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Iluminaciones
Por
Arthur Rimbaud
Versión: Ramón Buenaventura
Después
del Diluvio
Tan pronto
como la idea del Diluvio se vino abajo, Una liebre se detuvo en los pipirigallos
y las campanillas movedizas y dijo su plegaria al arco iris a través
de la tela de araña.
¡Oh! Las piedras preciosas que se ocultaban, - las flores que miraban
ya.
En la ancha calle sucia los tenderetes se levantaron, y fueron arrastradas las
barcas hacia el mar colocado allá arriba igual que en los grabados.
La sangre corrió, en casa de Barbazul, - en los mataderos -, en los circos,
donde el sello de Dios palidece las ventanas. La sangre y la leche corrieron.
Los castores edificaron. Los "mazagranes" humearon en los cafetines.
En la casa de los cristales chorreantes aún los niños de luto
miraron maravillosas imágenes.
Una puerta sonó, - y en la plaza de la aldea, el niño volvió
los brazos, comprendido por las veletas y los gallos de campanario de todos
sitios, bajo el clamoroso chaparrón. Madame **** estableció un
piano en los Alpes. Misa y primeras comuniones se celebraron en los cien mil
altares de la catedral.
Desde entonces, la luna escuchó a los chacales que piaban por los desiertos
de tomillo, - y las églogas con zuecos refunfuñando en el vergel.
Después, en la arboleda violeta, pujante, Eucaris me dijo que estábamos
en primavera.
- Brota, estanque, - Espuma, arremolínate por encima del puente y de
los bosques: - paños negros y órganos, -rayos y truenos, - subid
y retumbad; - Aguas y tristezas, elevaos y levantad los Diluvios.
Porque desde que éstos se disiparon - ¡oh las piedras preciosas
hundiéndose, y las flores abiertas! - ¡qué aburrimiento!
Y la Reina, la Bruja que prende su brasa en la vasija de barro, no querrá
nunca contarnos lo que ella sabe, y nosotros ignoramos.
Infancia
I
Este ídolo, ojos negros y crin amarilla, sin parientes ni corte, más
noble que la fábula, mexicano y flamenco; sus dominios, azul y verdura
insolentes, discurren por playas nombradas, por olas sin navíos, de nombres
ferozmente griegos, eslavos, celtas.
En la linde del bosque - las flores de ensueños tintinean, resplandecen,
iluminan, - la muchacha del labio naranja, las rodillas cruzadas en el claro
diluvio que brota de los prados, desnudez que sombran, que traspasan y visten
los arcos iris, la flora, el mar.
Damas que revolotean en terrazas contiguas al mar; niñas y gigantas,
soberbias negras en el musgo verde grisáceo, joyas erguidas en el suelo
graso de los bosquetes y jardincillos deshelados, - jóvenes madres y
hermanas mayores con la mirada llena de peregrinaciones, sultanas, princesas
de andar y de vestir tiránicos, pequeñas forasteras y personas
suavemente desdichadas.
Qué aburrimiento, la hora del "querido cuerpo" y "querido
corazón".
II
Es ella, la pequeña muerta, detrás de los rosales. - La joven
mamá difunta bajo las escalinatas. - La calesa del primo grita en la
arena. - El hermano pequeño (¡está en las Indias!) ahí,
delante del crepúsculo, en el prado de claveles. - Los viejos enterrados
de pie en el bastión de los alhelíes. El enjambre de las hojas
de oro rodea la casa del general. Están en el sur. - Tomando por el camino
rojo se llega al albergue vacío. El castillo está en venta; las
persianas están arrancadas.
- El cura se habrá llevado la llave de la iglesia. - Alrededor del parque,
las garitas de los guardas están deshabitadas. El vallado es tan alto
que sólo se ven las cúspides rumorosas.
Aunque nada hay que ver, ahí adentro.
Los prados ascienden hacia las aldeas sin gallos, sin yunques.
La esclusa está levantada. ¡Oh los Calvarios y los molinos del
desierto, las islas y las muelas!
Flores mágicas zumbaban. Los taludes lo acunaban. Animales de una elegancia
fabulosa circulaban. Las nubes se acumulaban en la alta mar hecha con una eternidad
de cálidas lágrimas.
III
En el bosque hay un pájaro, su canto te detiene y te ruboriza.
Hay un reloj que no da las horas.
Hay una hoyada con un nido de animales blancos.
Hay una catedral que baja y un lago que sube. Hay un cochecito abandonado en
el boscaje, o que baja por el sendero corriendo, adornado con cintas.
Hay una compañía de cómicos en traje de función,
vistos en la carretera por entre el lindazo del bosque. Hay finalmente, cuando
tenemos hambre y sed, alguien que te ahuyenta.
IV
Soy el santo rezando en la terraza, - mientras los animales mansos pacen hasta
el mar de Palestina.
Soy el sabio en el sillón sombrío. Las llamas y la lluvia se arrojan
contra la ventana de la biblioteca.
Soy el peatón de la carretera entre bosques enanos; el rumor de las esclusas
ahoga mis pasos. Miro largamente la melancólica colada de oro del crepúsculo.
Sería con gusto el niño abandonado en el embarcadero que la corriente
ha arrastrado a alta mar, el paje que camina por la alameda, tocando el cielo
con la frente.
Los senderos son ásperos. Los montículos se cubren de retama.
El aire está inmóvil. ¡Qué lejos están los
pájaros y las fuentes!
Tan sólo puede haber el fin del mundo, camino adelante.
V
Que me alquilen por último esta tumba, blanqueada con cal, con las líneas
del cemento en relieve - muy lejos bajo la tierra.
Me acodo en la mesa, la lámpara ilumina muy vivamente los periódicos
que releo porque soy idiota, los libros sin interés. -
A una distancia enorme por encima de mi salón subterráneo, las
casas se implantan, las brumas se congregan. El fango es rojo o negro. ¡Ciudad
monstruosa, noche sin fin! Menos arriba, están las cloacas. A los lados,
nada más que el espesor del globo. Quizá los abismos azules, los
pozos de fuego. Es quizá en tales planes donde se encuentran lunas y
cometas, mares y fábulas.
En las horas de amargura me imagino bolas de zafiro, de metal. Soy dueño
del silencio. ¿Por qué un atisbo de tragaluz habría de
palidecer en el rincón de la bóveda?
Cuento
Un príncipe estaba molesto por no haberse dedicado nunca más que
a la perfección de las generosidades vulgares. Preveía sorprendentes
revoluciones del amor, y a sus mujeres las sospechaba capaces de algo mejor
que aquella complacencia adornada de cielo y de lujo. Quería ver la verdad,
la hora del deseo y de la satisfacción esenciales. Fuera ello o no fuera
una aberración de piedad, así lo quiso. Poseía al menos
un poder humano bastante amplio.
