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Rubén
Darío
Por
Octavio Paz
De
"El Caracol y la Sirena"
Cuadrivio, Editorial Joaquín Mortiz, S. A.
México, 1964.
Nuestros
textos escolares llaman siglos de oro al XVI y al XVII; Juan Ramón Jiménez
decía que eran de cartón dorado; más justo sería
decir: siglos de la furia española. Con el mismo frenesí con que
destruyen y crean naciones, los españoles escriben, pintan, sueñan.
Extremos: son los primeros en dar la vuelta al mundo y los inventores del quietismo.
Sed de espacio, hambre de muerte. Abundante hasta el despilfarro, Lope de Vega
escribe mil comedias y pico; sobrio hasta la parquedad, la obra poética
de San Juan de la Cruz se reduce a tres poemas y unas cuantas canciones o coplas.
Delirio alegre o reconcentrado, sangriento o pío: todos los colores y
todas las direcciones. Delirio lúcido en Cervantes, Velásquez,
Calderón; laberinto de conceptos en Quevedo, selva de estalactitas verbales
en Góngora. De pronto, como si se tratase del espectáculo de un
ilusionista y no de una realidad histórica, el escenario se despuebla.
No hay nada y menos que nada: los españoles viven una vida refleja de
fantasmas. Sería inútil buscar en todo el siglo XVIII un Swift
o un Pope, un Rousseau o un Laclos. En la segunda mitad del siglo XIX surgen
aquí y allá tímidas manchas de verdor: Bécquer,
Rosalía de Castro. Nada que se compare a Coleridge, Leopardi o Holderlin;
nadie que se parezca a Baudelaire. A fines de siglo, con idéntica violencia,
todo cambia. Sin previo aviso irrumpe un grupo de poetas; al principio pocos
los escuchan y muchos se burlan de ellos. Unos años después, por
obra de aquellos que la crítica seria había llamado descastados
y "afrancesados", el idioma español se pone de pie. Estaba
vivo. Menos opulento que el siglo barroco, pero menos enfático. Más
acerado y transparente.
El último poeta del período barroco fue una monja mexicana: Sor
Juana Inés de la Cruz. Dos siglos más tarde, en esas mismas tierras
americanas, aparecieron los primeros brotes de la tendencia que devolvería
al idioma su vitalidad. La importancia del modernismo es doble: por una parte
dio cuatro o cinco poetas que reanudan la gran tradición histórica,
rota o detenida al finalizar el siglo XVII; por la otra, al abrir puertas y
ventanas, reanimó el idioma. El modernismo fue una escuela poética;
también fue una escuela de baile, un campo de entrenamiento físico,
un circo y una mascarada. Después de esa experiencia el castellano pudo
soportar pruebas más rudas y aventuras más peligrosas. Entendido
como lo que realmente fue --un movimiento cuyo fundamento y meta primordial
era el movimiento mismo-- aún no termina: la vanguardia de 1925 y las
tentativas de la poesía contemporánea están íntimamente
ligadas a ese gran comienzo. En sus días, el modernismo suscitó
adhesiones fervientes y oposiciones no menos vehementes. Algunos espíritus
lo recibieron con reserva: Miguel de Unamuno no ocultó su hostilidad
y Antonio Machado procuró guardar las distancias. No importa: ambos están
marcados por el modernismo. Su verso sería otro sin las conquistas y
hallazgos de los poetas hispanoamericanos; y su dicción, sobre todo allí
donde pretende separarse más ostensiblemente de los acentos y maneras
de los innovadores, es una suerte de involuntario homenaje a aquello mismo que
rechaza. Precisamente por ser una reacción, su obra es inseparable de
lo que niega: no es lo que está más allá sino lo que está
frente a Rubén Darío. Nada más natural: el modernismo era
el lenguaje de la época, su estilo histórico, y todos los creadores
estaban condenados a respirar su atmósfera.
Todo lenguaje, sin excluir al de la libertad, termina por convertirse en una
cárcel; y hay un punto en el que la velocidad se confunde con la inmovilidad.
Los grandes poetas modernistas fueron los primeros en rebelarse y en su obra
de madurez van más allá del lenguaje que ellos mismos habían
creado. Preparan así, cada uno a su manera, la subversión de la
vanguardia: Lugones es el antecedente inmediato de la nueva poesía mexicana
(Ramón López Velarde) y argentina (Jorge Luis Borges) ; Juan Ramón
Jiménez fue el maestro de la generación de Jorge Guillén
y Federico García Lorca; Ramón del Valle Inclán está
presente en el teatro moderno y lo estará más cada día...
El lugar de Darío es central, inclusive si se cree, como yo creo, que
es el menos actual de los grandes modernistas. No es una influencia viva sino
un término de referencia: un punto de partida o de llegada, un límite
que hay que alcanzar o traspasar. Ser o no ser como él: de ambas maneras
Darío está presente en el espíritu de los poetas contemporáneos.
Es el fundador. |