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Las
Voces de los Ángeles: "Los Castrados"
Por
Mario Solomonoff
En su libro
"Historia de los Castrati", Patrick Barbier inicia el primer capítulo
con las siguientes palabras: "Al bajar su cuchillo el docto cirujano o
el simple barbero del pueblo, tenían conciencia de estar decidiendo irrevocablemente
la gloria o la vergüenza de un hombre?".
Sabemos que, desde la más remota antigüedad, la castración
fue aplicada a los hombres como castigo cuando no como supuesto método
curativo ante distintas enfermedades. Guerreros victoriosos decidieron frecuentemente
hacer castrar a sus prisioneros como medida ideal para doblegar sus espíritus
y hacerlos más sumisos a la esclavitud, (se basaban en la consideración
de que los animales al ser castrados se vuelven de temperamento más dócil)
asegurándose así también que el odiado enemigo no tuviera
la posibilidad de reproducirse. Por otra parte, la creencia en cierto período
histórico de que algunas enfermedades como la hernia, la gota, la epilepsia,
la lepra y aún la locura podían tratarse favorablemente gracias
a esta práctica, fue suficiente excusa para adoptarla con increíble
asiduidad.
Es sin embargo en el siglo XVI cuando castrados hacen su aparición cantando
en las iglesias tras la prohibición del Papa Pablo IV de que las mujeres
cantaran en San Pedro. Tal prohibición se basaba en una curiosa interpretación
de palabras de San Pablo según quien "las mujeres deben mantener
silencio en la Iglesia". Así, niños y adultos castrados reemplazaban
a las voces femeninas.
Tiempo después, la medida se extendió también a los teatros
de los estados pontificios donde se consideró inadmisible la presencia
de mujeres en los escenarios y así muchos de estos notables cantantes
de voz "angelical" lograron la admiración del público
y colosales fortunas personales interpretando según el caso, tanto roles
masculinos como femeninos.
Varias obras de los siglos XVII y XVIII, en los que el rol de un hombre aparece
escrito para soprano o contralto, no estaban pensados para una cantante "Travesti"
como a veces se cree erróneamente, sino para castrados que poseían
estos registros. Es el caso por ejemplo del personaje de Orfeo en "Orfeo
y Eurídice" de Gluck, que fue escrito originalmente para un castrado
contralto.
Con Italia como principal escenario, dada su histórica tradición
canora, la castración de los niños destinados al canto se realizaba
entre los 7 y 12 años de edad, es decir antes de que la función
glandular de los testículos diera lugar a la muda o cambio de voz. Se
trataba casi siempre de niños de condición muy humilde, familia
numerosa y aparentes aptitudes para lo que habían sido seleccionados.
La posibilidad de una importante carrera cantando en ceremonias religiosas,
teatros o cortes, podía significar un considerable ingreso de dinero
no solo para el artista sino también para su familia y los intermediarios
en sus jugosas contrataciones. Intereses mezquinos forzaban frecuentemente a
los niños a aceptar su castración, si bien una disposición
hipócrita establecía que la misma no podía realizarse sin
el consentimiento del infante. Lo que tal disposición no explicaba es
cómo una criatura de 7 u 8 años podía comprender exactamente
a lo que se exponía y aún oponerse a una presión paterna.
A menudo, el precio que los elegidos pagaban por someterse a tal intervención
no era simplemente no poder procrear en un futuro, sino la propia vida, ya que
las precarias condiciones de asepsia de entonces elevaban los porcentajes de
mortalidad, según la habilidad del cirujano ocasional, que podía
ser un médico o un simple barbero, desde un 10 hasta un 80 por ciento.
Frecuentemente sin embargo, los mismos niños pedían y hasta exigían
su castración entusiasmados por la ilusión de lograr fama y dinero,
pero quienes no lograban la excelencia artística, solían terminar
formando parte de alguno de los numerosos coros de la época.
Si bien la castración producía ciertos cambios morfológicos
muy variables según los individuos como ausencia de vello, tendencia
a la obesidad, rasgos feminoides, etc, y no pocos psíquicos, la mayoría
de los cantantes castrados podía mantener relaciones sexuales prácticamente
normales y en muchos casos eran objeto de adoración de las mujeres y
protagonistas de romances tempestuosos.
