Informe para una aproximación a Abelardo Castillo
con el guiño Cómplice de "El que Tiene Sed"

Por Tomás Barna

 "No olvidar que la embriaguez es la negación del tiempo, como
todo estado violento del espíritu, y que —en consecuencia—
todos los resultados de la pérdida del tiempo tienen que desfilar
ante los ojos del borracho, sin destruir en él la costumbre de
postergar para el día siguiente su conversión, hasta la perversión
completa de todos los sentimientos y la catástrofe final."

BAUDELAIRE

Es tanto lo que brinda la novela de Abelardo Castillo, es tan amplia su temática, tan profundo su contenido, tan magistral su lenguaje y tan lancinante su poesía... que —luego de haberla leído provocándome la sensación de hundirme palmo a palmo en una marisma plena de alcohol y locura— necesité diez días para resurgir de ese abismo cenagoso y recuperar la lucidez; me fueron necesarias varias jornadas de abstención —como a un escritor dipsómano— para ordenar las ideas, tomar distancia y ver en perspectiva a fin de otorgar relieve y consistencia a mis palabras. Para hablar de ''El QUE TIENE SED", auténtica novela-poema, convoqué a un espíritu afín al de Abelardo y al mío: CHARLES BAUDELAIRE, precisamente POETA y en todos los géneros que abordó —hasta en la crítica—.

La prosa de Abelardo Castillo está poseída por la poesía. A medida que vamos navegando por las páginas lacerantes de este libro sentimos que atravesamos zonas estremecidas por el delirio, por el sobrecogimiento, por el pavor, por un exacerbado goce interior, y el personaje protagónico (Esteban Espósito) se va apoderando de nuestro espíritu llegando a producir un fenómeno de ósmosis singular. La atmósfera creada por Abelardo Castillo engendra lo poético y lo proyecta en el lector. Y aflora, de pronto, la vibración metafísica, aquí y allá, en innumerables pasajes de la narración. Por añadidura, desde el comienzo mismo de la novela, se percibe el soplo de la locura o bien la visión propia de la superlucidez o —¿por qué no?— la captación de la presencia del OTRO (ese misterio del desdoblamiento), y resulta así que desde el vamos se nos aparecen los fantasmas de Maupassant, Dostoievsky, Gérard de Nerval, Kafka, Borges y —por supuesto— Dylan Thomas.

"EL PERRO AL PIE DE LA ESCALERA

No deberías seguir tomando", escuché, aunque sin que la historia cambiara demasiado podría escribir escuchó, ya que ignoro si estas cosas me están ocurriendo realmente a mí, o a otro, y hasta algo peor: ni siquiera entonces, ni siquiera en el momento de oír la voz apagada de la muchacha, habría podido jurar que el destinatario era yo. No es fácil de explicar. Yo estaba ahí, sí, en esa mesa junto a la ventana, en el bar Nilo, y la muchacha era Mara y me hablaba a mí, hablaba en voz baja, sin mirarme y en el tono casual con que uno se dirige a un sujeto peligroso o a un chico trepado a una cornisa; pero yo estaba como a un metro de mí mismo y lo veía beber. Y el que se emborrachaba por mí, o más exactamente por los dos y hasta por el mundo en general, era el otro. Otro con mi nombre y mi cara. Esteban Espósito. Él. Con mi cara y mi nombre y, sobre todo, con mi edad. Mi trigésimo primer año al cielo. Y él, a quien desde un alto otoño con lentas aves acuáticas le sonríe ahora Dylan Thomas agradeciéndole la paráfrasis, que en realidad es una cita equivocada, él brindó amistosamente con el aire, bebió de golpe su tercer whisky y, no sin cierta repentina urgencia, buscó con la mirada al mozo." (El Que Tiene Sed)

Sören Kierkegaard comienza a rondar dentro del cerebro borrascoso de Esteban desde la página 33 con su "Concepto de la Angustia" y "El Tratado de la Desesperación'' que lo conduce sin vueltas, hacia el seno del atribulado Fiodor Dostoievsky.

"Parecía absurdo, sí, y seguramente lo era, pero él se había pasado la vida sintiendo (cómo escribirlo, sin embargo, cómo no adivinar tu gesto de fastidio ante la inminencia de las grandes palabras, cómo ignorar los efectos que produce en el ritmo de tu respiración, en los músculos de tus párpados y de tu boca, mi arrebatador estilo), sintiendo que tenía una deuda con todos los hombres. Especie de locura mesiánica o consecuencia de haber leído de muy chico a Dostoievski y haberse tomado en serio aquello de que todos somos responsables de todo ante todos. O la conciencia de haber llegado a los treinta y tres años sin cumplir una sola de las fastuosas promesas que había hecho, y se había hecho, en la adolescencia." (El Que Tiene Sed)

Incursionando en el ámbito de lo onírico, de los símbolos, en la frontera entre la locura y el genio, se encuentra imaginariamente con Nerval, el poeta iluminado, quien logró "resucitar" (hallándose internado en un manicomio) a un loco que no comía por creerse muerto. Los médicos y enfermeros no encontraban la solución y el demente ya languidecía. Sabiendo que era muy religioso, Nerval le dijo: "Tienes que comer". "No puedo, estoy muerto" —le replicó—. "Vas a comer. Yo, Dios, te lo ordeno". Y. de inmediato, el "muerto" pidió de comer. Y ahora seamos testigos de la cita entre Esteban y Gérard.

"... De la agenda cuadriculada

1. La sustancia del Universo es una, y es sagrada.
2. La diversidad de sus manifestaciones se funde en el todo, que es la unidad.
3. Lo de arriba es como lo de abajo: análogo en su forma, y en su esencia, igual. El mundo de los opuestos se resuelve en el equilibrio.
4. La forma y el sexo son misterios divinos.
5. Hacia arriba o hacia abajo, el hombre sólo avanza por grados.
6. El hombre conoce el macrocosmos por el microcosmos, pero él mismo y toda cosa son macro y microcosmos, porque cada cosa supone el Universo como el Universo contiene toda cosa.
7. Nihil nihilo fit es blasfemia y error. Sólo por la nada hay ser. Y en cuanto al artista iniciado, al poeta mago, comparte con el iluminado estas tres características:

3. Es ritualista y solitario por disciplina o por naturaleza, y voluntariamente asocial, pero a diferencia del hombre puro, suele ser desdichado o suicida.
2. La sociedad lo considera demoníaco o santo, angustiado, vidente, pecador o loco.
1. Quiere imitar a Dios..."

"(...)... Gérard de Nerval encontró el pasaje entre el pensamiento y los actos, pero su conducta de Vidente llegó a ser difícil de aceptar para el Gran Público. Un día lo vieron en el Palais Royal, arrastrando una langosta viva con un listón azul. Se lo quiso hacer razonar. Pero se enojó: "¿En qué es más ridículo este animal que un perro, que un gato, que una gacela, que un león o que otra bestia de las que hay costumbre de hacerse seguir? Me gustan las langostas que son tranquilas, serias, saben los secretos del mar, no ladran y no tragan la esperma de las gentes, como los perros, tan antipáticos a Goethe, que sin embargo, no estaba loco". Sus amigos lo condujeron a la "casa" del doctor Blanche. Entró el 21 de marzo de 1841... ¿Cuándo salió?." (El Que Tiene Sed)
Y el aguijón de la soledad, pero de una soledad poblada por una infinitud de mundos interiores en donde se producen sucesivas eclosiones musicales que rompen con todas las leyes tonales desembocando en los latidos postreros de la existencia, se nos clava en lo más profundo de las entrañas cuando el narrador (o el narrado: Esteban Espósito y/o el OTRO) nos arroja de bruces contra las páginas "DEL LIBRO DE CUERINA AZUL" por las que deambulan las figuras de Poe y de Dylan Thomas.