Todas las mujeres que lo habían conocido fueron asesinadas. ¡Qué
saqueo del jardín de la belleza! Bajo el sable, lo bendijeron. Él
no encargó otras nuevas. - Las mujeres desaparecieron. Mató a
todos aquellos que lo seguían, después de la caza o de las libaciones.
- Todos lo seguían.
Se divirtió degollando animales de lujo. Hizo llamear los palacios. Se
abalanzaba sobre las gentes y las cortaba en pedazos.
- La multitud, los techos de oro, los bellos animales seguían existiendo.
¡Puede alguien extasiarse en la destrucción, rejuvenecerse por
la crueldad! El pueblo no murmuró. Nadie ofreció la contribución
de sus opiniones.
Una tarde galopaba orgullosamente. Un genio apareció, de belleza inefable,
inconfesable incluso. ¡De su fisonomía y su porte se desprendía
la promesa de un amor múltiple y complejo! ¡De una felicidad, indecible,
insoportable incluso! El Príncipe y el Genio se aniquilaron probablemente
en la salud esencial. ¿Cómo no iban a morir por ello? Juntos pues
murieron. Pero el Príncipe falleció, en su palacio, a una edad
corriente.
El Príncipe era el Genio. El Genio era el Príncipe.
La música sabia falta a nuestro deseo.
Representación
Bribones solidísimos. Muchos explotaron vuestros mundos. Sin necesidades,
y con poca prisa por llevar a la práctica sus brillantes facultades y
su experiencia de vuestras conciencias. ¡Qué hombres tan maduros!
Ojos embrutecidos, al modo de la noche de verano, rojos y negros, tricolores,
de acero picado, de estrellas de oro; facies deformadas, plomizas, demudadas,
incendiadas;
¡carrasperas retozonas! ¡El andar cruel de los relumbrones!
- Hay algunos jóvenes, - ¿cómo podrían mirar a Cherubino?
- provisto de voces espantables y de recursos peligrosos. Los mandan a tomar
espalda a la ciudad, trajeados con lujo repugnante.
¡Oh violentísimo paraíso de la mueca rabiosa! Ni comparación
con vuestros Faquires y las restantes bufonadas escénicas. En trajes
improvisados con gusto de pesadilla interpretan quejas, tragedias de malandrines
y de semidioses espirituales como nunca lo han sido ni la historia ni las religiones.
Chinos, hotentotes, bohemios, necios, hienas, Molocs, viejas demencias, demonios
siniestros, mezclan los giros populares, maternos, con las posturas y las ternezas
bestiales. Podrían interpretar obras nuevas y canciones de "niñas
buenas". Maestros malabaristas, transforman el lugar y las personas, utilizando
la comedia magnética. Los ojos llamean, la sangre canta, los huesos se
ensanchan, las lágrimas y los hilillos rojos chorrean. Su burla o su
terror dura un minuto, o meses enteros.
Tengo yo solo la llave de esta representación salvaje.
Antigua
¡Gracioso hijo de Pan! En torno a tu frente coronada de florecillas y
bayas, tus ojos, bolas preciosas, se mueven. Manchadas de heces oscuras, tus
mejillas se hunden. Relucen tus colmillos. Te pecho se parece a una cítara,
tintineos circulan por tus brazos rubios. El corazón te late en el vientre
en que duerme el doble sexo. Paséate, de noche, moviendo suavemente el
muslo, el segundo muslo y la pierna izquierda.
Being
Beauteous
Delante de una nieve, un Ser de Belleza de elevada estatura. Silbidos de muerte
y círculos de música apagada hacen que suba, que se ensanche y
que tiemble como un espectro ese cuerpo adorado: heridas escarlata y negras
revientan en las carnes soberbias. Los colores propios de la vida se oscurecen,
bailan y se desprenden en torno a la Visión, en el taller. Y los escalofríos
aumentan y gruñen, y cuando el sabor enloquecido de tales efectos se
carga con los silbidos mortales y las roncas músicas que el mundo, allá
lejos a nuestra espalda, lanza contra nuestra madre de belleza, - ella retrocede,
levantándose. ¡Oh! Nuestros huesos están recubiertos de
un nuevo cuerpo enamorado.
* *
*
¡Oh
el rostro ceniciento, el escudo de crin, los brazos de cris - tal! ¡Cañón
sobre el que he de abatirme, por entre la barahúnda de los árboles
y del aire ligero!
Vidas
I
¡Oh las enormes avenidas del país santo, las terrazas del templo!
¿Qué le ha pasado al brahmán que me explicó los
Proverbios? ¡Desde entonces, desde allí, siego viendo hasta a las
viejas! Me acuerdo de las olas de plata y de sol hacia los ríos, con
la mano del campo en el hombro, y nuestras caricias de pie en las llanuras especiadas.
- Un vuelo de palomos escarlata atruena en torno a mi pensamiento. - Exiliado
aquí, tuve escenario en que interpretar las obras maestras dramáticas
de todas las literaturas. Podría señalaros las riquezas inauditas.
Observo la historia de los tesoros que vosotros encontrasteis. ¡Veo la
continuación! Mi sabiduría se desdeña tanto como el caos.
¿Qué es mi nada, al lado del estupor que os espera?
II
Soy un inventor cuyos méritos difieren en mucho de los de todos aquellos
que me precedieron; soy incluso un músico que ha encontrado algo así
como la clave del amor. Ahora, gentilhombre de un campo agrio de cielo sobrio,
trato de conmoverme con el recuerdo de la infancia mendicante, del aprendizaje
o de la llegada en zuecos, de las polémicas, de las cinco o seis viudeces,
y algunas juergas en que mi terquedad no me dejó subir al diapasón
de los amigos. No echo de menos mi antigua porción de alegría
divina: el aire sobrio de este agrio campo alimenta muy activamente mi atroz
escepticismo. Pero como este escepticismo ya no se puede llevar a la práctica,
y como, por otra parte, estoy consagrado a una zozobra nueva, - espero convertirme
en un loco muy malo.
III
En un granero donde me encerraron a los doce años conocí el mundo,
ilustré la comedia humana. En una bodega aprendí la Historia.
En alguna fiesta nocturna en una ciudad del Norte, me tropecé con todas
las mujeres de los antiguos pintores. En un viejo pasadizo de París me
enseñaron las ciencias clásicas. En un magnífico alojamiento
cercado por el Oriente entero llevé a cabo mi inmensa obra y transcurrió
mi ilustre retiro. He fermentado mi sangre. Me dispensaron del deber. Ya no
hace falta ni pensar en ello. Soy realmente de ultratumba, y no acepto encargos.
Partida
Visto suficiente. La visión se ha encontrado por todos los aires.
