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César Duayen
Una Señora Escritora
Por Lily Sosa de Newton
A principios
de este siglo, cuando no se conocía el fenómeno llamado "best-sellerismo",
una escritora argentina se daba el lujo de agotar ediciones de su primera novela
que, tímidamente, había aparecido en un medio intelectual reducido. Se llamaba
Emma de la Barra pero eligió para firmar Stella, el libro que la lanzó a la
fama, un nombre masculino. Fue desde entonces "César Duayen". Había
nacido en Rosario en 1861 y era hija de Federico de la Barra, político y periodista
de destacada actuación que, en la villa de los años '60 que crecía vertiginosamente,
reunía noche a noche en su casa una tertulia de personajes brillantes. Siendo
todavía niña, Emma se trasladó con la familia a Buenos Aires donde, años más
tarde, se casó con su tío paterno Juan de la Barra. Inquieta por naturaleza,
continuó desarrollando sus talentos artísticos, encaminados hacia la música
y la pintura. En este medio propicio pudo poner en marcha iniciativas que lograron
éxito, como la fundación de la Sociedad Musical Santa Cecilia para encauzar
el entusiasmo de los aficionados a la música; la primera escuela profesional
de mujeres; la Cruz Roja, que fundó en unión de Elisa Funes de Juárez Celman
en las postrimerías del gobierno jaqueado por la revolución de 1890; la exposición
de obras de arte y joyas que organizó en 1893 con Delfina Mitre de Drago, con
fines benéficos, y que permitió admirarlas más hermosas expresiones artísticas
que había entonces en colecciones privadas.
0tra importante empresa en la que participó, con el marido,
fue la construcción de un barrio obrero en Tolosa, donde estaban los talleres
ferroviarios junto a La Plata, o lo que sería entonces la capital de la provincia.
Habilitado en 1882, precisamente el año de fundación de esa ciudad, el grupo
de edificaciones, que abarcaba dos manzanas, fue popularmente conocido como
"las mil casas", de las que aún quedan vestigios. Emma proyectó allí
una escuela, teatro e iglesia, pero fracasó económicamente y perdió casi toda
su fortuna.
Recluida por su viudez como se acostumbraba entonces, a partir
de 1904 se entregó a la literatura, ya que otras actividades le estaban vedadas.
Escribió Stella en pocas semanas según refirió en un reportaje, y la dio a la
imprenta en forma anónima encargándose de los trámites Julio Llanos, poco después,
su segundo marido. También explicó que el seudónimo obedecía al hecho de que
una mujer escritora era entonces mal vista, pero lo cierto es que el éxito fue
inmediato. Corría el año 1905 y la reducida sociedad de la época comentó el
hecho con interés, pues se creía estar en presencia de una novela con personajes
reales, además de que conquistaron a los lectores el verismo y el estilo con
que se pintaba un medio que la autora conocía bien. Llegó a suponerse que Llanos
era el responsable del libro, pero, ante el revuelo suscitado, la verdad salió
a luz. La crítica literaria fue elogiosa y la primera edición se agotó enseguida.
Aquella novela emocionó a varias generaciones, dio a su autora motivos de orgullo
y ganancias considerables y tuvo varias ediciones y traducciones.
Entregada de lleno a la tarea literaria, Emma de la Barra
publicó en 1906 otra novela, Mecha Iturbe, por cuyos originales la casa
Maucci, de Barcelona, pagó 5.000 pesos adelantados por 6,000 ejemplares, hecho
insólito er las letras argentinas. Durante la Primera Guerra Mundial el matrimonio
se encontraba en Francia, desde donde Llanos enviaba crónicas a La Nación,
que alguna vez eran escritas por Emma sin que se notase, tan bien había captado
el estilo periodístico. Años más tarde publicó su tercera novela, Eleonora, que apareció en la revista El Hogar bajo la forma de folletín en
1933, y luego como libro, editada por Tor, y luego en Chile. Había quedado casi
olvidada una novela para adolescentes, El Manantial, que allá por 1908
le publicó la Editorial Estrada. También de las prensas de Tor salió la novela La dicha de Malena en 1943, volumen en el que se incluía el cuento El
beso aquél que publicó antes El Hogar.
Adaptó sus obras para el cine y colaboró en diarios y revistas,
pero su mayor lauro fue Stella, escrita en una época en que no eran muchas las
mujeres que podían aspirar a la fama literaria.
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