Famosos, sumamente ricos, mimados por el clero y la realeza y de exótico
aspecto, despertaban con facilidad el interés de las damas de la alta
sociedad, deseosas de huir de la rutina merced a aventuras amorosas particularmente
curiosas y sin el riesgo de embarazos indeseados. Así, sabemos que el
famosísimo Gasparo Pacchiarotti estuvo a punto de morir asesinado por
encargo como consecuencia de su romance con la marquesa Santa Marca, que Giusto
Ferdinando Tenducci, amigo de Mozart, terminó preso por haber fugado
con una joven admiradora cuyos padres le denunciaron y que Giovanni Battista
Velluti, mujeriego empedernido y de quien hablaremos más adelante, vivió
en Rusia durante cierto tiempo con una duquesa.
El comportamiento psicológico de estos cantantes castrados era muy diferente
según el caso.
Muchos de ellos se sentían felices de su condición, a menudo solicitada
como hemos visto, y de los logros artísticos que los habían llevado
a una posición social de alto privilegio. Otros, en cambio, la vivían
como una frustración y guardaban un cierto rencor hacia la sociedad que
lo había permitido, aprovechando sus privilegios y poderosas relaciones
para mostrarse caprichosos, intolerantes y autoritarios como forma de desquite.
Salvo en los casos en que el niño había solicitado voluntariamente
su castración, la causa de la misma solía serie desconocida, ya
que las familias acostumbraban esconder la motivación económica
inventando accidentes, enfermedades, etc., que supuestamente la habrían
hecho necesaria. Es importante tener en cuenta no solo la corta edad del niño
cuando era sometido a la operación, sino también el hecho de que
al ser preparado para la misma, era llevado a un estado semi-inconsciente emborrachado
con ron, o tomando brebajes con contenido de opio o simplemente sufriendo una
cierta compresión de las carótidas hasta provocarle un desmayo.
La aplicación de agua helada en los genitales era también una
forma muy utilizada entonces para lograr un cierto efecto anestésico.
Como para el desarrollo de la laringe es fundamental el aporte hormonal de testosterona,
al ser privados de sus testículos antes del cambio de voz, el mismo ya
no se produciría y entonces el castrado conservaba una voz de niño,
pero en un cuerpo de adulto con anos de ejercicio vocal y respiratorio por sus
intensos estudios de canto. El resultado era una voz aguda extraordinariamente
dúctil y flexible como la de un niño, brillante y potente gracias
a la capacidad torácica y vocal del adulto sumamente entrenado, y al
servicio de un artista educado con el máximo rigor en la expresión
musical. Como bien dice Barbier: 'Todo contribuía a que los "castrati"
fueran asemejados a los ángeles en la imaginería popular... Objeto
de contemplación y hasta de veneración, se los vinculaba con la
figura tradicional del ángel músico y encaraban a la vez (por
su música, mucho más que por sus actos) la pureza y la virginidad".
Es interesante recordar que justamente en Nápoles donde existieron los
más importantes conservatorios musicales de entonces, los pequemos castrados
que allí estudiaban eran enviados vestidos como ángeles a los
velorios de niños.
Seguramente los más famosos del siglo XVIII fueron Farinelli y Caffarelli,
este último mencionado como Caffariello en "El barbero de Sevilla"
de Rossini. Su verdadero nombre era Gaetano Majorano, pero adoptó su
seudónimo artístico en homenaje a su primer enseñante,
el maestro Caffaro, si bien fue luego Porpora quien completó magistralmente
su formación.
Era costumbre que los castrados adoptaran un seudónimo artístico
que podía ser el que le atribuían sus admiradores o el que el
mismo intérprete elegía en homenaje a algún benefactor
o enseñante. Así Carlo Broschi eligió el de Farinelli en
agradecimiento a los hermanos Farina, mecenas que pagaron durante muchos anos
sus estudios y manutención. La ortografía y la pronunciación
no eran demasiado cuidadas en la antigua Nápoles y también Farinelli
aparece como Farinello en algunos escritos.
No han quedado muy claros los motivos de su castración puesto que pertenecía
a una familia de la baja nobleza, (los nobles no castraban a sus hijos) aunque
se supone con ciertas dificultades económicas. En un reciente film sobre
su vida se atribuye la decisión a su hermano Riccardo. Si bien no dudamos
de que los responsables de dicho film pueden haberse informado exhaustivamente
al respecto, resulta extraño que quien seguramente sería en ese
momento menor de edad, pudiera tomar tal decisión. En efecto, aunque
la Iglesia por un lado admitía de muy buen grado que numerosos castrados
cantaran en las ceremonias religiosas, por otro castigaba con la excomunión
(castigo gravísimo para la época ) a quien fuera descubierto practicándola
en forma ilegal, es decir sin poder aparentemente justificarla como consecuencia
de una enfermedad o accidente.