Poseído suficiente. Rumores de ciudades, al atardecer, y al sol, y siempre.
Conocido suficiente. Las paredes de la vida. - ¡Oh Rumores y Visiones!
¡Partida en el afecto y el ruido nuevos!
Realeza
Una hermosa mañana, entre gente muy grata, un hombre y una mujer espléndidos
gritaban en la plaza pública. "¡Amigos míos, quiero
que ella sea reina!" "¡Quiero ser reina!" Ella reía
y temblaba. Él hablaba a los amigos de revelación, de prueba concluida.
Desfallecían el uno contra el otro. Fueron en efecto reyes durante toda
una mañana en que las colgaduras carminosas se alzaron por encima de
las casas, y toda la tarde, en que anduvieron camino de un jardín de
palmas.
A una
razón
Un golpe de tu dedo en el tambor descarga todos los sonidos e inicia la nueva
armonía.
Un paso tuyo es la recluta de nuevos hombres y su toque de marcha.
Tu cabeza se vuelve: ¡el nuevo amor! Tu cabeza se vuelve, -
¡el nuevo amor!
"Modifica nuestros sinos, acrisola las plagas, empezando por el tiempo",
te cantan estos niños. "Alza en cualquier sitio la sustancia de
nuestras fortunas y de nuestros deseos", te suplican. Tú, llegada
de siempre, que te irás por doquier.
Mañana
de ebriedad
¡Oh, Bien mío! ¡Oh Hermoso mío! ¡Charanga atroz
en la que nunca pierdo el paso! ¡Caballete hechicero! ¡Hurra por
la obra inaudita y por el cuerpo maravilloso, por vez primera! Empezó
con las risas de los niños, en ellas terminará. Este veneno va
a seguir en todas nuestras venas incluso cuando cambie el son de las charangas
y seamos devueltos a la antigua inarmonía. ¡Oh ahora nosotros tan
dignos de estas torturas! Recojamos fervientemente esa promesa sobrehumana hecha
a nuestro cuerpo y a nuestra alma creados: ¡esta promesa, esta locura!
¡La elegancia, la ciencia, la violencia! Nos prometieron enterrar en la
sombra el árbol del bien y del mal, deportar las honradeces tiránicas,
a fin de que trajéramos nuestro purísimo amos. Empezó con
algunas repugnancias y termina - incapaces de capturar al vuelo tal eternidad
-, termina en desbandada de perfumes.
Risas de niños, discreción de los esclavos, austeridad de las
vírgenes, horror a las figuras y a los objetos de aquí, sagrados
seáis por el recuerdo de esta vigilia. Habiendo empezado con toda la
zafiedad, he aquí que termina en ángeles de llamas y de hielos.
Pequeña vigilia de ebriedad, ¡santa!, aunque no fuera más
que por la máscara con que nos has gratificado. ¡Nosotros te afirmamos,
método! Nosotros no olvidamos que ayer glorificaste cada una de nuestras
edades. Tenemos fe en el veneno. Sabemos dar la vida entera todos los días.
He aquí el tiempo de los Asesinos.
Frases
Cuando el mundo se reduzca a un solo bosque negro para nuestros cuatro ojos
asombrados, - a una playa para dos niños fieles, - a una casa musical
para nuestra clara simpatía, - te encontraré.
No quede aquí abajo más que un viejo solo, tranquilo y hermoso,
rodeado de "un lujo inaudito", - y abrazo tus rodillas. Sea yo quien
haya cumplido todos tus recuerdos, - ¿quién retrocede? Estamos
muy alegres, - ¿quién se cae de ridículo? Cuando somos
malísimos, - ¿qué harían con nosotros? Engalánate,
danza, ríe. - Nunca podré tirar el amor por la ventana.
- ¡Compañera mía, mendiga, niña monstruo! Qué
poco te importan estas desdichadas y estas maniobras, y mis apuros. Apégate
a nosotros con tu voz imposible, ¡tu voz!, única aduladora de esta
vil desesperación.
Una mañana encapotada, en julio. Un sabor a ceniza revolotea por el aire;
- un olor a madera que suda en el lar, - las flores maceradas - el saqueo de
las avenidas - la llovizna de los canales en los campos - ¿por qué
no ya los juguetes y el incienso?
* *
*
He tenido
cuerdas de campanario en campanario; guirnaldas de ventana en ventana; cadenas
de oro de estrella en estrella, y bailo.
* *
*
El alto
estanque humea de continuo. ¿Qué bruja va a salir por el poniente
blanco? ¿Qué violentas frondosidades van a ponerse?
* *
*
Mientras
los fondos públicos se consumen en fiestas de fraternidad, repica una
campana de fuego rosa en las nubes.
* *
*
Avivando
un agradable sabor a tinta china un polvo negro llueve suavemente sobre mi velada.
- Amortiguo las luces de la araña, me tumbo en la cama, y vuelto hacia
el lado de la sombra os veo, ¡niñas mías! ¡reinas
mías!
* *
*
Obreros
¡Oh qué cálida mañana de febrero! El Sur inoportuno
vino a renovar nuestras recuerdos de indigentes absurdos, nuestra joven miseria.
Henrika tenía una falda de algodón a cuadros blancos y marrones,
que debió de llevarse el siglo pasado, una cofia de cintas, y un pañuelo
de seda. Era mucho más triste que un luto. Paseábamos por el extrarradio.
El tiempo estaba encapotado, y el viento del sur excitaba todos los feos olores
de los jardines devastados y de los prados resecos.
Lo cual no debió de fatigar a mi mujer hasta el mismo punto que a mí.
En un charco dejado por la inundación del mes pasado en un sendero bastante
alto me hizo fijarme en unos peces muy pequeñitos.
La ciudad, con sus humos y sus ruidos de oficios, nos seguía desde muy
lejos por los caminos. ¡Oh el otro mundo, la morada bendecida por el cielo
y las sombras! El Sur me recordaba los miserables incidentes de mi infancia,
mis desesperaciones estivales, la horrible cantidad de fuerza y de ciencia que
la suerte siempre ha alejado de mí. ¡No! No pasaremos el verano
en este avaro país donde nunca seremos más que unos huérfanos
desposados. Quiero que este brazo endurecido deje de arrastrar una imagen amada.
Los
puentes
Cielos grises de cristal. Un extraño trazado de puentes, rectos los unos,
abombados los otros, en bajada aquéllos, o en ángulos oblicuos
con relación a los primeros, y las figuras repitiéndose en los
restantes circuitos alumbrados del canal, pero todos tan largos y tan ligeros
que las orillas, cargadas de cúpulas, pierden altura y se empequeñecen.
