Notas deshilvanadas sobre los gatos
[Public Ledger de Filadelfia, 19 de julio de 1844.]

Por Edgar Allan Poe
"Miscelánea"
Edgar Allan Poe, Claridad, 2006

Los gatos se inventaron en el Jardín del Edén. De acuerdo con los rabinos, Eva tenía como mascota una gata llamada Pusey, circunstancia que entre las naciones orientales dio origen al nacimiento de una secta de adoradores de gatas denominados "puseítas", secta que, según se dice, aún existe en alguna parte. Cuando las ratas comenzaron a tornarse problemáticas, Adán le dio a la primera pareja de gatas seis lecciones sobre el arte de cazarlas, y desde entonces, ese conocimiento viene conservándose. Los griegos escribían "gata" con "k", y los franceses ponen una "h" en la palabra; el verdadero erudito inglés no atiende a semejante muestra de ignorancia y utiliza la ortografía correcta. En la época de Chaucer la palabra "cataract" (catarata) se escribía "caterect" (literalmente, "gato erguido"), pero es difícil determinar cuál es la analogía entre una catarata y una gata erguida. La introducción de la palabra cat en cat-aplasm (cataplasma), cat-egory (categoría), etc. no fue autorizada; se produjo sin el conocimiento ni el consentimiento de las partes, y no tiene sentido. La palabra catnip (hierba gatera), sin embargo, sí tiene sentido: guarda la misma relación con la constitución física de la gata que la que guarda el dulce de marrubio de Pease con la constitución física del hombre. Se dice que un caballero que busque respuesta a cuestiones difíciles querrá saber por qué las gatas, que llevan dentro de sí aquello que contiene tan divina melodía, producen una música tan execrable. Tal vez la respuesta sea simple: las gatas son humildes; no gustan de jactarse de sus logros. Jamás oirá usted hablar de una gata educada. Son comunes los cerdos, los osos y los perros educados, que pueden decir qué hora es y cuántos espectadores hay presentes (esto último es fácil, para desgracia del hombre que conduce el espectáculo). Pero ¿quién oyó hablar alguna vez de una gata educada? Una gata no aspira a ningún conocimiento, ni siquiera a tocar el piano ni a cantar. Si se la mata, se puede preparar con ella una especie de ente físico, por llamarlo de algún modo, el que, una vez estirado y vuelto a llenar, puede producir un efecto divino. Probablemente es el espíritu de la difunta gata, que fue depurado hasta no quedar de él más que una sola cuerda y que ahora emite una melodía sencilla, mientras que, en la gata original, toda las cuerdas estaban enredadas y confundidas, por lo que forzosamente producían sonidos discordantes, por no decir que estaban vulgarmente vivas y en estado salvaje.
Esa explicación parece clara. Una gata joven o una gatita son graciosas: su principal ocupación es perseguirse la cola, pero su cola no se deja atrapar. Los niños muy pequeños adoran a las gatas muy pequeñas, pero, si son varones; cuando crecen y aprenden humanidades en la escuela, y todo lo referente a Dracón, Alejandro y César, cambian de actitud hacia las gatas y las matan cada vez que su afán de divertirse los impulsa a hacerlo. Un dicho asegura que la persecución hace florecer aquello que desea avasallar. Hay allí un pequeño error: en el caso de las ratas, que las gatas persiguen, la persecución invariablemente hace disminuir su número. Es sólo cuando la persecución queda a medio camino o se lleva a cabo con una pizca de caridad, que logra el efecto mencionado en el dicho, el que demuestra su falsedad no sólo en el caso de las ratas sino también en el de los indios. A los indios se los persiguió con el fuego, el whisky y la espada, y ya fueron casi exterminados. Una gata sólo hace el ridículo cuando está enamorada. Entonces, olvidando cualquier otra consideración por estar su corazón tan feliz, la gata, inconscientemente, juega al trovador. (Designamos a los gatos con el género y el pronombre femenino porque en inglés para todo gato se emplea el pronombre "ella", así como a todas las perras y yeguas se aplica el pronombre "él", un rasgo particularmente bello del inglés). La felina que canta su serenata hace un ruido semejante al de un bebé que tiene un cólico, con quien suele confundírsela. Ambos sexos tienen bigotes, más finos o más gruesos; es dudoso que los gatos que son gatas alguna vez dejen de usarlo, puesto de que esa moda ha prevalecido durante tanto tiempo. Una de las mejores páginas de los anales ingleses es la historia de Whittington y su gata. Conocemos a un niño que tiene una gata y dice que, en el futuro, se propone llegar a alcalde de Filadelfia. No tenemos la menor objeción.


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