Shakespeare, San Martín
y el gran mecanismo de la historia

Por Federico Arzeno

              “Si yo no disparo primero, me disparan a mí, ¿Esta mal eso?”
                                     La evitable ascensión de Arturo Ui, Bertolt Brecht

                                                  “Una muerte, es una muerte”
Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carrol 

 

En la tragedia de Hamlet hay un chiste que pocos críticos vieron: Hamlet crea otro Hamlet. Al matar a Polonio, padre de Laertes, el príncipe condena a otro a su propia situación de huérfano obligado a consumar una venganza. Esta broma Shakesperiana abre el “Gran Mecanismo de la historia” que se proyecta sobre la historia Argentina con una fuerza pasmosa. Escuchemos las palabras de Jan Kott sobre el sangriento círculo vicioso: “el monarca que sube al trono arrastra tras de sí una larga cadena de crímenes: asesinó primero a sus enemigos, luego a sus antiguos aliados, mando a ajusticiar a los herederos del trono y luego a los pretendientes.. Pero no pudo matarlos a todos, y del destierro vuelve un joven príncipe, que se erige en defensor de la ley violada. Es la justicia personificada. Pero cada paso suyo hacia el poder esta marcado, como antes, por el asesinato, la violencia y el perjurio. Y cuando el joven príncipe ya esta cerca del trono, arrastra una cadena de crímenes tan larga como la del monarca hasta entonces legítimo. Para llegar hasta ahí mato a sus enemigos, ahora asesinará a sus aliados. Ahora es tan odiado como el otro. Aparece un nuevo pretendiente al trono en nombre de la justicia violada. El círculo se ha cerrado, la tragedia comienza nuevamente.”

La sangre llama a la sangre, y el poder mismo mancha de sangre a todo aquel que lo desea. Aquél que consiga el poder será destruido y suplantado por otro que padecerá lo mismo. Desear el poder es asomarse a un abismo y añorar la propia caída. Pero es tan maravillosamente seductor. En la tragedia de Ricardo III, Lady Ana escupe en la cara del asesino de su marido y luego se va con él a la cama. Brecht acotaría: ¡Señores: primero comer, luego la moral!.

Una de las grandes falencias del teatro argentino ha sido la de representar a Macbeth o a Ricardo III como los “malos” en oposición a un entorno de “buenos”. Que ingenuidad. Esa lectura de cuento infantil, nos habla de la visión de un director que ni siquiera se ha tomado la molestia de intentar comprender realmente la historia Argentina.

Lo que sucede es que a los demás personajes, en palabras de Lady Macbeth: “no les falta ambición, pero si la maldad que debiera acompañarla”. Los demás querrían ser Ricardo, pero no se animan.

Ricardo de York es el único que tiene una moral, terrible, pero moral al fin. Y muy coherente, mal que nos pese. Por eso el teatro ha ido perdiendo público: el espectador  sabe que las cosas son mas complejas y sutiles. Como decía Heiner Muller, quien fuera director del Berliner Ensamble: “el teatro puede hacer de Shakespeare un verdadero idiota”.

Cuando Tato Pavlovsky puso en escena “El señor Galíndez”, fue criticado por un vasto sector de hipócritas que se negaban a llevar el tema de la tortura al escenario. No se percataban de que, gracias a Tato, teníamos el primer intento serio de comprender la subjetividad de un torturador. Un hombre que mientras prepara la picana, puede tomarle las tablas de multiplicar a su hija. Y todo esto en 1973.

Shakespeare habló de todo esto. Ricardo ríe, y puede matar mientras ríe. Pero a los contemporáneos les aterra leerlo en su verdadera y espantosa dimensión.

Pero también a los sueños de Ricardo, como a los de Scillingo, asisten todos aquellos que han sido desaparecidos. Mas con la luz del amanecer, la pesadilla termina y la culpa se desvanece. Ricardo III ha sido indultado. El jabalí esta fresco y listo nuevamente.

¿Como frenar el Gran Mecanismo? La historia otorga ejemplos, nunca respuestas, ya que esgrimir un dogma sería el primer escalón para caer en la trampa.

 San Martín comprendía perfectamente la idea de Shakespeare. El 26 de julio de 1822 se producía la entrevista de Guayaquil. Bolívar había escrito a sus colaboradores que no iría al Perú: “si la gloria no me ha de seguir” y “ni quiero que San Martín me vea si no es como corresponde al hijo predilecto”. No hubo testigos. San Martín sabía que Bolívar no estaba dispuesto a otorgar los medios para que otro terminara la guerra de la Independencia. O se retiraba dejando el campo libre o se enfrentaba a Bolívar como jefe de Estado del Perú. Años después dijo que si hubiera habido enfrentamiento, los frutos los recogerían los: “maturrangos, o sea los españoles, y se daría el escándalo de los dos libertadores riñendo entre sí”. Se puso a las órdenes de Bolívar. Este no recibió con entusiasmo la propuesta. El general argentino comprendió que debía ser más drástico. Decidió su separación absoluta del mando político y de la jefatura militar. Regresó a Lima y el 20 de septiembre presentó su renuncia ante el congreso del Perú. Bolívar solo manifestó: ”el perú ha perdido un buen capitán y un bienhechor”. Esa misma noche, el general se embarcó para Chile. Estaba cansado, vomitaba sangre y aún le faltaba soportar la vergüenza de las luchas fratricidas y de un exilio miserable.

Renunciar a la venganza, aunque sea por cobardía, es mejor que ejercerla.

Abstenerse de matar, eludir el ajuste de cuentas por los viejos métodos. Es tan simple y sin embargo en esa idea reside todo el peso del bastardeado concepto de grandeza.

En su novela “La última tentación de Cristo”, Nicos Kazantsakis nos dice: “Sabemos que si uno le pegaba a Cristo, el ponía la otra mejilla. ¿Que hubiera pasado si le volvíamos a pegar?”

Lograr la detención del Gran Mecanismo, en la patria nuestra. No estaría mal.

 

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