Algunos de estos puentes siguen cargados de casuchas. Otros sostienen mástiles,
señales, débiles parapetos. Acordes menores se entrecruzan, perdiéndose
en la distancia, cables ascienden desde los ribazos. Se ve una chaqueta roja,
quizá otros trajes e instrumentos de música. ¿Son aires
populares, fragmentos de conciertos señoriales, restos de himnos públicos?
El agua está gris y azul, ancha como un brazo de mar. - Un rayo blanco,
venido de lo alto del cielo, reduce a la nada esta comedia.
Ciudad
Soy un efímero y en modo alguno demasiado descontento ciudadano de una
metrópoli considerada moderna porque todo gusto conocido se ha evitado
tanto los mobiliarios y el exterior de las casas como en el plano de la ciudad.
Aquí no indicarías las huellas de ningún monumento de superstición.
¡La moral y la lengua están reducidas a su más sencilla
expresión, por último! Estos millones de personas que no tienen
necesidad de conocerse llevan tan similarmente la educación, el oficio
y la vejez, que el transcurso de la vida debe de ser muchas veces menos largo
de lo que una estadística loca halla para los pueblos del continente.
Asimismo, desde mi ventana, veo espectros nuevos avanzando por la espesa y eterna
humareda del carbón, - ¡nuestra sombra de los bosques, nuestra
noche de verano! - Erinias nuevas ante mi cottage que es mi patria y todo mi
corazón, ya que todo aquí se parece a esto, - la Muerte sin llanto,
nuestra activa hija y servidora, un Amor desesperado, y un bonito crimen que
pía en el fango de la calle.
Roderas
A la derecha el alba de verano despierta las hojas y los vapores y los ruidos
de este rincón del parque, y los taludes de la izquierda abarcan en su
sombra violeta las mil rápidas roderas del camino mojado. En efecto:
carros cargados de animales de madera dorada, mástiles y lonas abigarradas,
al galope tendido de veinte caballos de circo salpicados de manchas, y los niños
y los hombres a lomos de sus bestias más sorprendentes; -veinte vehículos,
abozados, empavesados y floridos como carrozas antiguas o de cuento, llenos
de niños emperejilados para una pastoral de suburbio. - Incluso ataúdes
bajo sus doseles de noche izando los penachos de ébano, perdiéndose
en la distancia al trote de grandes yeguas azules y negras.
Ciudades
¡Son ciudades! ¡Es un pueblo para quien han sido instalados tales
Alleghanys y tales Líbanos de ensueño! Palacetes de cristal y
madera que se desplazan sobre raíles y por poleas invisibles. Los viejos
cráteres rodeados de colosos y de palmeras de cobre rugen melodiosamente
en los fuegos. Fiestas amorosas suenan sobre los canales colgados detrás
de los palacetes. La descarga de los carillones grises en las gargantas. Corporaciones
de cantantes gigantescos acuden con trajes y con oriflamas destellantes como
la luz de las cumbres. En las plataformas del centro de las simas los Roldanes
hacen resonar su intrepidez. Sobre las pasarelas del abismo y los techos los
albergues el ardor del cielo empavesa los mástiles. El derrumbamiento
de las apoteosis se une a los campos de las alturas donde las centauras seráficas
evolucionan entre las avalanchas. Por encima del nivel de las más altas
crestas, un mar agitado por el nacimiento eterno de Venus, cargado de flotas
orfeónicas y del rumor de las perlas y de las conchas preciosas, - el
mar se ensombrece de cuando en cuando con destellos mortales. En las laderas
mieses de flores tan grandes como nuestras armas y nuestras copas, mugen. Cortejos
de Mabs con vestidos anaranjados, opalinos, suben de los barrancos. Allá
arriba, con los pies en la cascada y en los espinos, los ciervos maman de Diana.
Las Bacantes de cercanías sollozan y la luna se quema y aúlla.
Venus entra en las cavernas de los herreros y de los ermitaños. Grupos
de atalayas cortan las ideas de los pueblos. De los castillos hechos de hueso
sale la música desconocida. Todas las leyendas evolucionan y los impulsos
se acometen en los burgos. El paraíso de las tormentas se derrumba. Los
salvajes bailan sin parar la fiesta de la noche. Y por una hora bajé
al movimiento de una avenida de Bagdad donde unas compañías cantaron
la alegría del trabajo nuevo, contra una brisa espesa, circulando sin
poder evitar los fabulosos fantasmas de los montes en que debimos encontrarnos.
¿Qué buenos brazos, qué buena hora me entregarán
esta región de donde vienen mis dormires y mis menores movimientos?
Vagabundos
¡Lastimero hermano! ¡Cuántas veladas atroces le debí!
"No me hacía cargo fervientemente de esta empresa. Me había
burlado de su invalidez. Por mi culpa volveríamos al exilio, a la esclavitud."
Él me suponía una mala pata y una inocencia muy extrañas,
añadiendo razones inquietantes. Yo replicaba con burlas a tan satánico
doctor, y acababa por acercarme a la ventana. Creaba, más allá
de la campiña cruzada por franjas de música rara, los fantasmas
del futuro lujo nocturno.
Tras esta distracción vagamente higiénica, me echaba en un jergón.
Y, casi todas las noches, tan pronto como me dormía, el pobre hermano
se levantaba, con la boca podrida, con los ojos arrancados, - ¡tal como
se soñaba! - y me arrastraba hasta la sala aullando su sueño de
pena idiota. Yo había, en efecto, con toda franqueza de espíritu,
aceptado el compromiso de devolverlo a su estado primitivo de hijo del Sol,
- y andábamos errantes, alimentándonos del vino de las cavernas
y de la galleta del camino, yo con prisa por encontrar el lugar y la fórmula.
Ciudades
La acrópolis oficial colma los más colosales conceptos de la barbarie
moderna. Imposible expresar el día mate a que dan origen este cielo inmutablemente
gris, el resplandor imperial de los caserones, y la nieve eterna del suelo.
Han reproducido con un gusto de enormidad singular todas las maravillas clásicas
de la arquitectura. Asisto a exposiciones de pintura en locales veinte veces
más vastos que Hampton Court. ¡Qué pintura! Un Nabucodonosor
noruego hizo construir las escaleras de los ministerios; los subalternos que
he podido ver son ya más orgullosos que [
], y me ha hecho temblar
el aspecto de los guardianes de colosos y oficiales de obras. De tal modo han
agrupado las edificaciones en plazas, atrios y terrazas cerradas, que los cocheros
quedan excluidos. Los parques representan la naturaleza primitiva trabajada
con arte soberbio. El barrio alto tiene partes inexplicables: un brazo de mar,
sin barcos, arrastra su capa de fino granito azul entre muelles cargados de
candelabros gigantes. Un puente corto lleva hasta un postigo inmediatamente
debajo de la cúpula de la Santa Capilla. Esta cúpula es una armadura
de acero artístico de quince mil pies de diámetro aproximadamente.
