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Editorial
Por
Abelardo Castillo
Editorial
aparecido en Mayo de 1969. El Escarabajo de Oro Nº 39.
"No
hay que darle más vueltas: lo que más odian es la inteligencia". Estas
palabras las escribió Unamuno, antes de dejarse morir de asco, a los setenta
años: hace más de treinta. Son las últimas que escribió. Y ni su edad al estamparlas
ni el tiempo que ha pasado modifican su sentido. Lo que más odian, no hay nada
que hacerle, es la inteligencia. Mientras redactamos esta página, hoy, noche
del 30 de mayo de 1969, la policía, las tropas, los gendarmes marchan sobre
los estudiantes en Córdoba en Medellín en Guayaquil, en Quito. Una manera aborigen,
no del todo filosófica, de darle la razón a don Miguel. Aborrecen la inteligencia.
Pero no me refiero a la policía, ni siquiera al ejército. El sistema, todo el
sistema la detesta. Escribimos esto y escuchamos Radio Porteña. Intelectualmente
hablando, es una, experiencia interesante. Si uno sobrevive, puede comprender
mejor a Unamuno. El tercer cuerpo del Ejército Argentino, y la gendarmería y
la Aeronáutica, en una operación "pinza", cargan sobre los universitarios
acantonados en el Barrio Clínicas, en Córdoba. Parece que revoltosos los agreden,
tiran piedras, exigen que los problemas universitarios sean tratados por universitarios,
se habla también de botellas molotov, de armas calibre 22, se habla de que los
obreros pelean a la par. Evidentemente están organizados. Menos mal que las
Fuerzas del Orden también: tienen obuses, ametralladoras pesadas, todas las
balas calibre 45 del país. Llegado el caso tienen tanques, y aviones, y si hace
falta apelan a Dios y (hasta hoy) se hubiera dicho que también lo tenían. No
obstante, estas poderosas razones no han querido (prudentemente) intervenir
hasta que se descubrió "que el tipo de acción desplegado por los estudiantes
no era habitual en nuestro medio". A partir de ese descubrimiento, en nuestro
medio se le puede pegar un tiro a cualquier persona que circule por las calles
de Córdoba después del toque de queda. También, dice la radio, se festejó con
solemnidad el día del ejército y un nuevo aniversario del Acuerdo de San Nicolás.
Hubo un homenaje a alguien en La Recoleta. Algo pasó con Krieger Vasena y un
préstamo pedido a EE.UU. por 25 millones de dólares. En la sede de alguna cosa
fue condecorado alguien, el Jefe del Estado Mayor chileno, me parece. En Comodoro
Rivadavia se verificó una harto enérgica y numerosa vacunación contra la gripe.
Es o fue el aniversario del Banco Central. También, el Día del Bicicletero.
El secretario de gobierno viajó al interior. Notó que todo estaba normal. En
Tafí Viejo hay otros cuatro obreros muertos. Otras noticias a propósito de la
humedad (92 %), la entrega de uniformes y la ejecución (en el sentido de tocar)
del Himno Nacional en Ezeiza no hacen quizá a lo que importa de este editorial.
Porque no hay vuelta que darle: lo que más odian es la inteligencia. Y no, la
policía, lo repito, ni los soldados. La policía, al fin de cuentas, no ha hecho
más que demostrar en todo el mundo su absoluta incapacidad para controlar la
imaginación subversiva de la juventud (el diario dice que un comisario rosarino,
por ejemplo murió ayer: de un infarto) y los soldados son en esencia la misma
juventud que la de las barricadas. Muchachos de 20 años como los estudiantes
contra los que tiran. La misma cosa, como cantó el viejo Guillén. Sólo que todavía
no se han puesto a pensarlo. Es todo el sistema el que detesta la inteligencia.
Sobre todo cuando, como en este caso, la inteligencia consiste en haberse hartado,
o estar hartándose, de un estilo de vida: de un modo de vivir que nos ha sido
impuesto y en el que ya no creen ni los que por estupidez, o por, miedo, dicen
defenderlo. Marcusse afirma que la juventud es violenta porque está desesperada.
Se equivoca: está harta. Los desesperados son ellos, los que nos hartaron. Y
han descubierto bien quienes descubrieron que este tipo de subversión no tiene
nada que ver con "nuestro medio". No es nuestro medio lo que se cuestiona,
es el mundo. Porque no sólo la juventud argentina y latinoamericana esta harta:
los muchachos y muchachas de todo el mundo, estudiantes o no, se hartaron. Y
aquí ya no funciona más el enmohecido refranero de las Fuerzas del Bien: peligro
comunista, inadaptación, organismos terroristas perfectamente individualizados.
No. Es la vida la que exige un orden nuevo. Porque lo que los seniles Pilares
de nuestra sociedad llaman sublevación, desorden, caos, no es sino esto: otro
orden. La búsqueda de otro orden, y no tan nuevo, un orden que ciertos hombres
vienen rastreando por distintos caminos hace más o menos dos mil años. Y por
el que se vienen haciendo crucificar, quemar, matar en los montes de Bolivia
o en los arrozales de Vietnam o en las calles de París o Córdoba, desde hace
dos mil años. Me dirán que me exalto, que Cristo no es lo mismo que el Che o
Giordano Bruno o el estudiante Bello. No sé, sé en cambio que todo lo que puede
dar un ser humano por lo que cree, es todo. Y todo quiere decir todo. Van Gogh
se vuelve loco porque quiere que, el sol reviente en sus cuadros, Hemingway
se vuela el paladar, junto con los sesos, porque ya no puede amar ni escribir,
el Che se pone de pie y le dice al soldado que va a matarlo, esperá un poco,
ahora vas a ver cómo muere un hombre. Vivir así, por si no estaba claro, vivir
así es dar todo. Y por eso acá está en juego un nuevo sentido de la vida. Quién
dirige a estos muchachos, ¿Codovilla? Vamos. Yo he estado toda esta última semana
en Córdoba. Vi en la calle Obispo Trejo, en una plazoleta, la inscripción: Calle
Camilo Torres. Vi a la Universidad Católica unirse a la estatal. Oí a profesores,
célebres por lo difusos, confesar en las cátedras el fracaso de su vida ante
alumnos que los miraban casi con piedad. Y en Rosario. Y en Montevideo. Y en
Corrientes. Y en Quito. Y en Tucumán. ¿Qué, entonces todo el mundo es comunista?
