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Giacomo
Leopardi
Por Hernán Isnardi
Fue
el gran poeta romántico moderno. El poeta de dolor universal.
Dijo
Carducci: "Leopardi, como clásico, fue más profundo y renovador y descubridor
que los románticos: romantizó, por decirlo así, la pureza del sentimiento griego
No muy lejos de aquí en tiempo y espacio (digamos un 29 de junio de 1798) renacía
en Italia la poesía. Ser poesía luego de Homero, Dante y Quevedo es renacer.
Adivinamos por Whitman que un poeta puro se conoce y Giacomo
se sabía.
Alguna vez Novalis dijo que el dolor es un recuerdo de nuestra
condición elevada; Giacomo era eso: el dolor.
Podía descubrir, sin esfuerzo, la metamorfosis entre dos
silencios; todo... todo de uno y hasta el otro. Ver el cambio entre dos nadas
es condena. Tal vez el miedo con el que veía llegar la noche fuera una de las
manifestaciones de su infierno. Fue camino y destino la derrota. También lo
fue la expectativa y el desengaño, el dolor de vivir; esa amarga sensación de
búsqueda y no encuentro de cualquier algo que aliente ese disminuído sentimiento
de felicidad.
Siempre supo de universos donde no hay la salida. Lo hermanó
Artaud en aquello de "rechazar cualquier pretexto de alivio, cualquier
engaño usado como justificativo para poder vivir." Ese universo donde la
"infausta verità" es la simple realidad, es el mismo que exige para
salir, la mentira.
Lo dijo él:
"La
conciencia que tengo de lo inmenso de mi desventura, no admite las quejas. Todo
lo he perdido, soy un tronco seco que aún siente y sufre."
Fue camino y destino su derrota.
Rodó y rodó, pero lo que era ausencia de felicidad era presencia
de talento sin que el exceso de uno sea la falta de lo otro.
Sufrió como pocos y escribió como ninguno. Poeta del sonido
que hizo de la conjunción de los mismos y de la acústica poética un sello de
excelencia que de manera constante se sumió en toda su obra.
Como todo aquel que hace de la elevación un algo cotidiano,
accedió a lo sublime con igual frecuencia que descendió a los fuegos de ese
único infierno que fue su sola y amarga vida.
En una carta fechada el 19 de Noviembre de 1819 y enviada
a Pietro Giordani cuenta:
"Estoy tan aturdido
de la nada que me rodea que no sé como tengo fuerzas para tomar la pluma...
si en este momento enloqueciera, creo que mi locura consistiría en estar siempre
sentado con los ojos atónitos, con la boca abierta, con las manos entre las
rodillas, sin reir ni llorar, ni moverme, sino por fuerza, del lugar donde me
encontrara. No tengo fuerzas de concebir ningún deseo ni siquiera de la muerte,
no porque la tema, sino porque no veo la diferencia alguna entre la muerte y
esta vida mia, donde no viene a consolarme ni siquiera el dolor..."
Sin embargo hubo un lugar dentro suyo que sólo admitía un nombre, un recuerdo,
un silencio, un sueño y un momento. Recordaba ese nombre alguna vez Fanny
en silencio; luego la soñaba en ese único momento, el elegido.
Tierno y herido, grave y genial, siempre y a un mismo tiempo.
Esas desilusiones fueron su límite como lo es un jamás, como
un olvido. Hundirse en la nada es un destino como lo es confiar en la memoria
o infectar un dolor con vacío.
El lugar del poeta es los ojos de otro. Luego lo espera lo
profundo.
¿Hacia donde fue el dolor que perdió aquel 14 de junio de
1837?. Ciertas veces creo encontrarlo junto a los silencios de mi alma.
Nuestra oportunidad de no morir la perdemos al nacer y de
este hecho objetivo e irreversible, hasta la muerte, penó buscando el paraíso
y encontrando el infierno.
Siempre se marchitan todas las flores.
El 27 de mayo de 1837 18 días antes de morir
le escribió a su padre lo siguiente:
"...
Mis sufrimientos físicos diarios e incurables han llegado con la edad a un punto
tal que no pueden aumentar más: espero que, superada finalmente la pequeña resistencia
que les opone mi cuerpo moribundo, me llevarán al eterno descanso que invoco
a diario con toda mi alma, no por heroismo sino por el rigor de las penas que
sufro"
Como quien espera un recuerdo que no vuelve, él deseó esa suerte que no existe.

Casa
natal de
LEOPARDI, en Recanati
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