En
la Cabaña de Fuego Miss MacGregor había un joven que reclamaba a los gritos
cualquier cosa "un poco dura para excitar el espíritu". No pensaba
por cierto en literatura: el arte de Rafael parecía el único que aplacaba sus
exigencias y con la ayuda de una pluma, tinta y una caja de acuarelas de un
chelín había transformado una de las piezas en una galería. Mi primer deber
ante esta galería era la de ser un visitante atento. Pero a veces, cuando sentía
deseos de de- tenerme, me juntaba con el artista (si así puede llamár -selo)
ante su caballete y pa- saba la tarde en una alegre emulación, haciendo en su
compañía coloridos dibujos. En ocasión de una de estas sesio- nes dibujé el
mapa de una isla. Estaba cuidadosa y (al menos yo lo pensaba así) hermosamente
colorida. En particular fue su forma lo que acaparó mi imaginación más allá
de toda expresión. Había allí caletas y puertos que me encantaban tanto como
un soneto y con la inconsciencia de los predestinados bauticé mi obra como "La
isla del tesoro".