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Hop
- Frog
Por
Edgar Allan Poe
"Cuentos de Horror y Misterio"
Traducción: Ana G. Burger
Edgar Allan Poe, Claridad 2005
No
he conocido nunca a nadie que tuviera más animación y
que fuese más inclinado a la broma que aquel rey. No vivía
más que para bromear. Contar una ingeniosa historia del género
cómico, y contarla bien, era camino más seguro para conseguir
su favor. Por eso sus siete ministros eran todas personas que se distinguían
por su talento de bromistas. Estaban todos cortados por el patrón
real: vasta corpulencia, obesidad, inimitable aptitud para la broma.
El saber si las gentes engordan con la broma o si existe algo en la
grasa que predispone a ella son cuestiones que no he podido nunca resolver,
pero lo cierto es que un bromista flaco puede denominarse rara avis
in terris.
En cuanto a los refinamientos, o sombras del espíritu, como él
mismo los llamaba, el rey no se preocupaba mucho de ellos. Sentía
una admiración especial por la amplitud en el chiste, y lo atesoraba
hasta con esa amplitud a veces pesada por amor hacia él. Las
delicadezas lo molestaban. Habría preferido el Gargantúa
de Rabelais al Zadig de Voltaire, y sobre todo eran mucho más
de su gusto las bufonerías de obra que las de palabra.
En la época en que sucede esta historia, los bufones de profesión
no habían pasado de moda por completo en la corte. Algunas de
las grandes potencias continentales conservaban sus locos. Eran unos
infelices disfrazados, ataviados con gorros de cascabeles y que tenían
que estar siempre preparados para decir ingeniosas y sutiles palabras,
a cambio de las migajas que caían de la mesa real.
Nuestro Rey, como es natural, tenía su bufón. El hecho
es que sentía la necesidad de algo en el sentido de la locura,
aunque no fuese más que para equilibrar la pesada sabiduría
de los siete hombres sabios que le servían de ministros, por
no incluirlo a él.
Sin embargo, su loco, su bufón de profesión, no era solamente
un loco. Su valor estaba triplicado ante los ojos del Rey por el hecho
de ser además enano y jorobado. En aquel tiempo los enanos eran
tan comunes en la corte como los locos, y varios monarcas habrían
encontrado difícil pasar sus horas, las horas más largas
en la corte que en ningún lado, sin un bufón que los hiciese
reír y sin un enano de quien pudieran reírse. Pero como
ya he advertido, de cien casos de aquellos locos, noventa y nueve eran
gordos, redondos y macizos, de modo que era para nuestro Rey mayor motivo
de orgullo poseer con Hop-Frog, así se llamaba el loco, un triple
tesoro en una sola persona.
Supongo que el nombre de Hop-Frog (rana) no era el que le habían
impuesto sus padrinos, sino que le había sido conferido con el
asentimiento unánime de los siete ministros, teniendo en cuenta
su incapacidad para andar como los demás hombres.
Realmente, Hop-Frog no podía moverse sino con una especie de
andar intermitente, algo entre salto y torcedura, una especie de movimiento
que era para el Rey una diversión perpetua y, por consiguiente,
un placer, pues, a pesar de la prominencia de su panza y de una hinchazón
congénita de la cabeza, el Rey pasaba, ante los ojos de toda
su corte, por un hombre muy atractivo.
Pero aunque Hop-Frog, debido al torcimiento de sus piernas, no pudiera
moverse sino con gran trabajo por un camino o sobre un piso, la prodigiosa
fuerza muscular de que la naturaleza había dotado a sus brazos,
como para compensar la imperfección de sus miembros inferiores,
le permitía efectuar muchos juegos con una destreza sorprendente,
cuando se trataba de árboles, de cuerdas o de cualquier otra
cosa adonde se pudiese trepar. En estos ejercicios parecía una
ardilla o un mono pequeño más que una rana.