El Más
Famoso: FARINELLI
Formado
también por el notable maestro Porpora, Farinelli logró una celebridad
tan extraordinaria debido a su asombroso talento que fue literalmente idolatrado
por cuantos le escucharon. Dotado de cultura, simpatía y distinción,
tuvo la amistad y protección de reyes, emperadores y el mismo Papa.
Llamado a la corte de Felipe V de España, permaneció en ella durante
más de veinte años como cantante personal del monarca logrando
tal amistad e influencia sobre éste, al punto de poder decidir cuestiones
de estado. Prácticamente cogobernó España con el rey y
muchos sabían que para obtener un favor del monarca, era fundamental
convencer a Farinelli. El rey había sufrido de lo que entonces se llamaba
"melancolía" y que hoy llamaríamos seguramente "depresión
nerviosa", por lo cual la reina no tuvo mejor idea que llamar a la corte
al cantante más famoso del mundo para calmar esa angustia. Del éxito
que tuvo en su intento, da cuenta cuanto aquí referimos.
Farinelli terminó sus días en su mansión de Bologna, colmada
de preciosas obras de arte y recibiendo la visita de poderosas personalidades.
Entre las características más sobresalientes de su personalidad,
figuran sin lugar a dudas su auténtica modesta y su profundo fervor religioso.
Además de reyes y otros gobernantes importantes, recibió con generosidad
a músicos como Mozart, Gluck y Rossini y, como sucedía con muchos
grandes cantantes de la época, concedía entrevistas a jóvenes
en sus inicios de carrera lírica, ansiosos por recibir del gran maestro
sus opiniones y consejos.
Nunca les pedía que cantaran para evitar intimidarlos, pero les escuchaba
con interés y placer cuando ellos mismos proponían hacerlo. Era
su costumbre rezar todas las mañanas y había obtenido el permiso
para instalar un altar en su casa. También hacía numerosas peregrinaciones
a distintos santuarios. Muchos le insistían para que escribiera sus memorias
y consejos, lo que hoy tendría un enorme valor como testimonio, pero
él humildemente respondía:"¿Para qué ? Me basta
con que se sepa que no he perjudicado a nadie. Que se añada también
mi pena por no haber podido hacer todo el bien que hubiera deseado."
En una época en que el promedio de vida no superaba los treinta años,
es un dato curioso que la mayoría de estos artistas solían ser
muy longevos superando largamente los setenta y ochenta años de edad.
No fue una excepción Farinelli, quien ya retirado de la actividad siguió
cantando y practicando sus ejercicios vocales hasta tres semanas antes de su
muerte acaecida a los setenta y siete.
Nada ha quedado lamentablemente de su mansión -¡más tarde
demolida para instalar una refinería!-, donde entre tantas maravillas
poseía un violín Stradivarius, otro Amati, y una colección
de diez clavecines, cada uno de los cuales llevaba el nombre de un pintor ilustre.
Tampoco su tumba se ha conservado al ser destruida por las fuerzas napoleónicas
la iglesia de los capuchinos donde se hallaba.
Sí han quedado en la historia sus espectaculares proezas vocales, en
las que sin embargo nunca llegaba a caer musicalmente en el mal gusto. La extensión
natural de su voz superaba las tres octavas, podía sostener un sonido
durante más de un minuto ampliando o disminuyendo el volumen a voluntad
y en un aria especialmente escrita para él por su hermano, realizaba
vocalizaciones durante catorce compases con una sola toma de aire. Es famoso
el desafío que sostuvo con un trompetista en la ejecución de escalas,
trinos y los adornos más increíbles. Cuando luego de largo rato
el trompetista se detuvo totalmente agotado, Farinelli lo miró con una
sonrisa y repitió sus gorjeos agregando nuevas y mayores dificultades
ante la mirada atónita del instrumentista jadeante y las aclamaciones
de los demás presentes. Según testigos de la época, la
emotividad de su canto era prodigiosa. En una ocasión, compartió
una obra en la que otro famoso castrado llamado Senesino hacía el rol
de un tirano y Farinelli el de su víctima. Durante la primera aria Farinelli
cantó de tal modo, que Senesino, olvidando su rol, se lanzó hacia
él sollozando para abrazado. Se cuenta también que otro joven
y talentoso castrado llamado Gioacchino Conti, lloró y cayó al
suelo desmayado tras escucharle durante un ensayo.
