Las
Brontë:
Talentosas
Víctimas de su época
Por Lily Sosa de Newton
16 de
marzo de 1988
Míster
Smíth, importante editor de Londres, quedó sorprendido cuando
le anunciaron la visita de Currer y Acton Bell y aparecieron ante su presencia
dos tímidas y sencillas muchachas. Eran Charlotte y Ann Brontë,
que por primera vez tomaban contacto personal con la editorial que publicara
sus libros Jane Eyre y Agnes Grey.
Hasta ese momento Mr. Smith había supuesto que se trataba de hombres,
pues así lo infirió de los nombres con que firmaron las obras.
Su asombro, pues, no tuvo límites, y a partir de allí se dedicó
a agasajar a las jóvenes escritoras, que conocieron los halagos de la
popularidad.
¿Cómo habían llegado a ese punto, proviniendo de un medio
cerrado y lejano como Haworth, Yorkshire, desde donde proyectarse al mundo era
empresa más que imposible? Ellas mismas apenas podían creerlo
porque la realidad había ido más allá que sus sueños.
Cuando tímidamente enviaron a editores de Londres sus primeras novelas,
pocas esperanzas tenían de impresionarlos hasta el punto de que las publicaran,
pero el milagro se había producido, sin que ni siquiera el padre, el
reverendo Patrick Bronté, se enterara de la historia. Lo más extraordinario
era que todos los tratos relativos a la publicación se habían
hecho por correspondencia. En cuanto a los nombres, eran los mismos que eligieron
para firmar anteriormente un tomito de poesías de las tres, publicado
a su costa y que no logró la menor repercusión.
Al probar con las novelas, la suerte cambió. Esos vigorosos relatos,
en los que se reflejaban la vida en los páramos y las peripecias de las
muchachas que se dedicaban a la enseñanza, causaron fuerte impresión,
y aún hoy conmueven por su verismo autobiográfico y lo tajante
de sus situaciones y caracteres.
Habían escrito desde niñas. Tanto ellas como su hermano Branwell,
excelente pintor que dejó un retrato de las tres hermanas, poseían
una imaginación desbordante y una regular cultura, adquirida en el hogar
mediante interminables lecturas. El padre ejercía su ministerio en una
apartada parroquia y los hijos habían perdido a la madre en la infancia.
El lugar, con el cementerio adyacente, era triste y malsano, pero los Brontë
volaban hacia el mundo con el pensamiento.
Branwell les dio grandes disgustos por su propensión a la bebida y la
droga, su relación con una mujer casada y, su triste final. Ellas se
refugiaron en la literatura, atormentadas por una salud precaria, ya que la
tuberculosis las llevaría a la tumba en plena juventud. Primero fue Emily,
que falleció en 1848. La siguió Ann en 1849 y por fin Charlotte,
en 1855, después de haber conocido la dicha matrimonial con un pastor
asistente del egoísta padre, que se oponía a la boda. Poco pudo
Charlotte disfrutar de ella. Era una familia marcada por la desgracia, pues
la enfermedad, que entonces era una sentencia de muerte, había ido diezmándola
inexorablemente.
Dejaron las hermanas una obra reducida pero de honda significación por
ser producto de la era victoriana y de escritoras sujetas a un medio recóndito
y pobre. De Charlotte se conocieron, después de Jane Eyre, Shírley,
Villette y El profesor, ésta luego de su muerte. De Ann se publicó
The tenant of Wildfeld. La que más resonancia logró, con su singular
novela Cumbres borrascosas, fue Emily, que pudo plasmar una trama complicada
y trágica, con personajes torturados que recorrieron el mundo en innumerables
traducciones y las pantallas de los cines con versiones que intentaban reproducir
el clima opresivo de los páramos de Yorkshire y la vida de seres marcados
por la dureza del medio.
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