"Del libro de cuerina azul

"Para Sluchevsky la dipsomanía no pertenece, en rigor, al alcoholismo. Este científico opina que el bebedor crónico periódico es un ciclotímico, o, en los casos extremos, un psicótico del tipo maníaco-depresivo. Los accesos de borrachera aparecen después de períodos lúcidos de la misma duración que los de la psicosis maníaco-depresiva y la ciclotimia. Si esto es cierto, la frase del poeta norteamericano Edgar Poe, cobraría el valor de un autodiagnóstico científico: "En aquellos accesos de absoluta inconsciencia yo bebía, sólo Dios sabe con qué intensidad y en qué medida. Mis enemigos atribuyen la locura a la bebida, más bien que la bebida a la locura". No obstante..."

(...) "Ellos" o el Panteón

En off, la voz de Dylan Thomas, su voz real. De modo impresionante dice los versos de Do Not Go Gentle Into that Good Night (No entres con gentileza en esa noche amable). Lentamente, el cuarto se ilumina sobre la silueta inmóvil de una muchacha (Liz) sentada junto a la cama. (O mejor, de pie junto a un sillón: una cama es escénicamente antiestética.) Madrugada, alrededor de la una y media. Los dos han pasado toda la tarde y la noche en este cuarto, después de la gigantesca borrachera en casa de H., donde él vio o creyó ver la rata. (Verificar si, en la realidad, él gritó A rat! o más modestamente A mouse!) La voz deja de oírse. El cuarto ya está iluminado, cárdena y tenuemente: de la calle llega, con maniática intermitencia, el resplandor de un cartel luminoso. El sillón (de mimbre, tipo chino) está de espaldas. En esta posición comienza a hablar. DYLAN (Violentamente, oculto por el respaldo del sillón): "Qué criatura roñosa y sin dignidad soy... ¡No entres con gentileza ... ! (Se levanta; tambalea. Se aferra al brazo del sillón: esto le permite situarlo con naturalidad frente a Esteban. Por el momento habla de pie. No parece borracho en absoluto.) "¿Sabes? ¿Sabes, Liz, cómo voy a entrar yo en la amable noche de la muerte? Pateado por el demonio... ¡Titular a toda página! (hace un gesto en el aire, como si materializara un gran título periodístico): POETA GALÉS DE PELO CRESPO SE ARROJA DE CABEZA A LA BASURA PATEADO POR LA CULPA."

(...) "... DYLAN. —Todo está bien. (Ella no se ha sentado en el sillón, sino sobre la alfombra. Él camina hasta el centro del cuarto. Habla con lacónica naturalidad.) Acabo de beberme dieciocho whiskys puros. Creo que es un record. (Cae de rodillas al suelo. Apoya la cabeza en su regazo; habla sin mirarla.) Te amo. Pero estoy solo." (El Que Tiene Sed)

Poéticamente el espíritu de Abelardo Castillo hecho verbo (es decir: Esteban Espósito) bien podría murmurarnos: "Hay maravillas tan fascinantes en un vaso de whisky (y hasta en uno de vino) como las que se agitan en el fondo del mar. Si somos hijos de los muertos. Quién lo podrá negar; ¿entonces por qué habremos de rechazar esa ambrosía de corazón de alcohol?">Una de las aspiraciones máximas de la vida podría ser —por qué no— volverse borracho, pero muy pocos pueden darse el lujo de correr ese riesgo supremo que nos conduciría a los confines de lo racional. Cuando el escritor (o el artista, el poeta, el ser hondamente sensible, todo lo cual es el escritor que vive en estado de trance creador) se prende a la botella como al seno de la mujer que ama y desea, y bebe y bebe hasta saciarse... lo que busca es acabar ese bálsamo para entregarse a la muerte a fin de olvidar la vida. Y no olvidemos que todo creador de arte y de poesía está familiarizado con la muerte puesto que el talento es sinónimo de desesperación mientras que el genio lo es de angustia.Los siquíatras se equivocaron —como tantas veces— con Nerval y con Artaud ya que ignoraban que a los seres excepcionales jamás se los puede ni debe considerar como seres sin derechos extraordinarios. A los siquíatras les resulta inadmisible que el hombre haya hecho que la vida sea deplorable; y que la existencia sea un absurdo para el ser que reflexiona, debido a lo cual cae en la desesperación y hasta en la angustia.La ignorancia, el prejuicio y la hipocresía llevan a juzgar mal al auténtico creador que consume su existencia junto al alcohol que bebe. La estulticia (que es la peor de las estupideces) no permite comprender que el creador bebe impulsado por la necesidad de empañar el cristal del espejo en que se ve reflejado y con el afán de desvanecer el mundo que se lo devora como un Moloch.
Abelardo Castillo nos remite -a través de Esteban Espósito- a tantos grandes esgunfiados (hastiados) —como diría Roberto Arlt— que nos hace revivir con plenitud los goces, los dolores y los delirios de cada uno de ellos. Y entramos a formar parte de esa maravillosa HERMANDAD constituida por los denominados "malditos" (en verdad... seres visionarios, ILUMINADOS). Poe y Baudelaire restallan con excelencia, a menudo, en las páginas de "EL QUE TIENE SED". Observemos cómo se fusionan ambos con el protagonista del relato. Baudelaire, que dedicó 17 años de su vida a la traducción de las obras de Poe, dice en el prólogo: "Poe no bebía por placer; bebía bárbaramente, como si quisiera matar algo dentro de él mismo. Poe creaba personajes terribles o grotescos en medio de una tempestad de alcohol, y para volver a encontrarlos recurría a la embriaguez. Poe quería huir de todas sus amarguras hundiéndose en el fondo negro de la borrachera como en una tumba preparatoria."
Y la concatenación exacta entre el pensamiento de Baudelaire y el de Abelardo-Esteban lo hallamos en estos párrafos de "Los Paraísos Artificiales" —en el capítulo: "Del Vino y del Haschisch"—. Baudelaire proclama, casi en una celebración: "El vino es semejante al hombre: jamás se sabrá hasta qué punto es posible estimarlo y despreciarlo, amarlo y odiarlo, ni de cuántos actos sublimes o fechorías monstruosas es capaz. No seamos entonces más crueles con él que con nosotros mismos y tratémoslo como nuestro igual." Y algo más adelante declara: "Cuando aparezca un verdadero médico filósofo —cosa que no se ve jamás— habrá de realizar un poderoso estudio sobre el vino, una especie de psicología doble, cuyos dos términos estén compuestos por el hombre y el vino. Y explicará cómo y por qué algunas bebidas contienen la facultad de aumentar sin medida la personalidad del ser pensante, y de crear, por así decirlo, una tercera persona, operación mística en la que el hombre natural y el vino, el dios animal y el dios vegetal, desempeñan el papel del Padre y del Hijo en la Trinidad; y ambos engendran un Espíritu Santo, que es el hombre superior y que procede por igual de los dos."
En esta novela de Abelardo Castillo no puedo evadirme de la imagen del dipsómano encarnado con realismo estremecedor por Ray Milland en "Días sin huella", o del personaje creado por Jack Lemmon en "Días de vino y de rosas", pero también se sumergen y reaparecen sin cesar en las aguas sombrías de "EL QUE TIENE SED"... dos inmensos (por su excelsitud) cineastas —borrachos sublimes—: Orson Welles y John Cassavetes. Todo lo que en los demás es vicio, voluntad débil o tara hereditaria, en ellos —seres superiores, sensibles hasta el paroxismo, dotados de avideces sin fin y sin tregua— es voluntario, porque —empujados por un desasosiego, una búsqueda innominada— sienten una atracción irrefrenable por cualquier elemento que haga aumentar su sensibilidad y agudizar sus sentidos con el objeto de descifrar misterios metafísicos, crear imágenes ricas en poesía y en expresividad, desarrollar argumentos originales y hacer palpar que el sueño forma parte de la realidad. O demostrar que el ángel y el demonio son uno y están dentro de nosotros, como el cielo y el infierno. "El infierno soy yo" —debería haber dicho Sartre—. ¡Reencontrémonos con Esteban Espósito!:

"Oyeron por ahí que el arte es dolor, y me llaman a mí por teléfono. Y yo tengo el cerebro reducido a cenizas. ¿Y si fuera cierto?, susurró el demonio mientras el ángel de Espósito, con el hígado hecho pulpa y las meninges a punto de estallar, dormía despatarrado bajo la mesa una borrachera que ya llevaba casi diez años, ¿y si lo único verdaderamente cierto de esta opereta bufa, obscena y cantada en tono menor, fuera la parte de las cenizas? ¿Si ya soy los escombros de mí mismo? Y de pronto Espósito recordó el folleto. Un cuestionario. Se lo había dado una señorita que no quería ser ni actriz ni novelista ni cantante de bossa nova. Él iba por su decimoquinto whisky y Mara le estaba diciendo por favor, o vamos, o mañana tengo que levantarme temprano." (El Que Tiene Sed)

¡Ah, Baudelaire y sus conferencias incomprendidas en Bélgica! Y sus diarios íntimos ("Cohetes". "Mi corazón al desnudo"). Aquí se proyecta, con insistencia, su aureola crepuscular sobre el espíritu de Espósito.