Yo no sabría decir con precisión de qué país
era oriundo Hop-Frog. Venía indudablemente de alguna región
bárbara, de la cual nadie había oído hablar a una
gran distancia de la corte de nuestro Rey. Hop-Frog y una muchachita
un poco menos enana que él, pero admirablemente proporcionada
y bailarina excelente, habían sido arrebatados de sus respectivos
hogares, en unas provincias limítrofes, y enviados como regalo
al Rey por uno de sus generales más favorecidos por la victoria.
En semejantes circunstancias no había nada de extraño
que una estrecha amistad se hubiese establecido entre los pequeños
cautivos. En realidad, llegaron a ser bien pronto dos amigos juramentados.
Hop-Frog, que, a pesar de su forzosa algazara continua, no era nada
popular, no podía prestar grandes servicios a Trippetta, pero
ella, merced a su gracia y a su exquisita belleza de enana, era admirada
y festejada en todas partes; tenía, pues, mucha influencia y
no dejaba nunca de hacer uso de ella, siempre que había ocasión,
en provecho de su querido Hop-Frog.
En una ocasión solemne, ya no recuerdo cuál, el Rey decidió
dar un baile de disfraces, y cada vez que se celebraba en la corte una
mascarada o cualquier otra fiesta de este género, el ingenio
de Hop-Frog y de Trippetta se ponían a prueba. Hop-Frog, sobre
todo, tenía un talento de invención tal en materia de
decorados, de tipos nuevos y de disfraces para mascaradas, que parecía
no poder hacerse nada sin su cooperación.
Llegó la noche señalada para el festejo. Un espléndido
salón había sido dispuesto bajo la vigilancia de Trippetta,
con todo el ingenio posible para dar magnificencia a una mascarada.
Toda la corte asistía con la ansiedad de la espera. En cuanto
a los trajes y personajes, cada cual, como puede suponerse, había
elegido libremente. Muchos habían escogido los personajes que
iban a representar con una semana y hasta con un mes de anticipación,
y, en suma, no había incertidumbre ni indecisión en nadie,
excepto en el Rey y en sus siete ministros. ¿Por qué dudaban?
No sabría decirlo, a no ser que se tratase de alguna nueva broma.
¡Acaso es más verosímil pensar que les era difícil
idear algo dada su gordura! Sea lo que fuere, corría el tiempo,
y, como último recurso, mandaron buscar a Trippetta y a Hop-Frog.
Cuando los dos amiguitos obedecieron la orden del Rey, lo encontraron
bebiendo regiamente vino con los siete ministros de su consejo privado,
pero el monarca parecía estar de malísimo humor. Sabía
que Hop-Frog temía el vino, pues esa bebida excitaba al pobre
cojo hasta la locura, y la locura no es una situación de ánimo
muy regocijante. Pero al Rey le agradaba imponerle molestias y se complacía
en obligar a Hop-Frog a beber y a estar alegre, según la frase
real.
-Ven aquí, Hop-Frog -dijo cuando entraron en la sala el bufón
y su amiga-, bebe esta copa a la salud de nuestros amigos ausentes (al
oír esto, Hop-Frog suspiró) y sírvenos con tu imaginación.
¡Necesitamos modelos, historia, mi buen amigo! Algo nuevo, extraordinario.
Estamos cansados de esta eterna monotonía. ¡Vamos, bebe
el vino, estimulará tu genio!
Hop-Frog intentó, como de costumbre, responder con una frase
feliz a las palabras del Rey, pero el esfuerzo fue demasiado grande.
Era precisamente aquel día el cumpleaños del pobre enano
y, ante la orden de que bebiese por sus amigos ausentes, se le saltaron
las lágrimas. Gruesas gotas amargas cayeron en la copa, mientras
la recibía humildemente de manos de su tirano.
