Surrealismo
Por
Sara Cameron Universidad Nacional de
Córdoba
Más
bien la vida
... Más bien la vida con
sus salones de espera
Cuando
sabe uno que no será nunca introducido
Más bien la vida con esos
establecimientos termales
Donde el servicio se hace por medio de collares Más bien
la vida desfavorable y larga
Aún cuando los libros se cerrasen aquí
sobre rayos menos dulces
Y aún
cuando allí hiciese un tiempo mejor que mejor
Más bien la vida
Más bien
la vida como fondo de desdén
A esa
cabeza insuficientemente bella
Como el
antídoto de esa perfección que ella reclama y teme
La vida
el afeite de Dios
La vida
como un pasaporte virgen
Una
pequeña ciudad como Port-à-Mousson
Y como
todo está ya dicho
Más bien la vida
Agosto
1923
(De Claro de tierra)
[1]
La
vida es la elección de Breton, y es el ámbito de interés
del surrealismo. Éste se basa en “el libre ejercicio del
pensamiento”, mediante el cual intenta “la resolución
de los principales problemas de la vida” (Manifiesto, 44-45).
Respondiendo Breton a la pregunta de José María
Valverde —entrevista de 1950— sobre cuáles son los
ideales y modos de sentir del surrealismo, declara que todo se resume
“en la necesidad de cambiar la vida” (El surrealismo, puntos
de vista y manifestaciones, 293) [2].
Este cambio es uno, pero conlleva una doble acción: sobre
el mundo exterior, una, y otra sobre la interioridad del hombre. “Las
dos necesidades que yo pensaba convertir en una sola: transformar el
mundo, según Marx, y cambiar la vida, según Rimbaud”
expresa en 1950 a Francis Dumont —op. cit., 282—, repitiendo
aquí la afirmación que había hecho ya en 1933,
al terminar su discurso en el Congreso de Escritores por la Libertad
de la Cultura: “Transformemos el mundo, dijo Marx, cambiemos la
vida, dijo Rimbaud; estas dos consignas se funden en una sola”
(Discurso citado, en Manifiestos del Surrealismo, 264).
Esta confianza en la unidad de los fines es natural en quien
concibe “la integridad de la aspiración humana” (Surrealismo,
282). Mas dentro de esa integridad, y aún cuando para los surrealistas
resultaba “intolerable” el sojuzgamiento que el hombre ejerce
sobre el hombre (op. cit., 127) su genuino interés: la condición
humana, los apremiaba por encima de la condición social de los
hombres, a la cual incluía (op. cit., 128-138-139).
En lo referente a la transformación del mundo, el marxismo
era para los surrealistas, el “instrumento” adecuado, (op.
cit., 138) y en consecuencia adhirieron a él. Los comunistas
que a su vez pretendían de los surrealistas una acción
militante (op. cit., 125-131) y al mismo tiempo les desconfiaban; no
entendían sus publicaciones y los consideraban incompatibles
con la revolución: alentaban una abierta hostilidad hacia ellos.
Desde la perspectiva de Breton, la esperada conversión
de las dos aspiraciones en una sola, tuvo su gran obstáculo en
el stalinismo que falseaba el principio de la revolución. Por
otra parte consideraba que “es por la causa de un ‘racionalismo
cerrado’ que está a punto de morir el mundo” (op.
cit.; 282, 235); que el predominio de la lógica significa entorpecimiento,
esterilidad y pérdida de su vitalidad (Manifiestos, 293 - Surrealismo,
83, 842). No podían por tanto los surrealistas, supeditarse íntegramente
a los requerimientos del partido, cuya acción consideraban “racionalista
y disciplinada”. Así sólo estaban determinados a
entregar a la diligencia política “una parte” de
su espíritu (Surrealismo, 139). Era una situación de oposiciones
que se resolvió en ruptura: los surrealistas se retiraron del
partido (Surrealismo, 131).