Por algunos puntos de las pasarelas de cobre, de las plataformas, de las escaleras
que borden las lonjas y los postes, ¡pensé que podía medir
la hondura de la ciudad! Prodigio del que no pude percatarme: ¿cuáles
son los niveles de los restantes barrios por encima o por debajo de la acrópolis?
Para el forastero de nuestro época la identificación es imposible.
El barrio comercial es un circus de un solo estilo, cuyas galerías tienen
arcadas. No se ven tiendas, pero la nieve de la calle está pisoteada;
unos cuantos nababes tan escasos como los paseantes de una mañana de
domingo en Londres, se encaminan hacia una diligencia de diamantes. Unos divanes
de terciopelo rojo: se despachan bebidas populares cuyo precio oscila entre
las ochocientas y las ocho mil rupias. Ante la idea de buscar teatros en este
circus, me respondo que las tiendas deben de contener dramas bastante sombríos.
Creo que hay policía. Pero la ley debe de ser tan extraña, que
renuncio a hacerme una idea de los aventureros de por aquí.
El arrabal, tan elegante como cualquier calle hermosa de París, se ve
favorecido por un aire de luz. El elemento democrático asciende a unos
cientos de almas. Aquí tampoco tienen continuidad las casas; el arrabal
se pierde extrañamente por el campo, el "Condado" que llena
el occidente eterno de los bosques y de las plantaciones prodigiosas donde los
gentilhombres salvajes cazas sus crónicas a la luz creada por alguien.
Veladas
I
Descanso iluminado, ni fiebre ni languidez, en cama o en el prado.
Amigo ni ardiente ni débil. Amigo.
Amada ni torturadora ni torturada. Amada.
Aire y mundo de ningún modo buscados. Vida.
- ¿Era, pues, esto?
- Y el soñar refresca.
II
La iluminación vuelve al árbol de obra. Desde ambos extremos de
la sala, decorados vulgares, elevaciones armoniosas se unen. La muralla que
hay frente al hombre que vela es una sucesión psicológica de secciones
de frisos, de franjas atmosféricas y de accidencias geológicas.
- Ensoñación intensa y rápida de grupos sentimentales compuestos
por seres de todos los caracteres entre todos los aspectos físicos.
III
Las lámparas y las alfombras de la velada producen el ruido de las olas,
por la noche, a lo largo del casco y en derredor del steerage.
El mar de la velada, igual que los senos de Amelia. Las tapicerías, hasta
media altura, boscajes de puntilla, teñida de esmeralda, conde se arrojan
las tórtolas de la velada.
El trashoguero del lar negro, verdaderos soles de las playas:
¡ah! pozos de magias; única visión de aurora, esta vez.
Mística
En la pendiente del talud los ángeles dan vueltas a sus ropajes de lana
en los herbazales de acero y esmeralda. Prados de llama saltan hasta la cima
del pezón de tierra. A la izquierda el mantillo de la cresta es pisoteado
por todos los homicidios y todas las batallas, todos los ruidos desastrosos
sostienen su curva. Detrás de la cresta de la derecha la línea
de los orientes, de los progresos.
Y mientras la franja de la parte de arriba del cuadro se forma con el rumor
tornadizo y saltarín de las conchas de los mares y de las noches humanas.
La dulzura florida de las estrellas y del cielo y de lo demás baja frente
al talud, como un cesto, - contra nuestro rostro, y hace el abismo floreciente
y azul allá abajo.
Alba
Yo he tenido en mis manos el alba de verano.
Nada se movía aún en la delantera de los palacios. El agua estaba
muerta. Los campamentos de sombras no se apartaban del camino del bosque. Anduve,
despertando los alientos vivos y tibios, y las pedrerías miraron, y las
alas se levantaron sin ruido.
Fue la primera empresa, en el sendero repleto ya de frescos y pálidos
resplandores, una flor que me dijo su nombre.
Me reí del wasserfall rubio que se desmelenaba por los abetos:
reconocí a la diosa por su cima de plata.
Entonces levanté uno a uno los velos. En la alameda, agitando los brazos.
En la llanura, donde la denuncié ante el gallo. En la ciudad huía
por los campanarios y por las cúpulas, y yo, corriendo como un mendigo
por los muelles de mármol, le daba caza.
En lo alto del camino, cerca de un bosque de laureles, la envolví con
sus velos amontonados, y pude sentir un poco su inmenso cuerpo. El alba y el
niño cayeron en lo hondo del bosque.
Flores
Desde una grada de oro, - entre los cordones de seda, las gasas grises, los
terciopelos verdes y los discos de cristal que ennegrecen como cobre al sol,
- veo la dedalera abrirse sobre una alfombra de filigranas de plata, de ojos
y de cabelleras. Monedas de oro amarillo sembradas en el ágata, pilares
de caoba que sostienen una cúpula de esmeraldas, ramilletes de satén
blanco y finas varas de rubí rodean la rosa de agua. Semejantes a un
dios de enormes ojos azules y de formas de nieve, la mar y el cielo atraen hacia
las terrazas de mármol la multitud de jóvenes y fuertes rosas.
Nocturno
vulgar
Un soplo abre brechas operísticas en los tabiques - emborrona la rotación
de los techos roídos, - dispersa los límites de los lares, - eclipsa
las ventanas. - Por la parra abajo, habiendo apoyado el pie en una atarjea,
- me metí en esta carroza cuya época viene bastante indicada por
los cristales convexos, los cuarterones abombados y los sofás de complicados
contornos. Coche fúnebre de mi dormir, aislado, casa de pastor de mi
necedad, el vehículo vira sobre el césped de la carretera borrada;
y en una imperfección de lo alto del cristal de la derecha giran las
pálidas figuras lunares, hojas, senos; - Un verde y un azul muy oscuro
invaden la imagen. Desenganche en los alrededores de una mancha de grava.
- Aquí van a llamar a silbidos a la tempestad, y las Sodomas y las Solimas,
- y las fieras y los ejércitos. - (Postillones y animales de ensueño
tomarán el relevo en las más sofocantes arboledas, para hundirme
hasta los ojos en la fuente de seda.)
- Y echarnos, azotados por entre las aguas chapoteantes y las bebidas derramadas,
a rodar por el ladrido de los dogos.
- Un soplo dispersa los límites del lar.
Marina
Los carros de plata y de cobre -
Las proas de acero y de plata -
Baten la espuma, -
Levantan las raíces de las zarzas.
Las corrientes de la landa,
Y los surcos inmensos del reflujo,
Se pierden circularmente hacia el este,
Hacia los pilares del bosque, -
Hacia los troncos del embarcadero,
Cuya esquina golpean torbellinos de luz.