-¡Ja, ja, ja! -rugió este último, viendo cómo
el enano vaciaba la copa con repugnancia-. ¡Mira lo que puede
hacer un vaso de buen vino! ;Eh! ¡Ya te brillan los ojos!
¡Pobre muchacho! Sus grandes ojos refulgían más
que brillaban, pues el efecto del vino en su excitable cerebro era tan
fuerte como repentino. Depositó nuevamente la copa sobre la mesa
y paseó una mirada fija y extraña por la concurrencia.
Todos parecían divertirse prodigiosamente del éxito de
la broma regia.
-¡Y ahora, manos a la obra! -dijo el primer ministro, un hombre
grueso.
-¡Sí! -dijo el Rey-. ¡Vamos, Hop-Frog, préstanos
tu concurso! ¡Danos modelos, hermoso! ¡Dinos historias!
¡Tenemos necesidad de historias, todos las necesitamos! ¡Ja,
ja, ja!
Y como aquello se inclinaba seriamente hacia el chiste, los siete hicieron
coro a la risa regia. Hop-Frog se rió también, pero sin
fuerza, con una risa distraída.
-¡Vamos! -dijo el Rey impaciente-. ¿Es que no se te ocurre
nada? -Estoy intentando encontrar algo nuevo -replicó el enano
con un aire vago, pues estaba completamente trastornado con el vino.
-¡Intentando! -gritó el tirano con ferocidad-. ¿Qué
entiendes tú por intentar? ¡Ah, ya comprendo! Estás
enojado porque necesitas más vino. ¡Toma, trágate
eso!
Y llenando otra copa se la ofreció rebosante al cojito, que la
miró y respiró como sofocado.
-¡Bebe te digo! -gritó el monstruo-. ¡O por los demonios...!
El enano vacilaba. El Rey se puso rojo de cólera. Los cortesanos
sonreían cruelmente. Trippetta, pálida como un cadáver,
se adelantó hasta el asiento del monarca y, arrodillándose
ante él, le rogó que perdonase a su amigo.
El tirano la contempló durante unos instantes, evidentemente
asombrado de tal audacia. Parecía no saber qué decir ni
qué hacer ni cómo expresar su indignación de modo
suficiente. Por último, sin pronunciar ni una sílaba,
la rechazó con violencia lejos de él y le tiró
a la cara el contenido de la copa, llena hasta el borde.
La pobre pequeña se levantó como pudo y, sin atreverse
ni a respirar, ocupó de nuevo su sido al pie de la mesa.
Hubo durante medio minuto un silencio de muerte, en el que habría
podido oírse caer una hoja o una pluma. Ese silencio fue interrumpido
por una especie de gruñido sordo, pero ronco y prolongado, que
pareció salir repentinamente de todos los rincones de la sala.
-¿Por qué, por qué, por qué haces ese ruido?
-preguntó el Rey, volviéndose enfurecido hacia el enano.
Este parecía casi despejado de su embriaguez y, mirando fijamente,
pero con tranquilidad, cara a cara al tirano, exclamó simplemente:
-¿Yo?, ¿yo? ¿Que he sido yo?
-El sonido me ha parecido venir de afuera -observó uno de los
cortesanos-; supongo que quizá sea el loro en la ventana, que
se afila el pico en los barrotes de su jaula.
-Es verdad -replicó el monarca, como si aquella idea lo tranquilizara-.
Pero por mi honor de caballero hubiese jurado que era el rechinar de
los dientes de este miserable.
Al oír esto, el enano se echó a reír (el Rey era
un bromista demasiado clásico para encontrar mal una risa, fuera
de quien fuese) y enseñó una ancha, fuerte y espantosa
hilera de dientes. Es más, declaró que estaba completamente
dispuesto a beber el vino que quisieran. El monarca se apaciguó
y Hop-Frog, después de vaciar sin el menor inconveniente una
nueva copa, entró de lleno, y con entusiasmo, en el plan de la
mascarada.
