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Muerte de George Sand Por Fiodor Dostoievsky El último
número del Diario, correspondiente a mayo, estaba ya compuesto y en prensa
cuando me enteré por los diarios de la muerte de George Sand (murió
el 27 de mayo-8 de junio de 1876). De este modo no alcancé a decir siquiera
una palabra acerca de esta muerte. Pero había bastado que leyera esa
noticia para comprender cuánto significó en mi vida aquel nombre,
cuánto correspondió en una época a ese poeta, de mi entusiasmo,
de mi admiración, y todo lo que me dio entonces de alegría, de
felicidad. Sin temor escribo cada una de estas palabras, porque así fue
literalmente. Ella fue una de nuestras contemporáneas (quiero decir,
nuestras) que más plenamente realizó el tipo de idealista de los
años treinta y cuarenta. Es uno de los nombres de nuestro poderoso siglo,
presuntuoso y al mismo tiempo doloroso, pleno de ideales inexpresados, de los
más indefinidos deseos, nombre que surgió allá lejos, "en
el país de las sagradas maravillas!", que nos atraía quitando
a lo nuestro, nuestra Rusia siempre en gestación, mucho pensar, mucho
amor, la fuerza de santos y nobles impulsos, vivísima vida y caras convicciones.
Pero no debemos lamentarlo: exaltando tales nombres y admirándolos, los
rusos sirvieron y sirven a su más verdadera misión. Que no se
asombren de estas palabras mías, y sobre todo en relación a George
Sand, acerca de quien puede hasta hoy discutirse y a quien la mitad de nosotros,
si no las nueve décimas partes, ya alcanzaron a olvidar; pero ella a
pesar de todo desempeñó un papel entre nosotros en su tiempo,
¿y quién estará más dispuesto a recordarla sobre
su tumba que nosotros, sus contemporáneos de todo el mundo? Nosotros,
los rusos, tenemos dos patrias: nuestra Rusia y Europa, aun en el caso de llamarnos
eslavófilos (que ellos no me guarden enojo por esto). No es preciso disputar
sobre ello. La más alta entre las altas misiones que los rusos reconocen
como un deber asumir en el futuro, es la misión de reunir la humanidad
en un solo haz, es el universal servicio a la humanidad; no sólo a Rusia,
no al mundo eslavo, sino a la humanidad toda. Reflexionadlo, y también
vosotros aceptaréis que los eslavófilos reconocieron eso mismo
-por eso nos exhortaban a ser más estrictamente rusos, a serlo más
firme y responsablemente-, comprendiendo precisamente que esa tendencia a unificar
la humanidad es el más importante rasgo de la personalidad rusa, así
como su misión. Por otra parte, todo esto exige todavía muchas
explicaciones, por lo menos la de que el servicio de un ideal universalmente
humano y un aturdido vagabundear por Europa, abandonando voluntariamente la
patria, son dos cosas diametralmente opuestas, aunque hasta ahora se las confunda.
Por el contrario, mucho, mucho de lo que tomamos de Europa y trasplantamos entre
nosotros no se limitó a la copia servil, como indispensablemente lo exigen
los Potuguin, sino que lo incorporamos a nuestro organismo, a nuestra carne
y nuestra sangre; hemos sobrellevado y hasta padecimos con independencia punto
por punto, como en el Occidente, otras cosas que allá eran familiares.
Esto es lo que los europeos no quieren admitir por nada del mundo; lo que ha
sido mejor, por el momento. De ese modo se cumplirá más imperceptible
y tranquilamente un proceso indispensable que asombrará al mundo en sus
consecuencias, proceso que puede seguirse del modo más claro y palpable
en la actitud que observamos con respecto a la literatura de los demás
pueblos. Sus poetas son para nosotros, al menos para la mayoría de nuestras
gentes cultivadas, igualmente familiares que los suyos en sus países
de Occidente. Yo afirmo y repito que todo poeta, pensador, filántropo
europeo, aparte de su propia tierra, en ninguna otra parte del mundo es tan
íntimamente comprendido y más aceptado como en Rusia. Shakespeare,
Byron, Walter Scott, Dickens, nos son más familiares y comprensibles
que, por ejemplo, a los alemanes, si bien por supuesto circula entre nosotros
sólo la décima parte de los ejemplares, en su traducción
rusa, que en la libresca Alemania. La Convención francesa del año
93 al otorgar una credencial de ciudadano "au poète allemand Schiller,
l'ami de l'humanité", a pesar de haber hecho con ello un gesto hermoso,
soberbio, profético, no sospechaba siquiera que en el otro extremo de
Europa, en la bárbara Rusia, ese mismo Schiller era bastante más
nacional y bastante más caro a los bárbaros rusos, no sólo
que a Francia, la de aquel tiempo, sino a la de más tarde, en todo nuestro
siglo, durante el cual Schiller, ciudadano francés y "l'ami de l'humanité",
sólo era conocido en Francia por los profesores de literatura y eso no
por todos. Entre nosotros en cambio, junto con Yukovsky, se introdujo en el
alma rusa, dejó en ella una señal, significó por sí
mismo casi un período en la historia de nuestra cultura. Esta actitud
rusa respecto a la literatura universal es un fenómeno que casi no se
ha repetido en otros pueblos en tal medida a lo largo de toda la historia, y
si esta característica es realmente nuestra particularidad nacional rusa,
¿qué susceptible patriotismo, qué chauvinismo tendría
derecho a protestar contra este fenómeno y no querría ver por
el contrario un hecho pleno de promesas y claramente profético para la
adivinación de nuestro porvenir? |
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