Fiestas
de Invierno
La cascada resuena detrás de las chozas de ópera cómica.
Girándulas alargan, en los vergeles y en las alamedas vecinas del Meandro,
- los verdes y los rojos del crepúsculo. Ninfas de Horacio peinadas a
lo Primer Imperio, - Rechonchas siberianas, chinas de Boucher.
Angustia
¿Es posible que Ella me haga perdonar las ambiciones continuamente aplastadas,
- que un final acomodado repare las edades de indigencia, - que un día
de éxito nos adormezca sobre la vergüenza de nuestra inhabilidad
fatal? (¡Oh palmeras! ¡Diamante! - ¡Amor, fuerza! - ¡más
arriba que todas las alegrías y las glorias! - de todas formas, por todas
partes, - demonio, dios, - Juventud de este ser:
¡yo!).
¿Que accidentes de hechicería científica y movimientos
de fraternidad social se tengan en aprecio como restitución progresiva
de la franqueza primordial?
Pero la Vampira que nos hace amables ordena
que nos divirtamos con lo que ella nos deja, o si no que seamos más graciosos.
Correr hacia las heridas, en el aire fatigoso y el mar; hacia los suplicios,
en el silencio de las aguas y del aire homicidas; hacia las torturas risueñas,
en su silencio atrozmente encrespado.
Metropolitano
Desde el estrecho de índigo a los mares de Ossian, por la arena rosa
y naranja que el cielo vinoso ha lavado, acaban de subir y de cruzarse unas
avenidas de cristal pobladas incontinenti por jóvenes familias pobres
que se alimentan en las fruterías. Nada rico. - ¡La ciudad!
Del desierto de asfalto huyen en línea recta a la desbandada con los
estratos de brumas escalonados en franjas horrorosas en el cielo que se va encorvando,
que retrocede y baja, constituido por la más siniestra humareda negra
que puede producir el Océano de luto, los cascos, las ruedas, las barcas,
las grupas.
- ¡La batalla!
Levanta la cabeza: este puente de madera, arqueado; las últimas huertas
de Samaria; esas máscaras coloreadas bajo el farol azotado por la noche
fría; la ondina necia del vestido ruidoso, en la parte de abajo del río;
esos cráneos luminosos en los planos de guisantes - y las demás
fantasmagorías - el campo.
Caminos orillados de verjas y de muros que apenas si logran dar cabida a sus
pequeños bosques, a las atroces flores que alguien podría llamar
amores y primores, Damasco dañoso de lánguido, - posesiones de
hechiceras aristocracias ultraterrenas, japonesas, guaraníes, aún
aptas para acoger la música de los antiguos - y hay albergues que para
siempre no vuelven a abrir - hay princesas, y si no estás demasiado abrumado,
el estudio de los astros - el cielo.
La mañana en que con Ella, os debatisteis entre los resplandores de nieve,
los labios verdes, los hielos, las banderas negras y los rayos azules, y los
perfumes púrpura del sol de los polos, - tu fuerza.
Bárbaro
Mucho después de los días y de las estaciones, y de los seres
y los países.
El pabellón de carne sangrante sobre la seda de los mares y de las flores
árticas; (no existen.)
Curado de las viejas charangas del heroísmo - que nos siguen atacando
el corazón y la cabeza - lejos de los antiguos asesinos -
¡Oh! El pabellón de carne sangrante sobre la seda de los mares
y de las flores árticas; (no existen.)
¡Ternezas!
Las ascuas que llueven a ráfagas de escarcha, - ¡Ternezas!
- los fuegos en la lluvia del viento de diamantes arrojada por el corazón
terrestre que eternamente se carboniza por nosotros.
- ¡Oh mundo! -
(Lejos de los antiguos toques de retreta y de las antiguas llamas, que se oyen,
se sienten.)
Las ascuas y las espumas. La música, virada de los abismos y choque de
los hielos en los astros.
¡Oh ternezas, oh mundo, oh música! Y allá, las formas, los
sudores, las cabelleras y los ojos, en flotación. Y las lágrimas
blancas, hirvientes, - ¡oh ternezas! - y la voz femenina llegada hasta
el fondo de los volcanes y de las grutas árticas.
El pabellón
Saldo
Véndese lo que los Judíos no han vendido, lo que la nobleza y
el crimen no han degustado, lo que ignoran el amor maldito y la probidad infernal
de las multitudes; lo que ni el tiempo ni la ciencia tienen que reconocer;
Las Voces reconstituidas; el despertar fraterno de todas las energías
corales y orquestales y sus aplicaciones instantáneas;
¡la ocasión, única, de desembarazarnos los sentidos! ¡Véndense
los cuerpos sin precio, fuera de toda raza, de todo mundo, de todo sexo, de
toda descendencia! ¡Las riquezas que brotan a cada paso! ¡Saldo
de diamantes sin control! ¡Véndese la anarquía para las
multitudes; la satisfacción irreprimible para los aficionados superiores;
la muerte atroz para los fieles y los amantes!
¡Véndense las viviendas y las migraciones, los deportes, las hechicerías
y las comodidades perfectas, y el ruido, el movimiento y el porvenir a que dan
lugar!
Véndense las aplicaciones de la aritmética y los saltos de armonía
inauditos. Hallazgos y términos no sospechados, entrega inmediata.
Impulso sensato e infinito de esplendores invisibles, de delicias insensibles,
- y sus secretos enloquecedores para cada vicios - y su alegría espantosa
para la multitud. Véndense los Cuerpos, las voces, la inmensa opulencia
incuestionable, lo que jamás ha de venderse. ¡Los vendedores se
están quedando sin mercancía! ¡No hace falta que los viajantes
coloquen sus pedidos tan pronto!
Fairy
I
Por Helena se conjuraron las savias ornamentales en las sombras vírgenes
y las claridades impasibles en el silencio astral. El ardor del verano fue confiado
a unos pájaros mudos y la indolencia requerida de una barca de lutos
sin precio en ensenadas de amores muertos y de perfumes hundidos.
- Después del momento del canto de los leñadores al rumor del
torrente bajo la ruina de los bosques, del repicar de las reses al eco de los
valses, y de los gritos de las estepas. -
Por la infancia de Helena tiritaron las pieles y las sombras - y el seno de
los pobres, y las leyendas del cielo. Y sus ojos y su danza superiores incluso
a los resplandores preciosos, a las influencias frías, al placer del
decorado y de la hora únicos.
II.
Guerra
De niño, ciertos cielos afinaron mi óptica: todos los caracteres
matizaron mi fisonomía. Los Fenómenos se emocionaron. -
Ahora la inflexión eterna de los momentos y el infinito de las matemáticas
me persiguen por este mundo en que padezco todos los éxitos civiles,
respetado por la infancia extraña y los afectos enormes. - Pienso en
una guerra, justa o injusta, de lógica muy imprevista.