"Vea —le dijo al patrón—. Déjeme la botella entera. Voy a dar ahí enfrente una conferencia que no van a olvidar en su vida. —Tachó en su libreta: Los mitos solares y lo demoníaco masculino. Anotó Estado, propiedad privada, sacerdocio: el capitalismo como razón satánica. Y vio que el patrón seguía junto a su mesa; anotó: El arte demoníaco en oposición al satanismo del orden burgués—. No se preocupe —dijo—, después me cobra lo que haya tomado. Que probablemente sea todo. O pasa algo. O hay algo que le parece mal. ¿Le parece que me desprestigio? ¿Que pierdo mi trabajo? ¿Que hago sufrir a los míos, a los suyos, a alguien?"

(...)"Eso era todo: Mara se había ido y él estaba solo. Bebió y lo supo, y como no le gustaba saberlo, dejó que el whisky fuese filtrando lentamente hacia las zonas más festivas de su corazón y pensó qué farsante, era la vigésima vez que Mara lo abandonaba para siempre, le resultaba más fácil dejar de emborracharse que estar solo, era escandalosa la parva de mujeres-niñas, madres-niñas, amantes-niñas dedicadas todo el tiempo a salvarlo de las acechanzas del mundo y últimamente también de Mara y de la bebida. ¿Seré lindo? O las mujeres son apenas las sombras de la soledad los pañalitos y el talco del huérfano básico sobre el que la bebida y el miedo van construyendo como un Golem a este desamparado para todo uso, porque también era notable la cantidad de niñas-adúlteras, párvulas-cuadragenarias, lactantes-putísimas y malcogidas de toda índole que en los últimos años le habían diezmado los riñones, el alma y otras partes delicadas. ¿Seré lindo realmente? ¿O interesante? O a lo mejor es cierto que las mujeres creen que el espíritu es transmisible por via oral, anal, orejal y otras vías, aun las normales..." (El Que Tiene Sed)

Y cuando uno menos se lo imagina Abelardo Castillo nos instala en el bodegón "El Barrilito de Villa Crespo". Somos testigos de un diálogo lacerante sostenido por dos seres arrojados a un pozo mental de cal viva: Esteban Espósito y el hombre de los ojos de plata. "-Sé lo que quiere decir. Por qué no tuve la decencia de matarme. Usted piensa que yo debí matarme más o menos a su edad. No me maté, Espósito, por falta de interés. Para matarse hay que tener cierto grado de pasión. Yo no soy un suicida ni un autodestructivo, ya se lo dije. Pero, por qué no me mato ahora, ahora que sí podría matarme. Porque no quiero. He descubierto, un poco tarde, el sentido de la vida. Sé perfectamente lo que me espera, la cirrosis, quizás una pierna cortada o las dos. El manicomio, si Dios me da salud. Calculo que me quedan otra vez unos cinco años. Y ahora no hay error, porque ahora me diagnostiqué yo. Un día el hígado no funciona más, o se perfora algo y se hace ahí adentro un pantano de orín, sangre, toxinas y excrementos. O las arteriolas del cerebro se hunden entre la grasa, se taponan de detritus y se asfixian, o estallan. 0 el pus de las meninges hace algo por mi alma. Quizás hasta tengo la dicha de un delirium tremens, aunque con mi mala suerte no creo. Pero si ahora pudiera elegir, elegiría vivir un poco más."(...)
"Y cuál es el secreto de la vida.-
Ya se lo dije —contestó el hombre de los ojos de plata—. Se lo dije al principio. Siempre puede ocurrir algo peor. Vale la pena vivir sólo por eso. Para ver dónde está el límite de la degradación, la infelicidad y el sufrimiento. Hasta dónde somos capaces de humillar y hacer sufrir a los demás, o hasta dónde la vida es capaz de vejarnos, envilecernos y hacemos padecer. Pero sobre todo hasta dónde somos capaces de llegar, hacia abajo, sin ayuda de nadie, nosotros mismos. Y ahora vaya. Se le va a hacer tarde." (El Que Tiene Sed)

CUARTO CANTO DE MALDOROR (fragmento)

"Estoy sucio. Los piojos me carcomen. Los cerdos, cuando me miran, vomitan. Las costras y las escaras de la lepra me llenaron de escamas la piel, cubierta de pus amarillento. No conozco el agua de los ríos, ni el rocío de las nubes. Sobre mi nuca, como sobre un estercolero, brota un enorme hongo con pedúnculos umbelíferos. Sentado sobre un mueble informe, no he movido mis miembros desde hace cuatro siglos. Mis pies adquirieron raíz en el suelo y componen, hasta mi vientre, una suerte de vegetación plena de vida, colmada por innobles parásitos: algo que aún no deriva de la planta y que ha dejado de ser carne."

¡Qué libro fascinante éste de Abelardo Castillo que permite introducirnos en los meandros de los pensamientos y las sensaciones del autor, y al mismo tiempo recorrer los microcosmos interiores de tantos demiurgos (seres que son principios activos del mundo y detectores de los grandes enigmas que agitan a los espíritus sensibles)! Así es como él nos va haciendo atravesar los círculos de todos los purgatorios e infiernos que bullen dentro del ser humano. Además de Poe, Baudelaire, Nerval, Thomas Mann y Hermann Hesse, nos van penetrando las multifacéticas inquietudes de esos locos geniales que fueron (que SON, porque la eternidad los ha tocado con su vara mágica) Nietzsche, Hölderlin, Artaud, Fijman, y de esos borrachos-poetas como Verlaine, Dylan Thomas, William Faulkner, Henry Miller, Jean Genet, Malcolm Lowry, y de los terribles angustiados: Kierkegaard y Dostoievsky, permitiéndonos asimismo revivir los acentos líricos y la originalidad de la prosa tan personal de Cortázar, de Marechal y de Arlt.

"A veces, si él se portaba bien toda la semana, ella le leía algo de Poe, las Memorias del Subsuelo y cosas chanchas de Arlt y Marechal. Pero en ausencia de la Sirenita él se tapaba las orejas con las manos, y de pronto reía con risa de lobo y decía palabrotas, decía umbligo, caca, upite, tenía ataques de epilepsia y llamaba por teléfono al Bajo Fondo. Y del Bajo Fondo subía, envuelta en llamas, una niña perversa no mayor de diez años, de ojos nictálopes y boca ávida, que le leía las partes más asquerosas de Sade, de Genet, le leía Sexus, la Biblia, cosas de antropofagia, Massoch, el Aretino, El Tarot de los Bohemios y todos los libros de cábala y demonología que se le antojaran, tanto como para no perder el entrenamiento, ni la Culpa, pero al fin la Sirenita volvía arrastrando valijas por la escalera, triunfal, traía factura de chancho, venía aromada de nísperos, llegaba con pasteles y amarantos, le decía me extrañaste, qué olor a azufre, abría puertas y ventanas y él se ponía anteojos negros, no le gritaba que aborrecía el sol y las corrientes de aire, quiero morir con dignidad, carajo, se ponía anteojos negros para disimular el remordimiento y el estrago, quiero morir viendo escorpiones, lémures sin ojos, ratas, morir como una cucaracha entre las cucarachas porque qué es ese infierno sino la vuelta al origen, el reconocimiento en la oscuridad, el espejo de la cara del hombre. No le decía nada de esto, le decía te extrañé, amor. Y era cierto. Desde que te fuiste o Algo se fue, o lo perdí yo mismo —esa tarde que es ésta o una mañana cuando tenía ocho años o la cárdena doliente indeseada noche en que nació lacerando un cuerpo de mujer, causando su primer dolor, o en cualquier sepultado coágulo de la vigilia o del sueño cuando la alegría lo miró por última vez a los ojos, en alguna cama, en algún bar, dónde—, desde antes de mi nacimiento te extraño, pero qué linda corriente de aire, lo hace sentir liviano como un pájaro asesinado a uno, lo levanta del suelo como al hijo de puta que es, le grita hay que pagar, pagar por algo, ¿qué pasa?, pagar todo o lo revientan. Pero qué pasa."