-No puedo explicar -observó muy tranquilo y como si no hubiera
probado nunca vino en su vida- cómo se ha efectuado esa asociación
de ideas, pero precisamente después de que Vuestra Majestad pegó
a la pequeña y le tiró el vino a la cara, precisamente
después de hacer eso Vuestra Majestad y mientras el loro hacía
ese extraño ruido detrás de la ventana, me ha venido a
la memoria una diversión maravillosa: es uno de los juegos de
mi país y lo incluimos a menudo en nuestras diversiones, pero
aquí resultará completamente nuevo.
Desgraciadamente requiere un grupo de ocho personas, y...
-¡ Claro, y ocho somos! -exclamó el Rey, riéndose
del feliz hallazgo-. [Ocho justos! ¡Yo y mis siete ministros!
Vamos a ver, ¿cuál es esa diversión?
-Llamamos a eso -dijo el cojito- los ocho orangutanes encadenados y
realmente es un juego encantador cuando se ejecuta bien.
-Lo realizaremos -dijo el Rey irguiéndose y bajando los párpados.
-Lo bonito del juego -prosiguió Hop-Frog- consiste en el terror
que causa a las mujeres.
-¡Excelente! -rugieron a coro el monarca y su ministerio.
-Yo seré quien os vista de orangutanes -continuó el enano-;
entregaos a mí para todo eso. El parecido será tan sorprendente
que todas las máscaras os tomarán por verdaderos animales
y, como es natural, se quedarán tan asombradas como llenas de
espanto.
-¡Oh, es divertidísimo! -exclamó el Rey-. ¡Hop-Frog!
¡Haremos de ti un hombre!
-Las cadenas tienen por objeto aumentar el desorden con su alboroto.
Figurará que os habéis escapado en masa de vuestros guardianes.
Vuestra Majestad no puede imaginarse el efecto que producen en un baile
de disfraz ocho orangutanes encadenados, que la mayoría de los
concurrentes toman por verdaderos animales, al arrojarse con gritos
salvajes entre una multitud de hombres y de mujeres esmerada y suntuosamente
ataviados. El contraste no tiene igual.
-¡Así será! -dijo el Rey.
Y el consejo se levantó apresuradamente, pues se hacía
tarde para poner en ejecución el plan de Hop-Frog.
Su manera de vestir de orangutanes a aquellos hombres era sencillísima,
pero llenaba sus deseos. En la época en que sucede este relato
se veían muy rara vez animales de esa especie en las diversas
partes del mundo civilizado, y, como las imitaciones hechas por el enano
eran lo suficientemente bestiales y más que suficientemente espantosas,
creyeron poder fiarse del parecido.
El Rey y sus ministros se vistieron primeramente con camisas y unos
calzones tejidos ajustadísimos. Después los untaron de
brea. Estando en aquella fase de la operación, uno del grupo
sugirió la idea de unas plumas, pero fue rechazado en principio
por el enano, quien convenció bien pronto a los ocho personajes,
con una demostración ocular, de que el pelo de un animal como
el orangután se imitaba con más fidelidad por medio de
la estopa. Por consiguiente se extendió una espesa capa de estopa
sobre la brea. Entonces se agenciaron una larga cadena. Primero la pasaron
alrededor de la cintura del Rey y la soldaron allí, después
alrededor de otro individuo de la cuadrilla y la soldaron igualmente
allí; luego, sucesivamente, alrededor de todos los demás,
y la cenaron de igual manera. Cuando aquel arreglo de la cadena estuvo
terminado, separándose unos de otros tan lejos como podían,
formaron un círculo y, para concluir de parecerse, Hop-Frog hizo
pasar el resto de la cadena por entre el círculo, en dos diámetros
en ángulo recto, según el sistema adoptado en la actualidad
por los cazadores de Borneo que cazan chimpancés u otras especies
grandes.