Es tan sencillo como una fase musical.
Juventud
I
Domingo
Apartados los trabajos con números, la inevitable bajada desde el cielo,
y la visita de los recuerdos y la sesión de los ritmos ocupan la morada,
la cabeza y el mundo del espíritu.
- Un caballo parte veloz en el hipódromo de las afueras, a lo largo de
los campos de cultivo y de las zonas del bosque, perforado por la peste carbónica.
Una miserable mujer de drama, en algún lugar del mundo, suspira tras
abandonos improbables. Los forajidos languidecen tras la tempestad, la borrachera
y las heridas. Niños pequeños sofocan maldiciones a lo largo de
los ríos. -
Reanudemos el estudio con el ruido de la obra devoradora que se reagrupa y vuelve
a levantarse en las multitudes.
II
Soneto
Hombre de constitución normal, la carne ¿no era una fruta que
cuelga en el vergel, - ¡oh días niños! el cuerpo un tesoro
que prodigar; - ¡oh amar! el peligro o la fuerza de Psiquis? La tierra
tenía vertientes fértiles en príncipes y artistas, y la
des - cendencia y la raza empujaban a los crímenes y a los lutos: el
mundo fortuna vuestra y peligro vuestro. Pero ahora, colmada esta labor, tú,
tus cálculos, tú, tus impaciencias - ya no son más que
vuestro baile y vuestra voz, no establecidos y nada forzados, aunque por razón
de un doble acontecimiento de invención y de éxito de una temporada,
- en la humanidad fraterna y discreta por el universo sin imágenes; -
la fuerza y el derecho reflejen el baile y la voz que sólo ahora empiezan
a valorarse.
III
Veinte años
Las voces instructivas exiliadas
La ingenuidad física amargamente
venida abajo
- Adagio. ¡Ah! El egoísmo infinito de la adolescencia,
el optimismo estudioso; ¡qué lleno de flores estaba el mundo aquel
verano! Los aires y las formas moribundas
- ¡Un coro, para calmar
la impotencia y la ausencia! Un coro de cristales, de melodías nocturnas
En efecto, los nervios pronto gararrán.
IV
Todavía estás en la tentación de Antonio. El holgorio del
interés resrabado, las manías del orgullo pueril, la postración
y el espanto.
Pero emprenderás este trabajo: todas las posibilidades armónicas
y arquitectónicas se conmoverán en derredor de tu asiento. Seres
perfectos, imprevistos, se ofrecerán para tus experimentos. A tus alrededores
afluirá soñadoramente la curiosidad de antiguas muchedumbres y
de lujos ociosos. Tu memoria y tus sentidos no serán sino alimento de
tu impulso creador. En cuanto al mundo, cuando tú salgas, ¿en
qué se habrá convertido? En todo caso, ninguna de las apariencias
actuales.
Promontorio
El alba y el atardecer estremecido sorprenden a nuestro bergantín aguas
adentro frente a esta villa y sus dependencias, que forman un promontorio tan
extenso como el Epiro y el Peloponeso, o como la gran isla del Japón,
¡o como Arabia! Fanos alumbrados por el retorno de las teorías,
inmensas vistas de la defensa de las costas modernas; dunas ilustradas de cálidas
flores y de bacanales; grandes canales de Cartago y de los Embankments de una
Venecia equívoca, blandas erupciones de Etnas y hendiduras de flores
y de aguas de los glaciares, lavaderos rodeados de álamos de Alemania;
taludes de parques singulares que inclinan cabezas de Árbol del Japón;
y las fachadas circulares de los "Royal" y de los "Grand"
de Scarbro' o de Brooklyn, y sus líneas férreas, bordean, excavan,
se suspenden sobre las disposiciones de dentro del Hotel, tomadas de la historia
de las más elegantes y las más colosales edificaciones de Italia,
de América y de Asia, cuyas ventanas y terrazas en este momento llenas
de alumbrados, de bebidas y de brisas ricas, están abiertas al espíritu
de los viajeros y de los nobles - que permiten, en las horas de luz, a todas
las tarantelas de las costas, - e incluso a los centinelas de los valles ilustres
del arte, que decoren maravillosamente las fachadas del Palacio-Promontorio.
Escenarios
La antigua Comedia prosigue sus acuerdos y divide sus Idilios.
Avenida de tablados.
Un largo pier de madera de punta a punta de un campo pedregoso donde la muchedumbre
bárbara evoluciona bajo los árboles despojados.
Por corredores de gasa negra, siguiendo las huellas de los paseantes que llevan
faroles y hojas.
Pájaros de misterio se abaten sobre un pontón de mampostería
movido por el archipiélago que cubren las embarcaciones de los espectadores.
Escenas líricas con acompañamiento de flauta y tambor se inclinan
en reductos habilitados bajo las pinturas del techo, en torno a los salones
de clubes modernos o a las salas del Oriente antiguo.
La hechicería maniobra en lo alto de un anfiteatro coronado por los boscajes,
- O se agita y modula para los beocios, a la sombra de las arboledas que se
mueven en la arista de las culturas. La ópera cómica se divide
en nuestro escenario por la arista de la intersección de diez tabiques
levantados desde la galería hasta las candilejas.
Atardecer
histórico
En un atardecer cualquiera, por ejemplo, en que se halle el turista ingenuo,
retirado de nuestros horrores económicos, la mano de un maestro anima
el clavicordio de los prados; jugamos a las cartas en el fondo del estanque,
espejo evocador de las reinas y de las favoritas, están a nuestra disposición
las santas, los velos y los hilos de armonía, y los cromatismos legendarios,
allá por el crepúsculo.
Se estremece al paso de las cacerías y de las horas. La comedia gotea
sobre los tablados de césped. ¡Y el apuro de los pobres y de los
débiles en lo alto de esos planos estúpidos! Esclavo de su visión,
- Alemania se levanta andamios en dirección a ciertas lunas; los desiertos
tártaros se iluminan -las revueltas antiguas hormiguean en el centro
del Imperio Celeste, junto a las escaleras y los sillones de reyes - un pequeño
mundo descolorido y plano, África y Occidentes, va a edificarse.
Tras un ballet de mares y de noches conocidas una química sin valor,
y melodías imposibles.
¡La misma magia burguesa en todos los puntos donde el correo nos deposite!
El más elemental de los físicos sabe que ya no es posible someterse
a esta atmósfera personal, bruma de remordimientos físicos, cuya
mera comprobación es una aflicción. ¡No! - Es el momento
de los baños de vapor, de los mares levantados, de los abrasamientos
subterráneos, del planeta arrebatado, y de los exterminios consiguientes,
certidumbres tan poco maliciosamente indicadas en la Biblia y por las Normas
y que a la persona seria le será dado vigilar. - Sin embargo no será
en absoluto un efecto de leyenda.
