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Algunas Palabras Sobre George Sand Por Dostoievski Fiodor La aparición de George Sand en la literatura coincide con los años de mi primera juventud, y mucho me alegra ahora que fuera hace tanto tiempo, porque pasados más de treinta años puede hablarse casi con entera franqueza. Es preciso señalar que entonces la única forma permitida era la novela, y todo el resto, poco menos que todo cuanto fuera pensamiento, y especialmente si venía de Francia, estaba severamente prohibido. Por supuesto, a menudo ocurría que no sabían vigilar -¿y de dónde habrían de aprenderlo?-. El mismo Metterních lo hacía mal, con más razón sus imitadores entre nosotros. Y por eso es que dejaban pasar "cosas terribles" (por ejemplo, logró pasar todo Bielinsky). Pero por ello mismo para no equivocarse, resolvieron prohibirlo casi todo sin excepción, de modo que se terminó, como se sabe, con las "transparencias". Pero las novelas, sin embargo, se permitieron desde un comienzo, después y hasta en el final, y justamente con George Sand los guardianes se engañaron en grande. Recuérdense los versos:
Estos versos
son notables, de un raro talento, y quedarán para siempre porque son
históricos y tanto más valiosos porque fueron escritos por Denis
Davidov, poeta tan puramente ruso. Pero cuando Davidov, que a Thiers (por su
Historia de la Revolución, bien entendido) consideraba entonces peligroso
y le ubicaba en sus versos junto a cierto Rabo (quien no sé por cierto
si existió), se comprende que era muy poco lo que estaba oficialmente
permitido. Y que resultó: que lo que nos invadió entonces bajo
la forma de novelas no solo sirvió igualmente para el caso, sino que
fue tal vez por el contrario la forma más "peligrosa", según
aquellos tiempos, porque para Rabo no se encontraron tantos cazadores, pero
los hubo por millares para George Sand. Aquí es preciso señalar
también que entre nosotros, a pesar de todos los Magnitski y Liprandi,
ya desde el pasado siglo se seguía de cerca todo el movimiento intelectual
de Europa, y de inmediato, de las capas superiores de nuestra "inteligentsia"
pasaba a la masa, que apenas comenzaba a interesarse por los hombres de pensamiento.
Exactamente es lo que sucedió con el movimiento europeo del año
treinta. Muy pronto se comprendió entre nosotros el gran movimiento literario
producido en Europa en el comienzo mismo de la cuarta década. Ya eran
conocidos entre nosotros los nombres de muchos oradores, historiadores, profesores,
que acababan de hacer su aparición. Y siquiera en parte, se hizo notorio
hacia dónde tenía todo ese movimiento, que se manifestó
con especial impulso en el arte, en la novela, y sobre todo, en George Sand.
Es cierto que Senkovsky y Bulgarin pusieron en guardia al público contra
George Sand aun antes de la aparición de sus novelas en idioma ruso.
Asustaron especialmente a las damas rusas con que ella usaba pantalones, quisieron
atemorizar con la depravación, y procuraron ridiculizarla. Senkovsky,
disponiéndose él mismo a traducir a George Sand para su revista
"Biblioteca para la lectura", comenzó a llamarle en letras
de molde Señor Egor Sand, y al parecer quedó seriamente satisfecho
de su ingenio. Ulteriormente, en el año 48, Bulgarin escribió
en La Abeja del Norte que ella se emborrachaba diariamente con Pierre Leroux
en los arrabales y que participaba en las noches atenienses en el Ministerio
del Interior, que daba el ministro, ese bandido de Ledru-Rollin. Yo mismo lo
he leído y lo recuerdo muy bien. Pero entonces, en el año 48,
George Sand ya era conocida de todo el público lector y nadie creía
a Bulgarin. Ella apareció en idioma ruso aproximadamente por la mitad
del año treinta; lástima que no recuerdo cuál fue la primera
de sus obras ni en qué fecha se tradujo entre nosotros; pero la admiración
que produjo fue de todos modos considerable. Creo que como a mí, todavía
en la adolescencia, a todos sorprendió la castidad, la elevada pureza
manifestada en sus tipos y los ideales que sustentaba y el encanto sobrio, el
tono contenido del relato. ¡Y esa mujer era la que llevaba pantalones
y exhibía su depravación! Tenía, yo creo, unos dieciséis
años, cuando leí por primera vez su novela "L'Uscoque",
una de las más encantadoras entre sus primeras producciones. Recuerdo
que después pasé la noche en estado febril. Creo no equivocarme
si digo que George Sand, por lo menos, según mis recuerdos, ocupó
de inmediato el primer lugar entre una pléyade de nuevos escritores de
pronto destacados ruidosamente en toda Europa. Hasta Dickens, que apareció
entre nosotros casi simultáneamente, debió tal vez ceder ante
ella en la atención de nuestro público. Ya no hablo de Balzac,
que apareció antes que ella y que dio por el año treinta obras
tales como Eugenia Grandet y El Viejo Goriot (y con quien fue tan injusto Bielisnky
que no advirtió en absoluto su importancia en la literatura francesa).
