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Historia
de un Sobretodo
Por
Rubén Darío
Es el invierno
de 1887, en Valparaíso. Por la calle del Cabo hay gran animación.
Mucha mujer bonita va por el asfalto de las aceras, cerca de los grandes almacenes,
con las manos metidas en espesos manguitos. Mucho dependiente del comercio,
mucho corredor, va que vuela, enfundado en su sobretodo. Hace un frío
que muerde hasta los huesos. Los cocheros pasan rápidos, con sus ponchos
listados; y con el cigarro en la boca, al abrigo de sus gabanes de pieles, despaciosos,
satisfechos, bien enguantados, los señorones, los banqueros de la calle
Prat, rentistas obesos, propietarios, jugadores de bolsa. Yo voy tiritando bajo
mi chaqueta de verano, sufriendo el encarnizamiento del aire helado que reconoce
en mi a un hijo del trópico.
Acabo de salir de la casa de mi amigo Poirier, contento, porque ayer tarde he
cobrado mi sueldo de El Heraldo, que me ha pagado Enrique Valdés Vergara,
un hombrecito firme y terco... Poirier, sonriente, me ha dicho mirándome
a través de sus espejuelos de oro: "Mi amigo, lo primero ¡comprarse
un sobretodo!" Ya lo creo. Bien me impulsa a ello la mañana opaca
que enturbia un sol perezoso, el vientecillo que viene del mar, cuyo horizonte
está borrado por un tupida bruma gris.
He allí un almacén de ropa hecha. ¿Qué me importa
que no lleve mi sobretodo la marca de Pinaud? Yo no soy un Cousiño, ni
un Edwards. Rico almacén. Por todas las partes maniquíes; unos
vestidos como cómicos recién llegados, con ropas o grandes cuadros
vistosos, levitas rabiosas, pantalones desesperantes; otros con macferlanes,
levitones, esclavinas. En las enormes estanterías trajes y m[as trajes,
cada cual con su cartoncito numerado. Y cerca de los mostradores, los dependientes
-iguales en todo el mundo-, acursilados, pinaditos, recompuestos, cabezas de
peluquero y cuerpos de figurines, reciben a cada comprador con la sonrisa estudiada
y la palabra melosa. Desde que entro hago mi elección, y tengo la dicha
de que la pieza deseada me siente tan bien como si hubiera sido cortada expresamente
por la mejor tijera de Londres. ¡Es un ulster, elegante, pasmoso, triunfal!
Yo veo y examino con fruición de los ditirambos que el vendedor repite
extendiendo los faldones, acariciando las mangas y procurando infundir en mí
la convicción de que esa prensa no es inferior a las que usan el príncipe
de Gales o el duque de Morny... - "Y sobre todo, caballero, le cuesta a
usted muy barato!" "Es mía" -contestó con dignidad
y placer. -¿Cuándo vale?" -Ochenta y cinco pesos" ¡Jesucristo!...
cerca de la mitad de mi sueldo, pero es demasiado tentadora la obra y demasiado
locuaz el dependiente. Además, la perspectiva de estar dentro de pocos
instantes el cronista caminando por la calle del Cabo, con un ulster que humillará
a más de un modesto burgués, y que se atraerá la atención
de más de una sonrosada porteña... Pago, pido la vuelta, me pongo
frente a un gran espejo el ulster, que adquiere mayor valor en compañía
de mi sombrero de pelo, y salgo a la calle más orgulloso que el príncipe
de un feliz y hermoso cuento.
¡Ah, cuán larga sería la narración detallada de las
aventuras de aquel sobretodo! El conoció desde el palacio de la Moneda
hasta los arrabales de Santiago; él noctambuleó en las invernales
noches santiaguesas, cuando las pulmonías estoquean al trasnochador descuidado;
él ceñó "chez" Brinck, donde los pilares del
café parecen gigantescas salchichas, y donde el mostrador se asemeja
a una joya de plata; él conoció de cerca de un gallardo borbón,
a un gran criminal, a una gran trágica; él oyó la voz y
vio el rostro del infeliz y esforzado Balmaceda.
Al compás de los alegres tamborileos que sobre mesas y cajas hacen las
"cantoras", él gustó, a son de arpa y guitarra, de las
cuencas que animan al roto, cuando la chicha hierve y provoca en los "potrillos"
cristalinos, que pasan de mano en mano. Y cuando el horrible y aterrador cólera
morbo envenenaba el país chileno, él vio, en las noches solitarias
y trágicas, las carretas de las ambulancias, que iban cargadas de cadáveres.