El gran salón en el cual debía efectuarse el baile era
una habitación circular, altísima, que recibía
la luz del sol por una sola claraboya en el techo. Durante la noche
(la fiesta iba a ser nocturna) estaba iluminada principalmente por una
gran araña colgada por una cadena de la claraboya del marco y
que se subía o se bajaba por medio de un contrapeso ordinario,
pero para no perjudicar su elegancia, este último pasaba por
fuera de la cúpula y sobre el techo.
El decorado del salón había sido confiado a la vigilancia
de Trippetta, pero en algunos detalles la había guiado probablemente
el sereno juicio de su amigo el enano. Por eso, siguiendo sus consejos,
se había retirado la araña en aquella ocasión.
El derretimiento de la cera, que hubiera sido imposible evitar en una
atmósfera tan caldeada, habría ocasionado serios daños
en los ricos vestidos de los invitados, que, dado lo repleto del salón,
no habrían podido apartarse del centro; es decir, del sitio de
la araña. Se pusieron nuevos candelabros en diferentes partes
del salón, fuera del espacio ocupado por la gente, y se colocó
una antorcha, de la que brotaba un perfume agradable, en la mano derecha
de cada una de las cariátides que se levantaban contra el muro
en número de cincuenta o sesenta.
Los ocho orangutanes, siguiendo los consejos de Hop-Frog, esperaron
pacientemente para hacer su entrada a que el salón estuviese
completamente lleno de máscaras; es decir, hasta medianoche.
Pero apenas había acabado de sonar el reloj, cuando se precipitaron
o, mejor dicho, cuando rodaron todos en masa, pues, embarazados con
sus cadenas, algunos cayeron al suelo y todos tropezaron al entrar.
La sensación producida entre las máscaras fue prodigiosa
y llenó de alegría el corazón del Rey. Como se
esperaba, fueron numerosos los invitados que creyeron que aquellos seres
de feroz aspecto eran animales verdaderos de una especie ignorada, quizás
orangutanes simplemente. Varias mujeres se desmayaron de miedo, y si
el Rey no hubiera tomado la precaución de prohibir todas las
armas, él y su cuadrilla hubiesen podido pagar aquella farsa
con su sangre. En resumen, fue una desbandada general hacia las puertas,
pero el Rey había dado orden de que se cenasen inmediatamente
después de su entrada y, por consejo del enano, las llaves le
habían sido entregadas a él.
Mientras el tumulto estaba en su apogeo y cada máscara no pensaba
sino en su propia salvación, pues, en suma, con aquel pánico
y aquella confusión existía verdadero peligro, pudo verse
la cadena que servía para sostener la araña, y que había
sido retirada igualmente, bajar y bajar hasta que su extremo, doblado
en forma de gancho, estuvo a tres pies del suelo.
Pocos momentos después, el Rey y sus siete amigos, luego de haber
rodado por el salón en todas direcciones, se encontraron finalmente
en el centro y en inmediato contacto con la cadena. Mientras estaban
en esa posición, el enano, que había ido todo el tiempo
siguiéndoles los pasos, advirtiéndoles que tuviesen cuidado
con el tumulto, se agarró a la cadena en la intersección
de las dos partes diametrales. Entonces, con la rapidez del pensamiento,
la colgó del gancho que servía de ordinario para sostener
la araña, y en un instante, realizado como por un agente invisible,
la cadena se remontó lo bastante como para poner el gancho fuera
de todo alcance y, por consecuencia, levantó por el aire a los
orangutanes, todos ellos juntos, unos contra otros y cara a cara.
Las máscaras, durante este tiempo, se habían repuesto
casi de su alarma, y, como empezaban a tomar todo aquello por una broma
hábilmente preparada, lanzaron una inmensa carcajada al ver la
postura de los monos.
-¡No me los perdáis de vista! -gritó entonces Hop-Frog,
y su voz penetrante se oía dominando el tumulto-. No me los perdáis
de vista, porque creo que yo los conozco. Si consigo solamente verlos
bien, yo os diré en seguida quiénes son.
