Edgar Allan Poe
El catador de su desgracia

 Por Agustina Jojärt

 

Edgar Allan Poe, tanto en la teoría como en la práctica, es la piedra fundamental de cualquier escritor por una razón comprensible y suficiente: fue un fiel precursor de los relatos de ficción. Poe introduce las short stories en el mundo de la literatura del siglo XIX, en pleno auge del Romanticismo, y consigue el esplendor de la narrativa descriptiva escapando curiosamente de la poesía tradicional pero sin apartarse de los parámetros que esta última brinda.

La singularidad de Poe descansa sobre su genio para trabajar el lenguaje del mundo interior; como algunos lo han hecho y como pocos lo han logrado, Poe, alcanza el máximo nivel de graduación literaria. Si se tiene la oportunidad de leer su obra en el idioma original, se puede apreciar de manera intensa la variedad de exteriorizaciones emotivas reflejadas en el vocabulario y la gramática compleja, convirtiéndose en un material difícil de traducir. Decodificar a Poe es un desafío que embriaga. Tal vez, haya podido componer su obra fantástica valiéndose del instrumento que vencía a su voluntad –el alcohol- o, quizás, simplemente escribía cediendo a la sensibilidad; pero es conveniente pensar que ambos puntos son convergentes, lo cual explica la exactitud de sus relatos. Es fácil advertir que no simula sus expresiones ni que su principal tarea es la mera creación de historias para entretener; vulnerable a su propio fantasma se involucra de manera peligrosa –aunque el hecho de involucrarse en la obra tiene, inevitablemente, la contracara del peligro- como pronunciando palabras de socorro en cada cuento y sabiendo que ningún agua lava el perfume del vino. La crueldad de sus adicciones fueron las manecillas del reloj que añejaron su tiempo y su genio. Sin embargo, fuera de la desgracia no hubiera sido jamás Edgar Allan Poe.

No es casual que sus personajes –todos ellos seres perturbados- sean sorprendidos por la amenaza mortal de un mal sin tregua. Los condena –no casualmente- a vivir momentos de clímax angustiantes y de asfixia; crea la cuenta regresiva hacia cero porque pone en juego, magistralmente, los aspectos de la moral que parece conocer exhaustivamente. Y en este sentido no ha perdido vigencia por cuanto sirve de fuente para razonar aspectos de la moral en nuestros tiempos. Este es un rasgo exquisito de su obra: explora el costado oscuro de la consciencia de sus personajes –quienes también son hombres. Origina la tensión: el personaje sabe que obra con maldad –puesto que de antemano conoce los preconceptos del bien y la moral- y no ignora el posible castigo, pero sigue adelante con sus planes porque ha pactado con Poe cometer el crimen maquinado. Lo pervierte para que, atraído por una fuerza natural hacia el mal, sea la consciencia su propio verdugo.

El secreto de Edgar A. Poe es la previa organización metódica de sus elementos a fin de producir efectos. Haciendo una lectura tamizada de la obra, se develan aquellos elementos patrones que, casualmente, emplea para su misión de expresar una porción del terreno de la melancolía y el horror diabólico. Poe escribe sus relatos teniendo en mente un simple efecto propenso a estallar en terror o pasión durante el momento final de la historia. Sostiene que en la totalidad de la composición no debe haber palabras que tiendan, directa o indirectamente, a deducir el efecto que el autor se ha propuesto. Lo asombroso es que un amante de la casualidad haya preparado sistemáticamente los elementos a integrar en el relato, como si hubiese sido dotado del don para controlar el destino: azares de la expresión. El significado de cada detalle no debe caer en el significante efecto. Así es como sorprende, manipula el campo de lo inesperado y sobresalta al lector, en la apuesta final saca el as de la manga y gana la jugada astutamente. Los detalles funcionan como sostenes del relato hasta que la última oración narra el efecto preciso: el más planeado por el autor y el menos pensado para el lector. En Edgar Poe no es la inventiva lo que deslumbra sino la capacidad de incertidumbre de las situaciones, la aproximación a lo temido por desconocido, a la muerte. Maestro de la desesperación que parece hallar en la muerte el corte al sufrimiento de sus personajes, de su propio dolor. Tomando las palabras del poeta y dramaturgo David H. Lawrence: " Las mejores producciones de Poe no son relatos. Son algo más. Son descripciones del alma humana, retorciéndose en las convulsiones de la ruptura".

El tema del crimen perfecto es la pasión de muchos escritores de literatura policial y fantástica. Sin embargo, diagramar el esquema del crimen inimputable, y que el lector pueda creerlo, requiere del conocimiento y el cuidado de ciertos elementos clave. En El corazón delator hay una aproximación del personaje al crimen perfecto, aunque fracasa cuando la consciencia se hace su voz. Pero en El barril de Amontillado, demuestra que tal suceso es posible y aún más fácil de lo pensado. El personaje principal llega al final de la historia absolutamente impune; tras haberse vengado de su ofensor, Montresor, logra el objetivo señalado que es el de delinquir sin ser vengado luego por el castigo de la ley.

Es factible el análisis de otro rasgo observable en su estilo: los aspectos irónicos con que moldea el suspenso en cada relato. No podría ser de otra manera; un hombre que huía del dolor constantemente y un conocedor de los desgarros de la miseria humana no podría haber sido privado de una excepcional cuota de humor negro. Es una característica escalofriante que transmite desde sus personajes a los lectores cuando en los momentos de mayor tensión reproducen un gesto y una palabra sarcásticos. Considerar su poema, El cuervo, como irónico es también acertado. Para cuando el Evening Mirror de Nueva York publicaba dicho poema, Poe atravesaba Broadway como un navío sin capitán, en medio de una tormenta infinita y muy lejos de ser su nombre. El contraste del éxito profesional con la imagen del triunfo del vicio sobre la voluntad. Aún más, El cuervo, es un poema sobre su adicción. Poe siente que el alcohol es ese cuervo de piedra pesada que se ha posado sobre el pálido busto en la puerta de su vida y que nunca más remontará el vuelo. Inevitablemente, una vez que la sombra etílica ennegreció sus días fue imposible negarse al llamado de lo único que aplacó sus aflicciones.

Elogiable es asimismo la dulzura con la que se refiere a las mujeres en sus cuentos, hasta que él mismo pone fin a esos oasis femeninos dejando caer la pluma sobre ellas, y –como lo ilustra El retrato oval - absorbiéndoles la vida. El círculo amistoso de Poe con la muerte es la esfera opaca de la cual no se despega ni huye de su esclavitud; este poeta lo acaba todo con la muerte.

Su vida ha quedado grabada sobre cada escrito. No ha logrado desatar los nudos que crean la ligazón entre el escritor, el hombre y su obra, ya que, deja leerse a sí mismo despojado de su piel. Él es su obra, allí plasma sus visiones del mundo, sus propias actitudes, sus propios misterios y sus pérdidas. A modo de ironía: la obra de Edgar A. Poe es la más bella imagen del derrumbe de su ser. Es el hombre que logra comprenderse en su nocturna literatura ya que brega por no ser ajeno a su alma para poder ceder a la influencia de las vivencias propias; y disfraza las sensaciones de la realidad con la imaginación.

 

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