Interesaba al surrealismo la liberación del espíritu
y del hombre (Discurso ante el Congreso de Escritores) y afirmaba que
el libre ejercicio del pensamiento “permitía alcanzar la
resolución de los principales problemas de la vida” (Manifiestos,
44-45). Buscando lograr tal fin se aplicó a penetrar en esa zona
interior desconocida, cuyo camino había descubierto Freud: “estaba
muy interesado en Freud, y conocía sus métodos de examen
que había practicado en enfermos. .. por lo que decidí
obtener de mí mismo, lo que se procura obtener de aquellos, es
decir un monólogo lo más rápido posible, sobre
el que el espíritu crítico del paciente no formule juicio
alguno (Manifiestos, 40-41) y que sea en lo posible, equivalente a pensar
en voz alta”. Intentaba “la conquista de lo irracional”,
esa energía que actúa en los sueños. Así
en el primer Manifiesto declara Breton: “Quisiera dormir... para
dejar de hacer prevalecer el ritmo consciente de mi pensamiento”.
Deseaba aprehender las formas que en la interioridad del hombre —en
sus profundidades— operan sobre nuestra vida conciente (Manifiestos,
26).
Juzgaba que el espíritu despierto funciona siguiendo “sugerencias”
de lo que él califica “una noche profunda”, el ámbito
de lo inconsciente que Freud denominó “abismal”.
Es decir que lo que reputamos determinaciones objetivas, deliberadas,
sólo son expresión de un operar que penetra en nuestra
vida, pero cuyo “campo” desconocemos (Nadja). Se advierte
aquí la presencia del pensamiento de Freud a quien Breton llamó
“nuestro guía” y también la singular concepción
de Groddeck. Freud asevera que el proceso de los sueños nos lleva
a afirmar esa “actividad psíquica inconsciente” que
estaba “oculta a nuestra percepción conciente” (Freud,
O.C., 1854-1855), que es “la base general de la vida psíquica”
y “el grado preliminar de lo conciente” (Freud, O.C., t.
I, 715). Discriminación de ámbitos diferentes en la vida
psíquica y afirmación de la determinación activa
de uno sobre el otro. Pasividad del yo sometido a la operación
de “poderes ignotos e invencibles” (op. cit., t. III, 207).
Es también la concepción de Groddeck, quien en
“El libro del Ello” —Das Buch vom Es— declara:
“Sostengo que el hombre está animado de lo desconocido,
una fuerza maravillosa que dirige a la vez lo que él hace y lo
que le acontece. La frase ‘yo vivo’ sólo es correcta
condicionalmente, no expresa más que una parte pequeña
y superficial del principio fundamental: ‘El hombre es vivido
por el Ello’”. El Ello cuyo contenido es contrario a la
razón (op. cit., 2707-2708).
También en Rimbaud, por quien Breton se interesó
en ciertos momentos apasionadamente [3] se encuentra análoga
manifestación. En carta a Georges Izambard del 13 de mayo de
1871, Rimbaud escribe: “Yo me he reconocido poeta. Esto no es
de ningún modo mi culpa. Es falso decir yo pienso. Se debe decir
se me piensa”, afirmación que reitera en una carta a R.
Demeney, del 15 de mayo de 1871: “Si el cobre se despierta clarín
no es su culpa... La sinfonía hace su movimiento en las profundidades”
(Arthur Rimbaud, de Claude Edmonde Magny, 66-68).
Precisamente el surrealismo “desplazó el interés
del yo hacia el ‘ello’” (Surrealismo, 239), ya que
según Breton sólo del “ello” pueden proceder
los remedios para los “grandes males del yo” (Surrealismo,
233). Asumió entonces lo que para los surrealistas era su tarea
propia: “a nosotros corresponde intentar percibir más y
más claramente cuánto se trama en relación al hombre,
en las profundidades de su espíritu” (Manifiestos, 204).
Buscaba así conquistar lo irracional y “suprimir la hegemonía
de lo conciente”, cuya lógica había “domesticado
el espíritu”. Juzgaba que su liberación —aspiración
del surrealismo— ha de alcanzarse por “un vertiginoso descenso
al interior de nosotros mismos” (Manifiestos, 178).
Esto implica el “largo, inmenso y razonado extravío
de todos los sentidos” (op. cit., 223) que exigía Rimbaud
en su búsqueda de lo desconocido.
“Yo quiero ser poeta y trabajo para hacerme poeta... se
trata de arribar a lo desconocido por el desarreglo de ‘todos
los sentidos’ (Carta a George Izambard cit.). Y reitera poco después,
en carta a Paul Demeney: “Digo que es necesario ser ‘vidente’...