"...yo te voy a explicar en seguida —dijo el taxista—; yo en seguida te voy a explicar qué pasa. —Había salido del auto y tenía en su mano un buen pedazo de las solapas de Espósito, a quien le pareció que el suelo se retiraba bajo sus pies y quedó en el aire. Otra mano, un puño anormal, se agitaba muy cerca de su cara— Ahora vas a saber qué pasa.

—Suélteme, se lo suplico. Usted no se imagina.

Y Espósito, mientras se bamboleaba de un lado a otro como un muñeco de trapo, sintió de pronto que los ojos se le llenaban de lágrimas. Una tristeza insoportable, algo peor que la tristeza. Una gran compasión. Por sí mismo, por ese hombre. Algo inmenso. Los abarcaba no sólo a ellos dos, también a esa gente que comenzaba a rodearlos, a los tres o cuatro choferes (¿o eran más?) que frenaban sus taxis y bajaban golpeando puertas, a los que al otro lado de la avenida Coronel Díaz, en iluminados cafés con mesas en las veredas se ponían de pie, mientras las palabras obscenas del hombre (él tiene razón, pensaba Espósito, pero no debería hablar, no debería hablarme así) estallaban en sus orejas como petardos y las frenadas y los portazos le rompían el corazón. La pasividad de Espósito pareció enardecer al hombre.
—Qué es lo que no me imagino —gritó.

Y Espósito sintió que algo se rajaba en su pecho. Una tela. Va a romperme la corbata. Dios mío, no.
—No me rompa la corbata —dijo con la voz enronquecida por una emoción que subía en marejadas hacia su garganta, hacia sus ojos, que trepaba en grandes olas hasta casi hacerle estallar la cabeza—. No me rompa la corbata, por favor. Usted no entiende.
—No entiendo. No entiendo qué, borracho hijo de puta, no entiendo qué. Pagame o te mando al hospital. No entiendo qué.

—Que puedo matarlo —dijo.

Y con frialdad casi criminal levantó de golpe la rodilla derecha. Sintió, en mitad del muslo, los testículos del hombre. Alguien gritó. Vio cómo el pesado cuerpo se desmoronaba contra él; alzó hacia el cielo las dos manos juntas, entrelazadas, como si rezara, y las descargó con toda su alma sobre esa nuca informe, al mismo tiempo que levantando otra vez la pierna, le plantó la rodilla en la cara. Oyó el chasquido del cartílago de la nariz, oyó otro grito aterrado —estoy gritando, sintió en algún lugar todavia humano de su cerebro, soy yo ese que aúlla como un animal, soy yo el que siente esto y grita, y es como la felicidad—, y se echó hacia atrás gritando, perdió el equilibrio y cayó sentado en el medio de la calle." (El Que Tiene Sed)

Adquirir conciencia, con estremecedora lucidez, del estado de desintegración psíquica (y física) a la que lo ha llevado el alcoholismo, hunde al protagonista en el ámbito del horror; y nos arrastra con él gracias a la maestría de Abelardo Castillo en ese maravilloso momento de realismo poético magnificado por su esencia metafísica, en el que planea la sombra del Poe impregnado de innatismo.

"La casa se había quedado quieta. Oyó su voz en el living y no pudo comprender una sola palabra. Estaba viendo las agujas del reloj pero había perdido por completo la noción de su significado. No sé la hora, alcanzó a pensar mientras dejaba caer el reloj al suelo. No oyó el ruido. No oyó nada; no había nada. Salvo un infinitesimal punto incandescente de terror que era todo lo que quedaba de él mismo, la realidad, de golpe, se disolvió en la nada. Y durante un segundo Esteban no fue más que eso. Una pura y formidable sensación de pánico. Espósito, dijo. Esteban Espósito. Y no era más que el horror de ser algo, una conciencia, la conciencia de que en ninguna parte había otra cosa que esto, ella misma, una absoluta partícula de horror a punto de estallar. Existo, descubrió de pronto, y el universo entero se reorganizó en el acto a su alrededor. Eso era existir. Fue como si chocara contra algo o algo lo embistiera. Un impacto tan brutal que lo arrojó sobre la cama. Bajo la piel desnuda y empapada del pecho su corazón bombeaba de tal modo que los golpes le combaban la camisa. Estoy vivo y lo sé, pensó. Por eso había vuelto a emborracharse después de la primera vez, hacía once años, por eso había seguido emborrachándose todo este tiempo, por eso la bebida iba a matarlo algún día, por sentir algo que si las cosas hubieran sido de otro modo, o en otro mundo, podría llamarse amor a la vida. No bebía para poder vivir, no bebía para olvidar nada: bebía para sentir que estaba vivo, para saberlo, y eso sólo significaba que no merecía vivir, que era un monstruo, no un hombre, un ser incompleto y baldado, una parodia de hombre que sólo borracho podía alcanzar su...

—¡APOGEO! —La voz del grabador atronó en el silencio del living. Comienza de improviso y en unas pocas horas alcanza su apogeo. Como si el sentido de las palabras se armara hacia atrás. Violentamente, Esteban saltó de la cama y buscó el reloj. Eran las cinco. Las cinco de la madrugada. ¿Apogeo? Bueno, fuera lo que fuere, esto ya era el apogeo. Se tolera, pensó con ferocidad. Se tolera perfectamente. He tenido pesadillas mucho peores. Las cinco. Si no podía dormir, si no conseguía descansar de algún modo, si ni siquiera le estaba permitido cerrar los ojos, por lo menos que amaneciera de una vez. La luz del día borra y ahuyenta todo. Lo sabía. Y quién lo dice. Los libros, los libros lo dicen. ¿Y después? Después vienen el sueño, el descanso y... —ahora escuchaba la voz del grabador—: el enfermo se despierta curado. —O loco. O enterrado prematuro. O disuelto como el señor Valdemar. Sólo que esto ya no lo decía el grabador. Tengo que llegar al amanecer, pensó. Y antes tengo que llegar a la cocina, llegar aunque sea la última cosa que haga—. Salvo matar —oyó—, el alcohólico hace cualquier cosa para seguir bebiendo." (El Que Tiene Sed)

En cuanto a la percepción de la locura nos la transfiere de una manera tan palpable como lo va logrando con lo que atañe al permanente estado de embriaguez alternado con accesos de delirium tremens.