¡Después, cuántas veces, las trémulas rosas de oro
de las admirables constelaciones del Sur" Si el excelente ulster hubiese
llevado un diario, se encontrarían en él sus impresiones sobre
los pintorescos chalets de Viña del Mar, sobre las lindas mujeres limeñas,
sobre la rada del Callao. El estuvo en Nicaragua: pero de ese país no
hubiera escrito nada, porque no quiso conocerle, y pasó allá el
tiempo, nostálgico, viviendo de sus recuerdos, encerrado en su baúl.
En El Salvador si salió a la calle y conoció a Menéndez
y a Carlos Ezeta. Azorado, como el pájaro al ruido del escopetazo, huyó
a Guatemala cuando la explosión del 22 de junio. Allá volvió
a hacer vida de noctámbulo; escuchó a Elisa Zan-Jheri, la artista
del drama, y a su amiga Lina Cerne, que canta como un ruiseñor.
Y un día, ¡ay! su dueño, ingrato, lo regaló.
Si, fui muy cruel con quien me había acompañado tanto tiempo.
Ved la historia. Me visitaba en la ciudad de Pedro de Alvarado un joven amigo
de las letras, inteligente, burlón, brillante, insoportable, que adoraba
a Antonio de Valbuena, que tenía buenas dotes artísticas, y que
se atrajo todas mis antipatías por dos artículos que publicó,
uno contra Gutiérrez Nájera y otro contra Francisco Gavidia. El
muchacho se llamaba Enrique Gómez Carillo y tenía costumbre de
llegar a mi hotel a alborotarme la bilis con sus juicios atrevidos y romos y
sus risitas molestas. Pero yo le quería, y comprendía bien que
en él había tela para un buen escritor. Un día llegó
y me dijo: -"Me voy para París" -"Me alegro. Usted hará
más que las recuas de estúpidos que suelen enviar nuestros gobiernos."
Prosiguió el charloteo. Cuando nos despedimos, Enrique iba ya pavoneándose
con el ulster de la calle del Cabo.
¡Cómo el tiempo ha cambiado! Valdés Vergara, el "hombrecito
firme y terco", mi director de El Heraldo, murió en la última
revolución como un héroe. El era secretario de la Junta del Congreso,
y pereció en el hundimiento del "Cochrance" Poirier, mi inolvidable
Poirier, estaba en México de ministro de Balmaceda, cuando el dictador
se suicidó... Valparaíso ha visto el triunfo de los revolucionarios;
y quizá el dueño de la tienda de ropa hecha, en donde compré
mi sobretodo, que era un excelente francés, está hoy reclamando
daños y perjuicios. ¿Y el ulster? Allá voy. ¿Conocéis
el nombre del gran poeta Paul Verlaine, el de los Poemas saturninos? Zola, Anatolio
France, Julio Lemaitre, son apasionados suyos. Toda la juventud literaria de
Francia ama y respeta al viejo artista. Los decadentes y simbolistas le consultan
como a un maestro. France, en su lengua especial, le llama "un salvaje
Soberbio y magnífico". Mauricio Barrés, Moréas, visitan
en "sus hospitales" al "pobre Lélian". El joven Gómez
Carrillo, el andariego, el muchacho aquel que me daba a todos los diablos, con
el tiempo que ha pasado en parís ha cambiado del todo. Su criterio estético
es ya otro; sus artículos tienen una factura brillante aunque descuidada,
alocada; su prosa gusta y da a conocer un buen temperamento artístico.
En la gran capital, a donde fue pensionado por el gobierno de su país,
procuró conocer de cerca de los literatos jóvenes, y lo consiguió,
y se hizo amigo de casi todos, y muchos de ellos le asistieron, en días
de enfermedad, al endiablado centroamericano, que a lo más contara veintiún
años. Pues bien, en una de sus cartas, me escribe Gómez Carrillo
esta postdata: "¿Sabe usted a quién le sirve hoy su sobretodo?
A Paul Verlaine, al poeta... Yo se lo regalé a Alejandro Sawa -el prolonguista
de López Bago, que vive en París- y él se lo dio a Paul
Verlaine. ¡Dichoso sobretodo!
Si, muy dichoso; pues del poder de un pobre escritor americano, ha ascendido
al de un glorioso excéntrico, que aunque cambie de hospital todos los
días, es uno de los más grandes poetas de la Francia.
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