Sobre “Diarios 1954-1991”
de Abelardo Castillo

Por Hernán A. Isnardi

Abelardo Diarios

              Andrés Trapiello sugería que para saber si los diarios de algún escritor eran buenos, había que sustituir los nombres de personalidades importantes, por anónimos. Si sobrevivían al cambio, eran buenos, tenían fondo.
            En los diarios de Abelardo Castillo ni siquiera son importantes esos nombres, porque no están ligados a una anécdota, sino a un pensamiento, a una idea.
            He leído muchos diarios de escritores, y tengo especial veneración por los de Musil, y por los de Kafka. Por la literatura y por la inteligencia. Acoplo ahora también estos, por los mismos motivos.

            Los diarios se leen como si uno estuviera en la carrera de caballos de Boecio; ver de un vistazo el tiempo. Recorrer en horas una vida. Nos resta saber cómo llega el escritor.

            Castillo arrancó con su diario a los 18 años. Las primeras entradas son esporádicas.
            “Cada cual, debería llevar el diario de otro hombre”. Esto lo dijo Oscar Wilde, y fue lo primero que anoté en los márgenes del libro. Porque ya en las primeras páginas dice cosas como “he pensado que no sólo miento demasiado sino que me engaño demasiado; entonces ya no se sabe cuál es la verdad”, o “Me es difícil separar lo real de lo imaginado”, o “Me multiplico en personalidades. Soy un farsante y me siento sincero siempre”. Creo que ahí hay uno de los corazones del libro. Son los diarios de “el otro él”.
            Sospecho que alguien que escribe eso, no lo hace por la falsedad o la mentira en sí, sino porque ve el mundo literariamente.

            Anoté en los márgenes algo más: escribe los diarios para pensar. Y después leo esto: “Se escribe para ver el pensamiento”, mientras muchos se siguen planchando la línea de los pantalones pulcramente.

            Las ciudades se construyen de lo pequeño a lo grande, y se describen al revés. ¿Cómo se construye una ciudad dentro de la cabeza? Se va construyendo con casas, calles y plazas. Con pájaros ciegos mintiéndose una rama y el sol, dentro de ese mundo, dentro de la cabeza. Balzac que escribe desde adentro hacia afuera, y Flaubert de afuera hacia adentro, y Castillo que va y viene entre la inteligencia y la literatura.

             Y me gusta llenar los espacios en blanco entre cada entrada al diario porque ahí, en esas ausencias en donde suceden las cosas, y porque ahí mismo es donde se construye el pensamiento. Y sobre todo en estas épocas en las que la mayoría parece no distinguir una opinión de un pensamiento.

            Uno espera que en ese pasado, las cosas deberían haber sucedido como si las cosas y las personas hubieran sabido el después. Cómo fue todo, o qué escritor es ahora un gran escritor.
             Leo el nombre de Enrique Pezzoni, que debe haber sido uno de los tipos más inteligentes y más lúcidos hablando por ejemplo de la obra de Borges, y lo imagino leyendo “Las panteras y el templo” que Abelardo le dejó en Editorial Sudamericana el 19 de diciembre de 1975. Imagino también ese encuentro como un monumento. Y no sé lo que fue, pero ocupa un par de renglones en el diario. O el nombre de Ulises Petit de Murat, al que Abelardo en un renglón dice detestar cordialmente, y al que yo Baudelaireanamente venero. O el cuadro enorme de Sábato, que va armando a medida que las páginas pasan. El de Borges, claro, el de Cortázar. El de Bioy. Pero como dije, lo más importante está en el pensamiento y en la literatura. Cada nombre está seguido de algo interesante.

             Dice: “Levantarse, echar la cabeza hacia atrás con además resuelto, atropellar, esto sólo se piensa. Mi audacia termina donde comienza el movimiento inicial. Desde aquí, desde mi inmovilidad vegetal, todo es fácil; dar un solo paso, ¿cómo?”.

             En el 59: “Morir es cosa fácil, decía Maiacovski, hacer vida es mucho más difícil. El hecho de que se haya pegado un tiro lo invalida a él, no a la frase.”

             El 8 de diciembre del 57: “Ayer, con Emilio. Hablábamos de literatura. Dijo: sazonar lo fantástico (?). Yo pienso que la mera palabra ´sazonar´ ya impide toda discusión”.  

             En el mismo año 57, escribe esto que es extraordinario desde donde se lo mire, sea literario sea desde el pensamiento: “En la novela, supongo, uno se libera del peso del pensamiento ruin o bajo o criminal, achacándoselo a su personaje; en el diario, uno mismo es el personaje. Nadie podría escribir en serio: pasó una niña, tendría ocho años, sentí que la deseaba. Sólo es posible si  si estamos seguros de que alguien lo va a leer. Escribir algo así exclusivamente para nuestra conciencia es demasiado grave. Hay novelas obscenas. No hay diarios íntimos obscenos”.

             En el 73: “habría que señalar, si ya no se lo ha hecho, la afinidad de Unamuno con Nietzsche: pero no sólo la afinidad de su pensamiento sino de su pensar. El modo en que operaba su mente, más que los resultados de esta operación, es lo que los aproxima. La contradicción, por ejemplo. A Unamuno hay que leerlo con el mismo cuidado con que se lee a Nietzsche, para comprender no sólo lo que quería decir en cada caso, sino cuál era la verdad a la que llegaba en el curso de sus reflexiones”.

             Hay política, pero llamativamente ausente en la época que abarcó la dictadura de los setentas. Hay Sartre y hay Camus (a uno unido filosóficamente y al otro emocionalmente). La ética y la moral. Una, dice Castillo, está ligada a la especie; la moral, al individuo.

             Este volumen comprende los diarios escritos entre los años 1954 y 1991. Hay un segundo volumen en preparación que abarcará el período entre los años 1992 y 2006.

             Los hechos no cómo son, sino como interpreta Abelardo Castillo que fueron, luego de pensarlos. Recién ahí serán. Diarios que completan la obra hasta hoy. Acaso los diarios de otro hombre, parecido a él.

             La forma y el reflejo se observan. Usted no es el reflejo. Pero el reflejo es usted.

 

 

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