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Shakespeare,
San Martín Por
Federico Arzeno
En
la tragedia de Hamlet hay un chiste que pocos críticos vieron: Hamlet crea otro
Hamlet. Al matar a Polonio, padre de Laertes, el príncipe condena a otro a su
propia situación de huérfano obligado a consumar una venganza. Esta broma Shakesperiana
abre el “Gran Mecanismo de la historia” que se proyecta sobre la historia Argentina
con una fuerza pasmosa. Escuchemos las palabras de Jan Kott sobre el sangriento
círculo vicioso: “el monarca que sube
al trono arrastra tras de sí una larga cadena de crímenes: asesinó primero a
sus enemigos, luego a sus antiguos aliados, mando a ajusticiar a los herederos
del trono y luego a los pretendientes.. Pero no pudo matarlos a todos, y del
destierro vuelve un joven príncipe, que se erige en defensor de la ley violada.
Es la justicia personificada. Pero cada paso suyo hacia el poder esta marcado,
como antes, por el asesinato, la violencia y el perjurio. Y cuando el joven
príncipe ya esta cerca del trono, arrastra una cadena de crímenes tan larga
como la del monarca hasta entonces legítimo. Para llegar hasta ahí mato a sus
enemigos, ahora asesinará a sus aliados. Ahora es tan odiado como el otro. Aparece
un nuevo pretendiente al trono en nombre de la justicia violada. El círculo
se ha cerrado, la tragedia comienza nuevamente.”
La sangre
llama a la sangre, y el poder mismo mancha de sangre a todo aquel que lo desea.
Aquél que consiga el poder será destruido y suplantado por otro que padecerá
lo mismo. Desear el poder es asomarse a un abismo y añorar la propia caída.
Pero es tan maravillosamente seductor. En la tragedia de Ricardo III, Lady Ana
escupe en la cara del asesino de su marido y luego se va con él a la cama. Brecht
acotaría: ¡Señores: primero comer, luego
la moral!.
Una de las
grandes falencias del teatro argentino ha sido la de representar a Macbeth o
a Ricardo III como los “malos” en
oposición a un entorno de “buenos”.
Que ingenuidad. Esa lectura de cuento infantil, nos habla de la visión de un
director que ni siquiera se ha tomado la molestia de intentar comprender realmente
la historia Argentina.
Lo que sucede
es que a los demás personajes, en palabras de Lady Macbeth: “no les falta ambición, pero si la maldad que
debiera acompañarla”. Los demás querrían ser Ricardo, pero no se animan.
Ricardo de
York es el único que tiene una moral, terrible, pero moral al fin. Y muy coherente,
mal que nos pese. Por eso el teatro ha ido perdiendo público: el espectador sabe que las cosas son mas complejas y sutiles. Como decía Heiner Muller,
quien fuera director del Berliner Ensamble: “el
teatro puede hacer de Shakespeare un verdadero idiota”.
Cuando Tato
Pavlovsky puso en escena “El señor Galíndez”, fue criticado por un vasto sector de hipócritas que se negaban a llevar
el tema de la tortura al escenario. No se percataban de que, gracias a Tato,
teníamos el primer intento serio de comprender la subjetividad de un torturador.
Un hombre que mientras prepara la picana, puede tomarle las tablas de multiplicar
a su hija. Y todo esto en 1973.
Shakespeare
habló de todo esto. Ricardo ríe, y puede matar mientras ríe. Pero a los contemporáneos
les aterra leerlo en su verdadera y espantosa dimensión.
Pero también
a los sueños de Ricardo, como a los de Scillingo, asisten todos aquellos que
han sido desaparecidos. Mas con la luz del amanecer, la pesadilla termina y
la culpa se desvanece. Ricardo III ha sido indultado. El jabalí esta fresco
y listo nuevamente.
¿Como frenar
el Gran Mecanismo? La historia otorga ejemplos, nunca respuestas, ya que esgrimir
un dogma sería el primer escalón para caer en la trampa.
San Martín comprendía perfectamente la idea
de Shakespeare. El 26 de julio de 1822 se producía la entrevista de Guayaquil.
Bolívar había escrito a sus colaboradores que no iría al Perú: “si la gloria no me ha de seguir” y “ni quiero que San Martín me vea si no es como
corresponde al hijo predilecto”. No hubo testigos. San Martín sabía que
Bolívar no estaba dispuesto a otorgar los medios para que otro terminara la
guerra de la Independencia. O se retiraba dejando el campo libre o se enfrentaba
a Bolívar como jefe de Estado del Perú. Años después dijo que si hubiera habido
enfrentamiento, los frutos los recogerían los: “maturrangos, o sea los españoles, y se daría
el escándalo de los dos libertadores riñendo entre sí”. Se puso a las órdenes
de Bolívar. Este no recibió con entusiasmo la propuesta. El general argentino
comprendió que debía ser más drástico. Decidió su separación absoluta del mando
político y de la jefatura militar. Regresó a Lima y el 20 de septiembre presentó
su renuncia ante el congreso del Perú. Bolívar solo manifestó: ”el
perú ha perdido un buen capitán y un bienhechor”. Esa misma noche, el general
se embarcó para Chile. Estaba cansado, vomitaba sangre y aún le faltaba soportar
la vergüenza de las luchas fratricidas y de un exilio miserable.
Renunciar
a la venganza, aunque sea por cobardía, es mejor que ejercerla.
Abstenerse
de matar, eludir el ajuste de cuentas por los viejos métodos. Es tan simple
y sin embargo en esa idea reside todo el peso del bastardeado concepto de grandeza.
En su novela
“La última tentación de Cristo”, Nicos
Kazantsakis nos dice: “Sabemos que si
uno le pegaba a Cristo, el ponía la otra mejilla. ¿Que hubiera pasado si le
volvíamos a pegar?”
Lograr la detención del Gran Mecanismo, en la patria nuestra. No estaría mal.
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