Entonces, encaramándose con los pies y las manos sobre las cabezas
de la multitud, maniobró de manera de llegar hasta el muro; luego,
arrancando una antorcha a una de las cariátides, volvió,
como había ido, al centro del salón, saltó con
la agilidad de un mono sobre la cabeza del Rey, gateó unos cuantos
pies por encima de la cadena e inclinó la antorcha para examinar
el grupo de los orangutanes y repitiendo a gritos:
-¡Muy pronto descubriré quiénes son!
Y entonces, mientras la concurrencia, así como los monos, se
retorcía de risa, el bufón lanzó repentinamente
un agudo silbido; la cadena ascendió rápidamente unos
treinta pies, arrastrando con ella a los orangutanes aterrorizados,
que se debatían, y los dejó suspendidos en el aire entre
la claraboya y el suelo. Hop-Frog, agarrado a la cadena, había
subido con ella y seguía conservando su misma posición
con respecto a las ocho máscaras, inclinando siempre su antorcha
hacia ellas, como si se esforzase en descubrir quiénes podían
ser. Toda la concurrencia se quedó tan atónita con aquella
ascensión que se hizo un profundo silencio de un minuto aproximadamente.
Pero fue interrumpido por un ruido sordo, una especie de rechinamiento
ronco, como aquel que había llamado la atención del Rey
y de sus consejeros cuando el monarca había arrojado el vino
a la cara de Trippetta. Pero en el presente caso no había que
buscar de dónde salía el ruido. Salía de los dientes
del enano, que hacía rechinar sus colmillos como si los triturase
en la espuma de su boca y clavaba unos ojos que relucían con
una rabia loca en el Rey y sus siete compañeros, cuyas caras
estaban vueltas hacia él.
-¡Ja, ja, ja! -dijo por fin el enano furibundo-. ¡Ja, ja,
ja! Empiezo a ver quiénes son. ¡Ahora empiezo a ver quiénes
son estos individuos!
Entonces, con el pretexto de examinar al Rey desde más cerca,
acercó la antorcha al disfraz de estopa que lo revestía
y que se consumió instantáneamente en una capa de fuego
deslumbrante. En menos de medio minuto, los ocho orangutanes ardían
fieramente en medio de los gritos de la multitud que los contemplaba
desde abajo, crispada de honor e impotente para prestarles ni el más
ligero auxilio.
A la larga, las llamas, elevándose repentinamente con mayor violencia,
obligaron al bufón a trepar más arriba por la cadena,
fuera de su alcance. Y mientras efectuaba esta maniobra, la multitud
enmudeció de nuevo por un instante. El enano aprovechó
aquella ocasión y tomó otra vez la palabra:
-Ahora -dijo- veo claramente de qué especie son estas máscaras.
Veo a un gran Rey y a sus siete consejeros privados, a un Rey que no
siente escrúpulo en pegar a una muchacha indefensa, y a sus siete
consejeros, que lo animan en tal atrocidad. En cuanto a mí, yo
soy simplemente Hop-Frog, el bufón, y ¡ésta es mi
última bufonada!
Gracias a la grandísima combustibilidad del cáñamo
y la brea, a la cual estaba pegado, apenas acababa de pronunciar el
enano su breve arenga, cuando ya la obra de venganza se había
cumplido. Los ocho cadáveres se balanceaban sobre sus cadenas,
masa confusa, fétida, fuliginosa, atroz. El cojo arrojó
su antorcha sobre ellos, trepó con entera tranquilidad hacia
la claraboya y desapareció por el marco.
Se cree que Trippetta, de centinela sobre el tejado del salón,
sirvió de cómplice al amigo en aquella venganza incendiaria
y que huyeron juntos hacia su país, porque no se volvió
a verlos jamás.
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