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Robert
Louis Stevenson
Por
Cesare Pavese
Allá
por 1950 (año en que se mató), Pavese escribió este ensayo sobre Stevenson
que fue publicado en LUnità de Roma en Junio del mismo año.
El
Centenario del nacimiento de Robert L. Stevenson, que se cumplirá el 13 de noviembre,
probablemente no modificará demasiado la ambigua consideración de que goza el
autor de Treasure Island [Trad. castellana: La isla del tesoro]. La crítica no ha superado hasta ahora las dificultades de conciliar la admiración
por la nítida vivacidad de sus fábulas esa cualidad que ha hecho de Stevenson
un escritor estimado también por los lectores jóvenes con la falta de
la llamada «profundidad», de la problemática seria, de algún visible interés
social y humano. No es casual se dice que Stevenson haya escrito
un libro titulado,New Arabian,Nights [Trad. castellana: Las nuevas noches árabes]: los personajes de sus novelitas y relatos, de
sus fábulas, siempre parecen moverse en una atmósfera enrarecida, pintoresca,
de mera fantasía unidimensional, tal como ocurre o parece ocurrir precisamente
en Las Mil y Una Noches. Y se nos recuerda que Stevenson, que siempre
vivió enfermo, preocupado exclusivamente por problemas de estilo y de
bonita invención, acabó en efecto en el eremitorio de Samoa, lejos del tumulto
y de los problemas de su patria y la sociedad.
Cabe recordar que el de Stevenson no fue un caso aislado,
que prácticamente toda la cultura occidental de su tiempo (fines del siglo XIX
y principios del XX) atravesó esa crisis de disgusto por el ambiente, y aunque
no se viajara físicamente a los confines del mundo, se buscaba de diferentes
maneras un paraíso y una justificación. Fue una manera tan buena como cualquier
otra de polemizar de vivir con la propia sociedad. Pero nosotros
queremos sencillamente descubrir y aprovechar lo poco o mucho que Stevenson
nos ha dejado, olvidando aquello que ni soñó en darnos; en otras palabras, evaluar
su importancia y la huella dejada en la cultura europea del nuevo siglo.
Cuando Stevenson empezó a escribir, alrededor de 1880, florecía en el país y
fuera de él una narrativa que sobre todo se ejercitaba en los problemas y dificultades
del verismo, llamado también naturalismo, cuyo propósito era la representación
objetiva de la sociedad en sus aspectos más desatendidos, cotidianos y brutales.
Por extraño que pueda parecer, ese verismo no era otra cosa que una faceta del
incipiente esteticismo, de la tendencia a buscar en el arte y en la vida la
sensación fuerte, una sensación rara y vital para el deleite y el aislamiento.
La herencia de los olímpicos narradores que florecieron hacia la mitad del siglo
Stendhal, Balzac, Thackeray, Dickens, los grandes rusos fermentaba
y bullía en búsquedas y descubrimientos que hoy, llevan el nombre de
Thomas Hardy y Oscar Wilde, Flaubert, Maupassant y Zola, Verga y DAnnunzio.
Ahora bien, la posición singularísima que le cupo a Stevenson fue a nuestro
entender la siguiente: ni verista ni esteta (o, si se prefiere,
ambas cosas, y sin proponérselo), fue derecho, por instinto, a lo que de vivo,
genuino y eterno había en el fondo de las exigencias de ambas escuelas.
Sus maestros más inmediatos fueron sin duda Flaubert, Maupassant
y Merimée. Eso quiere decir que con Stevenson entra en la prosa narrativa inglesa,
y alcanza exótica fascinación, la lección estilística de los naturalistas franceses,
la elección de la palabra justa, insustituible, el sentido del color, del sonido,
del matiz esencial, del detalle observado con exactitud, y al mismo tiempo la
aversión a todo exceso romántico o sentimental, el ejercicio de una sobriedad
y un dominio de sí mismo casi estoicos. Digamos de paso que en nuestra opinión
es el fruto más auténtico y eficaz del esteticismo verista, y su disciplina
de escritura nítida, artesana, sobria y "funcional" vale mucho más
que las farragosas encuestas seudo- científicas de Zola o las borracheras místico-eróticas
de DAnnunzio y secuaces. En este sentido, en cuanto devoto artesano de
la palabra y de la página, Stevenson es deudor de los franceses. Pero es también
un narrador de fábulas, ajeno el gusto por la crónica chismosa de la "objetividad"
burguesa, un narrador que destina la exactitud y la verdad de la frase, de la
sensación y del gesto a hacer palpables y familiares las nostalgias y osadías,
las fidelidades y heroísmos de la eterna aventura del jovencito que entra en
el mundo. El haber disociado el estilo "verista" de la época de su
congénito programa de seudocien- tífica encuesta social y también de la
tendencia decadente que convertía la sensación en un fin y el haberlo
utilizado para relatar a todo trapo, constituyó un acto inconscientemente revolucionario
y de rico porvenir.
Puede decirse que de ahí nace (no sólo de ahí, por supuesto)
la escritura más válida de nuestro siglo: por una parte, la negativa a buscar
la poesía en el documento brutalmente humano, y, por otra, la condena
de todo esteticismo que intente huir de los hechos. Norteamericanos, rusos,
ingleses, franceses e italianos, todos debemos algo a este ejemplo de oficio
ejercitado con estoica ingenuidad de muchacho que cree espontáneamente en la
vida y en la fantasía.
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