El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado ‘desarreglo
de todos los sentidos’... él se busca a sí mismo...
él deviene entre todos... el supremo sabio... pues arriba a ‘lo
desconocido’”.
Anhelo de lo desconocido ya manifestado por Baudelaire en su
poema “Viaje”:
Oh, muerte, capitán, es tiempo ya ¡Levemos!
...¡Escancia tu veneno pues, que nos reconforta!
Llegaremos en tanto nos abrasa tu fuego
¡Al
fondo del abismo, Cielo, Infierno! ¿Qué importa?
¡Al fondo de lo desconocido
para encontrar lo nuevo!
Búsqueda que los surrealistas continuaron, actividad poética
que en Francia fue también la de Gerard de Nerval y Lautréamont,
y en Alemania la de Novalis y Hölderlin (Surrealismo, 82).
Procuraron así penetrar en las profundidades del espíritu,
en la propia interioridad.
Consideraban que éste era el camino para que el hombre
recuperase toda su energía psíquica. Dos fueron los medios
para ello, ambos involucrados en el término “surrealismo”
y ambos sólo dependientes de la vida pasiva de la inteligencia
(Manifiestos, 207): la escritura automática y las manifestaciones
del sueño hipnótico. Los sueños que para Freud
eran la “vía regia” para el conocimiento del inconsciente
(Freud, O.C., 713).
A través de estos medios el surrealismo emprendía
lo que fue para Breton “una gran aventura”; la búsqueda
en los confines de la vida despierta y la vida del sueño a fin
de percibir sin traba alguna y así expresarla, la voz del inconsciente.
Esta búsqueda manifiesta un aspecto de lo que Mircea Eliade
ha llamado el Zeit Geist de comienzos del siglo XX: “la interiorización
e inmersión en las profundidades” que puede verse en múltiples
actividades: la exploración de Freud y Jung en la psicología,
el reconocimiento de E. Recovitz de “fósiles vivientes”
en el estudio de la fauna de las cavernas, así como las investigaciones
de Lévy-Bruhl respecto de la mentalidad “prelógica”,
el momento arcaico del pensamiento (Mircea Eliade, La prueba del laberinto,
184).
En distintos libros ha manifestado Breton cómo se iniciaron
y desarrollaron esas prácticas de exploración de tipo
automático (Pasos perdidos, 112-113; Manifiestos, 36-38; Surrealismo,
85) por las cuales se puede penetrar en lo inconsciente; ese ámbito
de lo desconocido en el que “el deseo impera ilimitadamente”
(Freud había ya afirmado que el principio del placer “reina
sin restricciones en el Ello”, O.C., t. III, 2708).
Conforme con su posición que elude los procedimientos
de la lógica de la razón, la palabra “surrealismo”
designa el automatismo psíquico que tiene caracteres semejantes
al estado de sueño.
Y fue en las proximidades del sueño —“antes
de caer dormido”— que Breton tuvo la experiencia que lo
condujo a la práctica de la escritura automática. Una
frase “como salida de un recodo” se le hizo perceptible
sin causa que pudiera precisarse, a la que siguió una serie no
interrumpida de frases, como si “se hubiera roto una vena en mi
interior”.
Aunque en un primer momento Breton tan sólo retiene aquellas
frases, posteriormente él y Soupault reproducen voluntariamente
las circunstancias en que se habían originado, y así obtienen
nuevas frases de tipo automático, que esta vez fijan mediante
la escritura (Surrealismo, 85; Pasos perdidos, 113; Manifiestos, 41).
En esta primera experiencia de escritura automática las
frases, como en la anterior ocasión, se suceden sin intervalo.
Y cuando al terminar Breton y Soupault consideran sus textos, advierten
entre ambos escritos diferencias provenientes de la idiosincrasia de
cada uno de ellos; y a la vez, grandes semejanzas en sus errores y defectos,
como también, entre otras, cualidades tales como una fecundidad
fuera de lo común, emoción y calidad en las imágenes
(Manifiestos, 40-41). Así
nace la escritura automática, “auténtica fotografía
del pensamiento”. (“Hay imágenes surrealistas”
que se “ofrecen” al hombre “despóticamente,
sin que las puedan apartar de sí”.)