"Erasmo de Rotterdam —repitió el viejo— ya lo sabía. Todos somos prosélitos de la locura. Dejando de lado las anomalías latentes que en organismos ya enfermos, o ansiosamente predispuestos, desencadena el alcohol, yo afirmo que despierta, y no hay más palabra que ésa, despierta una anomalía absolutamente misteriosa, cuyo nombre científico ignoro, y a la que llamaré locura. La locura. Mi locura, tu locura. Locura que los antiguos veneraban en los bosques sagrados; que acaso poseyeron los chamanes. La que fulminó a Nietzsche, quien por algo no podía soportar siquiera un vaso de cerveza; la que ardió a Van Gogh, que no era esquizofrénico como se ha creído, sino pura y brutalmente alcohólico; la que extravió en un universo de triángulos, transparentes rombos, fulgurantes figuras estrelladas, al dueño de casi todas las palabras: Dylan Thomas; la que anudó la lengua de oro de Baudelaire, hasta reducirla al sí, al no, al no sé. Esa locura sin nombre que es la forma más personal de percibir, de sentir y hasta de conocer la realidad. Todo alcohólico ha vislumbrado alguna vez esas tierras; no todos han regresado. Locura que está escrita en el origen mismo de lo que llamamos humano, como los caracteres de Tsalal están grabados sobre la piedra. —Y al viejo no le importó que aquellos conmovedores muchachos ignorasen que estaba citando a Poe, del mismo modo que a ellos no les importaba comprender todas sus palabras, les bastaba con amarlo—. Y hay algo en el alcohol, yo lo sé, que abre los ojos a Eso que la despierta. Y si alguien oyó mal y anotó ese, déjelo. Locura inclasificable porque es la del hombre individual, spes unica, como los catecúmenos decían del Crucificado. El deIirium tremens es una de sus manifestaciones, su epifanía, la revelación de que Eso existe. ¿Por qué afirmo esto? Voy a hablarles de... No, no me embelleceré, queridos muchachos, no asustaré a esas delicadas hijas de Odín de mirada tan azul que, con mis ojos casi ciegos, imagino en los vastos patios de esta casa. No hablaré de mi experiencia, pues no hay nadie más mentiroso que un alcohólico. Hablaré de la única experiencia que, siendo la más intransferible, personal y propia, puede ser compartida por todos: los sueños. La imposibilidad de dormir, la imposibilidad de descansar, la imposibilidad de que el cerebro realice su rito de purificación en su ámbito natural, el sueño, hace que los sueños no soñados del alcohólico se materialicen en el ámbito espacial: en lo que llamamos realidad. Ahí está la rata o el diablito, o el puro triángulo abstracto y aterrador. Ahí está lo que a mí me aterra, que podría ser tu cielo, tu felicidad, tu calma. Ahí está y lo veo. Y quizás me toca, me babea o me quema. Y me habla a mí con voz que para tu oído puede ser música. No es, como creía Goya, que el sueño de la razón engendre monstruos: es la vigilia de la razón la que los engendra... Wagner, por favor, me parece que estoy quemando la cama. Gracias. Y lo curioso, y de ahí la rareza casi inexplicable del delirio, es que esa per-so-na-li-dad de la psicosis sea, al mismo tiempo, la única posibilidad de cordura del... sujeto."

(...) "Y el enfermo se despierta curado", recordó. Y esto, entonces, era estar curado. Dios bendito, qué porquería. Los libros lo dicen, sí, lo que no decían los libros, lo que nadie había escrito, era esto que Esteban sentía ahora: lo innoble, lo sucio, lo infame que es el lugar por donde deambula, como por su jardín, el alcohólico. Su jardín. La ropa manchada, sudorosa y maloliente, desparramada por todas partes. El olor a orina, y a algo peor que a vómito: a podredumbre. A pura y nada poética mierda, sí señor. Esto es lo que no habían escrito ellos. Esto era lo que no contaban sus desgarrantes biografías. Esto era lo que no podía imaginar ni siquiera el temible doctor Sturm. Esto era finalmente el alcohol, y quizá sobre todo era esto. Sólo un alcohólico podía deambular por su inmundicia sin que lo matara el asco. Algún día, pensó Esteban Espósito, yo voy a escribir estas cosas. Aunque sea para no olvidarme de mí. Voy a escribir también que hubo por lo menos un día de mi vida, entre la madrugada y el amanecer de un domingo, en que supe quién era, qué soy, qué es Esteban Espósito. No un hombre entre hombres, sino un borracho entre borrachos, uno más entre el millón de imbéciles que esta misma mañana se pasearon por su jardín de horror y podredumbre y también creyeron descubrir que todavía eran alguien, que por lo menos pertenecían a alguna comunidad, aunque fuera ésta. (El Que Tiene Sed)

La dinámica de la imaginación fluye en la mente de Abelardo Castillo y se transvasa en el cerebro de Esteban Espósito ... trasladándolo a Paris, a la callejuela de la Vieille Lanterne, sitio en el que hallaron ahorcado a Gérard de Nerval. Si hasta nos parece estar contemplando (con espanto no exento de goce estético) la litografía de Gustave Doré en donde se entrelazan el cuervo de Poe, la locura y la muerte.

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Muerte de Nerval por Doré

"Vino a caer, entre las dos y tres de la madrugada, en una cloaca inmunda, hundida en tierra a la altura del piso, y situada entre los muelles de la calle Rivoli, cerca de la Plaza del Châtelet. Se le llamaba la calle de la Vieja Linterna. No hay palabras para pintar el horror de ese lugar infecto, donde un paraviento hacía la noche en pleno día. Se descendía a ella por una escalera oblicua y empinada, sobre la cual un cuervo domesticado repetía de la mañana a la noche: "¡Tengo sed!" Al descender, bajo el paraviento de una ancha boca de alcantarilla, cerrada por una reja, chupaba un arroyo de inmundicias, a pocos pasos de un cabaret, que, al mismo tiempo, era una posada de dos sueldos la noche. Había que haber perdido toda razón o todo respeto hacia la muerte y hacia sí mismo, para pensar en morir en la calle de la Vieja Linterna, y sin embargo, es allí donde, el 26 de enero de 1855, al alba, se encontró el cadáver de uno de los seres más extraños a toda acción villana que jamás haya hollado esta tierra. Gérard de Nerval se había ahorcado con el cordón de un delantal. Estaba suspendido del barrote de una ventana situada bajo el pavimento. El cuervo revoloteaba en torno a él." (El Que Tiene Sed)

El grado de concentración que alcanza el narrador-protagonista de "EL QUE TIENE SED" para expresar lo que recuerda, lo que le sucede o lo que imagina, va aumentando paulatinamente debido al crecimiento de su esfuerzo consciente y voluntario con el objeto de lograr un estilo narrativo capaz de retener y fijar lo esencial de su experiencia...que reside en el descubrimiento de que la realidad y el sueño (variaciones del delirio) son componentes afines y complementarios de la existencia humana. Esto supera al valor de la simple anécdota. En este hallazgo Castillo queda aún más emparentado con el espíritu de Nerval... fundamentalmente con el que éste transparentó en su poético relato "Aurelia", en el que cabalgan —a la par— lo real, el sueño y la reflexión, Y desde el comienzo de su libro que —al igual que el de Abelardo Castillo— es un conmovedor viaje de introspección, anuncia Nerval que se ha propuesto ofrecer —de la manera más objetiva posible— un acto literario en el que habrán de vibrar los secretos de su mente: "Voy a intentar transcribir las impresiones de una larga enfermedad que se ha desarrollado íntegramente en los misterios de mi mente".

Y ahora iniciemos una exploración por los laberintos de la mente del poeta Jacobo Fijman (el "otro" de Jacobo Fiksler) —que también fue un personaje lunar de la novela "Adán Buenosayres", de Marechal—. Como "El Horla" de Maupassant, a Fijman se le aparece "el Otro" y nos trasmite su estremecimiento:

"Ahora el Otro está despierto;
se pasea a lo largo de mi gris corredor,
y suspira en mis agujeros,
y toca en mis paredes viejas
un sucio desaliento frío."

En el poema "Canto del cisne" nos instala, con un acento gris-plomo, en:

"El patio del hospicio es como un banco
a lo largo del muro."

Buscando una mano amiga, un confidente, inquiere dolorosamente:

"¿A quién llamar?
¿A quién llamar desde el camino tan alto y tan
desierto?"

Hasta que encuentra una relativa calma en medio de su delirante extravío, un bálsamo para su soledad de carne y cristal... cuando descubre su lugar en la tierra, en el espacio: "Ahora vivo detrás de mí mismo."

Y ya estamos en el Hospicio de las Mercedes, conociendo a Don Jacobo —el Viejo Poeta— conducidos por el ansia y la lucidez alucinantes de Esteban Espósito. Y el nexo será el Doctor Miguel.

