura de dieciocho meses, su madre un año
más tarde, su nodriza a los seis, su hermana a los diez, a los catorce
su último familiar, el abuelo, en esa sucesión leyeron los estudiosos
japoneses una "disposición de huérfano", que sólo
encontró refugio en un mundo literario.
En una conferencia que dictó en Hawaii en 1969, titulada "La existencia
y el descubrimiento de la belleza", Kawabata cuenta cómo sentado
en un lujoso hotel, tiene una mañana la visión de mesas dispuestas
en una terraza, con cientos de vasos colocados boca abajo brillando como diamantes
bajo el sol tropical. Algo que nunca había visto y que lo deleita. Sentencia
entonces que la literatura no hace sino registrar tales encuentros con la belleza.
Para Kawabata, los mejores calificados para descubrir la pura belleza son los
niños pequeños, las mujeres jóvenes y los hombres moribundos.
Así, las mejores sorpresas de estilo las deparan los textos escolares;
así, toda su obra refleja su fascinación con un tipo de inmaculada
mujer idealizada. Y por eso su ensayo clave se titula "Los ojos de un hombre
moribundo".
La trama de Mil grullas (Sembazuru) gira alrededor de uno de los ritos consagrados
de la cultura japonesa, la ceremonia del té, encuentro que desde el siglo
xiii pacificaba a los guerreros. Para imaginar las escenas con los objetos apropiados
se justificaría la consulta a una enciclopedia de arte: las grullas del
pañuelo son un auspicioso símbolo de longevidad; los tazones ceremoniales
de cerámicas renombradas: el Oribe oscuro con toques de blanco y diseño
de helechos de la primera ceremonia; la jarra Shino de esmalte blanco y tenue
rojo para la ofrenda floral fúnebre; el par de Raku, negro y rojo -tazones
hombre/esposa; el terrible Shino cilíndrico con la huella imborrable
de un lápiz de labios- que será lanzado en una suerte de exorcismo
pero cuyos pedazos habrá que enterrar con respeto; el Karatsu verduzco
con toques de azafrán y carmesí, de asimétrica factura
coreana que conformará con el anterior otra bella pareja de objetos-fantasma.
Las acuarelas de Sotatsu y las caligrafías del poeta Muneyuki que decoran
el altar estético. Es el refinado mundo de la ciudad de Kamakura, son
los entornos del templo zen Engakuji.
El recuerdo de una muchacha hermosa reaparecerá a lo largo del relato
en la imagen de las mil grullas de su pañuelo, en contraste con la presencia
de la madre y la hija, que serán amantes del protagonista. Desde el principio
ya se dibuja un triángulo de mujeres que el protagonista ve de espaldas
al ingresar en el recinto ceremonial. Se sucederán sin fin: la madre
del joven Kikuji, desdibujada; Chikako, la mujer de la mancha en el pecho, amante
del padre de Kikuji, manipuladora que se apropia de la ceremonia y de los objetos
que han pasado de mano en mano; la señora Ota, frágil carnalidad
que enlaza dos generaciones de hombres; Fumiko, evanescente y en quien se continúa
el kharma amoroso de la madre, y Yukiko, la joven de quien sólo se dice
que es bella pues su gusto exquisito -la elección del diseño de
su pañuelo y un bordado de lirios en su cinto- la califican sin necesidad
de ninguna descripción. Todas serán vértices de sucesivas
combinaciones.
En la noción de estructura novelística que Kawabata trabajaba,
los incidentes eran más importantes que las conclusiones, y por eso lo
más rico de la novela son los diálogos. Muchos compararon sus
desarrollos con los de lentas obras de teatro noh: pues su placer eran los tiempos
morosos que los plazos de entrega a las revistas le permitían; como en
los versos encadenados, era la serie lo que le interesaba. Sus finales suelen
ser vertiginosos, como en ésta, donde Fumiko desaparece y Kikuji sospecha
que se ha suicidado igual que su madre, la señora Ota.
La práctica novelística de Kawabata no coincide con sus teorizaciones
sobre la estructura en tres pasos. Sus novelas podrían terminar en cualquier
punto y se diría que nunca hay un final. Se percibe un crecimiento sin
un plan preconcebido, influido por la técnica del fluir de la conciencia
que admiraba en la narrativa de Joyce y Proust, y la tradición japonesa
de una continuidad por adición, como en el Genji o El libro de la almohada.
No hacía caso del concepto de argumento, una superstición heredada
de la aplicación de conceptos dramáticos, que no aplicaba a sus
novelas, que se iban conformando, como las redacciones infantiles, con oraciones
impredecibles, libres, iluminadas. Kawabata, que dejó muchísimos
escritos inconclusos, también solía practicar otro curioso ejercicio:
reducía los textos extensos a lo que llamaba "relatos del tamaño
de la palma de una mano", operación en la que lo consideraban maestro.
Al recibir en 1968 el Premio Nobel, para el que mucho colaboraron las espléndidas
traducciones al inglés de Edward Seidensticker, Kawabata invocó
el bello Japón, el Japón estético que desde el siglo xix
intriga a Occidente. Un Japón tradicional, "que se ha ido",
pero que él encontraba en espacios naturales alejados de lo urbano o
en los lugares donde se cumplían los viejos ritos: "el otro mundo"
ajeno a la cotidianeidad, donde hay una regresión a lo maternal al dejarse
dominar el hombre por el sentimiento de amae (tomar provecho de la benignidad
de otro, mostrarse como un niño con sentido). Aquí, la casita
del jardín, donde se practica la ceremonia del té, espacio preservado
donde los tazones se cargan de una emotividad que desafía el tiempo y
en el cual el rito convoca a un eros que se vierte en cada gesto, contaminando
a sucesivas generaciones de amantes. Pero la experiencia espiritual y estética
se convierte, en manos de Chikako, en un ejercicio de la perversión,
en un momento de gran tensión, en una exhibición de poder, como
en el siglo xvii lo hacía Toyotomi Hideyoshi, el jefe militar, al desplegar
los objetos ceremoniales de sus predecesores.
Como esas "islas en un mar distante" que le atraían, trabaja
Kawabata su estilo elusivo tan influido por su clásico favorito, el Romance
de Genji. Para percibirlo en bruma hay que sostener la ilusión de una
lengua donde hay un modo para los hombres y otro para las mujeres, con una entonación,
desinencias verbales y vocabularios diversos, donde los adjetivos declinan con
indicaciones temporales, donde hay infinidad de recursos para expresar la duda,
la suposición, lo incompleto. El primer episodio de Mil grullas se publicó
en 1949; en 1951 la da por terminada. En un haiku del mes de enero de 1953,
prometía:
En el cielo de Año Nuevo
mil grullas vuelan
o así me parece.
Pero la
breve historia que inicia entonces, con el mismo protagonista, queda inconclusa.
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