¡Lamentablemente hoy nos es imposible siquiera imaginar lo que pudo haber
sido el fabuloso canto de Farinelli ya que las únicas grabaciones que
se conservan de un cantante castrado, corresponden a un artista relativamente
mediocre y ni remotamente comparable a semejante coloso!
El Final
de los Castrados
Hacia fines
del siglo XVIII eran numerosos los intelectuales, escritores y pensadores diversos
que alzaban sus voces airadas contra la práctica de la castración,
que consideraban aberrante, y muy particularmente en Francia, donde nunca había
sido bien vista. Ya Voltaire y Rousseau la condenaron llamando este último
"padres bárbaros" a los progenitores que la consentían
para sus hijos y "verdaderos monstruos" a quienes la habían
sufrido. Pero fueron sobre todo las ideas libertarias de la Revolución
Francesa y más tarde el propio Napoleón, lo que dio comienzo al
inevitable fin de dicha práctica. En efecto, si bien el emperador admiraba
y protegía al castrado Crescentini, el único, según se
cuenta, que logró arrancarle lágrimas de emoción, su opinión
al respecto no podía dejar dudas.
Conquistada Roma, estableció en esta ciudad la pena capital para quien
la practicara e instruyó a su hermano José, rey de Nápoles
para que en ninguna escuela ni conservatorio napolitano se admitiera el ingreso
de niños mutilados. También la Iglesia modificó su actitud
permitiendo a partir de 1798 que las mujeres actuaran en los escenarios teatrales
y declarando el papa Benedicto XIV que nunca era legal la amputación
de cualquier parte del cuerpo, salvo en caso de absoluta necesidad médica.
Por otra parte los famosos conservatorios de Nápoles que habían
sido el gran semillero de "castrati" comenzaban a desaparecer por
culpa de malas administraciones y con ellos las posibilidades de formar nuevos
artistas de estas características. No obstante, la castración
se siguió practicando aún durante un tiempo aunque en muy menor
cantidad de casos y ya en 1830, la despedida de Gianbattista Velluti de los
escenarios líricos, significó la desaparición definitiva
de castrados en la ópera. Solo en el Vaticano y en otras iglesias, siguieron
actuando hasta que un decreto del papa León XIII en 1902, prohibió
definitivamente la utilización de castrados en ceremonias eclesiásticas.
Algunas excepciones se hicieron de todos modos, particularmente con Alessandro
Moreschi, el ultimo castrado, quien se retiró en 1913 siendo el único
que pudo dejar el testimonio de su voz para la posteridad en grabaciones realizadas
en 1902 y 1904.
Moreschi había nacido en Montecompatrio, Roma, en 1858 y es considerado
el último cantante castrado de que se tenga noticia. En 1883, con veinticinco
anos de edad ingresó en el Coro de la Capilla Sixtina y si bien la mayor
parte de toda su actividad vocal se desarrolló en la sede vaticana, el
llamado "angelo di Roma" cantó también en universidades,
salones y hasta en el Pantheon de Roma en ocasión de los funerales de
los reyes de Italia Vittorio Emanuele II en 1878 y su hijo Umberto I en 1900.
Luego de la prohibición de admitir castrados en el coro papal, Moreschi
pudo no obstante continuar en él como director del mismo y, en algunas
oportunidades, aun como solista.
En 1922, a los sesenta y cuatro años de edad y tras haber cantado "con
una lágrima en cada nota" el aria de Margarita del "Fausto"
de Gounod en los elegantes salones romanos, moriría olvidado por todos,
hasta por aquellos que alguna vez le habrían gritado entusiasmados "Evviva
il coltello!" (Viva el cuchillo!) tal cual lo habían hecho otros
en los tiempos de esplendor de estas rarezas vocales.
Conclusiones
Pese a las voces indignadas que se alzaron ya hacia fines del siglo XVIII contra
la práctica de la castración, y aún durante todo el período
de transición hasta la desaparición completa de los cantantes
castrados, no fueron pocos los que -como el famoso escritor y melómano
Stendhal- la defendieron justificándola por el efecto excepcional que
estos intérpretes lograban en el canto. Pero como muy bien concluye Barbier,
hoy, lo más importante para nosotros es el redescubrimiento de uno de
los mitos más conmovedores de la historia de la música, en la
que durante tres siglos "fueron desafiadas todas las leyes de la moral
y la razón para concluir la imposible unión del monstruo y del
ángel".
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