El primer producto de esta experiencia, fue el texto de Los campos
magnéticos. Dice Breton “en sus números de octubre
y diciembre de 1919, Litterature publicó bajo mi firma y la de
Soupault los tres primeros capítulos de Los campos magnéticos.
Indiscutiblemente se trata de la primera obra surrealista... ya que
es el fruto de la primera aplicación sistemática de la
escritura automática” (Surrealismo, 60).
Es condición para la libre manifestación de lo
inconsciente; que la escritura automática y el sueño provocado
intentan alcanzar que se elimine toda consideración de orden
lógico, moral, estético, sentimental o de buen tono que
los limitan (Surrealismo, 33).
El surrealismo espera así que la escritura automática
transcriba esa voz interior manifestándose en una espontaneidad
total. Al respecto Breton observa que, contrariamente, cuando se opera
persiguiendo fines precisos de determinación literaria, lo que
se obtiene puede no provenir de lo inconsciente. Y refiriéndose
a ello, dice: “eso fue lo que sucedió”. Por lo cual
desinteresándose, pasó a considerar la narración
de los sueños. Por intervenir aquí la memoria que es falible,
los fines perseguidos con este tipo de exploración no eran tan
seguros de alcanzar. Se recurrió entonces a un nuevo procedimiento
que, rechazando totalmente la creencia de comunicación con los
muertos —“en ningún momento... adoptamos el punto
de vista espiritista—... me niego formalmente a admitir que exista
cualquier comunicación entre los vivos y los muertos” (Pasos
perdidos, 113, 114, 115; Surrealismo, 84-85), utiliza únicamente
las formas exteriores de las prácticas espiritistas: oscuridad,
silencio, manos alrededor de la mesa tocándose por los meñiques.
De este modo Revel entra en “sueño hipnótico”
y comienza una alocución de la que no se toma constancia escrita.
Posteriormente es Desnos el sujeto de la experiencia; esta vez Desnos
escribe, y sostiene también un diálogo con los testigos
del procedimiento. Desnos se manifiesta como el más apto para
estas “incursiones” en lo desconocido. Es en oportunidad
de estas experiencias que produce los “juegos de palabras”,
provenientes según él, de comunicación telepática
con Marcel Duchamp, entonces en Nueva York (Pasos perdidos, 113, 116;
Surrealismo, 87, 89).
Junto a estos medios, Breton ha reconocido expresamente como
otro procedimiento eficaz el de Salvador Dalí, que éste
llamó “método espontáneo de conocimiento
irracional”, que consiste en la objetivación de “asociaciones
e interpretaciones delirantes” (Manifiestos, 301, 302; Surrealismo,
159, 160). “Actividad paranoio crítica” que tiene
en su pintura una manifestación ejemplar. Proviene este procedimiento
—según explica Breton— de la enseñanza de
Da Vinci, quien inducía a observar las manchas de los muros viejos,
“las cenizas, las nubes, los arroyos”, y derivar de ellos
“batallas, paisajes o escenas fantásticas” (Surrealismo,
páginas citadas).
Perspicaz y fecundo consejo, cuyo eco puede encontrarse en Breton,
al hablar éste en “Crisis del objeto” de una deformación
o transformación del mismo, provocada por la intervención
de agentes tales como los “terremotos, el fuego, el agua”,
fenómenos que tienen la virtud de evidenciar el poder “evocador”
del objeto (Ir más allá de su ser evidente, hacia su ser
oculto) (“Crisis del objeto”, en Antología, 118-119).
Breton ha cuidado distinguir la escritura autromática
surrealista, de otra forma de fluencia del lenguaje: el monólogo
interior de Joyce, resultado del esfuerzo del autor.
La escritura automática permite, en su pasividad receptora,
el libre manar del lenguaje, en que éste recupera “toda
su fuerza”, su capacidad creadora, en tanto el monólogo
de Joyce imita la vida. Y recurriendo con persistencia a diversas manifestaciones
y a distintas formas de las palabras, incurre en arbitrariedad (Manifiestos,
329, 330, 331).
Ha reconocido por el contrario, como su precursor a Achim von
Arnim (1781-1831) en una entrevista con Ana Balakian (según ésta
hace constar en su libro Antecedentes literarios del surrealismo, 40
y nota). También Albert Béguin en El alma romántica
y el sueño (311) ha señalado que von Arnim, intentando
expresar los fenómenos del inconciente, es el primero que recurrió
a la escritura automática.