"Al nacer se entra en el camino de Locópolis, al morir, se sale... Cosa extraña, es tal vez cuando se duerme cuando se camina allí más aprisa y, con frecuencia, cuando menos se piensa, se franquean las puertas de esta ciudad célebre. Es grave error el que corre por el mundo, según el cual Locópolis estaría habitada por hombres caídos de la Luna. Es más bien fuera de Locópolís que en su recinto donde se podrían encontrar lunáticos. Hormiguean en el camino de Locópolis. ¡Pobres! ¡Todos caminan hacia nosotros!

(De una ficha del doctor Miguel, director del Neuropsiquiátrico donde Esteban Espósito entrevistó a Jacobo Fiksler.)"

(...) "-Bueno —dijo el doctor Miguel—. Sentémonos. Le haré saber, pequeña, que el señor que la acompaña, o mejor, al que usted acompaña en cierto sentido, está, en cierto sentido, algo tocado. No me refiero a su alcoholismo. He estudiado su caso, un modelo de dipsomanía fenomenal. Clásico y al mismo tiempo atípico. Como los clásicos. Hasta donde alcanzan mis conocimientos, incurable. No se me asuste, pequeña. Por ahí, no se nos emborracha nunca jamás. Le lavo las tripas, lo psicoterapeutizo, lo amenazo con ratones. Pero se es alcohólico como se es barrigón. Baruch Spinoza lo dijo del Ser. Toda cosa anhela perseverar en su ser. El alcohólico, es. Chupe o no. Cuando digo que está loco de la cabeza, niña, no me refiero a su feo hábito. Eso es butanodiol o dopamina. O hasta poesía. Me refiero a... Perdón, debo hacer una pequeña pausa. ¿Oyeron ese grito? Menos mal, qué susto. Lo que quiero decir es que si se quedan un rato van a oír más. Acá se oye de todo. Continuamente. Uno cree haberse acostumbrado pero no. Muy bien. Nuestro hombre está escribiendo un libro, de acuerdo. Ahora mire por la ventana ese sol, hija. Por qué no me lo convence de ir a las sierras. O al mar. Hay lugares tranquilos y adecuados en nuestro país. Esto, no sé si se advierte al alcance de lo que voy a decir, es un manicomio. Seré breve. Tenemos paranoicos, hebefrénicos, maníaco-depresivos, parafrénicos, atacados de satiriasis. Y alcohólicos, por supuesto. Sobre todo, un caso extraordinario de demencia alcohólica, el Viejo Poeta, que derivó en locura mística, don Jacobo, que es, si no me equivoco, el hombre sobre el cual nuestro hombre se ha propuesto escribir. El ruiseñor que canta en la tiniebla. Y también está Salustio. Éstos son los mansos. Detrás de aquella barrera tipo paso a nivel, en las salas cerradas, están los demás. Imaginen las mayúsculas. Los Peligrosos. Los Vegetales. Los Criminales. También hay los Otros. ¿Sigo?"

(...) "El doctor Miguel dijo:

-El señor Espósito es una visita. No una admisión. Puede irse cuando quiera, incluso durante la noche. Por ahora, nada de pijama. Tiene libertad de andar por donde guste, de este lado de la barrera. Desde el martes, si se queda, pijama y ficha de rutina: Espósito Esteban, etcétera. Tipología: bebedor social. Internación voluntaria. Tratamiento: desintoxicación. Subrayado: ambulatoria. Viene a hablar con don Jacobo Fiksler, si don Jacobo lo permite. Puede usar grabador, si no se lo muestra. Puede tomar toda clase de notas que serán fiscalizadas únicamente por mí. Todo esto es perfectamente ilegal, pero yo me hago responsable. También puede escaparse. A partir del martes, se entiende. Si lo ve trepar por el níspero que da al paredoncito del Bosque Sagrado de don Jacobo, mire hacia otra parte. Salvo que trepe en pijama o desnudo o en calzoncillos. En ese caso, es que se nos ha vuelto loco. Ahí nomás chaleco y calmantes. Es todo, gracias."

(...) "Esto, hijo, es un Hospicio Estatal. Y ésa es la gente, porque los locos son gente, gente que fue o pudo ser o quizá es mejor que usted, sólo que es gente que grita y se babea, y quiere matar al vecino o imagina que el vecino quiere estrangularlo. Y se mea encima. Y se caga. Hoy hablábamos de la comida. Le voy a hacer una revelación, la primera. Acá va a tener varias. Lo que esta gente caga es casi mejor que lo que come. Yo le doy el plato de aquel gimnasta y el señor Valdemar le va a parecer un heliotropo. Estatal, repito. El Estado lo provee todo: la bazofia que se come y la Bazofia que come esa bazofia. Y la bazofia con que simulamos curar a la Bazofia. Mírelos. Mírelos bien. Vienen de los barrios más sórdidos, de las villas, de las casas de cartón junto a las aguas contaminadas. Vienen del hambre, de la coca, de la sífilis. Son la borra del país, el sarro de la última destilación de las fábricas donde se manufactura la Gran Mierda nacional. Usted es escritor o qué, Espósito. Usted pensó que le está robando la cama, la comida, la atención médica, a un ser humano que necesita este lugar sencillamente para sobrevivir." (El Que Tiene Sed)

Antes de sumergirnos en las ignotas regiones del "País Olvidado", dejemos que el Doctor Miguel nos introduzca en las entrañas cerebrales de Artaud con la explicación orgánico-química que le asesta a Espósito.

"—Y usted qué cree, Espósito. Veo que usted no cree nada. Muy bien, yo se lo explico en la arpada lengua de los pájaros. El hígado es el intermediario entre el hijo y la madre, el hígado, ya en el origen, creaba por sí mismo su propia sangre y era el mensajero entre tu sangre incipiente y la de la madre que te parió, el puente entre lo anárquico, primitivo, caótico y pluripotencial y la divina y espiritual libertad creadora que después llamamos hombre. Y nunca deja de serlo. Es lo estructurante, y lo humanamente temporal e histórico. Marca, pauta, graba lo vivido y esconde en su centro la nostalgia del lugar al que no se puede retornar. Por eso el hígado de un alcohólico, hijo, al desintegrarse, desanda el camino hacia las Grandes Madres fáusticas. Se agranda, vuelven a permeabilizarse las venas umbilicales y el ligamento redondo, la forma lobulillar se descangalla, distorsiona y anarquiza, como al principio. Y qué pasa. Se hace incapaz de conjugar la bilirrubina y reproduce una ictericia similar a la del recién nacido. Y no es todo. Se produce ascitis, que es como hablar del líquido amniótico de la etapa prenatal. Hay una vuelta a la estructura del feto, una regresión en que la circulación hepática se reduce a la casi nada, igual que antes, cuando la edad de oro del flujo materno fetal. Sólo que para esta etapa, hijo querido, no hay panza materna alguna. No hay Madre Nutricia. Hay un sujeto adulto con hígado de niño, de angelito, un sólido huérfano o hijo de puta que alucina sus deseos según modelos delirantes por necesidad primaria de vivir. Ahí tenés el mito de Prometeo del siglo veinte, paparulo. Por eso los gavilanes de la cirrosis nos van a comer el hígado. Porque es el Intermediario, siempre lo fue. El Mensajero, el serafín que vuela entre el hombre y la divinidad. Entre la razón y la locura." (El Que Tiene Sed).

Y es aquí cuando viene Antonin Artaud a nuestro encuentro, asqueado por "la ineptitud burguesa en un mundo íntegramente aburguesado" —Como escribe en una Carta de Rodez de 1948—, repugnancia que le "obliga a nacer y ser"... habiendo concebido, ya un año antes, estos versos de "Aquí yace":

"Yo, Antonin Artaud, soy mi hijo,
mi padre, mi madre y yo;
nivelador del periplo imbécil
donde se encarcela el engendramiento:
el periplo papá-mamá y el niño..."

En "El pesa-nervios" asevera: "Me he colocado a menudo en ese estado de absurdo imposible, para tratar de hacer nacer en mí el pensamiento. Somos unos pocos en esta época empeñados en atentar contra las cosas, en crear en nosotros espacios para la vida."

(...) "Volverse a encontrar en un estado de extrema conmoción, esclarecida por la irrealidad, con trozos de mundo real en un rincón de sí mismo."