Por lo demás, yo digo todo esto no desde el punto de vista de alguna
estimación crítica, sino que lo recuerdo simplemente a propósito
del gusto de la masa de lectores rusos de entonces, de la impresión inmediata
que le causaban sus lecturas. Lo principal era que el lector sabía extraer
hasta de las novelas todo aquello contra lo que se le quería preservar.
Por lo menos entre nosotros, hacia mediados del año cuarenta no ignoraba
la mayoría de los lectores que George Sand era uno de los representantes
más brillantes, más austeros, más probos, de aquella nueva
clase de hombres de Occidente que aparecieron comenzando por negar formalmente
las conquistas "positivas" con las que terminó su actividad
la sangrienta Revolución Francesa (más exactamente, europea) de
fines del pasado siglo. A su término (después de Napoleón
I), aparecieron nuevas tentativas para expresar los nuevos anhelos y los nuevos
ideales. Las inteligencias avanzadas bien pronto comprendieron que sólo
se había cambiado de despotismo, "Ote toi de là que m'y mette",
que los nuevos triunfadores del mundo (los burgueses) se mostraron peores, de
ser posible, que los pasados déspotas (los nobles) y que "libertad,
igualdad y fraternidad" resultaron sólo frases sonoras y nada más.
Además, aparecieron tales doctrinas por las cuales las frases sonoras
se revelaron frases irrealizables. Los triunfadores pronunciaban, o mejor recordaban,
esas tres palabras sacramentales sólo para ridiculizarlas; hasta apareció
una ciencia (la de los economistas) cuyos brillantes representantes, que entonces
parecían llegar con una palabra nueva, ayudaban a la burla y la condenación
del significado utópico de esas tres palabras, por las cuales tanta sangre
se había derramado. De este modo junto a los vencedores llenos de entusiasmo,
comenzaron a aparecer rostros desalentados y tristes, que asustaban a los triunfadores.
Y fue en esta época que de pronto surgió realmente una nueva palabra
y nacieron nuevas esperanzas: aparecieron gentes que proclamaban directamente
que se había procedido mal al no llevar las cosas hasta el fin, que nada
se había logrado con el cambio político de los vencedores, que
era necesario proseguir, que la regeneración de la humanidad debía
ser radical, social. Por supuesto aparecieron junto a esos llamamientos las
conclusiones más funestas y monstruosas, pero lo importante fue que se
encendió de nuevo la esperanza y de nuevo comenzó a renacer la
fe. La historia de ese movimiento es conocida, hasta ahora continúa y
no parece que esté dispuesto a detenerse. Yo no quiero hablar aquí
en favor o en contra: sólo deseaba señalar el lugar de George
Sand en ese movimiento. Su lugar hay que buscarlo en el comienzo mismo de aquél.
Entonces, encontrándola en Europa, decían que ella predicaba sobre
la nueva situación de la mujer y que profetizaba acerca "de los
derechos de la mujer libre" (expresión que acerca de ella usó
Senkovsky); pero esto no era cierto porque no predicaba únicamente acerca
de la mujer y no había inventado ninguna "mujer libre". George
Sand pertenecía a todo el movimiento y no sólo a la predicación
de los derechos de la mujer. Cierto, como mujer ella prefería, naturalmente,
crear heroínas a héroes, y las mujeres de todo el mundo deben
ahora llevar luto por ella, pues ha muerto una de sus más altas y espléndidas
representantes, y aparte de eso, mujer como casi no existió otra por
la fuerza de su talento y su inteligencia, y cuyo nombre en adelante histórico,
nombre que no está destinado al olvido, no desaparecerá de la
humanidad europea. |
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