Sin embargo Marcel Courrèges, en su libro André
Breton et les donnés fondamentales du surréalisme (150-160)
en cuanto a considerar en la obra literaria en general, un origen “más
allá de la conciencia” enuncia antecedentes que, pasando
por Restif de la Bretonne, George Eliot, Longfellow y muchos más,
llega hasta Platón, citando textos de Ion y Fedro, lo que le
lleva a afirmar que el procedimiento surrealista se apoya en una constante
del espíritu humano; sin que ello implique negar originalidad
al método de Breton, si se considera el rigor con que el surrealismo
emplea el automatismo, y la clara conciencia que tiene del papel que
juega en la creación (op. cit., 159, 160).
Respecto a estas investigaciones y sus productos, Breton ha declarado
en repetidas oportunidades, que nada tienen que ver con la literatura
o con intereses estéticos (Manifiestos, 329, 208, nota 44; Surrealismo,
308). Las manifestaciones de lo inconsciente tienen un “valor
de documento humano” —para usar una expresión que
Breton aplica al psicoanálisis—. Ellas hacen “accesible
a la conciencia” lo inconsciente, región de las profundidades,
no manifiesta pero “revelable”, ámbito en el cual
Freud “ha mostrado que reina la ausencia de contradicción”
(“Génesis del surrealismo”, en Antología,
189). Así recuerda Breton y acorde con esto, afirma su creencia
de que en nuestro espíritu existe un punto desde el cual la perspectiva
no es la oposición: ahí la realidad y el sueño,
vida-muerte, pasado y futuro, bien y mal, dejan de ser contradictorios
y se armonizan en una realidad que es “absoluta”, “sobrerrealidad”
o “surrealidad” (Manifiestos, 38, 164, 204; cfr. 82, 162,
163, 329).
Aquellos que mediante la escritura automática o el relato
de los sueños, hayan penetrado en lo profundo, habrán
accedido a una región de lucimiento de “toda la belleza,
todo el amor, toda la virtud de que somos capaces”. Ámbito
superior, realidad a la que el surrealismo pretende acceder, partiendo
de “la vida de los presentes tiempos” (Manifiestos, 163).
Se ha señalado como explicación para la actitud
surrealista, el horror y el desaliento de la época entre guerras
que les tocó vivir —“jóvenes a quienes la
guerra de 1914 acababa de privar de todas sus aspiraciones, para arrojarlos
a una cloaca de sangre, imbecilidad y lágrimas” (Surrealismo,
25).
Pero la vida en la que el surrealismo “hunde sus raíces”,
es también “la vida a la que dotó de elementos como
el cielo, el sonido de un reloj, el frío, el malestar, es decir
vida de la que hablo de un modo vulgar” (Manifiestos, 164). Y
también: “Un policía, unos cuantos vividores, dos
o tres alcahuetes de la literatura, muchos desequilibrados, un cretino,
a quienes bien puede unirse, sin que quepa formular objeción
alguna, un reducido número de seres sensatos, duros y probos,
que calificaremos de energúmenos... ¿no son éstos
los tipos adecuados para formar un equipo divertido, inofensivo, fiel
reflejo de la realidad de la vida?” (Manifiestos, 171, 172)
Vida “degradada”, “desesperanzadora”
que sin embargo es, dialécticamente, origen de la esperanza de
alcanzar el ámbito de la conciliación en que se superan
aquellos antagonismos “engañosos”, “absurdos”,
que impiden al hombre “tener una justa idea de sus recursos”.
Antagonismos perturbadores de los intentos de lograr un mundo, que no
justifique las desoladas palabras de Vache sobre la “esterilidad
teatral y sin alegría de todo” [4] (Surrealismo, 30; “Carta
del 29-4-17”, en Antología del humor negro, 341).
En la oposición de la muerte y la vida, del sueño
y de la razón que naufraga en el sueño, del pasado y del
porvenir “aplastante”, y así también de la
negatividad recíproca de las demás antinomias (verdadero
y falso, real-imaginario, alto-bajo, bien y mal, etcétera) se
limita la imaginación, única “incitadora”
de la realidad (Manifiestos, 11). De este modo el hombre es coaccionado
a la realización de una vida precaria, “inaceptable”,
en un mundo “inhabitable”, “aberrante”, “caduco”.