Bottom
A pesar de que la realidad era demasiado espinosa para mi gran carácter,
- me encontré sin embargo en casa de la Señora, en forma de enorme
pájaro gris azul que volaba con ímpetu hacia las molduras del
techo y que arrastraba el ala por las sombras de la velada.
Fui, al pie del baldaquino que sostenía sus joyas adoradas y sus obras
maestras físicas, un enorme oso de encías violeta y de pelo canoso
por la pena, con los ojos en los cristales y en la plata de las consolas.
Todo se hizo sombra y acuárium ardiente. Por la mañana, -alba
de junio batalladora, - corrí hacia los campos, asno, pregonando y blandiendo
mi queja, hasta que las Sabinas de cercanías vinieron a arrojárseme
contra el petral.
H
Todas las monstruosidades violan los gestos atroces de Hortensia. Su soledad
es la mecánica erótica, su hastío, la dinámica amorosa.
Bajo la vigilancia de una infancia ella ha sido, en numerosas épocas,
la ardiente higiene de las razas. Su puerta está abierta a la miseria.
La moralidad de los seres actuales se descorpora, ay, en su pasión o
en su acción - ¡Oh terrible escalofrío de los amores novicios
sobre el suelo ensangrentado y el hidrógeno claro! Adivínese Hortensia.
Movimiento
El movimiento de zigzag sobre la ribera de los saltos del río,
La sima en el codaste,
La celeridad de la rampa,
La enorme zambullida de la corriente,
Llevan por las luces inauditas
Y la novedad química
A los viajeros rodeados por las trombas del valle
Y del strom.
Son los conquistadores del mundo,
Que buscan su fortuna química personal;
El sport y el confort viajan con ellos;
Llevan consigo la educación
De las razas, de las clases y de los animales, en este Buque.
Descanso y vértigo
A la luz diluviana,
En las terribles noches de estudio.
Pues, por la charla entre los aparejos, - la sangre; las flores, el fuego, las
joyas -
Por las cuentas agitadas en la orilla fugitiva,
- Se nota, avanzando como un dique más allá de la fuerza hidráulica
motriz, Monstruoso, iluminándose sin fin, - su stock de estudios;
Arrastrados ellos en el éxtasis armónico
Y el heroísmo del descubrimiento.
En medio de los accidentes atmosféricos más sorprendentes,
Una pareja de juventud se aísla sobre el arco,
- ¿Es antigua hosquedad de la que se perdona?
Y canta y se aposta.
Devoción
A mi hermana Louise Vanaen de Voringhem: - Su toca azul vuelta hacia el mar
del Norte. - Para los náufragos. A mi hermana Léonie Aubois d'Ashby.
Bau - la hierba de verano zumbadora y apestosa. - Para la fiebre de las madres
y de los niños.
A Lulú, - demonio - que conserva una afición a los oratorios de
tiempos de Les Amies y de su educación incompleta. ¡Para los hombres!
A la señora ***.
Al adolescente que fui. Al santo anciano, ermita o misión.
Al espíritu de los pobres. Y a un muy alto clero. También a todo
culto en cualquier lugar de culto memorial y entre acontecimientos tales que
haga falta rendirse, siguiendo las aspiraciones del momento o bien nuestro propio
vicio serio.
Esta noche a Circeto de los altos espejos, grasienta como el pescado, e ilustrada
como los diez meses de la noche roja, -
(su corazón ámbar y spunk), - para mi única plegaria muda
como las regiones de la noche y precedente de intrepideces más violentas
que este caos polar.
A toda costa y con todas las músicas, incluso en los viajes metafísicos.
- Pero ya no de entonces.
Democracia
"La bandera avanza hacia el paisaje inmundo, y nuestra jerga ahoga el tambor.
"En los centros alimentaremos la más cínica prostitución.
Degollaremos las revueltas lógicas.
"¡En los países especiados y empapados! - al servicio de las
más monstruosas explotaciones industriales o militares. "Adiós,
aquí, qué más da dónde. Reclutas de la buena voluntad,
seremos de filosofía feroz; ignorantes para la ciencia, taimados para
la comodidad; que reviente el mundo que sigue. Es la auténtica marcha.
¡Adelante, mar!"
Genio
Él es el afecto y el presente puesto que abrió la casa al invierno
espumoso y al rumor del verano, él que purificó las bebidas y
los alimentos, él que es el encanto de los lugares huidizos y la delicia
sobrehumana de las estaciones. Él es el afecto y el porvenir, la fuerza
y el amor que nosotros, erguidos en las rabias y en los aburrimientos, vemos
pasar por el cielo de tempestad y las banderas del éxtasis.
Él es al amor, medida perfecta y reinventada, razón maravillosa
e imprevista, y la eternidad; máquina amada por las disposiciones fatales.
Todos hemos sentido el espanto por su concesión y por la nuestra: oh
gozo de nuestra salud, impulso de nuestras facultades, afecto egoísta
y pasión por él, él que nos ama por toda su vida infinita
Nosotros nos lo invocamos y él viaja
Y si la Adoración se
va, dice, su promesa dice: "Atrás las supersticiones, los antiguos
cuerpos, las parejas y las edades. ¡Es esta época la que ha zozobrado!"
No se irá, no volverá a bajar de ningún cuelo, no logrará
la redención de las cóleras de mujeres ni de las alegrías
de los hombres ni de todo este pecado: porque está hecho, con ser él,
y ser amado.
Oh sus inspiraciones, sus enfados, sus carreras; la terrible celeridad de la
perfección de las formas y de la acción. ¡Oh fecundidad
del espíritu e inmensidad del universo! ¡Su cuerpo! ¡El desprendimiento
soñado, la ruptura de la gracia cruzada con la violencia nueva!
¡Su visión, su visión! ¡Todos los arrodillamientos
antiguos y las penas rehabilitadas en su pos!
¡Su día! La abolición de todo sufrimiento sonoro y móvil
en la música más intensa.
¡Su paso! Las migraciones más enormes que las antiguas invasiones.
¡Oh él y nosotros! El orgullo más acogedor que las caridades
perdidas.
¡Oh el mundo! ¡Y el canto claro de las desgracias nuevas! A todos
nos es conocido y a todos nos ha amado. Sepamos, en esta noche de invierno,
de cabo a cabo, desde el polo tumultuoso hasta el castillo, desde la muchedumbre
hasta la playa, de miradas en miradas, con las fuerzas y los sentimientos cansados,
darle una voz y verlo, y despedirlo, y en las mareas y en lo alto de los desiertos
de nieve, seguir sus visiones, sus alientos, su cuerpo y su día. |