Si es así, por qué no los dejan en paz antes de que realmente se enojen, ya
que son tantos. ¿Comunistas? No: hartos. Hartos de todo, también de la izquierda
de Club, petrificada y dogmática. Dieciocho curas mendocinos redactaron esta,
estampita: "No valen ya los falsos argumentos de 'digitación', 'extremismo',
etc., se anuncia una profunda transformación en la que participa el pueblo todo,
en especial el pueblo trabajador y que padece una situación de injusticia oprimido
por el sistema". ¿También son bolcheviques? No, no hay que tener demasiado
miedo. Ni mentir. La revolución social es otra cosa. Y hasta es probable que
algunos de los muchachos que hoy se acantonan en las barricadas de Córdoba y
Tucumán, cuando estén recibidos y tengan 30 años (si no los asesinan esta madrugada)
dicten amables cátedras o ganen pleitos o tengan una límpida farmacia y estén
gordos, y evoquen, con una sonrisa nostálgica, los buenos viejos tiempos de
los miguelitos y la rebeldía. Pero habrá otros. Y, sobre todo, estarán los que
hayan elegido la lucidez de vivir sublevados. Y eso, no "el peligro comunista",
es lo verdaderamente peligroso: la lucidez. Goebbels sacaba el revólver cuando
oía la palabra cultura. Millán Astray le gritó a Unamuno en el Paraninfo de
la Universidad de Salamanca: Muera la inteligencia. Tenían miedo, y no del comunismo
sino de lo mismo que hoy tienen miedo los que no saben qué hacer con las universidades
insurrectas.
Porque este es un fenómeno histórico nuevo, nuevo aún
para las izquierdas. Esto es lo que los estudiantes franceses cifraron en la
consigna surrealista: la imaginación al poder, lo que postularon como programa:
exigir la realidad de lo imposible. Esto es, algo así como el surrealismo de
la violencia. Solo que en Latinoamérica es más duro, se escriben menos frases
en las paredes y hay más respuesta a los balazos de la gendarmería. Herencia
española ha de ser. 0 del Che. Pero lo fundamental es que, para solucionarlo,
ya no sirven los viejos esquemitas retóricos. No sirven las admoniciones escolásticas
de los revolucionarios con papada, no sirven los oxidados sermones de los Salvadores
de la Patria. En qué va a terminar. ¿Cuándo? ¿Hoy? ¿La semana que viene? No
sabemos, nadie sabe. Sabemos que, va a terminar después, y ya vamos sabiendo,
por lo menos, a lo que tiende. Y de golpe me acordé de algo. Estamos en la Era
Interplanetaria. Qué tendrá que ver con el editorial, no es cierto. Y tiene.
Hace menos de diez años, mientras millones de hombres morían de hambre y en
Katanga se asesinaba a los negros rebeldes y Hemingway decidió bajarse del planeta,
el primer satélite tripulado rompía la gravitación terrestre. Hace una semana,
un astronauta salió de su cápsula a unas cuadras de la redonda luna: en Biafra,
mueren mil chicos por día, Yo creo que también de estas acrobacias y tecnolatrías
nos estamos hartando. Menos mal que el primer astronauta murmuró allá arriba:
La tierra es azul, que es lo que uno pensaba. Y menos mal que el de la semana
pasada dijo (a su modo) algo que la gente también necesita experimentar acá
abajo, dijo: Me sentí lejos del pecado. Quiso decir de Vietnam, del Congo, de
los muchachos asesinados en Guayaquil y Rosario, de los negros colgados de los
testículos en Texas. Lejos de todo lo que impide que la Tierra sea azul, a menos
que se la, mire de muy alto. Quiso decir que, de pronto, se había vuelto lúcido.
Seguramente se olvidó al volver. Pero nosotros, acá abajo (o algunos de nosotros)
hace ya un rato más bien largo que, a nuestro modo, queremos sentir lo mismo.
Pero sentirlo acá abajo, no en la luna. Mientras la tierra se pone azul, los
arrozales de Vietnam serán implacables, los negros seguirán sublevándose en
los ghetos y los estudiantes en las calles de París o de Córdoba. Y Ios desposeídos
de las grandes ciudades comprendiendo, poco a poco, que la cuestión esencial
no es el aumento de sueldo o la restitución del sábado inglés. La cuestión,
mientras se vive, es vivir enteramente. Lo que no quiere decir vivir mejor,
sino dar todo. Vivir eligiendo un destino para uno mismo y eligiendo el futuro,
para uno mismo o para los demás.
Y esto, el elegido futuro de la gente, sí que no lo
van a poder parar sacando el revólver, como Goebbels. Todo el camino de la triste
humanidad es un camino hacia esa última lucidez. Por eso lo que ellos más odian
es la inteligencia, tenía razón Unamuno. Y hasta pudo decir: lo que más temen.
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