(...) "¡Es tan duro no existir más, no ser más en alguna cosa! El verdadero dolor es sentir su pensamiento trasladarse en uno mismo. Sólo tengo una ocupación: ¡REHACERME!."

Y en los "Fragmentos de un diario de infierno" nos incendia con las llamas de su pensamiento: "no necesito tanto de un alimento como de una especie de conciencia elemental. Permanezco durante horas enfrascado en una idea, en un sonido. Mi emoción no se desenvuelve en el tiempo, no se sucede en el tiempo. Creo en los conjuros espontáneos. Sobre las rutas por las cuales me arrastra mi sangre no puede ser que yo no descubra un día una verdad." En "Van Gogh, el suicidado por la sociedad", clamará: "Una sociedad tarada ha inventado la psiquiatría para defenderse de las investigaciones de ciertos espíritus luminosos cuyas facultades de adivinación le mortifican". En otro párrafo, aludiendo a Nerval: "Gérard de Nerval no estaba loco, pero lo acusaron de tal a fin de desacreditar ciertas revelaciones fundamentales que proyectaba realizar."

Y en cuanto al genio holandés, afirma: "No, Van Gogh no estaba loco, pero sus cuadros eran mezclas incendiarias, bombas atómicas, cuyo ángulo de visión —comparado con el de todas las obras que se festejaban en esa época— hubiera sido capaz de trastornar gravemente el conformismo larvario de la burguesía del Segundo Imperio y de los esbirros de Thiers, de Gambetta, de Félix Faure y hasta de Napoleón III "

La esencia de Artaud es la lava que se derrama del volcán en permanente erupción en el cual se condensa la esencia incandescente de todos los poetas malditos, los grandes iluminados del pensamiento, los mártires de la acción creadora. Y Abelardo Castillo —con los personajes que se agitan al conjuro de una fuerza demoníaca en su novela "EL QUE TIENE SED"— ha sabido concentrar prodigiosamente el fuego purificador que emana de esos espíritus superiores, enriqueciendo la percepción de nuestro ser.

Y llegamos a la misma conclusión, leyendo la novela de Castillo, que a la que llega Erdosain (el personaje de Roberto Arlt): "Aparentemente soy un cobarde, Ergueta un loco, el Rufián un avaro, usted un obsesionado. Aparentemente somos todo eso, pero en el fondo —adentro—, más abajo de nuestra conciencia y de nuestros pensamientos, hay otra vida más poderosa y enorme... y si soportamos todo es porque creemos que soportando o procediendo como lo hacemos llegaremos por fin hasta la verdad ... es decir: a la verdad de nosotros mismos".

Y ya emprendemos el "viaje al país olvidado" en una barca hecha de poesía y de silencios subyacentes, piloteada por "EL QUE TIENE SED".

"__hay un lugar que es uno y a la vez muchos una región intermedia entre la vida y la muerte entre la realidad y lo Otro no preguntes nada de esas tierras son el País Olvidado no hay respuestas ni certezas ahora porque estas cosas son según peso medida forma y duración para los que existe unidad o modelo no siempre son alegres de ver no siempre se puede decir que sean hermosas hay flores que exudan pesadillas pantanos que hieden a corazones solos hay el umbral de una puerta un niño en ese umbral hay quien vio la marisma y sus nenúfares y oyó el silencio negro como trueno y vio una roca y sobre la roca una figura que grabó en la piedra la palabra silencio, ¿tuvo miedo?, no preguntes del miedo otros ven una ciudad de sangre ven un campanario ardiendo y otro nunca vio el agua y sí una hiena dormida junto a un niño y oyó el grito de la madre hasta el confín del mundo hay pantanos y cañaverales con serpientes de ojos de ópalo y objetos para los que nunca existió nombre o número acá abajo hay ciudades enteras con cúpulas de ágata, ¿entonces, hay color?, hay color no para don Jacobo y hay el aire que canta y el aire que aúlla no para el que veía la sombra del silencio porque nadie ve nunca ese lugar del mismo modo, ¿es el infierno?, no hay más nombre que el País Olvidado..."

(...) "¿y Espósito?, él era el barco desmantelado que encalló en este puerto y fue la ruta y es la arena que nos quema los pies y la carretilla en que llevo a Salustio y toda la comparsa que entra en el manigual como una alegre Armada Brancaleone y es el horror súbito del atardecer y la llegada de la noche sobre los pantanos y el grito colorado de la Luna" (El Que Tiene Sed)

Bogando en medio de las correspondencias entre los sentidos (que Baudelaire descubrió, así como el vocablo "modernidad") y experimentando la certidumbre (¿ o la ambigüedad?) de la presencia de la muerte (¿o de la liberación?)... quedamos envueltos en una atmósfera de poesía que nos hace aspirar al vuelo pero a la vez sin despojarnos de nuestra carnadura humana. Me estoy remitiendo a las dos páginas que sellan líricamente esta novela de Abelardo Castillo a quien le cae a medida el juicio que emitió Leon Bloy al referirse a "Los Cantos de Maldoror": "Esto es lava líquida. Es demencial, negro y devorante. Lautréamont está dotado del signo indudable del gran poeta".

"Y ahora sí ya es todo o casi todo. Caminó unos metros y se dio vuelta para mirar, por última vez, los aleros, los diáfanos leones de piedra. Y lo que vio fue tan hermoso que debió cerrar los ojos. Entonces supo. Rompió a cantar un pájaro, y sólo el ruiseñor canta en la tiniebla. Y no era escuchar, era ver, tocar con los dedos el canto, sentir la perfumada vehemencia de su voz de mirtos y de rosas, marearse con el gusto a hinojo del dulce lenguaje no nacido para la muerte. Y para qué decirlo con palabras de Esteban si ahí está el Viejo Loco hablando en silencio desde la oscuridad, y hay todavía otros dos, que también hablarán; uno es muy alto y delgado y mucho más viejo que don Jacobo, tan loco como él, tiene la alargada leve silueta de un seminarista y, aunque parece centenario, su rostro conserva la bella línea de la adolescencia, no está, por supuesto, pero aun con los ojos cerrados se lo ve ya que él mismo ha dicho que por donde pasan los seres puros el espíritu se hace visible; el otro, un poco absurdo en medio de los dos viejos locos, es un hombre muy joven, también muy leve, casi un muchacho, su cara es de una belleza agónica y ardiente, tiene el pecho calcinado por la tisis, lleva una pequeña urna griega entre las manos, tan tenues que parecen de sal, habla de un vino que mancha y quema como sangre, un vino lleno de verdad y muerte que enrojece la boca y que debe beberse para abandonar este sitio, sin ser visto, junto al cantor que canta en la noche del bosque, para irse de aquí (¿el manicomio?, ¿el mundo?, ¿o da lo mismo?), donde los hombres se sientan a escucharse gemir unos a otros, donde los adolescentes crecen hacia la muerte, flacos, pálidos como espectros y todo nuevo amor se marchita porque ya no hay mañana, mientras el ruiseñor sigue cantando en la noche del manicomio con su voz no nacida para morir y Esteban sabe que cuando calle su canto él irá hacia el amor sin mañana, hacia el dolor, hacia la muerte, pero también sabe que está oyendo la voz del ruiseñor, esa palabra antigua, la infatigable voz que enseña que sólo del centro del dolor, de su negrura, se abre la felicidad en nuestro corazón, que sólo allí, en la profundidad nocturna del dolor resuena el canto de la vida, del mismo modo que se oye en la tiniebla el canto del ruiseñor que ya cantaba por encima de la muerte en la noche de los imperios derrumbados, antes de las pirámides, y antes, mucho antes de la terraplenada Uruk y sus cornisas pulidas como el cobre, y antes, en la medianoche de la horda, junto a las fogatas de los protohomínidos, antes de la palabra humana, el que alivió el corazón de Ruth en los trigales del destierro, el mismo del olivo que ya no está en mi casa, que ya no está siquiera donde estuvo mi casa, el único que romperá a cantar cuando la tierra entera se oscurezca, porque aunque yo también muera, el pájaro que canta en la tiniebla no nació para la muerte. Y éste es el final de mi historia. Después estoy del otro lado de la ligustrina y los paredones. Crucé bajo las alamedas. Había dejado atrás las albercas de aguas negras. Iba por la vereda de una calle de pueblo con un mapa de la Sirenita en la mano, buscando un lugar que no encontré, porque en alguna esquina me detuvo una mujer enlutada que tenía una flor blanca en la boca. No era la muerte ni era la locura ni es una alegoría ni fue una visión. Era una mujer vestida de negro, que apretaba una flor entre los dientes. Me llevó a una casa viejísima con escaleras que crujían. Me hizo sentar ante una mesa destartalada, en el centro de una habitación enorme, y puso una botella sobre la mesa. Yo le dije que no podía beber, que debía buscar a la Sirenita. Se inclinó y me dijo algo al oído. Yo supe que no había ningún mal en eso. Y largamente reímos y bebimos." (El Que Tiene Sed)