Breton ha contrapuesto a esas oposiciones que considera imágenes
de la “catástrofe humana”, la existencia de aquel
punto en que se da la conciliación de los contrarios. Lo ha dicho,
lo ha reiterado —Primero y Segundo Manifiesto— y hasta lo
ha enfatizado: “De nada servirá intentar hallar en la actividad
surrealista un móvil que no sea la esperanza de hallar ese punto”
(Manifiestos, 162, 163). Declara también en entrevista con André
Parinaud, estar en aptitud para percibir ese punto y para “tender
con todas mis fuerzas hacia él y para hacer de esa misma tensión
el objeto de mi vida” (Surrealismo, 155).
Afirmación vehemente de un designio que coexiste con su
negación: “Creo en la futura armonización de estos
dos estados, aparentemente tan contradictorios que son el sueño
y la realidad... es la conquista que pretendo, en la certeza de jamás
conseguirlo” (Manifiestos, 30). Considera que adelantar en la
marcha del espíritu hacia un mundo que sea “habitable”
no es algo incondicionado, ni su logro absoluto (Manifiestos, 311, 312).
Sabe que su avance es resistido y que la idea que se anuncia como verdad,
declina al contacto con la “masa”, y es cambiada en calidad,
al adecuarse a otras mentalidades (Manifiestos, 311, 312).
Por eso proclama: “No me gustan más que las cosas
no consumadas”. Y en el Segundo Manifiesto: “Tengo más
confianza en mi pensamiento que en una obra acabada” (Manifiestos,
165, 166). Y en Prolegómenos al Tercer Manifiesto, sentencia:
“Todas las ideas que triunfan, inician el camino hacia su destrucción”.
Declaraciones todas estas, cuya negatividad denuncia la desesperación.
Desesperación sin la cual, para Breton es “imposible”
la fe en esa maravilla interior: el fulgor de toda la belleza, todo
el amor, toda la virtud que el surrealismo intenta alcanzar en el interior
del hombre (Manifiesto, 165). Sólo la desesperación acredita esa fe. Y Breton la conoce: “Conozco la desesperación en sus grandes líneas. La desesperación no tiene corazón... vivo de esa desesperación que me encanta... Conozco en sus grandes líneas, la desesperación de largos asombros frágiles, la desesperación de la altivez, la desesperación de la ira... En sus grandes rasgos la desesperación no tiene importancia: es una faena de árboles que van a hacer otra vez un bosque, es una faena de estrellas que van a hacer otro día menos, es una faena de días menos, que va a hacer otra vez mi vida” (De “El revólver canoso”, Antología, 103, 104).
Notas:
[1] Antología, 32, 33.
[2]
En adelante se lo designará “Surrealismo”.
[3]
En Manifiestos, 147, 148, y en Los pasos perdidos, 60, Breton
juzga negativamente a Rimbaud.
[4] Breton conoció a Jacques Vache en Nantes —1916— en tiempos de guerra. Ambos estaban movilizados. Breton, que fue profundamente impresionado por Vache (“No lo olvidaré nunca”; “A quien más debo es a Vache”; “Sé que ya nunca peteneceré a nadie con aquel abandono”), lo caracteriza por su insumisión total, bajo la forma de una indiferencia que a nada daba importancia. “—Desacralizaba todo”: “El arte no existe” —“No amamos el arte ni los artistas” —“Abajo Apollinaire” —“Ignoramos a Mallarmé”. Breton afirma que detestaba a Rimbaud y desconfiaba del cubismo. Asumió así para los surrealistas el prestigio de lo que para ellos era una liberación suma, liberación respecto a la moral que había evidenciado su negatividad en la guerra, liberación respecto del arte, liberación respecto a todo aquello a lo que se adhiere hipócritamente. La seducción de Vache sobre los surrealistas era poderosa. —En 1918, la correspondencia de Vache se publicó en forma de libro, “un pequeño volumen” con el título “Lettres de guerre”. En 1919, mes de enero, se enteró Breton del fallecimiento de Vache. Había ingerido 40 gramos de opio. |
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