Nadie mejor que Gaston Bachelard habría exteriorizado su pensamiento con mayor exactitud para hacernos sentir la vibración de la dinámica interna que le permitió crear a Castillo esta obra fundamental de la literatura. Bachelard lo hizo anticipadamente —como buen visionario y perceptor de la poesía pura— al expresarse así sobre el autor de "Los Cantos de Maldoror": "Cuando la conciencia orgánica se manifiesta en Lautréamont, se trata de la conciencia de una fuerza. El órgano no se pone de relieve mediante un trastorno, un dolor, una pereza, como si se tratara de una suerte de locura parcelada que podría producir obsesión, rabia o miedo y que embotaría la psiquis. Parece que la endoscopia, en Lautréamont, es —por el contrario— siempre pretexto para una producción de energía que confía en sí misma. Esta endoscopia ilumina la conciencia del músculo más dinamizado. Entonces resuena —como la cuerda de una lira viviente— un elemento del lirismo muscular. La armonía se completa por sí misma: la conciencia muscular particular arrastra, por sinergia, al cuerpo íntegro. Una voluptuosidad activa que enviaría el reflejo de su alegría general a los diferentes órganos... exigiendo que la conciencia de la salud se aferrara cuidadosamente a las distintas funciones, sería dinamogénica. Esa voluptuosidad desarrollaría un orgullo anatómico muy raramente expresado, pero que constituye la "historia natural" para el pensamiento inconsciente. Esta dinamogenia precisa, detallada, analítica, es lo que realiza Lautréamont".

Y aquí va un pequeño Bachelard ilustrado con pensamientos maravillosamente válidos para la obra de Abelardo Castillo. De "El aire y los sueños: "...la educación utilitaria y racional nos priva demasiado". "Entonces podemos clasificar a los poetas haciéndoles la siguiente pregunta: dime cual es tu infinito y sabré el sentido de tu universo, ¿es el infinito del mar o del cielo, el infinito de la tierra profunda o el de la hoguera?". De "La poética de la ensoñación", —donde expone su idea de preferir el "poético-análisis" en contraposición al psicoanálisis—: "Creemos que tiene sentido hablar de análisis poético del hombre. Los psicólogos no lo saben todo. Los poetas proyectan otras luces sobre él". "Método, método. ¿qué pretendes de mí? Sabes bien que he comido del fruto del incosciente".

Abelardo Castillo nos introdujo —de lleno—, con "EL QUE TIENE SED", en el orbe de la poesía que desgarra interiormente, que hechiza y que ilumina, Y esta exploración dantesca me hace revivir "Una temporada en el infierno", junto a ese precoz maestro de "la alquimia del verbo" que es Arthur Rimbaud. ¡Palpemos —mediante algunas frases— cómo se revela la afinidad espiritual entre él y Abelardo, y cómo —en ambos— se hace presente la POESÍA gracias a la magia de la palabra, a la fuerza expresiva y al lenguaje personal de ese creador de imágenes y transferidor de sensaciones que es el auténtico POETA —escriba en verso o en prosa—.
Rimbaud comienza a narrar su "temporada en el infierno" así:

"Antes, si bien recuerdo, mi vida era un festín en el que se abrían todos los corazones, donde todos los vinos corrían". Y, un poco más adelante, comprendemos que el averno es uno solo (aunque con una infinidad de variantes) y que sus llamas se agitan y nos queman por dentro, como le sucede a Esteban Espósíto a lo largo de su odisea. Es cuando Rimbaud exclama: "Las alucinaciones son innumerables: pérdida de fe en la historia, olvido de los principios. Me callaré: poetas y visionarios se pondrían celosos. Soy mil veces el más rico; seamos avaros como el mar. ¡Ah, esto ahora!: el reloj de la vida se acaba de detener. Ya no estoy en el mundo. La teología es seria; el infierno, por cierto, está abajo, y el cielo en lo alto. Éxtasis, pesadilla, sueño en un nido de llamas. Voy a develar todos los misterios: misterios religiosos o naturales, muerte, nacimiento, futuro, pasado, cosmogonía, nada. Soy maestro en fantasmagorías." Y luego de debatirse con Satán, en una lucha horrenda, clama: "¡Ah, ascender de nuevo a la vida! Echar una mirada sobre nuestras deformidades. Y este veneno, este beso mil veces maldito! ¡Mi debilidad, la crueldad del mundo! ¡Dios mío, piedad, ocúltame, apenas me sostengo! Estoy oculto y no lo estoy. Es el fuego que se eleva con su condenado".
Esa "alquimia del verbo", a la que se entrega Rimbaud, la vuelve a poner en práctica —pero con su lenguaje y su estilo propios— Abelardo Castillo, logrando transmutar y decantar —mediante un extraño proceso mental— los elementos infinitos que componen la vida y que ejercen su poder sobre el ser humano.

La esencia poética que fluye dentro de la obra de Castillo confirma el pensamiento del escritor mejicano Alfonso Reyes (admirado por Borges) cuando llega a esta conclusión hablando del espíritu poético: "La sustancia de la poesía moderna es la palabra: la poesía no se hace con ideas. La poesía, por eso, no es comunicación de lo cotidiano, sino expresión de un mundo individual del poeta. El lenguaje poético es una lucha contra lo establecido, y la creación poética es la fundación de una nueva realidad con su lenguaje propio: un lenguaje dentro del lenguaje".
Resulta ineludible —como tantas veces sucede al hablar de literatura— hacer escala en la sabiduría borgiana... que abarca íntegramente lo que atañe al hombre y —en este caso— poniendo de manifiesto la percepción del poeta (todo lo cual se palpa en la obra de Abelardo Castillo).
Ciertas reiteraciones, motivos conductores, tales como "el ruiseñor que canta en la tiniebla" (que es, de por sí, una vibración poética), van jalonando bellamente el relato de Castillo, coinciden con la recurrencia que resulta evidente en "Arte Poética" (donde Borges repite, en cada cuarteto, la última palabra del primer verso y del cuarto como asimismo la última palabra del segundo y el tercero). Además, ambos poetas se funden al poetizar (cada uno con su estilo peculiar) lo efímero de la existencia, la fugacidad del tiempo, el juego entre la muerte y el sueño. Y la poesía (en verso o en prosa) es el espejo mágico que nos entrega —en toda su desnudez— la verdad de nuestro ser.

Saboreemos estos versos extraídos de "Arte Poética", de Borges:

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo.

Ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Lo lírico es rapto, enajenación poética, sucesión relampagueante de vértigo, y si a ello le agrego la voluntad de entrar en las regiones del hastío y de la neurosis, entregándose a las fuerzas oscuras del inconsciente que hormiguean en algunos seres suprasensibles, codeándose con lo que los psicoanalistas llaman "anomalías" por ir en busca de los misterios del ser, de la vida y de la muerte, llegando a tocar los dinteles de la nada... me encuentro, felizmente, con "EL QUE TIENE SED" (Esteban Espósito), y —sustancialmente— con su creador: ABELARDO CASTILLO, cuya audacia, cuya prodigalidad, cuyo genio poético, me brindan la alegría de ser hombre.

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